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22 de enero 2019    /   CREATIVIDAD
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Paleoartistas: así trabajan los retratistas de la prehistoria

22 de enero 2019    /   CREATIVIDAD     por          
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Los artistas no suelen visitar los museos donde se exponen sus obras. Mauricio Antón lo hace con calma, sabiéndose anónimo. Pasea por las silenciosas salas de uno de los museos más visitados de España observando los cuadros –sus cuadros–, explicando detalles, rememorando anécdotas. A su alrededor, los visitantes admiran las pinturas con fruición, pero ninguno parece sospechar que tiene a su autor a escasos metros.

Solo la responsable de la tienda del museo parece reconocerle.

—¡Ya no te vemos por aquí nunca! —le espeta con una sonrisa.

—Ya, es que ahora trabajo en el laboratorio —responde él, azorado, las manos enterradas en los bolsillos, la sonrisa colgada del labio. Antón busca inspiración en sitios extraños como laboratorios, excavaciones o la sabana africana.

Los prefijos importan, así que deberíamos matizar que Mauricio Antón no es simplemente artista; él es paleoartista. Se conoce con este nombre al reducido gremio de ilustradores que recrean, basándose en criterios científicos, especies de fauna y flora extintas hace millones de años.

Sus obras se exponen en los museos más importantes del mundo, se reproducen en libros y documentales de audiencias planetarias. Sin embargo, pocas veces se les pone nombre.

Mauricio Antón y Raúl Martín son quizá los paleoartistas más reconocidos de España. Sus obras conviven en la sección de paleobiología del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, por el que hoy pasea el primero. Martín está especializado en paleozoico y mesozoico; en dinosaurios, vaya. Antón se ha ido decantando más por el terciario.

Enormes mamuts, curiosos neandertales y amenazantes tigres de dientes de sable pueblan sus dibujos. Este último es su animal totémico, su preferido. «Me encantan los dinosaurios, pero cada uno tiene una debilidad. La mia es esta», dice mientras pasea por el museo.

Se detiene al llegar a uno de sus cuadros. El yacimiento de Batallones, en Madrid, es uno de los más importantes del mundo por la gran cantidad de restos de depredadores que en él se han encontrado.

Esto se representa fielmente en la ilustración de Antón, donde se ven varios tipos de canes y felinos acechando entre la maleza. El conjunto es equilibrado y evocador, una pradera salpicada de animales que resultan familiares a la vez que extraños; un paisaje más propio de un safari extraterrestre que de la campiña madrileña.

 Existen animales, ecosistemas, mundos enteros que son maravillosos y la gente no los conoce. Solo están en las mentes de unos cuantos científicos

Puede tener una pátina artística, pero lo cierto es que no hay nada arbitrario en esta pintura. Ni los animales, ni su color, ni su postura. «Miro que el conjunto tenga una buena composiciòn», reconoce Antón, «pero en la mayoría de detalles estoy muy atado por las investigaciones». Esta yuxtaposición entre lo artístico y lo científico hace que el proceso de creación de los cuadros sea, a veces, un trabajo de equipo.

Antón trabaja con los paleontólogos para comprender, a partir de unos huesos, cómo podían ser estos animales prehistóricos. Insuflar carne y vida a un montón de fósiles y plasmarlo en un dibujo. En el caso de Batallones, la pintura se realizó en mes y medio, pero resume gráficamente 30 años de investigaciones y descubrimientos. «Ha sido mi mayor colaboración con este museo, el ir dando forma a toda la información que se ha ido recopilando en todos estos años», explica.

Antes de hacer el cuadro definitivo, el artista debe hacer un estudio fisiológico de cada animal que aparecerá en él. Antón, por tanto, no empieza haciendo un boceto, sino dibujando huesos. Después les añade músculos y finalmente superpone una última capa de pelo y piel para hacerse una idea del aspecto final de un animal. Estos estudios no aparecen en sus ilustraciones finales, pero son necesarios para lograr una representación fiel del animal.

Pocas instituciones están dispuestas a contratar a un paleoartista para hacer una pieza original. Por eso, es muy probable que ya hayas visto antes alguno de los trabajos de Mauricio Antón, pues sus ilustraciones se replican con asiduidad en museos y publicaciones.

No pasa solo con su trabajo, las ilustraciones en este género suelen repetirse en bucle, incluso para ilustrar periodos o zonas distintas. «Y es una pena porque existen animales, ecosistemas, mundos enteros que son maravillosos y la gente no los conoce. Solo están en las mentes de unos cuantos científicos», lamenta el pintor.

Mauricio Antón sigue paseando por el museo, que poco a poco se llena de visitantes. Dirige sus andares distraídos a esqueletos y reconstrucciones «Este está mal montado», susurra en tono confidente.

Nos paramos ante otra de sus ilustraciones, mientras él va explicándola profusamente. Es un simple cuadro, pero encierra más información de la que puede parecer. «La ilustración es una forma de traducir los datos científicos y que puedan ser asimilados por todo el mundo. Estas ilustraciones tienen el potencial de llegar muy rápidamente a los niños», comenta el paleoartista.

Nos dijeron que esto en España nunca se podría publicar porque no interesa, no va en nuestra cultura. Cinco años después llegó Parque Jurásico y empezó la fiebre de los dinosaurios

A él, de hecho, su vocación le llegó de niño. «Tenía siete u ocho añitos; vi dibujos de fauna prehistórica y me quedé fascinado», explica. Asegura que esta profesión tiene una motivación emocional, «te atrae antes de que lo puedas racionalizar mucho», reflexiona.

Mauricio Antón supo que quería ser paleoartista de niño y mantuvo esa condición de adulto, aunque el término ni siquiera existía por aquel entonces. Después de estudiar bellas artes en Venezuela volvió a la España de los 80 con la maleta llena de pinturas y expectativas.

Probó suerte como pintor surrealista, colando en sus cuadros algún dinosaurio, algún tigre de dientes de sable… Pero la suerte se le escurría. «Aquí las modas iban más por el expresionismo abstracto, era la época de la movida… y yo no encajaba. Mis exposiciones tuvieron un éxito, digamos, moderadito», comenta con sorna.

Los fracasos le fueron encaminando hacia su auténtica vocación. Empezó a colaborar con un conocido suyo, José Luís Sanz, que está considerado el mayor experto en dinosaurios de España. Su primer proyecto conjunto fue un libro sobre estas bestias pretéritas que nunca vio la luz. «Nos dijeron que esto en España nunca se podría publicar porque no interesa, no va en nuestra cultura. Cinco años después llegó Parque Jurásico y empezó la fiebre de los dinosaurios».

Puede que aquel proyecto no prosperara, pero la colaboración continuó, como bien muestran los paneles del museo en el que nos encontramos. Después vendría la BBC, con la que trabajó en la serie Caminando entre bestias; National Geographic, para el que realizó ilustraciones de varios homínidos; o la Universidad de Columbia, con la que ha publicado diversos libros.

El museo empieza a llenarse y los niños se agolpan ante los esqueletos y las ilustraciones. Podemos ver de primera mano esa fascinación infantil por la fauna pretérita de la que Mauricio Antón habla a menudo, un embrujo misterioso que él asegura haber acabado descifrando.

«Con el tiempo te das cuenta de que esa fascinación reside en la mezcla entre imaginación y realidad, los niños se dan cuenta de que esto no está inventado. Tiene todo ese misterio y esa invitación a la fantasía, pero proviene de los datos científicos. Esto es real».

 

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Los artistas no suelen visitar los museos donde se exponen sus obras. Mauricio Antón lo hace con calma, sabiéndose anónimo. Pasea por las silenciosas salas de uno de los museos más visitados de España observando los cuadros –sus cuadros–, explicando detalles, rememorando anécdotas. A su alrededor, los visitantes admiran las pinturas con fruición, pero ninguno parece sospechar que tiene a su autor a escasos metros.

Solo la responsable de la tienda del museo parece reconocerle.

—¡Ya no te vemos por aquí nunca! —le espeta con una sonrisa.

—Ya, es que ahora trabajo en el laboratorio —responde él, azorado, las manos enterradas en los bolsillos, la sonrisa colgada del labio. Antón busca inspiración en sitios extraños como laboratorios, excavaciones o la sabana africana.

Los prefijos importan, así que deberíamos matizar que Mauricio Antón no es simplemente artista; él es paleoartista. Se conoce con este nombre al reducido gremio de ilustradores que recrean, basándose en criterios científicos, especies de fauna y flora extintas hace millones de años.

Sus obras se exponen en los museos más importantes del mundo, se reproducen en libros y documentales de audiencias planetarias. Sin embargo, pocas veces se les pone nombre.

Mauricio Antón y Raúl Martín son quizá los paleoartistas más reconocidos de España. Sus obras conviven en la sección de paleobiología del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, por el que hoy pasea el primero. Martín está especializado en paleozoico y mesozoico; en dinosaurios, vaya. Antón se ha ido decantando más por el terciario.

Enormes mamuts, curiosos neandertales y amenazantes tigres de dientes de sable pueblan sus dibujos. Este último es su animal totémico, su preferido. «Me encantan los dinosaurios, pero cada uno tiene una debilidad. La mia es esta», dice mientras pasea por el museo.

Se detiene al llegar a uno de sus cuadros. El yacimiento de Batallones, en Madrid, es uno de los más importantes del mundo por la gran cantidad de restos de depredadores que en él se han encontrado.

Esto se representa fielmente en la ilustración de Antón, donde se ven varios tipos de canes y felinos acechando entre la maleza. El conjunto es equilibrado y evocador, una pradera salpicada de animales que resultan familiares a la vez que extraños; un paisaje más propio de un safari extraterrestre que de la campiña madrileña.

 Existen animales, ecosistemas, mundos enteros que son maravillosos y la gente no los conoce. Solo están en las mentes de unos cuantos científicos

Puede tener una pátina artística, pero lo cierto es que no hay nada arbitrario en esta pintura. Ni los animales, ni su color, ni su postura. «Miro que el conjunto tenga una buena composiciòn», reconoce Antón, «pero en la mayoría de detalles estoy muy atado por las investigaciones». Esta yuxtaposición entre lo artístico y lo científico hace que el proceso de creación de los cuadros sea, a veces, un trabajo de equipo.

Antón trabaja con los paleontólogos para comprender, a partir de unos huesos, cómo podían ser estos animales prehistóricos. Insuflar carne y vida a un montón de fósiles y plasmarlo en un dibujo. En el caso de Batallones, la pintura se realizó en mes y medio, pero resume gráficamente 30 años de investigaciones y descubrimientos. «Ha sido mi mayor colaboración con este museo, el ir dando forma a toda la información que se ha ido recopilando en todos estos años», explica.

Antes de hacer el cuadro definitivo, el artista debe hacer un estudio fisiológico de cada animal que aparecerá en él. Antón, por tanto, no empieza haciendo un boceto, sino dibujando huesos. Después les añade músculos y finalmente superpone una última capa de pelo y piel para hacerse una idea del aspecto final de un animal. Estos estudios no aparecen en sus ilustraciones finales, pero son necesarios para lograr una representación fiel del animal.

Pocas instituciones están dispuestas a contratar a un paleoartista para hacer una pieza original. Por eso, es muy probable que ya hayas visto antes alguno de los trabajos de Mauricio Antón, pues sus ilustraciones se replican con asiduidad en museos y publicaciones.

No pasa solo con su trabajo, las ilustraciones en este género suelen repetirse en bucle, incluso para ilustrar periodos o zonas distintas. «Y es una pena porque existen animales, ecosistemas, mundos enteros que son maravillosos y la gente no los conoce. Solo están en las mentes de unos cuantos científicos», lamenta el pintor.

Mauricio Antón sigue paseando por el museo, que poco a poco se llena de visitantes. Dirige sus andares distraídos a esqueletos y reconstrucciones «Este está mal montado», susurra en tono confidente.

Nos paramos ante otra de sus ilustraciones, mientras él va explicándola profusamente. Es un simple cuadro, pero encierra más información de la que puede parecer. «La ilustración es una forma de traducir los datos científicos y que puedan ser asimilados por todo el mundo. Estas ilustraciones tienen el potencial de llegar muy rápidamente a los niños», comenta el paleoartista.

Nos dijeron que esto en España nunca se podría publicar porque no interesa, no va en nuestra cultura. Cinco años después llegó Parque Jurásico y empezó la fiebre de los dinosaurios

A él, de hecho, su vocación le llegó de niño. «Tenía siete u ocho añitos; vi dibujos de fauna prehistórica y me quedé fascinado», explica. Asegura que esta profesión tiene una motivación emocional, «te atrae antes de que lo puedas racionalizar mucho», reflexiona.

Mauricio Antón supo que quería ser paleoartista de niño y mantuvo esa condición de adulto, aunque el término ni siquiera existía por aquel entonces. Después de estudiar bellas artes en Venezuela volvió a la España de los 80 con la maleta llena de pinturas y expectativas.

Probó suerte como pintor surrealista, colando en sus cuadros algún dinosaurio, algún tigre de dientes de sable… Pero la suerte se le escurría. «Aquí las modas iban más por el expresionismo abstracto, era la época de la movida… y yo no encajaba. Mis exposiciones tuvieron un éxito, digamos, moderadito», comenta con sorna.

Los fracasos le fueron encaminando hacia su auténtica vocación. Empezó a colaborar con un conocido suyo, José Luís Sanz, que está considerado el mayor experto en dinosaurios de España. Su primer proyecto conjunto fue un libro sobre estas bestias pretéritas que nunca vio la luz. «Nos dijeron que esto en España nunca se podría publicar porque no interesa, no va en nuestra cultura. Cinco años después llegó Parque Jurásico y empezó la fiebre de los dinosaurios».

Puede que aquel proyecto no prosperara, pero la colaboración continuó, como bien muestran los paneles del museo en el que nos encontramos. Después vendría la BBC, con la que trabajó en la serie Caminando entre bestias; National Geographic, para el que realizó ilustraciones de varios homínidos; o la Universidad de Columbia, con la que ha publicado diversos libros.

El museo empieza a llenarse y los niños se agolpan ante los esqueletos y las ilustraciones. Podemos ver de primera mano esa fascinación infantil por la fauna pretérita de la que Mauricio Antón habla a menudo, un embrujo misterioso que él asegura haber acabado descifrando.

«Con el tiempo te das cuenta de que esa fascinación reside en la mezcla entre imaginación y realidad, los niños se dan cuenta de que esto no está inventado. Tiene todo ese misterio y esa invitación a la fantasía, pero proviene de los datos científicos. Esto es real».

 

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