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El milagro de convertir la orina en agua

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Sale de mí una agüita amarilla cálida y tibia, y baja por una tubería, pasa por debajo de tu casa, pasa por debajo de tu familia, pasa por debajo de tu lugar de trabajo… Mi agüita amarilla.

Esto, que Pablo Carbonell cantaba con su grupo Los Toreros Muertos, es un acto que los humanos repetimos varias veces al día. Tantas como sean necesarias hasta miccionar los alrededor de dos litros de orina que un adulto produce de media al día. El agua amarilla tiene como función principal drenar las impurezas que filtran los riñones del cuerpo. Pero, ¿y si hubiera alguna manera de aprovechar todo esa cantidad de líquido para ayudar al prójimo y al planeta?

Los investigadores Sebastiaan Derese y Arne Verliefde, de la universidad de Gante (Flandes, Bélgica), han desarrollado esta idea en un proyecto. Su concepto es sencillo, aunque la ejecución se complique: una máquina que, al modo de una especie de Jesucristo, convierte la orina en agua potable.

La orina se calienta en un depósito mediante energía solar (por lo que podría utilizarse en zonas sin suministro eléctrico), se filtra a través de una membrana y se eliminan nutrientes como el nitrógeno, el potasio o el fósforo.

«Nosotros vemos diferentes mercados, como desde luego los países en desarrollo, pero no con un enfoque en el agua, sino en los nutrientes», explica en un correo electrónico Verliefde. En este proceso, los investigadores recuperan nitrógeno, potasio y fósforo en forma pura, sin estar contaminados por materia orgánica, bacterias u hormonas.

«Estos componentes son esenciales para granjeros con acceso insuficiente a los nutrientes», asegura. «La orina que una sola persona produce en un año contiene suficientes nutrientes para cosechar 135 kilos de maíz», añade. Ven otra aplicación muy clara para su invento en espacios donde un montón de gente se congrega durante momentos determinados pero que están vacíos durante bastante tiempo, como los aeropuertos o los estadios de fútbol. Creen que, con su sistema, estas localizaciones ganarían en sostenibilidad.

El inventó de Derese y Verliefd llegó a los periódicos de todo el mundo en un festival de música en Gante. Tras pedir a los asistentes que miccionaran en un aseo especial, reunieron 1.000 litros de orina, de los que, con su proceso, recuperaron 950 litros de agua potable y una cierta cantidad de nutrientes. Siguiendo la famosa tradición cervecera belga, la idea era usar ese líquido para producir otro líquido amarillo un poco más espumoso. Lo que entra por lo que sale.

«Nuestra intención era comprobar si el concepto que habíamos desarrollado en el laboratorio podía funcionar a gran escala, para tener mejores resultados e indicadores de su potencial», cuenta Verliefde, «para ello necesitábamos un lugar donde pudiéramos recolectar grandes cantidades de orina y nos pareció que el festival era el lugar perfecto». Aunque el investigador se lamenta de que gran parte de la prensa se enfocara en el asunto de la cerveza y dejara de lado el de los nutrientes.

Otro proyecto que persigue dar una segunda vida al agua que sale de las personas es el del Bristol BioEnergy Centre, que busca convertir el dorado líquido en electricidad y, de paso, ayuda a limpiar las aguas residuales. Para ello usa lo que se denomina celdas de combustible microbianas.

«El pis se puede transformar en electricidad con la ayuda del metabolismo de las bacterias, gracias al dispositivo que han creado investigadores de la Universidad de West of England», explica la española y participante del proceso Irene Merino. En su proyecto piloto han utilizado urinarios masculinos, simplemente porque en ellos recolectar la orina resulta más sencillo.

«Instalamos una letrina de prueba en el festival de Glastonbury, pero el objetivo final es mejorar las instalaciones sanitarias en países empobrecidos o en lugares donde la generación eléctrica es limitada, como los campos de refugiados», explica Merino.

Como en muchos países en desarrollo, el tratamiento de residuos brilla por su ausencia y son vertidos directamente a la tierra o los ríos, al usar este sistema se lograría una doble situación ganadora: suministrar energía eléctrica para iluminar los aseos, lo que daría seguridad a los usuarios contra posibles asaltos y ayudar al medio ambiente.

Dos proyectos con el potencial de impacto milagroso de convertir la orina en electricidad o en agua potable y fertilizantes. Solo queda escoger a cuál adherirse.

Este artículo te lo trae Ron Ritual. Si quieres conocer más historias con impacto positivo haz clic aquí.

 

Sale de mí una agüita amarilla cálida y tibia, y baja por una tubería, pasa por debajo de tu casa, pasa por debajo de tu familia, pasa por debajo de tu lugar de trabajo… Mi agüita amarilla.

Esto, que Pablo Carbonell cantaba con su grupo Los Toreros Muertos, es un acto que los humanos repetimos varias veces al día. Tantas como sean necesarias hasta miccionar los alrededor de dos litros de orina que un adulto produce de media al día. El agua amarilla tiene como función principal drenar las impurezas que filtran los riñones del cuerpo. Pero, ¿y si hubiera alguna manera de aprovechar todo esa cantidad de líquido para ayudar al prójimo y al planeta?

Los investigadores Sebastiaan Derese y Arne Verliefde, de la universidad de Gante (Flandes, Bélgica), han desarrollado esta idea en un proyecto. Su concepto es sencillo, aunque la ejecución se complique: una máquina que, al modo de una especie de Jesucristo, convierte la orina en agua potable.

La orina se calienta en un depósito mediante energía solar (por lo que podría utilizarse en zonas sin suministro eléctrico), se filtra a través de una membrana y se eliminan nutrientes como el nitrógeno, el potasio o el fósforo.

«Nosotros vemos diferentes mercados, como desde luego los países en desarrollo, pero no con un enfoque en el agua, sino en los nutrientes», explica en un correo electrónico Verliefde. En este proceso, los investigadores recuperan nitrógeno, potasio y fósforo en forma pura, sin estar contaminados por materia orgánica, bacterias u hormonas.

«Estos componentes son esenciales para granjeros con acceso insuficiente a los nutrientes», asegura. «La orina que una sola persona produce en un año contiene suficientes nutrientes para cosechar 135 kilos de maíz», añade. Ven otra aplicación muy clara para su invento en espacios donde un montón de gente se congrega durante momentos determinados pero que están vacíos durante bastante tiempo, como los aeropuertos o los estadios de fútbol. Creen que, con su sistema, estas localizaciones ganarían en sostenibilidad.

El inventó de Derese y Verliefd llegó a los periódicos de todo el mundo en un festival de música en Gante. Tras pedir a los asistentes que miccionaran en un aseo especial, reunieron 1.000 litros de orina, de los que, con su proceso, recuperaron 950 litros de agua potable y una cierta cantidad de nutrientes. Siguiendo la famosa tradición cervecera belga, la idea era usar ese líquido para producir otro líquido amarillo un poco más espumoso. Lo que entra por lo que sale.

«Nuestra intención era comprobar si el concepto que habíamos desarrollado en el laboratorio podía funcionar a gran escala, para tener mejores resultados e indicadores de su potencial», cuenta Verliefde, «para ello necesitábamos un lugar donde pudiéramos recolectar grandes cantidades de orina y nos pareció que el festival era el lugar perfecto». Aunque el investigador se lamenta de que gran parte de la prensa se enfocara en el asunto de la cerveza y dejara de lado el de los nutrientes.

Otro proyecto que persigue dar una segunda vida al agua que sale de las personas es el del Bristol BioEnergy Centre, que busca convertir el dorado líquido en electricidad y, de paso, ayuda a limpiar las aguas residuales. Para ello usa lo que se denomina celdas de combustible microbianas.

«El pis se puede transformar en electricidad con la ayuda del metabolismo de las bacterias, gracias al dispositivo que han creado investigadores de la Universidad de West of England», explica la española y participante del proceso Irene Merino. En su proyecto piloto han utilizado urinarios masculinos, simplemente porque en ellos recolectar la orina resulta más sencillo.

«Instalamos una letrina de prueba en el festival de Glastonbury, pero el objetivo final es mejorar las instalaciones sanitarias en países empobrecidos o en lugares donde la generación eléctrica es limitada, como los campos de refugiados», explica Merino.

Como en muchos países en desarrollo, el tratamiento de residuos brilla por su ausencia y son vertidos directamente a la tierra o los ríos, al usar este sistema se lograría una doble situación ganadora: suministrar energía eléctrica para iluminar los aseos, lo que daría seguridad a los usuarios contra posibles asaltos y ayudar al medio ambiente.

Dos proyectos con el potencial de impacto milagroso de convertir la orina en electricidad o en agua potable y fertilizantes. Solo queda escoger a cuál adherirse.

Este artículo te lo trae Ron Ritual. Si quieres conocer más historias con impacto positivo haz clic aquí.

 

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