17 de enero 2018    /   ENTRETENIMIENTO
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Por qué decir palabrotas no es malo pero igual deberías dejar de decirlas (en exceso)

17 de enero 2018    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Las palabrotas se nos antojan puñados de fonemas contaminados de ignominia y vileza que, como las enfermedades infecciosas, pueden colonizar nuestro cerebro para que obremos en sintonía. Recordemos que en muchos canales de televisión aún se usan pitidos para enmascarar palabrotas, como si se tratara de una especie de gripe que se contagia vía auditiva.

La cuestión es que esta supuesta contaminación no solo es caprichosa, sino cambiante con el tiempo, y en ocasiones incluso deseable.

Solo existen intenciones, no palabras

No existen palabrotas per se, sino palabras que adquieren connotaciones negativas hasta que se convierten en tabú.

Las palabras son capaces de cambiar tanto su significado que incluso pueden adoptar uno diametralmente opuesto, como es el caso de álgido (antes era frío y ahora es caliente, intenso, clave) o nimio (antes era enorme y abundante, y ahora es escaso). Con las palabrotas sucede lo mismo: as, por ejemplo, ahora es un halago (ser un as del deporte), pero hogaño era un insulto (as, de asnejón, se refería al burro, al tonto). Ahora alguien se puede sentir ofendido si le llamamos idiota, por bobo, pero en la Antigua Grecia simplemente se refería a aquel que no se ocupaba de los asuntos públicos, sino solo de sus intereses privados.

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Es decir, que el poder de las palabrotas no reside en sus fonemas. Pero tampoco en su acepción. Incluso si en el diccionario se alude al carácter vulgar u ofensivo de un término, este puede serlo o no dependiendo de las intenciones del hablante. De hecho, una palabrota puede tener connotaciones positivas, como al llamar cabrón a un amigo de toda la vida: la palabra genera un mayor sentimiento de intimidad y compadreo (al igual que la mordida fingida de nuestro perro, que sugiere que podría clavarnos hasta la médula sus incisivos pero que no lo hará). Por contrapartida, halagar a alguien como un «Einstein» puede ser profundamente insultante según el tono; por ejemplo, si nos dirigimos a alguien que no tiene muchas luces.

Lo ofensivo, pues, siempre es la intención, no la palabra en sí. Por eso, incluso, puedes insultar sin que parezca que insultes (y sorteando el burdo sistema judicial) tal y como explicamos aquí.

Efectos beneficiosos (sin abusar)

Manejar con soltura el Diccionario Secreto, de Camilo José Cela, no evidencia una mente sucia y desordenada, sino más bien una creativa e inteligente. Es lo que sugiere un estudio llevado a cabo por psicólogos de la Marist College y la Massachusetts College of Liberal Art: los participantes que fueron capaces de enumerar más tacos en un minuto también demostraron mayores habilidades lingüísticas en general.

El lenguaje procaz también es un modo de convivencia y autogestión de las emociones. No en vano, Freud ya dijo aquello de: «El primer ser humano que lanzó un insulto en vez de una piedra fue el fundador de la civilización».

Por ejemplo, las personas que profieren palabrotas son más confiables y honestas que las que no lo hacen nunca por educación o pudibundez, tal y como sugiere un estudio llevado a cabo por Gilad Feldman, del Departamento de Trabajo y Psicología de la Universidad de Maastricht (Países Bajos) y publicado en The Journal of Psychological and Personality Science. Si bien la palabrota evidencia que se están violando códigos morales de convivencia, también es cierto que su uso está asociado de forma positiva con la «autenticidad». Por ejemplo, en el caso de las personas inocentes, a las que se acusa de delitos, son más propensas a «soltar improperios».

La palabrota, aquí, funciona como las lágrimas o cualquier otra manifestación emocional: una prueba de que el dolor, la rabia o la alegría son fidedignas. Las personas que dicen estar tristes pero no lloran o no exhiben signos de esa tristeza no nos suscitan tanta conmiseración. Del mismo modo, quienes no se cagan en los muertos más frescos de alguien quizá no susciten la sensación de que están verdaderamente enfadados.

Si en vez de decir una palabrota, decimos un eufemismo, ello no borra de un plumazo lo que ya tenemos en la cabeza. Lo que hace, en realidad, es evitar que los demás adivinen lo que pensamos y cuánto nos afecta a nivel emocional.

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Y aquí viene el matiz sin abusar. Si maldecimos continuamente, devaluamos la maldición. Si insultamos sin criterio, al final el insulto parece una muletilla más de nuestra comunicación. Sin embargo, si hacemos uso de la palabra gruesa para determinados momentos, el efecto que se consigue es más poderoso, algo así como la versión procaz del que viene el lobo, que viene el lobo pero nunca viene hasta que viene. Jake Gyllenhaal lo explica muy bien a un adolescente coprolálico que usa las palabrotas para hacerse el duro y el alternativo frente a su madre, en la película de Jean-Marc Vallée Demolición (‘Demolition’, 2015). El diálogo se desarrolla así:

—Dices muchos tacos.

—¿Y?

—No los usas adecuadamente.

—¿Qué coño quieres decir?

—A eso me refiero. Los tacos son geniales, pero si los usas demasiado pierden todo su valor y pareces estúpido.

—Que te jodan.

—Exacto. Yo no siento nada y tú pareces un idiota.

Abusar de los insultos, pues, sí que tiene efectos sociales adversos: el exceso de uso devalúa sus efectos y nos quedamos sin palabras catárticas. Ello obliga, además, a inventar otras, gracias al proceso llamado rueda del eufemismo. Suprimir por completo y en todos los contextos toda la corrección política, los modales, los tabúes y las líneas rojas también estropea la brújula que indica cuándo en realidad en necesario transgredir, epatar, sacudir o violentar. Cuándo estamos cómodos y cuándo, incómodos. Cuándo ese golpe en la mesa debe silenciar cualquier otra palabra.

La corrección política y lo de cogérsela con papel de fumar también es necesario, en cierta medida, precisamente para poder recurrir de la incorrección política de un hijo puta con todas las letras.

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La cuestión es que esta supuesta contaminación no solo es caprichosa, sino cambiante con el tiempo, y en ocasiones incluso deseable.

Solo existen intenciones, no palabras

No existen palabrotas per se, sino palabras que adquieren connotaciones negativas hasta que se convierten en tabú.

Las palabras son capaces de cambiar tanto su significado que incluso pueden adoptar uno diametralmente opuesto, como es el caso de álgido (antes era frío y ahora es caliente, intenso, clave) o nimio (antes era enorme y abundante, y ahora es escaso). Con las palabrotas sucede lo mismo: as, por ejemplo, ahora es un halago (ser un as del deporte), pero hogaño era un insulto (as, de asnejón, se refería al burro, al tonto). Ahora alguien se puede sentir ofendido si le llamamos idiota, por bobo, pero en la Antigua Grecia simplemente se refería a aquel que no se ocupaba de los asuntos públicos, sino solo de sus intereses privados.

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Es decir, que el poder de las palabrotas no reside en sus fonemas. Pero tampoco en su acepción. Incluso si en el diccionario se alude al carácter vulgar u ofensivo de un término, este puede serlo o no dependiendo de las intenciones del hablante. De hecho, una palabrota puede tener connotaciones positivas, como al llamar cabrón a un amigo de toda la vida: la palabra genera un mayor sentimiento de intimidad y compadreo (al igual que la mordida fingida de nuestro perro, que sugiere que podría clavarnos hasta la médula sus incisivos pero que no lo hará). Por contrapartida, halagar a alguien como un «Einstein» puede ser profundamente insultante según el tono; por ejemplo, si nos dirigimos a alguien que no tiene muchas luces.

Lo ofensivo, pues, siempre es la intención, no la palabra en sí. Por eso, incluso, puedes insultar sin que parezca que insultes (y sorteando el burdo sistema judicial) tal y como explicamos aquí.

Efectos beneficiosos (sin abusar)

Manejar con soltura el Diccionario Secreto, de Camilo José Cela, no evidencia una mente sucia y desordenada, sino más bien una creativa e inteligente. Es lo que sugiere un estudio llevado a cabo por psicólogos de la Marist College y la Massachusetts College of Liberal Art: los participantes que fueron capaces de enumerar más tacos en un minuto también demostraron mayores habilidades lingüísticas en general.

El lenguaje procaz también es un modo de convivencia y autogestión de las emociones. No en vano, Freud ya dijo aquello de: «El primer ser humano que lanzó un insulto en vez de una piedra fue el fundador de la civilización».

Por ejemplo, las personas que profieren palabrotas son más confiables y honestas que las que no lo hacen nunca por educación o pudibundez, tal y como sugiere un estudio llevado a cabo por Gilad Feldman, del Departamento de Trabajo y Psicología de la Universidad de Maastricht (Países Bajos) y publicado en The Journal of Psychological and Personality Science. Si bien la palabrota evidencia que se están violando códigos morales de convivencia, también es cierto que su uso está asociado de forma positiva con la «autenticidad». Por ejemplo, en el caso de las personas inocentes, a las que se acusa de delitos, son más propensas a «soltar improperios».

La palabrota, aquí, funciona como las lágrimas o cualquier otra manifestación emocional: una prueba de que el dolor, la rabia o la alegría son fidedignas. Las personas que dicen estar tristes pero no lloran o no exhiben signos de esa tristeza no nos suscitan tanta conmiseración. Del mismo modo, quienes no se cagan en los muertos más frescos de alguien quizá no susciten la sensación de que están verdaderamente enfadados.

Si en vez de decir una palabrota, decimos un eufemismo, ello no borra de un plumazo lo que ya tenemos en la cabeza. Lo que hace, en realidad, es evitar que los demás adivinen lo que pensamos y cuánto nos afecta a nivel emocional.

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Y aquí viene el matiz sin abusar. Si maldecimos continuamente, devaluamos la maldición. Si insultamos sin criterio, al final el insulto parece una muletilla más de nuestra comunicación. Sin embargo, si hacemos uso de la palabra gruesa para determinados momentos, el efecto que se consigue es más poderoso, algo así como la versión procaz del que viene el lobo, que viene el lobo pero nunca viene hasta que viene. Jake Gyllenhaal lo explica muy bien a un adolescente coprolálico que usa las palabrotas para hacerse el duro y el alternativo frente a su madre, en la película de Jean-Marc Vallée Demolición (‘Demolition’, 2015). El diálogo se desarrolla así:

—Dices muchos tacos.

—¿Y?

—No los usas adecuadamente.

—¿Qué coño quieres decir?

—A eso me refiero. Los tacos son geniales, pero si los usas demasiado pierden todo su valor y pareces estúpido.

—Que te jodan.

—Exacto. Yo no siento nada y tú pareces un idiota.

Abusar de los insultos, pues, sí que tiene efectos sociales adversos: el exceso de uso devalúa sus efectos y nos quedamos sin palabras catárticas. Ello obliga, además, a inventar otras, gracias al proceso llamado rueda del eufemismo. Suprimir por completo y en todos los contextos toda la corrección política, los modales, los tabúes y las líneas rojas también estropea la brújula que indica cuándo en realidad en necesario transgredir, epatar, sacudir o violentar. Cuándo estamos cómodos y cuándo, incómodos. Cuándo ese golpe en la mesa debe silenciar cualquier otra palabra.

La corrección política y lo de cogérsela con papel de fumar también es necesario, en cierta medida, precisamente para poder recurrir de la incorrección política de un hijo puta con todas las letras.

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Opiniones 4
  • Agudo y pertinente el artículo, gracias. Si se me permite, creo que la palabra «hogaño» está fuera de uso, ya que significa «hoy en día». La palabra que correspondería, según el sentido de la frase que he creído entender, es «antaño», su opuesta. Lo comento por aquello de que es precisamente un artículo sobre el uso del lenguaje… un saludo

  • Cris Hall love is matter Caroline love Cris hall. the color of your eyes matter to me green and blue you can care for me for ever . If I tell you I’m faithful for ever until then.i just want to see you so we can talked about love .miss you forgive me, need your love.

  • Me cago en la puta, la madre que parió a Sergio Parra, qué artículo más cojonudo, deberían enmarcárselo todos los cabronazos que utilizan palabrotas sin ton ni son, coño!!!!

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