17 de febrero 2020    /   CIENCIA
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 Daq Estudio

Panspermia: ¿Y si la vida en la Tierra viniera de los meteoritos y los cometas?

17 de febrero 2020    /   CIENCIA     por          Daq Estudio
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«Somos polvo de estrellas que piensa acerca de las estrellas».
(Carl Sagan)

A Ana Inés Gómez de Castro, de pequeña, le gustaba mirar el cielo. A menudo exploraba el universo a través de una pantalla: esperaba ansiosa la llegada del hombre a la Luna y veía con fascinación la serie Cosmos. Creció en Vitoria en ese contexto de exploración espacial que a tantos niños y adultos hacía soñar. Hoy, más cerca de todo aquello que le parecía tan lejano, dice: «Pienso, como en Star Treck, que el espacio es la última frontera y que con la globalización la Tierra se nos está quedando pequeña; hay que abrir nuevos caminos».

Gómez de Castro se pregunta, como cuando era una niña boquiabierta ante una televisión, si hay vida en otros planetas, si se parece a la nuestra y si ambas serían compatibles a nivel bioquímico con tal pasión que ha convertido estas preguntas en un modo de vida. Hoy esta alavesa se dedica a la astrofísica y mantiene la mirada soñadora de los que siguen siendo fieles a sus anhelos de la infancia. Es profesora en la Universidad Complutense de Madrid y dirige el equipo español de dicha universidad que, en colaboración con la Agencia Espacial Rusa, desarrolla el telescopio que podría encontrar la respuesta a la gran pregunta de la humanidad y razón de ser de la bioastronomía: ¿De dónde venimos?

WSO-UV, como lo llaman, «es una gran instalación científica que estará situada en órbita geosíncrona (dará la vuelta a la Tierra una vez al día) a unos 36.000 kilómetros sobre la superficie terrestre». Según las previsiones, este satélite que empezaron a desarrollar científicos rusos y españoles en 2007 y en el que trabajan más de 150 personas se pondrá en órbita en 2025. «La participación española se concentra en el instrumento para realizar imagen en el ultravioleta (UV). WSO-UV es el primer satélite UV grande que orbitará muy por encima de la corona de la Tierra. La geocorona es la parte más alta de nuestra atmósfera, y radia en el UV», aclara.

Desde 2002, Gómez de Castro participa, además, en Hands of Universe, un proyecto que ya reúne a más de un centenar de profesores europeos y americanos a través de internet. Según dice, «hacer ciencia no se puede aprender memorizando; requiere enfrentarse a un problema, a una pregunta, y buscar respuestas por tus medios, utilizando los conocimientos y metodologías contrastables a tu alcance».

Puesto que el objetivo de Hands of Universe es acercar la ciencia a los más jóvenes de un modo ameno que de verdad les lleve a apasionarse por la ciencia en el instituto, el grupo puso «al alcance de los jóvenes y de sus profesores herramientas informáticas, documentos e instrumentación para que puedan aprender ciencia haciendo ellos investigación científica».

Con sencillez y pasión, alejada de la terminología académica y siempre entregada a su vocación divulgadora para que todos podamos comprender lo más complejo, Ana Inés cuenta fascinada el gran reto de la astrofísica en la actualidad y en el futuro más próximo: la posibilidad de demostrar que la vida en la Tierra surgió en el cielo.

¿Cómo? «En esta investigación los cometas desempeñan un papel fundamental», dice. Así lo explica: «En la base del ADN, ARN, están los aminoácidos. Experimentos realizados muestran que hielo similar al de los cometas, cuando es irradiado en el UV, produce aminoácidos. En el pasado, se pensaba que los aminoácidos se produjeron en la Tierra primitiva en un proceso que incluía el alimentar con descargas eléctricas un gas con una composición similar al de la Tierra primitiva».

Panspermia

PANSPERMIA: ¿Y SI LA VIDA EN LA TIERRA TUVIERA SU ORIGEN EN EL CIELO?

En 2020, el origen de la vida sigue siendo el gran enigma para varias ciencias como la biología, la química, la física y la astronomía. La posibilidad de que seamos polvo de estrellas o de que el origen de la vida en la Tierra esté en el espacio exterior cada vez está más cerca de la realidad sin alejarse de la poesía. 

La teoría no es precisamente novedosa, pero sí ampliamente cuestionada. A mediados del siglo XIX el científico alemán Herman Richter empezó a utilizar el término panspermia para referirse al origen cósmico de la vida y, medio siglo después, Svante Arrhenius planteó una teoría que suscitó burlas al principio. Arrhenius ya adelantaba la posibilidad de que el verdadero origen de la vida en la Tierra estuviera en esos pedazos de hielo que, a -200 grados centígrados, albergan gases en su interior y que llamamos cometas.

Según este químico sueco, meteoritos y cometas habían tenido un papel determinante en la biogénesis, al haber transportado el origen de la vida desde el espacio exterior hasta la Tierra. En un futuro no muy lejano la astrofísica podría darle la razón. Pocos estaban dispuestos a aceptar entonces que algo históricamente relacionado con la catástrofe y la extinción pudiera haber dado lugar a la vida en la Tierra. 

Llegaron los científicos japoneses Haruna Sugahara y Koichi Mimura para volver a poner esta posibilidad sobre la mesa. Continuó Akiva Ber-Nun, de la Universidad de Tel-Aviv, que dijo que cometas y asteroides trajeron materiales que se disolvieron en el océano, dando lugar a un lento proceso que culminó finalmente en el origen de la vida. Tomaron el relevo científicos franceses, cuyo experimento demostró que la ribosa podría formarse en «capas heladas interestelares». 

WSO-UV, el proyecto que ahora lideran científicos rusos y españoles, podría llegar a ser crucial en este sentido. La razón es que, según explica Ana Inés Gómez de Castro, «al orbitar por encima de 36.000 kilómetros, WSO-UV obtendrá imágenes de una extraordinaria sensibilidad en el UV, lo que facilita la detección y estudio de objetos muy débiles, como nebulosas, halos de galaxias, cometas y exoplanetas».

Después de más de cuatro mil millones de años, aún faltan claves para conocer el origen de la vida en la Tierra. «La investigación del origen de la vida es fundamental para comprender el universo y nuestro lugar en él. ¿Hay vida en otros planetas? ¿Se parece a la nuestra? ¿Serían compatibles a nivel bioquímico?», se pregunta Gómez de Castro. De lo que no tiene dudas, porque cada vez hay más evidencias, es de que, de algún modo, venimos del espacio exterior: «Desde hace unos años se están buscando aminoácidos en los cometas y en 2016 la sonda Rosetta de la Agencia Espacial Europea detecto de manera indudable Glycina en el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko». 

Ese mismo cometa ha sido la clave para dar con los últimos hallazgos al respecto. Según un estudio reciente, publicado hace unos días en Monthly Notices of the Royan Astronomical Society, el fósforo, que surge en regiones de formación de estrellas y se encuentra en nuestro ADN, llegó a la Tierra mediante los cometas, según ha desvelado el cometa 67P.

Aunque Gómez de Castro asegura que aún habrá que esperar hasta detectar aminoácidos más complejos, así como su abundancia en los cometas, considera que la ciencia cuenta con datos suficientes para asegurar que «el bombardeo que los planetas del sistema solar sufrieron en sus etapas más tempranas aportó a los planetas componentes prebióticos». 

Llegar hasta esas claves sería, en definitiva, apenas uno de los primeros pasos para «investigar la relevancia de estos componentes en el origen de la vida en la Tierra y su posible papel en la universalidad de la vida en el universo». O, en otras palabras, la demostración científica y definitiva de la creencia popular que asegura que estamos hechos de polvo de estrellas.

«Somos polvo de estrellas que piensa acerca de las estrellas».
(Carl Sagan)

A Ana Inés Gómez de Castro, de pequeña, le gustaba mirar el cielo. A menudo exploraba el universo a través de una pantalla: esperaba ansiosa la llegada del hombre a la Luna y veía con fascinación la serie Cosmos. Creció en Vitoria en ese contexto de exploración espacial que a tantos niños y adultos hacía soñar. Hoy, más cerca de todo aquello que le parecía tan lejano, dice: «Pienso, como en Star Treck, que el espacio es la última frontera y que con la globalización la Tierra se nos está quedando pequeña; hay que abrir nuevos caminos».

Gómez de Castro se pregunta, como cuando era una niña boquiabierta ante una televisión, si hay vida en otros planetas, si se parece a la nuestra y si ambas serían compatibles a nivel bioquímico con tal pasión que ha convertido estas preguntas en un modo de vida. Hoy esta alavesa se dedica a la astrofísica y mantiene la mirada soñadora de los que siguen siendo fieles a sus anhelos de la infancia. Es profesora en la Universidad Complutense de Madrid y dirige el equipo español de dicha universidad que, en colaboración con la Agencia Espacial Rusa, desarrolla el telescopio que podría encontrar la respuesta a la gran pregunta de la humanidad y razón de ser de la bioastronomía: ¿De dónde venimos?

WSO-UV, como lo llaman, «es una gran instalación científica que estará situada en órbita geosíncrona (dará la vuelta a la Tierra una vez al día) a unos 36.000 kilómetros sobre la superficie terrestre». Según las previsiones, este satélite que empezaron a desarrollar científicos rusos y españoles en 2007 y en el que trabajan más de 150 personas se pondrá en órbita en 2025. «La participación española se concentra en el instrumento para realizar imagen en el ultravioleta (UV). WSO-UV es el primer satélite UV grande que orbitará muy por encima de la corona de la Tierra. La geocorona es la parte más alta de nuestra atmósfera, y radia en el UV», aclara.

Desde 2002, Gómez de Castro participa, además, en Hands of Universe, un proyecto que ya reúne a más de un centenar de profesores europeos y americanos a través de internet. Según dice, «hacer ciencia no se puede aprender memorizando; requiere enfrentarse a un problema, a una pregunta, y buscar respuestas por tus medios, utilizando los conocimientos y metodologías contrastables a tu alcance».

Puesto que el objetivo de Hands of Universe es acercar la ciencia a los más jóvenes de un modo ameno que de verdad les lleve a apasionarse por la ciencia en el instituto, el grupo puso «al alcance de los jóvenes y de sus profesores herramientas informáticas, documentos e instrumentación para que puedan aprender ciencia haciendo ellos investigación científica».

Con sencillez y pasión, alejada de la terminología académica y siempre entregada a su vocación divulgadora para que todos podamos comprender lo más complejo, Ana Inés cuenta fascinada el gran reto de la astrofísica en la actualidad y en el futuro más próximo: la posibilidad de demostrar que la vida en la Tierra surgió en el cielo.

¿Cómo? «En esta investigación los cometas desempeñan un papel fundamental», dice. Así lo explica: «En la base del ADN, ARN, están los aminoácidos. Experimentos realizados muestran que hielo similar al de los cometas, cuando es irradiado en el UV, produce aminoácidos. En el pasado, se pensaba que los aminoácidos se produjeron en la Tierra primitiva en un proceso que incluía el alimentar con descargas eléctricas un gas con una composición similar al de la Tierra primitiva».

Panspermia

PANSPERMIA: ¿Y SI LA VIDA EN LA TIERRA TUVIERA SU ORIGEN EN EL CIELO?

En 2020, el origen de la vida sigue siendo el gran enigma para varias ciencias como la biología, la química, la física y la astronomía. La posibilidad de que seamos polvo de estrellas o de que el origen de la vida en la Tierra esté en el espacio exterior cada vez está más cerca de la realidad sin alejarse de la poesía. 

La teoría no es precisamente novedosa, pero sí ampliamente cuestionada. A mediados del siglo XIX el científico alemán Herman Richter empezó a utilizar el término panspermia para referirse al origen cósmico de la vida y, medio siglo después, Svante Arrhenius planteó una teoría que suscitó burlas al principio. Arrhenius ya adelantaba la posibilidad de que el verdadero origen de la vida en la Tierra estuviera en esos pedazos de hielo que, a -200 grados centígrados, albergan gases en su interior y que llamamos cometas.

Según este químico sueco, meteoritos y cometas habían tenido un papel determinante en la biogénesis, al haber transportado el origen de la vida desde el espacio exterior hasta la Tierra. En un futuro no muy lejano la astrofísica podría darle la razón. Pocos estaban dispuestos a aceptar entonces que algo históricamente relacionado con la catástrofe y la extinción pudiera haber dado lugar a la vida en la Tierra. 

Llegaron los científicos japoneses Haruna Sugahara y Koichi Mimura para volver a poner esta posibilidad sobre la mesa. Continuó Akiva Ber-Nun, de la Universidad de Tel-Aviv, que dijo que cometas y asteroides trajeron materiales que se disolvieron en el océano, dando lugar a un lento proceso que culminó finalmente en el origen de la vida. Tomaron el relevo científicos franceses, cuyo experimento demostró que la ribosa podría formarse en «capas heladas interestelares». 

WSO-UV, el proyecto que ahora lideran científicos rusos y españoles, podría llegar a ser crucial en este sentido. La razón es que, según explica Ana Inés Gómez de Castro, «al orbitar por encima de 36.000 kilómetros, WSO-UV obtendrá imágenes de una extraordinaria sensibilidad en el UV, lo que facilita la detección y estudio de objetos muy débiles, como nebulosas, halos de galaxias, cometas y exoplanetas».

Después de más de cuatro mil millones de años, aún faltan claves para conocer el origen de la vida en la Tierra. «La investigación del origen de la vida es fundamental para comprender el universo y nuestro lugar en él. ¿Hay vida en otros planetas? ¿Se parece a la nuestra? ¿Serían compatibles a nivel bioquímico?», se pregunta Gómez de Castro. De lo que no tiene dudas, porque cada vez hay más evidencias, es de que, de algún modo, venimos del espacio exterior: «Desde hace unos años se están buscando aminoácidos en los cometas y en 2016 la sonda Rosetta de la Agencia Espacial Europea detecto de manera indudable Glycina en el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko». 

Ese mismo cometa ha sido la clave para dar con los últimos hallazgos al respecto. Según un estudio reciente, publicado hace unos días en Monthly Notices of the Royan Astronomical Society, el fósforo, que surge en regiones de formación de estrellas y se encuentra en nuestro ADN, llegó a la Tierra mediante los cometas, según ha desvelado el cometa 67P.

Aunque Gómez de Castro asegura que aún habrá que esperar hasta detectar aminoácidos más complejos, así como su abundancia en los cometas, considera que la ciencia cuenta con datos suficientes para asegurar que «el bombardeo que los planetas del sistema solar sufrieron en sus etapas más tempranas aportó a los planetas componentes prebióticos». 

Llegar hasta esas claves sería, en definitiva, apenas uno de los primeros pasos para «investigar la relevancia de estos componentes en el origen de la vida en la Tierra y su posible papel en la universalidad de la vida en el universo». O, en otras palabras, la demostración científica y definitiva de la creencia popular que asegura que estamos hechos de polvo de estrellas.

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