5 de marzo 2015    /   IDEAS
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Ortodoxia relajada

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Los de las mujeres y niños son los únicos rostros barbilampiños que pueden encontrarse en el 770 de Eastern Parkway, Brooklyn. Como buenos judíos jasídicos, la barba luce en el rostro de los hombres Jabad-Lubavitch, cuya sede se encuentra en la citada dirección del barrio neoyorquino.

Allí llegó a parar el rabino Joseph Isaac Schneersohn en 1940, tras una larga y penosa travesía por Europa. El entonces líder del movimiento escapó de la pena de muerte a la que le condenó el gobierno nazi gracias a las presiones de diversos estados aliados. A cambio, tuvo que pasar un tiempo en prisión. Después llegaría su periplo por Letonia, Polonia, Alemania… hasta llegar finalmente a Estados Unidos. A él se uniría poco después su sobrino y yerno Menachem Mendel Schneerson, el futuro Rebe Schneerson. Si importante fue el legado de su tío y suegro, a Menachem Mendel Schneerson se le atribuye la capacidad expansiva del movimiento por los cinco continentes. De ahí que, 21 años después de su muerte, al Rebe Schneerson no se le haya encontrado sucesor. Pero no pasa nada. Desde su tumba del cementerio neoyorquino de Old Monteflore sigue siendo la máxima inspiración para los Lubavicth.
Jojmá, Biná y Daat (inspiración, entendimiento y conciencia) constituyen la esencia del hombre. Sus iniciales constituyen la sigla JaBaD. La conexión con Dios para los jasídicos no se realiza mediante la renuncia a lo material, sino buscándola precisamente en ellas. También en el alma de cada individuo. De ahí que la alegría y el entusiasmo por la vida estén entre las máximas a seguir por los miembros de la comunidad. Estos no olvidan que el nombre Lubavitch hace alusión al pueblo bielorruso, en el que se instaló el movimiento durante cinco generaciones y cuyo significado es ‘Ciudad del amor’.

«El nombre Lubavitch hace alusión al pueblo bielorruso, en el que se instaló el movimiento durante cinco generaciones y cuyo significado es ‘Ciudad del amor’»


Apreciar esa esencia desde fuera se presenta harto complicado. Las nutridas barbas de los hombres, las pelucas y pañuelos que cubren las cabezas de las mujeres casadas y los ropones negros que portan unos y otros nublan la percepción de los ojos ajenos. «A día de hoy, gran parte de los no judíos siguen considerando a las comunidades ortodoxas como cerradas, oscuras, extremas y sectarias». Sabe Sacha Goldberger que aquellos hombres y mujeres de negro siguen levantando sospechas. La ignorancia las ampara: «La mayoría desconoce que los Lubavicth se diferencia, entre otras cosas, de otros movimientos judíos ortodoxos por su apertura al mundo exterior».
Ben Bensimon se ofreció a Sacha como cómplice para portar algo más de luz sobre esta comunidad. Pero había que hacerlo desde dentro. «Estuvimos allí seis semanas. Conocíamos a la mayoría de sus miembros. Es imposible fotografiar a los Lubavitch si no te has empapado por completo de su cultura».
Las fotografías en blanco y negro muestran a hombres, mujeres y niños Lubavitch en su día a día. «Se trata de aportar una visión más profunda, pero también más tierna y humorística de la comunidad». Los guiños al judaísmo, en general, se perciben en algunas mediante símbolos como la kipá o la mezuzá. En otras, las alusiones son más específicamente ‘Lubavitchers’, como la omnipresencia del rabino o el uso del sombrero.
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Luvavitch
Goldberger no quiso desaprovechar su estancia entre los Lubavicths para fotografiarles en plena celebración. «La otra serie en color que realicé está dedicada a la festividad judía de Purim. Es un día muy alegre en el que la mayoría se disfraza». Sacha convirtió el 770 de Eastern Parkway en un estudio fotográfico. En este caso, las imágenes en color son fiel reflejo del colorido y la alegría con los que la comunidad conmemora el milagro gracias al cual los judíos se salvaron de ser aniquilados por los persas, allá por el 450 a.C. «Las dos series son muy distintas, pero a la vez complementarias, porque recogen muchas facetas de la vida de los Lubavicths. A veces pueden resultar extremos y alejados del siglo XXI, pero, por otro lado, demuestra su alegría de vivir y su humanidad».
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Los de las mujeres y niños son los únicos rostros barbilampiños que pueden encontrarse en el 770 de Eastern Parkway, Brooklyn. Como buenos judíos jasídicos, la barba luce en el rostro de los hombres Jabad-Lubavitch, cuya sede se encuentra en la citada dirección del barrio neoyorquino.

Allí llegó a parar el rabino Joseph Isaac Schneersohn en 1940, tras una larga y penosa travesía por Europa. El entonces líder del movimiento escapó de la pena de muerte a la que le condenó el gobierno nazi gracias a las presiones de diversos estados aliados. A cambio, tuvo que pasar un tiempo en prisión. Después llegaría su periplo por Letonia, Polonia, Alemania… hasta llegar finalmente a Estados Unidos. A él se uniría poco después su sobrino y yerno Menachem Mendel Schneerson, el futuro Rebe Schneerson. Si importante fue el legado de su tío y suegro, a Menachem Mendel Schneerson se le atribuye la capacidad expansiva del movimiento por los cinco continentes. De ahí que, 21 años después de su muerte, al Rebe Schneerson no se le haya encontrado sucesor. Pero no pasa nada. Desde su tumba del cementerio neoyorquino de Old Monteflore sigue siendo la máxima inspiración para los Lubavicth.
Jojmá, Biná y Daat (inspiración, entendimiento y conciencia) constituyen la esencia del hombre. Sus iniciales constituyen la sigla JaBaD. La conexión con Dios para los jasídicos no se realiza mediante la renuncia a lo material, sino buscándola precisamente en ellas. También en el alma de cada individuo. De ahí que la alegría y el entusiasmo por la vida estén entre las máximas a seguir por los miembros de la comunidad. Estos no olvidan que el nombre Lubavitch hace alusión al pueblo bielorruso, en el que se instaló el movimiento durante cinco generaciones y cuyo significado es ‘Ciudad del amor’.

«El nombre Lubavitch hace alusión al pueblo bielorruso, en el que se instaló el movimiento durante cinco generaciones y cuyo significado es ‘Ciudad del amor’»


Apreciar esa esencia desde fuera se presenta harto complicado. Las nutridas barbas de los hombres, las pelucas y pañuelos que cubren las cabezas de las mujeres casadas y los ropones negros que portan unos y otros nublan la percepción de los ojos ajenos. «A día de hoy, gran parte de los no judíos siguen considerando a las comunidades ortodoxas como cerradas, oscuras, extremas y sectarias». Sabe Sacha Goldberger que aquellos hombres y mujeres de negro siguen levantando sospechas. La ignorancia las ampara: «La mayoría desconoce que los Lubavicth se diferencia, entre otras cosas, de otros movimientos judíos ortodoxos por su apertura al mundo exterior».
Ben Bensimon se ofreció a Sacha como cómplice para portar algo más de luz sobre esta comunidad. Pero había que hacerlo desde dentro. «Estuvimos allí seis semanas. Conocíamos a la mayoría de sus miembros. Es imposible fotografiar a los Lubavitch si no te has empapado por completo de su cultura».
Las fotografías en blanco y negro muestran a hombres, mujeres y niños Lubavitch en su día a día. «Se trata de aportar una visión más profunda, pero también más tierna y humorística de la comunidad». Los guiños al judaísmo, en general, se perciben en algunas mediante símbolos como la kipá o la mezuzá. En otras, las alusiones son más específicamente ‘Lubavitchers’, como la omnipresencia del rabino o el uso del sombrero.
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Goldberger no quiso desaprovechar su estancia entre los Lubavicths para fotografiarles en plena celebración. «La otra serie en color que realicé está dedicada a la festividad judía de Purim. Es un día muy alegre en el que la mayoría se disfraza». Sacha convirtió el 770 de Eastern Parkway en un estudio fotográfico. En este caso, las imágenes en color son fiel reflejo del colorido y la alegría con los que la comunidad conmemora el milagro gracias al cual los judíos se salvaron de ser aniquilados por los persas, allá por el 450 a.C. «Las dos series son muy distintas, pero a la vez complementarias, porque recogen muchas facetas de la vida de los Lubavicths. A veces pueden resultar extremos y alejados del siglo XXI, pero, por otro lado, demuestra su alegría de vivir y su humanidad».
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