16 de diciembre 2015    /   ENTRETENIMIENTO
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Paquito el chocolatero: los cuñados que acabaron en todas las fiestas

16 de diciembre 2015    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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No es que a Francisco Pérez Molina le diesen miedo los cementerios, es que prescindía de todo aquello que inspirase tristeza. La primera vez que fue al cementerio no pudo negarse. Sonaba la canción que ese día se quedó en el mundo para inmortalizarle: Paquito el chocolatero, el pasodoble que su cuñado Gustavo Pascual Falcó le dedicó. A Gustavo le enterraron el Viernes Santo de 1946 en silencio. A su banda, ese día, no le permitieron tocar.

Cocentaina, en la provincia de Alicante, está sumida en el silencio porque es noviembre y ha terminado la feria medieval. Las calles, semidesiertas, parecen sacadas de una novela de Juan Rulfo. Lo único que hiende el silencio esta mañana son las notas que salen de las casas de los músicos. En la plaza de Paquito el chocolatero los niños dan patadas a un balón, cortan el aire con los columpios.

—No, yo no iba a música —dice una chica.
—¿Cómo que no? Si tocabas el piano —le reprende un chaval de su edad.

El archivo musical del Museo de la Fiesta de Cocentaina da una idea de lo que ocurre aquí: sus paredes albergan partituras de hasta treinta y nueve compositores del pueblo, entre ellos, Gustavo Pascual Falcó. De Gustavo, además se exponen sus primeras grabaciones y algunos documentos. La partitura de Paquito el chocolatero y la guitarra con la que compuso el pasodoble, que ahora están en el Museo Arqueológico Provincial de Alicante, han dejado huérfano su pequeño altar en el museo contestano.

Claro que también se trabaja, pero basta preguntar cómo se vivió en Cocentaina la Guerra Civil para dar con una respuesta reveladora:

—No había música ni fiesta —dice la hija de Paquito el chocolatero.

Pienso que se trata de una confusión e insisto.

—Pues eso: sin música ni fiesta. Las partituras de mi tío Gustavo estaban guardadas en un baúl. Cuando se acercaba un avión que volaba muy bajo, nos escondíamos debajo del patio del Palau.

Con 82 años, la hija de Paquito el chocolatero no puede vivir sin música. Lo primero que hace al levantarse es buscar un disco, de cualquier estilo, en su casa de Benidorm. Una vez empieza a sonar una canción, ya puede desayunar, limpiar y bajar al mar a nadar. Paca la chocolatera atesora el carácter jovial de su padre. En plena posguerra, con lo que suponía ser mujer entonces, tuvo el valor de acercarse a él para decirle: «Me voy a casar y me voy a ir a vivir a Francia». El día que partió fue la única vez que vio llorar a su padre.

Paquito siempre se apartaba del mal con música. Cuando su mujer estaba triste, Paquito decía: «Vamos a hacer una orquesta». Entonces agarraba cualquier objeto de la cocina, repartía ollas y tapas, y ponía a los niños a tocar hasta que su mujer se alegraba. En la casa de Paquito, las fiestas de agosto empezaban en abril, porque su mujer, que era modista, cosía los trajes de toda su filá y la casa se teñía de colores y se llenaba fiesteros. Paca y sus hermanos eran la envidia de los jóvenes y más de uno manifestó que ojalá hubiese sido hijo de Paquito para poder estar de fiesta en casa todos los días.

La hija era la sombra del padre. Paca fue la única que heredó el apodo. Por estar siempre detrás de él, presenció hasta el nacimiento del pasodoble que llevó el nombre de su padre a lugares tan remotos como Japón y Australia.

*
A los pies de la Sierra de Mariola, veraneaba una familia en 1937. España llevaba un año tiñéndose de sangre y las fiestas de los pueblos habían quedado paralizadas. Tantas ganas de fiesta tenían, tantas ganas de música, que ni una guerra pudo relegar su alegría.

—Mira, Paquito, tengo aquí tres cosas y quiero regalarte una. ¿Cuál te gusta más? —le preguntó Gustavo, extendiendo tres partituras ante su cuñado.

—Pues esta, que es más alegre y se parece a mí —Paquito no dudó demasiado.

—Entonces te la dedico.

Aquella canción, que hoy suena en todas partes, la compuso Gustavo para las fiestas de Moros y Cristianos de su pueblo y no se estrenó hasta que terminó la guerra.

Gustavo tocaba el violoncello en el cine mudo. No era un trabajo fácil: requería mucha atención y capacidad de improvisación para adaptar la música a las escenas y retransmitir sus sensaciones. Con la guitarra componía sus canciones. Pero en lo que realmente destacó fue en el clarinete. Hay una foto de Gustavo, vestido con el uniforme de la banda, en la que el instrumento casi alcanza el tamaño del niño.

Desde pequeño, Gustavo tuvo que vivir atemorizado por una enfermedad renal: sus padres no le dejaban salir del pueblo por miedo a que le pasara algo sin ellos. Ni siquiera le permitieron que fuese a Barcelona a estudiar música y, por eso, no pudo desarrollar todo su potencial. Lo de una persona que se queda mirando a la nada y apunta todos los sonidos que escucha en un pentagrama hecho a mano porque no tiene dinero para comprar papel pautado tiene que ser vocación.

Cuando jugaba en la plaza, una niña destacaba por encima de las demás. Fueron enamorándose a medida que crecían y se cruzaban por la calle. El padre de Consuelito se negó a aceptar que su hija se casara con un hombre enfermo. Aun así lo hizo. Solo su hermano Paquito la apoyó: «No hagas caso a nadie. Si tú le quieres, cásate con él». Gustavo, conmovido, comenzó a encariñarse con aquel hombre alegre que no le recordaba su omnipresente enfermedad. Después de la boda, Gustavo y Paquito ya eran inseparables.

Consuelito asumió su decisión y ocurrió lo previsto: pasó viuda la mayor parte de su vida. Gustavo murió a los 36 años. Su hijo tenía once meses cuando el compositor falleció. Carmen sí pudo disfrutar durante algunos años de su padre, aunque la memoria la traiciona a veces:

—Le veo bajando una cuesta, volviendo de trabajar, con las manos agarradas por detrás. Es el único recuerdo que tengo de él.

Me muero. Lo sé. He aprendido a vivir con esta certeza demasiado pronto. Se burlan: «Mea ya», dicen. «Mea, no sea que luego nos hagas parar». Dicen de mí que soy el único que ha orinado en la entrada de Alcoy con la chilaba puesta. Todos beben y todos fuman más de lo que mi cuerpo estaría dispuesto a soportar. Todos menos yo. Yo, que no fumo, que no sé a qué sabe una resaca, me voy a morir antes que todos ellos. Y lo sé, porque hace tiempo que me muero.

Algo así debió de pensar Gustavo alguno de esos ratos en los que, bajo una parra, papel de estraza sobre las rodillas y la mirada vagando en busca de sonidos, anotaba la música de los pájaros. Solía preguntar por qué se iba él a morir antes que los demás. No es algo que uno manifieste en voz alta un par de veces sin haberlo pensado antes, por lo menos, unas veinte.

Gustavo no fue a la guerra por la enfermedad que padecía. Se encerró en casa durante tres años para que nadie hablase de él o intentase reclutarle y se dedicó a componer sin descanso. Su cuñado Paquito, apodado el chocolatero porque su familia regentaba una chocolatería, sí participó, pero encontró la forma de librarse de la guerra desde dentro. Cuando vio que tenía que enfrentarse a familiares y amigos, decidió que mejor sería aprovechar sus dotes haciendo teatro. Durante toda la guerra, recuerda su hija, se dedicó a hacerse pasar por otros para entretener a los combatientes y así alejarse del riesgo de matar a un primo o a un vecino.

Controlado por su entorno y el miedo de sus padres, Gustavo se convirtió en un hombre responsable y puntual. Solo una vez llegó tarde a comer. «¿Qué le pasará?», se preocupaba su madre.

—Y no vino hasta las seis de la tarde —recuerda Carmen—. Había estado componiendo la marcha mora Buscant un bort.

—Cuando la estrenaron no sonaba bien. Así que dijo: «¿Puedo dirigir yo?» Lo que quieras, le respondieron en la banda. Empezó a reorganizar los instrumentos; colocó a los músicos justo al contrario: los que estaban delante, acabaron al final y los últimos fueron los primeros. Mira si empezó a sonar que ese día llevaron a mi padre a hombros hasta su casa.

Carmen custodia los últimos periódicos que hablan de su padre. Los extrae con delicadeza de un amplio bolso y los extiende sobre la mesa. Ambos, ilustrados con la misma imagen: la portada de la partitura de Paquito el chocolatero. En la casa en la que murió Paquito y en la que ahora vive Carmen, la mujer expone con cariño una copia de la partitura enmarcada. Una canción que todos bailan pero de la que pocos pueden decir: ¿Sabes? La compuso mi padre. Salvo ella y su hermano.

—El tío Paquito era un tormento, de divertido que era —dice Carmen.
—Dejó huella en el pueblo. Todos han hablado de su humor —aclara su hermano Gustavo—. Tiraba de todos para ir de fiesta. Mi padre era muy formal, pero cuando se juntaban, le encantaba la juerga.
—El fiestero más elegante era el tío Paquito. Siempre con su traje y su corbata.

Gustavo y Paquito eran dos caras de una misma moneda: uno vivía para la música y el otro para la fiesta. Tres décadas después de la muerte de Gustavo, el cáncer se llevó a Paquito a los 65 años. Ninguno de los dos pudo ver cómo triunfó su canción. Desde hace diez años, Paquito el chocolatero es la pieza tocada en directo que más derechos genera de España, según la SGAE. Es la que más suena en las fiestas de los pueblos y hoteles, y ha llegado a todo el mundo.

Los dos cuñados siguen estando en todas las fiestas porque no hay mejor forma de hacerse eterno que hacerse canción. Los hijos de ambos los recuerdan siempre juntos, en casa de cualquiera de ellos e incapaces de tomar decisiones el uno sin el otro.

—Gustavo no hacía nada sin Paquito y Paquito no hacía nada sin Gustavo —recuerda Paca en una cafetería de Benidorm.

Afuera pasa una banda. Hay gente de otra época en la playa emulando que acaba de hallar una virgen a la deriva, que será un símbolo del pueblo y que dentro de unos cuantos siglos festejarán en su honor. Dispararán al cielo de alegría, y una mujer de 82 años, al otro lado del cristal, contará que así enterraron a su padre, porque murió como vivió: con música.

Foto: Shutterstock

No es que a Francisco Pérez Molina le diesen miedo los cementerios, es que prescindía de todo aquello que inspirase tristeza. La primera vez que fue al cementerio no pudo negarse. Sonaba la canción que ese día se quedó en el mundo para inmortalizarle: Paquito el chocolatero, el pasodoble que su cuñado Gustavo Pascual Falcó le dedicó. A Gustavo le enterraron el Viernes Santo de 1946 en silencio. A su banda, ese día, no le permitieron tocar.

Cocentaina, en la provincia de Alicante, está sumida en el silencio porque es noviembre y ha terminado la feria medieval. Las calles, semidesiertas, parecen sacadas de una novela de Juan Rulfo. Lo único que hiende el silencio esta mañana son las notas que salen de las casas de los músicos. En la plaza de Paquito el chocolatero los niños dan patadas a un balón, cortan el aire con los columpios.

—No, yo no iba a música —dice una chica.
—¿Cómo que no? Si tocabas el piano —le reprende un chaval de su edad.

El archivo musical del Museo de la Fiesta de Cocentaina da una idea de lo que ocurre aquí: sus paredes albergan partituras de hasta treinta y nueve compositores del pueblo, entre ellos, Gustavo Pascual Falcó. De Gustavo, además se exponen sus primeras grabaciones y algunos documentos. La partitura de Paquito el chocolatero y la guitarra con la que compuso el pasodoble, que ahora están en el Museo Arqueológico Provincial de Alicante, han dejado huérfano su pequeño altar en el museo contestano.

Claro que también se trabaja, pero basta preguntar cómo se vivió en Cocentaina la Guerra Civil para dar con una respuesta reveladora:

—No había música ni fiesta —dice la hija de Paquito el chocolatero.

Pienso que se trata de una confusión e insisto.

—Pues eso: sin música ni fiesta. Las partituras de mi tío Gustavo estaban guardadas en un baúl. Cuando se acercaba un avión que volaba muy bajo, nos escondíamos debajo del patio del Palau.

Con 82 años, la hija de Paquito el chocolatero no puede vivir sin música. Lo primero que hace al levantarse es buscar un disco, de cualquier estilo, en su casa de Benidorm. Una vez empieza a sonar una canción, ya puede desayunar, limpiar y bajar al mar a nadar. Paca la chocolatera atesora el carácter jovial de su padre. En plena posguerra, con lo que suponía ser mujer entonces, tuvo el valor de acercarse a él para decirle: «Me voy a casar y me voy a ir a vivir a Francia». El día que partió fue la única vez que vio llorar a su padre.

Paquito siempre se apartaba del mal con música. Cuando su mujer estaba triste, Paquito decía: «Vamos a hacer una orquesta». Entonces agarraba cualquier objeto de la cocina, repartía ollas y tapas, y ponía a los niños a tocar hasta que su mujer se alegraba. En la casa de Paquito, las fiestas de agosto empezaban en abril, porque su mujer, que era modista, cosía los trajes de toda su filá y la casa se teñía de colores y se llenaba fiesteros. Paca y sus hermanos eran la envidia de los jóvenes y más de uno manifestó que ojalá hubiese sido hijo de Paquito para poder estar de fiesta en casa todos los días.

La hija era la sombra del padre. Paca fue la única que heredó el apodo. Por estar siempre detrás de él, presenció hasta el nacimiento del pasodoble que llevó el nombre de su padre a lugares tan remotos como Japón y Australia.

*
A los pies de la Sierra de Mariola, veraneaba una familia en 1937. España llevaba un año tiñéndose de sangre y las fiestas de los pueblos habían quedado paralizadas. Tantas ganas de fiesta tenían, tantas ganas de música, que ni una guerra pudo relegar su alegría.

—Mira, Paquito, tengo aquí tres cosas y quiero regalarte una. ¿Cuál te gusta más? —le preguntó Gustavo, extendiendo tres partituras ante su cuñado.

—Pues esta, que es más alegre y se parece a mí —Paquito no dudó demasiado.

—Entonces te la dedico.

Aquella canción, que hoy suena en todas partes, la compuso Gustavo para las fiestas de Moros y Cristianos de su pueblo y no se estrenó hasta que terminó la guerra.

Gustavo tocaba el violoncello en el cine mudo. No era un trabajo fácil: requería mucha atención y capacidad de improvisación para adaptar la música a las escenas y retransmitir sus sensaciones. Con la guitarra componía sus canciones. Pero en lo que realmente destacó fue en el clarinete. Hay una foto de Gustavo, vestido con el uniforme de la banda, en la que el instrumento casi alcanza el tamaño del niño.

Desde pequeño, Gustavo tuvo que vivir atemorizado por una enfermedad renal: sus padres no le dejaban salir del pueblo por miedo a que le pasara algo sin ellos. Ni siquiera le permitieron que fuese a Barcelona a estudiar música y, por eso, no pudo desarrollar todo su potencial. Lo de una persona que se queda mirando a la nada y apunta todos los sonidos que escucha en un pentagrama hecho a mano porque no tiene dinero para comprar papel pautado tiene que ser vocación.

Cuando jugaba en la plaza, una niña destacaba por encima de las demás. Fueron enamorándose a medida que crecían y se cruzaban por la calle. El padre de Consuelito se negó a aceptar que su hija se casara con un hombre enfermo. Aun así lo hizo. Solo su hermano Paquito la apoyó: «No hagas caso a nadie. Si tú le quieres, cásate con él». Gustavo, conmovido, comenzó a encariñarse con aquel hombre alegre que no le recordaba su omnipresente enfermedad. Después de la boda, Gustavo y Paquito ya eran inseparables.

Consuelito asumió su decisión y ocurrió lo previsto: pasó viuda la mayor parte de su vida. Gustavo murió a los 36 años. Su hijo tenía once meses cuando el compositor falleció. Carmen sí pudo disfrutar durante algunos años de su padre, aunque la memoria la traiciona a veces:

—Le veo bajando una cuesta, volviendo de trabajar, con las manos agarradas por detrás. Es el único recuerdo que tengo de él.

Me muero. Lo sé. He aprendido a vivir con esta certeza demasiado pronto. Se burlan: «Mea ya», dicen. «Mea, no sea que luego nos hagas parar». Dicen de mí que soy el único que ha orinado en la entrada de Alcoy con la chilaba puesta. Todos beben y todos fuman más de lo que mi cuerpo estaría dispuesto a soportar. Todos menos yo. Yo, que no fumo, que no sé a qué sabe una resaca, me voy a morir antes que todos ellos. Y lo sé, porque hace tiempo que me muero.

Algo así debió de pensar Gustavo alguno de esos ratos en los que, bajo una parra, papel de estraza sobre las rodillas y la mirada vagando en busca de sonidos, anotaba la música de los pájaros. Solía preguntar por qué se iba él a morir antes que los demás. No es algo que uno manifieste en voz alta un par de veces sin haberlo pensado antes, por lo menos, unas veinte.

Gustavo no fue a la guerra por la enfermedad que padecía. Se encerró en casa durante tres años para que nadie hablase de él o intentase reclutarle y se dedicó a componer sin descanso. Su cuñado Paquito, apodado el chocolatero porque su familia regentaba una chocolatería, sí participó, pero encontró la forma de librarse de la guerra desde dentro. Cuando vio que tenía que enfrentarse a familiares y amigos, decidió que mejor sería aprovechar sus dotes haciendo teatro. Durante toda la guerra, recuerda su hija, se dedicó a hacerse pasar por otros para entretener a los combatientes y así alejarse del riesgo de matar a un primo o a un vecino.

Controlado por su entorno y el miedo de sus padres, Gustavo se convirtió en un hombre responsable y puntual. Solo una vez llegó tarde a comer. «¿Qué le pasará?», se preocupaba su madre.

—Y no vino hasta las seis de la tarde —recuerda Carmen—. Había estado componiendo la marcha mora Buscant un bort.

—Cuando la estrenaron no sonaba bien. Así que dijo: «¿Puedo dirigir yo?» Lo que quieras, le respondieron en la banda. Empezó a reorganizar los instrumentos; colocó a los músicos justo al contrario: los que estaban delante, acabaron al final y los últimos fueron los primeros. Mira si empezó a sonar que ese día llevaron a mi padre a hombros hasta su casa.

Carmen custodia los últimos periódicos que hablan de su padre. Los extrae con delicadeza de un amplio bolso y los extiende sobre la mesa. Ambos, ilustrados con la misma imagen: la portada de la partitura de Paquito el chocolatero. En la casa en la que murió Paquito y en la que ahora vive Carmen, la mujer expone con cariño una copia de la partitura enmarcada. Una canción que todos bailan pero de la que pocos pueden decir: ¿Sabes? La compuso mi padre. Salvo ella y su hermano.

—El tío Paquito era un tormento, de divertido que era —dice Carmen.
—Dejó huella en el pueblo. Todos han hablado de su humor —aclara su hermano Gustavo—. Tiraba de todos para ir de fiesta. Mi padre era muy formal, pero cuando se juntaban, le encantaba la juerga.
—El fiestero más elegante era el tío Paquito. Siempre con su traje y su corbata.

Gustavo y Paquito eran dos caras de una misma moneda: uno vivía para la música y el otro para la fiesta. Tres décadas después de la muerte de Gustavo, el cáncer se llevó a Paquito a los 65 años. Ninguno de los dos pudo ver cómo triunfó su canción. Desde hace diez años, Paquito el chocolatero es la pieza tocada en directo que más derechos genera de España, según la SGAE. Es la que más suena en las fiestas de los pueblos y hoteles, y ha llegado a todo el mundo.

Los dos cuñados siguen estando en todas las fiestas porque no hay mejor forma de hacerse eterno que hacerse canción. Los hijos de ambos los recuerdan siempre juntos, en casa de cualquiera de ellos e incapaces de tomar decisiones el uno sin el otro.

—Gustavo no hacía nada sin Paquito y Paquito no hacía nada sin Gustavo —recuerda Paca en una cafetería de Benidorm.

Afuera pasa una banda. Hay gente de otra época en la playa emulando que acaba de hallar una virgen a la deriva, que será un símbolo del pueblo y que dentro de unos cuantos siglos festejarán en su honor. Dispararán al cielo de alegría, y una mujer de 82 años, al otro lado del cristal, contará que así enterraron a su padre, porque murió como vivió: con música.

Foto: Shutterstock

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Opiniones 4
  • El reportaje está genial, con un montón de detalles y muy bien escrito. Me parecía estar de vuelta en Cocentaina… Solo un «pero», cuando traduces «fester» (participante en las fiestas de Moros y Cristianos) por «fiestero» (juerguista), cambia el significado de la expresión.

  • Acerca de Paquito.
    Terminas tu relato como lo comienzas: con alegría. El dolor no es punto final. Apenas es un rasgado de tul. Me ha gustado mucho la peqt/gran historia que, ¡oh casualidad!, me la mandó mi cuñado Pepe. Yo soy Paquito, él es Gustavo. El es el artista, yo el zaragatera.
    Felicidades

  • Enhorabuena por el artículo, ha cogido el espíritu de la fiesta que son los moros y cristianos. Mi madre, alcoiana, ya me contaba que mi abuelo fue de los primeros en introducir este pasodoble en las fiestas de moros y cristianos en los años 50

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