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21 de noviembre 2016    /   BUSINESS
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Releer a Oscar Wilde cuando la censura acecha de nuevo

21 de noviembre 2016    /   BUSINESS     por          
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La figura de Oscar Wilde ha llegado hasta nuestros días engrandecida por sus frases lapidarias y sus respuestas ingeniosas, que daban una idea de las brillantes reflexiones que desarrollaba en sus libros. Pero su impronta no se limita a la literatura.

Fue precursor del feminismo, dirigiendo la revista Lady’s World, en la que incluyó temas de política, arte y literatura, y relegó la moda y belleza a sus últimas páginas. Fue también pionero defensor de la ecología al mostrar en una conferencia en 1883 su preocupación por la contaminación de los ríos. No necesita ninguna reivindicación, pero en los tiempos que corren, en los que vuelve a asomarse la censura, quizá sea necesario reivindicar sus ideas de nuevo.

A lo largo de su vida Wilde dio muchas entrevistas, incluso se las concedió a sí mismo, fundando el género de la autoentrevista. Sin embargo, el duelo dialéctico más apasionante de este autor tiene otro formato. Se encuentra recopilado en el libro La homosexualidad: literatura y política (Alianza Editorial) y comienza así.

CARSON: ¿Sería exacto decir que usted no tiene en cuenta la repercusión de sus libros en lo que atañe a la producción de efectos morales o inmorales?

WILDE: Desde luego, no las tengo en cuenta.

C: En lo que atañe a sus propias obras, ¿asume usted una actitud indiferente sobre la cuestión de su moralidad o inmoralidad?

W: No sé si emplea usted el término «asume» en una acepción determinada.

C: ¿No es uno de sus términos favoritos?

W: ¿Usted cree? No asumo ninguna posición al respecto. Cuando escribo una comedia o un libro, sólo me interesa la literatura, es decir, el arte. No intento hacer el bien o el mal. Pretendo crear un objeto que posea determinadas cualidades estéticas.

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Fotograma de la más reciente adaptación al cine de ‘El retrato de Dorian Gray’

La anterior transcripción no pertenece a una entrevista, sino a un juicio, el que enfrentó a Wilde contra el Marqués de Queensberry, al que el escritor acusó de difamación por haberle llamado sodomita. Edward Carlson, un conocido jurista de la época, enfrentado con Wilde desde que coincidieron en el Trinity College, aceptó defender al marqués y demostrar que su insulto no era infundado. Lo consiguió intentando dejar en evidencia el homoerotismo velado y la falta de moralidad de la obra del escritor, rescatando para ello distintos pasajes de sus libros.

CARSON: Escuche, por favor. Veamos una de las Frases y Filosofías para uso de la juventud que usted ha escrito. «La maldad es un mito inventado por las personas de orden para explicar la curiosa capacidad de atracción de los demás». ¿Cree usted que eso es cierto?

WILDE: Pocas veces creo que cualquier cosa que escribo sea cierta.

C: ¿Ha dicho usted pocas veces?

W: He dicho pocas veces, pero podría haber dicho nunca. Nunca creo que sea cierta en el verdadero sentido de la palabra.

C: «Las religiones mueren cuando demuestran que son verdaderas». ¿Es eso cierto?

W: Sí, esa es mi opinión. Sugiero una filosofía de la absorción de las religiones por la ciencia, pero creo que es una cuestión demasiado importante para abordarla en este momento.

C: ¿Piensa que se trataba de un axioma prudente para insertarlo entre las máximas dedicadas a la juventud?

W: Todo lo que incite a pensar es adecuado, cualquiera que sea la edad del lector.

C: ¿Con independencia de que sea moral o inmoral?

W: No hay pensamientos morales o inmorales. Sólo hay emociones inmorales.

Aunque no lo parezca, en este interrogatorio se discutía si un tipo tenía derecho a llamar a otro maricón (bueno, o sodomita, que eran lords ingleses y esta gente habla muy bien) y si ese insulto era o no fundado.

Lo que podría haberse convertido en un cruce de acusaciones al más puro estilo Sálvame, acabó transmutando en una disquisición sobre los límites de la moralidad en el arte. Y esto se debe a varios motivos.

El primero era la complicada situación del acusado. El Marqués de Queensberry sabía que Wilde era gay porque tenía una relación con su hijo, lord Alfred Douglas, pero no quería hacer explícito este punto por la complicada situación en la que dejaría a su familia, así que optó por defenderse asegurando que sus insultos estaban basados en la obra de Wilde.

Este, por su parte, se metió en un juicio que no podría ganar, animado en parte por su amante, Alfred Douglas, y en parte para defender, de forma pública y mediática, la necesidad de separar la moral del arte. Wilde estaba preocupado por la injerencia de los censores, en general en la literatura y en concreto en su obra, que había tenido que amoldar a sus criterios en más de una ocasión. Pero este extremo también lo conocía el abogado defensor.

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Ilustración de la época que reproduce uno de los juicios a los que se enfrentó Oscar Wilde

CARSON: ¿Después de las críticas de las que fue objeto Dorian Gray modificó usted sensiblemente la novela?

WILDE: No. Introduje algunos pasajes nuevos. Se me indicó –no en un periódico ni en una publicación semejante, sino por el único crítico de este siglo cuyo juicio tengo en alta estima, el señor Walter Pater– que determinado pasaje era susceptible de ser mal interpretado, e hice algunos añadidos.

C: En su prefacio a Dorian Gray, usted dice: «Un libro no es en modo alguno moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos». ¿Esa frase expresa su opinión?

W: Mi opinión acerca del arte, desde luego.

C: Por lo tanto, ¿un libro bien escrito que exponga opiniones morales viciosas, podría ser un buen libro?

W: Ninguna obra de arte ha expuesto nunca opiniones. Las opiniones son cosa de personas que no son artistas.

C: ¿Una novela pervertida podría ser un buen libro?

W: No sé lo que quiere decir para usted una novela pervertida.

C: Me atrevería entonces a indicar que Dorian Gray podría considerarse una novela de ese tipo.

W: Sólo los brutos y los ignorantes podrían interpretarla así. Los puntos de vista artísticos de los filisteos son enormemente estúpidos.

C: ¿Una persona inculta que leyera Dorian Gray podría interpretarla así?

W: En arte no puedes tenerse en cuenta los puntos de vista de las personas incultas. Solo me interesa mi propia concepción del arte. Me importa muy poco lo que otras personas piensen de él.

C: Su concepción de los filisteos y de los incultos ¿sería aplicable a la mayoría de las personas?

W: He encontrado excepciones magníficas.

C: ¿La inclinación y el amor del artista de Dorian Gray podrían llevar a una persona vulgar a pensar que podría haber en el personaje una determinada tendencia?

W: No sé lo que pueden pensar las personas vulgares.

C: ¿Nunca impidió usted que las personas vulgares compraran su libro?

W: Nunca les he incitado a no hacerlo.

Visto para sentencia. Oscar Wilde perdió este juicio. Y el siguiente, en el cual se le acusó de conducta indecente, es decir, de ser gay. El escritor acabaría en la cárcel no tanto por su condición de homosexual, que podía haber llevado de una forma discreta como hacían tantos en aquella época, sino por defender que el arte no tenía que ceñirse a los patrones morales de la época.

Puede parecer que este es un discurso superado, que la opresiva sociedad inglesa de finales del siglo XIX dista mucho de la abierta y libre moralidad de hoy en día. Pero algunos ejemplos recientes hacen difícil afirmarlo con rotundidad.

Pero quizá el caso que mejor ejemplifica esta moralidad aplicada al arte la encontremos, una vez más, en el propio Oscar Wilde. El libro de El retrato de Dorian Gray, que muchos han estudiado en los colegios es una versión censurada y amputada. La obra original (o una bastante parecida, algunos pasajes no se han podido recuperar) no se publicó hasta 2011. Aún sigue siendo una rareza editorial bastante difícil de conseguir en España.

La figura de Oscar Wilde ha llegado hasta nuestros días engrandecida por sus frases lapidarias y sus respuestas ingeniosas, que daban una idea de las brillantes reflexiones que desarrollaba en sus libros. Pero su impronta no se limita a la literatura.

Fue precursor del feminismo, dirigiendo la revista Lady’s World, en la que incluyó temas de política, arte y literatura, y relegó la moda y belleza a sus últimas páginas. Fue también pionero defensor de la ecología al mostrar en una conferencia en 1883 su preocupación por la contaminación de los ríos. No necesita ninguna reivindicación, pero en los tiempos que corren, en los que vuelve a asomarse la censura, quizá sea necesario reivindicar sus ideas de nuevo.

A lo largo de su vida Wilde dio muchas entrevistas, incluso se las concedió a sí mismo, fundando el género de la autoentrevista. Sin embargo, el duelo dialéctico más apasionante de este autor tiene otro formato. Se encuentra recopilado en el libro La homosexualidad: literatura y política (Alianza Editorial) y comienza así.

CARSON: ¿Sería exacto decir que usted no tiene en cuenta la repercusión de sus libros en lo que atañe a la producción de efectos morales o inmorales?

WILDE: Desde luego, no las tengo en cuenta.

C: En lo que atañe a sus propias obras, ¿asume usted una actitud indiferente sobre la cuestión de su moralidad o inmoralidad?

W: No sé si emplea usted el término «asume» en una acepción determinada.

C: ¿No es uno de sus términos favoritos?

W: ¿Usted cree? No asumo ninguna posición al respecto. Cuando escribo una comedia o un libro, sólo me interesa la literatura, es decir, el arte. No intento hacer el bien o el mal. Pretendo crear un objeto que posea determinadas cualidades estéticas.

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Fotograma de la más reciente adaptación al cine de ‘El retrato de Dorian Gray’

La anterior transcripción no pertenece a una entrevista, sino a un juicio, el que enfrentó a Wilde contra el Marqués de Queensberry, al que el escritor acusó de difamación por haberle llamado sodomita. Edward Carlson, un conocido jurista de la época, enfrentado con Wilde desde que coincidieron en el Trinity College, aceptó defender al marqués y demostrar que su insulto no era infundado. Lo consiguió intentando dejar en evidencia el homoerotismo velado y la falta de moralidad de la obra del escritor, rescatando para ello distintos pasajes de sus libros.

CARSON: Escuche, por favor. Veamos una de las Frases y Filosofías para uso de la juventud que usted ha escrito. «La maldad es un mito inventado por las personas de orden para explicar la curiosa capacidad de atracción de los demás». ¿Cree usted que eso es cierto?

WILDE: Pocas veces creo que cualquier cosa que escribo sea cierta.

C: ¿Ha dicho usted pocas veces?

W: He dicho pocas veces, pero podría haber dicho nunca. Nunca creo que sea cierta en el verdadero sentido de la palabra.

C: «Las religiones mueren cuando demuestran que son verdaderas». ¿Es eso cierto?

W: Sí, esa es mi opinión. Sugiero una filosofía de la absorción de las religiones por la ciencia, pero creo que es una cuestión demasiado importante para abordarla en este momento.

C: ¿Piensa que se trataba de un axioma prudente para insertarlo entre las máximas dedicadas a la juventud?

W: Todo lo que incite a pensar es adecuado, cualquiera que sea la edad del lector.

C: ¿Con independencia de que sea moral o inmoral?

W: No hay pensamientos morales o inmorales. Sólo hay emociones inmorales.

Aunque no lo parezca, en este interrogatorio se discutía si un tipo tenía derecho a llamar a otro maricón (bueno, o sodomita, que eran lords ingleses y esta gente habla muy bien) y si ese insulto era o no fundado.

Lo que podría haberse convertido en un cruce de acusaciones al más puro estilo Sálvame, acabó transmutando en una disquisición sobre los límites de la moralidad en el arte. Y esto se debe a varios motivos.

El primero era la complicada situación del acusado. El Marqués de Queensberry sabía que Wilde era gay porque tenía una relación con su hijo, lord Alfred Douglas, pero no quería hacer explícito este punto por la complicada situación en la que dejaría a su familia, así que optó por defenderse asegurando que sus insultos estaban basados en la obra de Wilde.

Este, por su parte, se metió en un juicio que no podría ganar, animado en parte por su amante, Alfred Douglas, y en parte para defender, de forma pública y mediática, la necesidad de separar la moral del arte. Wilde estaba preocupado por la injerencia de los censores, en general en la literatura y en concreto en su obra, que había tenido que amoldar a sus criterios en más de una ocasión. Pero este extremo también lo conocía el abogado defensor.

bailey
Ilustración de la época que reproduce uno de los juicios a los que se enfrentó Oscar Wilde

CARSON: ¿Después de las críticas de las que fue objeto Dorian Gray modificó usted sensiblemente la novela?

WILDE: No. Introduje algunos pasajes nuevos. Se me indicó –no en un periódico ni en una publicación semejante, sino por el único crítico de este siglo cuyo juicio tengo en alta estima, el señor Walter Pater– que determinado pasaje era susceptible de ser mal interpretado, e hice algunos añadidos.

C: En su prefacio a Dorian Gray, usted dice: «Un libro no es en modo alguno moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos». ¿Esa frase expresa su opinión?

W: Mi opinión acerca del arte, desde luego.

C: Por lo tanto, ¿un libro bien escrito que exponga opiniones morales viciosas, podría ser un buen libro?

W: Ninguna obra de arte ha expuesto nunca opiniones. Las opiniones son cosa de personas que no son artistas.

C: ¿Una novela pervertida podría ser un buen libro?

W: No sé lo que quiere decir para usted una novela pervertida.

C: Me atrevería entonces a indicar que Dorian Gray podría considerarse una novela de ese tipo.

W: Sólo los brutos y los ignorantes podrían interpretarla así. Los puntos de vista artísticos de los filisteos son enormemente estúpidos.

C: ¿Una persona inculta que leyera Dorian Gray podría interpretarla así?

W: En arte no puedes tenerse en cuenta los puntos de vista de las personas incultas. Solo me interesa mi propia concepción del arte. Me importa muy poco lo que otras personas piensen de él.

C: Su concepción de los filisteos y de los incultos ¿sería aplicable a la mayoría de las personas?

W: He encontrado excepciones magníficas.

C: ¿La inclinación y el amor del artista de Dorian Gray podrían llevar a una persona vulgar a pensar que podría haber en el personaje una determinada tendencia?

W: No sé lo que pueden pensar las personas vulgares.

C: ¿Nunca impidió usted que las personas vulgares compraran su libro?

W: Nunca les he incitado a no hacerlo.

Visto para sentencia. Oscar Wilde perdió este juicio. Y el siguiente, en el cual se le acusó de conducta indecente, es decir, de ser gay. El escritor acabaría en la cárcel no tanto por su condición de homosexual, que podía haber llevado de una forma discreta como hacían tantos en aquella época, sino por defender que el arte no tenía que ceñirse a los patrones morales de la época.

Puede parecer que este es un discurso superado, que la opresiva sociedad inglesa de finales del siglo XIX dista mucho de la abierta y libre moralidad de hoy en día. Pero algunos ejemplos recientes hacen difícil afirmarlo con rotundidad.

Pero quizá el caso que mejor ejemplifica esta moralidad aplicada al arte la encontremos, una vez más, en el propio Oscar Wilde. El libro de El retrato de Dorian Gray, que muchos han estudiado en los colegios es una versión censurada y amputada. La obra original (o una bastante parecida, algunos pasajes no se han podido recuperar) no se publicó hasta 2011. Aún sigue siendo una rareza editorial bastante difícil de conseguir en España.

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Opiniones 5
  • Muy interesante el artículo. Es estupendo que se reivindique su figura y se difundan sus escritos ya que son atemporales y están de plena vigencia. Precisamente la revista «Herejía y Belleza», ha editado un monográfico muy recomendable dedicado a la época victoriana con varios ensayos sobre Oscar Wilde, sus obras, los juicios, el destierro, etc…

  • Qué interesante. Me flipa leer sobre Wilde y aunque sabía todo lo del juicio que has tratado, no había leído las citas literales.
    ¿Sabes cómo se puede saber si una edición del Retrato de Dorian Gray es la menos censurada? Tengo una edición en Castellano y otra en inglés pero no se especifica si faltan pasajes y ahora quiero releerla lo más parecido a la original posible.
    ¡Un saludo!

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