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8 de junio 2018    /   ENTRETENIMIENTO
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Los paniora, maorís de sangre española

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Dice un proverbio maorí que «solo al conocer tu genealogía puedes clavar tu lanza en la tierra y tener un futuro». Para los indígenas de Nueva Zelanda, desconocer sus orígenes es motivo de desconcierto, de vergüenza, de desaliento. Y hay una familia maorí que, hasta hace pocos años, se encontró perdida como un percebeiro en mitad del desierto: ignoraban el lugar exacto donde nació uno de sus ancestros. Solo sabían su nombre, Manuel José, y que había venido de un lugar muy distinto a sus costumbres: la exótica España, en la otra punta del planeta Tierra.

Toni Manuel talla la piedra, la madera y la piel humana en su taller de Christchurch, la ciudad principal de la Isla Sur de Nueva Zelanda. Es un tohunga whakairo, un maestro tallador y un tohunga tā moko, maestro tatuador. Conoce a la perfección los símbolos maorís para plasmarlos sobre la piel de cualquier tribu indígena de Nueva Zelanda y lo hace a través del tā moko, el arte del tatuaje maorí. Para los nativos de Nueva Zelanda, las formas, la localización, el tamaño de los motivos tatuados tienen un significado específico y cuentan todo sobre la identidad de esa persona. Son el DNI de los maorís.

Toni Manuel lleva toda su vida tallando identidades sobre la piel de otros humanos pero, hasta 2006, no pudo completar la suya propia. Es un paniora, uno de los descendientes de Manuel José de Frutos Huerta, un español que llegó a Nueva Zelanda en un barco ballenero inglés en el año 1835.

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Al terminar la jornada, Toni Manuel me invita a su mesa. En la cena hablamos de terremotos (como el que asoló Christchurch pocos años atrás), hablamos de tatuajes, hablamos de familia. Toni habla sobre los encuentros familiares de décadas pasadas, en los que los paniora se reunían vestidos con trajes sevillanos, escuchaban música flamenca y simulaban encierros taurinos.

Antes de retirar los platos, mientras se levanta y abandona el salón, dice que tiene que enseñarme algo importante. Al volver, deposita sobre la mesa un par de cervezas y un libro de tela azul con un título en letras doradas: Olive Branches. Ramas de olivo. Es el libro más importante de su biblioteca, el más especial, el que cuenta la historia de los paniora antes de que la gran verdad les fuese revelada. Escrito por varios miembros de la familia en la década de 1990, Olive branches describe lo retazos de historia que conocían hasta aquel momento los descendientes de Manuel José.

Al abrir el libro, se descubre un dibujo a doble página donde un olivo, situado frente al mar, guarda entre sus ramas el rostro de un hombre de rictus serio, como un Odiseo heroico. A la izquierda se encuentra un poema dedicado a ese rostro, cuyos primeros versos dicen así:

«Aunque descendiente de cinco mujeres,
los lazos de esta familia son fuertes,
la sangre española que les diste,
les da un lazo común.

Pero tú todavía permaneces en las sombras,
un español sin pasado,
un vínculo en Awa Nui,
es donde tu olivo permanece firme […]».

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Cuando ese libro fue creado, los paniora solo sabían que Manuel José había llegado desde España, de una tierra fértil llamada Segovia. Pero eso no era suficiente. Un maorí necesita saber el lugar exacto al que pertenece, para cantarle cada día, para nombrarlo, para honrarlo. Para clavar su lanza. Un maorí nunca se presenta como individuo, sino como un colectivo, como el fruto de una larga cadena de eslabones, ligado a una tribu, a una familia, a un lugar. Las montañas, los lagos, los ríos son elementos con entidad propia que se convierten en miembros de su propia familia.

Los Ngāti Porou, la iwi  o tribu a la que pertenece Toni Manuel, tiene como símbolo el monte Hikurangi, situado al norte de la Isla Norte de Nueva Zelanda. Este es, según la mitología maorí, el primer lugar que emergió del mar cuando el gran dios Maui pescó la isla del fondo del océano. En su cima, dicen, está el primer punto desde el que se ve emerger el disco solar sobre las aguas. Dicen.

Toni Manuel, como Ngāti Porou, conocía una de sus raíces: el territorio de Gisborne, el área donde se asentó la tribu desde siglos atrás y donde vivió, procreó y murió Manuel José de Frutos Huerta después de su llegada a Nueva Zelanda. Pero le faltaba, como al resto de su familia, otro lugar, otro espacio de tierra en el que clavar su lanza. Ese lugar se lo dio la periodista Diana Burns en 2006.

El misterio revelado de Manuel José

Los paniora conocieron su origen como suelen resolverse la mayoría de los enigmas: preguntando.

Diana Burns, una periodista neozelandesa, se interesó por la historia de los paniora y comenzó a indagar. Burns se reunió con los miembros más ancianos de la familia y les preguntó qué recordaban de su antepasado. Estos respondieron que sus abuelos, en alguna ocasión, les habían hablado de un «valle o pradera verde» como lugar de origen de su ancestro. Burns exploró exhaustivamente el terreno de Segovia y topó con un nombre: Valverde del Majano. Intrigada por aquel Val-verde, solicitó en el Ayuntamiento la partida de bautismo de un tal Manuel José, nacido en 1811.

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Y dio en el clavo.

Un año después, una expedición maorí, con Riki entre sus miembros, realizó un largo viaje hasta España, para poder cerrar el círculo de su pasado. Aquel verano de 2007 casi 20 miembros paniora se encontraron cara a cara con aquello que llevaban tanto tiempo buscando. Conocieron a algunos de sus familiares lejanos, intercambiaron con ellos su aliento vital –el ha– a través del hongi, el saludo nariz con nariz de las ceremonias maorís, y cantaron a la tierra de su ancestro. Tallaron madera española con símbolos maorís y dejaron dos piedras de jade como obsequio para el pueblo.

Entre los miembros de la expedición se encontraban John Manuel y Edda McCabe, dos de los paniora más especiales de la familia.

Lo que la historia de los paniora puede enseñar a un español: Edda

«Ahora es cuando hemos empezado a comprender lo que significa ser un paniora. Estamos aprendiendo a darnos permiso a ser españoles». Si Edda McCabe no fuese Edda McCabe, habría sido sacerdotisa. O profeta. O bruja. O maga. O todas esas cosas a la vez.

O quizá ya lo sea.

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Con unos párpados a media asta, que transmiten una tranquilidad y paciencia infinitas, una boca irregular y ligeramente desestructurada y una mirada marrón caoba que no te suelta hasta que no lanza un parpadeo, Edda McCabe habla como si leyese un libro de filosofía.

Hace unos minutos que se ha ido su hermano –al que ha regalado un colgante con el color de la bandera rojigualda– y Edda habla sobre su familia, sobre su visita a Valverde, 10 años atrás, sobre la alegría de haber resuelto el gran misterio de Manuel José.

Y habla de ser española.

Del permiso –y el gozo– de ser española.

Edda enseña con sus palabras cada vez que pronuncia una frase, con esa maravillosa cualidad que tienen las personas sabias de hacer aprender al resto sin pretenderlo. Simplemente, habla. Habla del significado de ser español sin haber nacido en España. De amar una tierra, incluso antes de haberla pisado, a miles de kilómetros de distancia. De no amar la tierra como un amante celoso que acaba asesinando a su amada, a sus padres, al vecino, al cartero y hasta al mensajero de Telepizza; sino de amarla como se ama un concepto, una idea.

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Para los maorís la tierra no se posee, se pertenece a ella. Y de esa pertenencia surge el vínculo que los identifica con un lugar. Así sucedía cuando los ingleses, con el capitán Cook a la cabeza, llegaron en 1769.  Los colonos encontraron a otros humanos, encontraron sus casas, encontraron sus wakas (canoas), encontraron sus disputas tribales y sus cultivos de kūmara. Pero no hallaron resto alguno de vallas ni empalizadas. Esas divisiones las trajeron ellos, junto con las armas de fuego, las máquinas para talar árboles y un papel que decía que aquellas tierras, a las que ellos pertenecían, iban a pasar a formar parte de la corona británica.

Lo que la historia de los Paniora puede enseñar a un español: Big John

La piedra es blanca, aunque ennegrecida por el tiempo. En lo alto, una cruz celta de mármol corona el mausoleo donde una placa reza las siguientes palabras:

«En memoria de Emmanuel Josef, ballenero y comerciante de Port Awanui, y de las  mujeres Ngāti Porou (Tapita, Katarina te Ahui, Maraea, Mihi Taheke, Uruhana) que fueron las madres de sus hijos. Erigido por los descendientes de Manuel José en 1980».

Sobre la placa, la única pieza de color de toda la tumba: el escudo de los Paniora, donde se representa un castillo dorado –recordando al escudo de Castilla y León–,  la rama de un olivo y varias franjas quebradas con los colores de la bandera española (o catalana).

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Big John Manuel espera en su todoterreno. La lluvia cae como un gemido tenue, como una sustancia babosa que se adhiere a la ropa. Una hora antes visitamos Port Awanui, donde estuvo la tienda de Manuel José. Ahora allí no queda nada, salvo una cosa: el olivo que plantó 150 años atrás, un superviviente ibérico en el extremo norte de Nueva Zelanda.

Big John tiene casi 80 años, se mueve como un joven de 30 y ríe como un niño de 14. La única diferencia es que la suya es una sonrisa (casi) desdentada. En su afán (y orgullo) por enseñar el pasado de su familia, luce cada día una de las seis camisetas rojas de la selección de fútbol que compró en su viaje a España.

Su casa, en la diminuta Rangitukia, es un homenaje constante al país de sus antípodas: carteles de corridas de toros de la plaza de Boadilla del Monte, discos de flamenco, banderas de España. A Big John cuesta un poco entenderle –en inglés– cuando habla, pero es capaz de transmitir sin palabras lo más importante de su mensaje: que ser español no es propiedad única y exclusiva de alguien nacido en España.

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Sabe que en el país donde nació su ancestro, ocurre el problema entre España y Cataluña. Lo escucha, lo conoce, pero no lo entiende y, sinceramente, poco le importa. Porque para un maorí las fronteras siguen siendo algo extraño, ajeno y, en cualquier caso, nunca determinado por la voz humana. Una frontera no es realmente una frontera, sino un espacio flexible, que cambia con el tiempo, como cambia un bosque, el curso de un río o la ladera de una montaña.

Para un maorí, es posible, necesario y un hecho constatable sentir que un árbol es su hermano, que una montaña es su madre, que un río es su antepasado. Lo mismo que para un paniora lo es decir que es tan español como alguien nacido en Segovia.

Dice un proverbio maorí que «solo al conocer tu genealogía puedes clavar tu lanza en la tierra y tener un futuro». Para los indígenas de Nueva Zelanda, desconocer sus orígenes es motivo de desconcierto, de vergüenza, de desaliento. Y hay una familia maorí que, hasta hace pocos años, se encontró perdida como un percebeiro en mitad del desierto: ignoraban el lugar exacto donde nació uno de sus ancestros. Solo sabían su nombre, Manuel José, y que había venido de un lugar muy distinto a sus costumbres: la exótica España, en la otra punta del planeta Tierra.

Toni Manuel talla la piedra, la madera y la piel humana en su taller de Christchurch, la ciudad principal de la Isla Sur de Nueva Zelanda. Es un tohunga whakairo, un maestro tallador y un tohunga tā moko, maestro tatuador. Conoce a la perfección los símbolos maorís para plasmarlos sobre la piel de cualquier tribu indígena de Nueva Zelanda y lo hace a través del tā moko, el arte del tatuaje maorí. Para los nativos de Nueva Zelanda, las formas, la localización, el tamaño de los motivos tatuados tienen un significado específico y cuentan todo sobre la identidad de esa persona. Son el DNI de los maorís.

Toni Manuel lleva toda su vida tallando identidades sobre la piel de otros humanos pero, hasta 2006, no pudo completar la suya propia. Es un paniora, uno de los descendientes de Manuel José de Frutos Huerta, un español que llegó a Nueva Zelanda en un barco ballenero inglés en el año 1835.

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Al terminar la jornada, Toni Manuel me invita a su mesa. En la cena hablamos de terremotos (como el que asoló Christchurch pocos años atrás), hablamos de tatuajes, hablamos de familia. Toni habla sobre los encuentros familiares de décadas pasadas, en los que los paniora se reunían vestidos con trajes sevillanos, escuchaban música flamenca y simulaban encierros taurinos.

Antes de retirar los platos, mientras se levanta y abandona el salón, dice que tiene que enseñarme algo importante. Al volver, deposita sobre la mesa un par de cervezas y un libro de tela azul con un título en letras doradas: Olive Branches. Ramas de olivo. Es el libro más importante de su biblioteca, el más especial, el que cuenta la historia de los paniora antes de que la gran verdad les fuese revelada. Escrito por varios miembros de la familia en la década de 1990, Olive branches describe lo retazos de historia que conocían hasta aquel momento los descendientes de Manuel José.

Al abrir el libro, se descubre un dibujo a doble página donde un olivo, situado frente al mar, guarda entre sus ramas el rostro de un hombre de rictus serio, como un Odiseo heroico. A la izquierda se encuentra un poema dedicado a ese rostro, cuyos primeros versos dicen así:

«Aunque descendiente de cinco mujeres,
los lazos de esta familia son fuertes,
la sangre española que les diste,
les da un lazo común.

Pero tú todavía permaneces en las sombras,
un español sin pasado,
un vínculo en Awa Nui,
es donde tu olivo permanece firme […]».

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Cuando ese libro fue creado, los paniora solo sabían que Manuel José había llegado desde España, de una tierra fértil llamada Segovia. Pero eso no era suficiente. Un maorí necesita saber el lugar exacto al que pertenece, para cantarle cada día, para nombrarlo, para honrarlo. Para clavar su lanza. Un maorí nunca se presenta como individuo, sino como un colectivo, como el fruto de una larga cadena de eslabones, ligado a una tribu, a una familia, a un lugar. Las montañas, los lagos, los ríos son elementos con entidad propia que se convierten en miembros de su propia familia.

Los Ngāti Porou, la iwi  o tribu a la que pertenece Toni Manuel, tiene como símbolo el monte Hikurangi, situado al norte de la Isla Norte de Nueva Zelanda. Este es, según la mitología maorí, el primer lugar que emergió del mar cuando el gran dios Maui pescó la isla del fondo del océano. En su cima, dicen, está el primer punto desde el que se ve emerger el disco solar sobre las aguas. Dicen.

Toni Manuel, como Ngāti Porou, conocía una de sus raíces: el territorio de Gisborne, el área donde se asentó la tribu desde siglos atrás y donde vivió, procreó y murió Manuel José de Frutos Huerta después de su llegada a Nueva Zelanda. Pero le faltaba, como al resto de su familia, otro lugar, otro espacio de tierra en el que clavar su lanza. Ese lugar se lo dio la periodista Diana Burns en 2006.

El misterio revelado de Manuel José

Los paniora conocieron su origen como suelen resolverse la mayoría de los enigmas: preguntando.

Diana Burns, una periodista neozelandesa, se interesó por la historia de los paniora y comenzó a indagar. Burns se reunió con los miembros más ancianos de la familia y les preguntó qué recordaban de su antepasado. Estos respondieron que sus abuelos, en alguna ocasión, les habían hablado de un «valle o pradera verde» como lugar de origen de su ancestro. Burns exploró exhaustivamente el terreno de Segovia y topó con un nombre: Valverde del Majano. Intrigada por aquel Val-verde, solicitó en el Ayuntamiento la partida de bautismo de un tal Manuel José, nacido en 1811.

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Y dio en el clavo.

Un año después, una expedición maorí, con Riki entre sus miembros, realizó un largo viaje hasta España, para poder cerrar el círculo de su pasado. Aquel verano de 2007 casi 20 miembros paniora se encontraron cara a cara con aquello que llevaban tanto tiempo buscando. Conocieron a algunos de sus familiares lejanos, intercambiaron con ellos su aliento vital –el ha– a través del hongi, el saludo nariz con nariz de las ceremonias maorís, y cantaron a la tierra de su ancestro. Tallaron madera española con símbolos maorís y dejaron dos piedras de jade como obsequio para el pueblo.

Entre los miembros de la expedición se encontraban John Manuel y Edda McCabe, dos de los paniora más especiales de la familia.

Lo que la historia de los paniora puede enseñar a un español: Edda

«Ahora es cuando hemos empezado a comprender lo que significa ser un paniora. Estamos aprendiendo a darnos permiso a ser españoles». Si Edda McCabe no fuese Edda McCabe, habría sido sacerdotisa. O profeta. O bruja. O maga. O todas esas cosas a la vez.

O quizá ya lo sea.

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Con unos párpados a media asta, que transmiten una tranquilidad y paciencia infinitas, una boca irregular y ligeramente desestructurada y una mirada marrón caoba que no te suelta hasta que no lanza un parpadeo, Edda McCabe habla como si leyese un libro de filosofía.

Hace unos minutos que se ha ido su hermano –al que ha regalado un colgante con el color de la bandera rojigualda– y Edda habla sobre su familia, sobre su visita a Valverde, 10 años atrás, sobre la alegría de haber resuelto el gran misterio de Manuel José.

Y habla de ser española.

Del permiso –y el gozo– de ser española.

Edda enseña con sus palabras cada vez que pronuncia una frase, con esa maravillosa cualidad que tienen las personas sabias de hacer aprender al resto sin pretenderlo. Simplemente, habla. Habla del significado de ser español sin haber nacido en España. De amar una tierra, incluso antes de haberla pisado, a miles de kilómetros de distancia. De no amar la tierra como un amante celoso que acaba asesinando a su amada, a sus padres, al vecino, al cartero y hasta al mensajero de Telepizza; sino de amarla como se ama un concepto, una idea.

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Para los maorís la tierra no se posee, se pertenece a ella. Y de esa pertenencia surge el vínculo que los identifica con un lugar. Así sucedía cuando los ingleses, con el capitán Cook a la cabeza, llegaron en 1769.  Los colonos encontraron a otros humanos, encontraron sus casas, encontraron sus wakas (canoas), encontraron sus disputas tribales y sus cultivos de kūmara. Pero no hallaron resto alguno de vallas ni empalizadas. Esas divisiones las trajeron ellos, junto con las armas de fuego, las máquinas para talar árboles y un papel que decía que aquellas tierras, a las que ellos pertenecían, iban a pasar a formar parte de la corona británica.

Lo que la historia de los Paniora puede enseñar a un español: Big John

La piedra es blanca, aunque ennegrecida por el tiempo. En lo alto, una cruz celta de mármol corona el mausoleo donde una placa reza las siguientes palabras:

«En memoria de Emmanuel Josef, ballenero y comerciante de Port Awanui, y de las  mujeres Ngāti Porou (Tapita, Katarina te Ahui, Maraea, Mihi Taheke, Uruhana) que fueron las madres de sus hijos. Erigido por los descendientes de Manuel José en 1980».

Sobre la placa, la única pieza de color de toda la tumba: el escudo de los Paniora, donde se representa un castillo dorado –recordando al escudo de Castilla y León–,  la rama de un olivo y varias franjas quebradas con los colores de la bandera española (o catalana).

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Big John Manuel espera en su todoterreno. La lluvia cae como un gemido tenue, como una sustancia babosa que se adhiere a la ropa. Una hora antes visitamos Port Awanui, donde estuvo la tienda de Manuel José. Ahora allí no queda nada, salvo una cosa: el olivo que plantó 150 años atrás, un superviviente ibérico en el extremo norte de Nueva Zelanda.

Big John tiene casi 80 años, se mueve como un joven de 30 y ríe como un niño de 14. La única diferencia es que la suya es una sonrisa (casi) desdentada. En su afán (y orgullo) por enseñar el pasado de su familia, luce cada día una de las seis camisetas rojas de la selección de fútbol que compró en su viaje a España.

Su casa, en la diminuta Rangitukia, es un homenaje constante al país de sus antípodas: carteles de corridas de toros de la plaza de Boadilla del Monte, discos de flamenco, banderas de España. A Big John cuesta un poco entenderle –en inglés– cuando habla, pero es capaz de transmitir sin palabras lo más importante de su mensaje: que ser español no es propiedad única y exclusiva de alguien nacido en España.

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Sabe que en el país donde nació su ancestro, ocurre el problema entre España y Cataluña. Lo escucha, lo conoce, pero no lo entiende y, sinceramente, poco le importa. Porque para un maorí las fronteras siguen siendo algo extraño, ajeno y, en cualquier caso, nunca determinado por la voz humana. Una frontera no es realmente una frontera, sino un espacio flexible, que cambia con el tiempo, como cambia un bosque, el curso de un río o la ladera de una montaña.

Para un maorí, es posible, necesario y un hecho constatable sentir que un árbol es su hermano, que una montaña es su madre, que un río es su antepasado. Lo mismo que para un paniora lo es decir que es tan español como alguien nacido en Segovia.

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Opiniones 11
      • Cierto, Roberto, errata mía. Quería decir el castillo dorado de Castilla y León. De hecho tenía enfrente de mis narices el escudo de los paniora (con un castillo como la copa de un pino y sin león). Gracias por la observación.

    • Cierto, errata mía. Quería decir el castillo dorado de Castilla y León. De hecho tenía enfrente de mis narices el escudo de los paniora (con un castillo como la copa de un pino). Gracias por la observación

  • Los colores rojo y amarillo seran de españa o… de la Corona de Aragon. Citas Cataluña y olvidas Aragón Valencia Mallorca o territorios en Italia, entre otros. Es decir, territorios que descienden de la Corona de Aragon. Si tan importante es el pasado, no ocultes el de otros. Esta gente viene de Segovia, si fueran de tortosa, tendría sentido.

    • Hola L, gracias por tu comentario. Tienes razón, son los de la Corona de Aragón. Y de ahí, los de Aragón, Cataluña, Comunidad Valenciana, Baleares, Provenza-Alpes-Costa Azul, L’alguer en Cerdeña… Pero no he puesto Corona de Aragón porque en esa parte final hablo en tiempo presente a propósito. Al igual que he citado a Castilla y León y no la Corona de Castilla, que es el origen real del castillo dorado que aparece en la bandera de Castilla y León. Por el mismo motivo que he usado Castilla y León digo «colores de bandera española (o de Cataluña) » para anticipar la mención que hago después al tema de España y Cataluña cuando transmito el pensamiento de Big John. Si no hablase de ello, no tendría sentido meter esa acotación. No oculto ningún pasado al mencionar a Castilla y León y Cataluña. Hablo en un presente que es tan cierto como el pasado. ¿Podría haber citado también a Baleares, Aragón y el resto de lugares que tienen similitudes cuando digo «y los de Cataluña»? Sí, claro, pero no veo necesario hablar de todos los lugares que tengan colores amarillos y rojos. Sí que es necesario, sin embargo, citar a España y Cataluña en base al transcurso futuro del texto, en el que van a ser otra vez mencionados. Con todo esto te quiero explicar el motivo de mi elección y, aunque no tendría por qué, aclararte que no defiendo ninguna causa independentista al mencionar Cataluña.

  • Saludos. Soy español, por mis padres. Nacido y criado en Venezuela y, créanme, me duelen ambas patrias, cada una con su sabor particular (mejor dicho, su dolor particular), como las desavenencias políticas y socio económicas que vive Venezuela y que temo lleguen a repetirse en España… Dios no lo quiera.
    Leo con grato orgullo el amor que profesan estos mahoríes hacia aquella tierra de sus ancestros, mensaje ejemplar que contrasta con la historia universal tal como se cuenta hoy en día cuando se malpone a la España colonial en favor de otras colonias que, a diferencia de la no dejaron a su paso Universidades (lo escribo con mayúsculas para resaltar su importancia), plazas, iglesias, administraciones públicas, etc. No ha sido perfecta España a lo largo de la historia, pero ha aportado mucho más y mejores virtudes a la sociedad actual desde siglos pasados, que otras naciones.

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