26 de enero 2017    /   IDEAS
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Las palabras que daba miedo decir cuando éramos pequeños

26 de enero 2017    /   IDEAS     por          
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Los 80. Los menores teníamos prohibidas algunas palabras. Incluso las más simples si estaban marcadas como inapropiadas. El «tío» de «mira, tío» u «oye, tío» de las películas de Hollywood dirigido a otro niño recibía la mirada reprobatoria del adulto más cercano.

Recuerdo al padre de un chico de mi calle hablarme severo:
«Mi hijo no es un “tío”; no es uno de la cárcel»
 
(En las series que recrean los 80 hay niños que dicen «tío». Un ex guionista de una conocida serie me reveló: «Los niños actores no saben decir los diálogos de otra manera»).

Los niños teníamos prohibido decir algunas palabras, pero nadie impidió que las buscáramos en el pequeño diccionario ilustrado. Aunque el ejemplar que llevábamos a la escuela hacía años que estaba en casa —y mucho antes aprendimos a leer—, no fue hasta la picazón del sexo cuando reparamos en su contenido.

«Busca polla, busca culo, busca coño, busca follar», decía uno, el más espabilado, y otro buscaba. Entre clase y clase. En la casa de cada uno, no. Estaba el temor de ser pillado buscando lo que los niños tenían prohibido decir. El temor a ponerse colorado.

Ni coño ni follar ni polla estaban. Estaba culo como sinónimo de trasero y posaderas. Culo considerado como vulgarismo, pero rara vez la gente corriente decíamos culo. Era un tanto extraño. Había palabras que apenas se oían en una conversación y que la televisión eludía y sin embargo eran conocidas.

Por aquel entonces decíamos «me duele al sentarme» o «trasero» o como mucho culete con una sonrisita con reparos. También decíamos pilila y no recuerdo qué otros sinónimos cursis. Éramos niños aunque rondáramos los 16 y los adultos eran «mayores con reparo».

Sabíamos qué significaban la palabras prohibidas, pero necesitábamos confirmación académica. Anhelábamos: «¡Se puede decir coño! Está en el diccionario». Queríamos poseer la palabra para entrar de sopetón en la adultez porque, ignorantes, no conocíamos la servidumbre de los años.

La película Bola de fuego, con Barbara Stanwyck y Gary Cooper, me sugirió que los redactores del diccionario vivían enclaustrados. Pocos la recordarán. En ella, Cooper recopila palabras para una enciclopedia. Palabras que encuentra en libros. Una conversación casual entre la asistenta y el lechero le muestra que fuera de la mansión la gente se comunica con palabras que ignora. Era un adulto que vivía más como niño que conforme a su edad: ajeno al mundo.

Por el camino se topa con la Stanwyck que parece una femme fatale como en Perdición, pero resulta que es una buena chica. No recuerdo si la película estaba precedida por dos rombos. Sí recuerdo los dos rombos en películas de Bergman y Chabrol y en Blow-Up de Antonioni. Rombos que actuaban como imanes.

Mis padres, con buen criterio, me permitían verlas porque no tenían violencia ni desnudos que justificaran los dos rombos. Quizá por los mensajes que daban y que por entonces no entendía. Por saltarme las recomendaciones de edad crecía a marchas forzadas sin esfuerzo. Sí entendía la escena de la muerte jugando al ajedrez con un caballero.

Por la idea de retar a los adultos, superar al diccionario y los dos rombos, mirábamos con envidia la contracultura que Paloma Chamorro presentaba pasada la medianoche. Ella tenía treinta y tantos. Era adulta, pero no era como nuestros padres. Muerta la Movida, no fue hasta que llegaron los ordenadores e internet cuando recuperamos el placer de buscar lo prohibido o lo raro.

Éramos el ingenuo Gary Cooper lingüista sin salir de nuestro cuarto. Encontramos cosas que provocan pavor y asco, también bellas y asombrosas. También encontramos personas con las que hablábamos 15 minutos y olvidábamos al día siguiente. Y llegó el hartazgo.

La búsqueda que llevaba horas y provocaba placer por sí misma, ahora consume apenas unos minutos y resulta insatisfactoria. Todo está al alcance de todos y está ausente la idea de romper con una regla o un tabú aun en privado. Quizá, como quien tira cosas para despejar la casa, convendría desprenderse de lo acumulado, pero es un imposible olvidar a propósito un dato por día.

Otra opción, realista aunque ardua, es atravesar las capas de datos, noticias y enseñanzas curriculares acumuladas. Mirarse desnudo sin el asidero de lo amontonado en la memoria. Y después mirar.

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Los 80. Los menores teníamos prohibidas algunas palabras. Incluso las más simples si estaban marcadas como inapropiadas. El «tío» de «mira, tío» u «oye, tío» de las películas de Hollywood dirigido a otro niño recibía la mirada reprobatoria del adulto más cercano.

Recuerdo al padre de un chico de mi calle hablarme severo:
«Mi hijo no es un “tío”; no es uno de la cárcel»
 
(En las series que recrean los 80 hay niños que dicen «tío». Un ex guionista de una conocida serie me reveló: «Los niños actores no saben decir los diálogos de otra manera»).

Los niños teníamos prohibido decir algunas palabras, pero nadie impidió que las buscáramos en el pequeño diccionario ilustrado. Aunque el ejemplar que llevábamos a la escuela hacía años que estaba en casa —y mucho antes aprendimos a leer—, no fue hasta la picazón del sexo cuando reparamos en su contenido.

«Busca polla, busca culo, busca coño, busca follar», decía uno, el más espabilado, y otro buscaba. Entre clase y clase. En la casa de cada uno, no. Estaba el temor de ser pillado buscando lo que los niños tenían prohibido decir. El temor a ponerse colorado.

Ni coño ni follar ni polla estaban. Estaba culo como sinónimo de trasero y posaderas. Culo considerado como vulgarismo, pero rara vez la gente corriente decíamos culo. Era un tanto extraño. Había palabras que apenas se oían en una conversación y que la televisión eludía y sin embargo eran conocidas.

Por aquel entonces decíamos «me duele al sentarme» o «trasero» o como mucho culete con una sonrisita con reparos. También decíamos pilila y no recuerdo qué otros sinónimos cursis. Éramos niños aunque rondáramos los 16 y los adultos eran «mayores con reparo».

Sabíamos qué significaban la palabras prohibidas, pero necesitábamos confirmación académica. Anhelábamos: «¡Se puede decir coño! Está en el diccionario». Queríamos poseer la palabra para entrar de sopetón en la adultez porque, ignorantes, no conocíamos la servidumbre de los años.

La película Bola de fuego, con Barbara Stanwyck y Gary Cooper, me sugirió que los redactores del diccionario vivían enclaustrados. Pocos la recordarán. En ella, Cooper recopila palabras para una enciclopedia. Palabras que encuentra en libros. Una conversación casual entre la asistenta y el lechero le muestra que fuera de la mansión la gente se comunica con palabras que ignora. Era un adulto que vivía más como niño que conforme a su edad: ajeno al mundo.

Por el camino se topa con la Stanwyck que parece una femme fatale como en Perdición, pero resulta que es una buena chica. No recuerdo si la película estaba precedida por dos rombos. Sí recuerdo los dos rombos en películas de Bergman y Chabrol y en Blow-Up de Antonioni. Rombos que actuaban como imanes.

Mis padres, con buen criterio, me permitían verlas porque no tenían violencia ni desnudos que justificaran los dos rombos. Quizá por los mensajes que daban y que por entonces no entendía. Por saltarme las recomendaciones de edad crecía a marchas forzadas sin esfuerzo. Sí entendía la escena de la muerte jugando al ajedrez con un caballero.

Por la idea de retar a los adultos, superar al diccionario y los dos rombos, mirábamos con envidia la contracultura que Paloma Chamorro presentaba pasada la medianoche. Ella tenía treinta y tantos. Era adulta, pero no era como nuestros padres. Muerta la Movida, no fue hasta que llegaron los ordenadores e internet cuando recuperamos el placer de buscar lo prohibido o lo raro.

Éramos el ingenuo Gary Cooper lingüista sin salir de nuestro cuarto. Encontramos cosas que provocan pavor y asco, también bellas y asombrosas. También encontramos personas con las que hablábamos 15 minutos y olvidábamos al día siguiente. Y llegó el hartazgo.

La búsqueda que llevaba horas y provocaba placer por sí misma, ahora consume apenas unos minutos y resulta insatisfactoria. Todo está al alcance de todos y está ausente la idea de romper con una regla o un tabú aun en privado. Quizá, como quien tira cosas para despejar la casa, convendría desprenderse de lo acumulado, pero es un imposible olvidar a propósito un dato por día.

Otra opción, realista aunque ardua, es atravesar las capas de datos, noticias y enseñanzas curriculares acumuladas. Mirarse desnudo sin el asidero de lo amontonado en la memoria. Y después mirar.

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Opiniones 5
    • Gracias. Nunca había juntado en un mismo artículo tantas palabras tabú en mi niñez.

  • Me ha dado nostalgia, tan cierto que es ahora saber sobre las cosas que a uno le intrigan, más sin embargo, ¿Cuántas personas siguen sin saber utilizar la internet de manera beneficiosa?

    • Buena pregunta y cuánta razón. Ahí está Facebook Live mostrando barbaridades.

  • Comentarios cerrados.

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