11 de octubre 2021    /   CREATIVIDAD
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Para amar las palabras, juega con ellas

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Es cierto que muchos textos tienen títulos curiosos o inicios portentosos, pero luego no ofrecen lo que prometieron.

El párrafo precedente es un ejemplo modesto de lipograma. Un lipograma es un texto en el que se omite deliberadamente una o varias letras (en este caso, la «a»). Es también uno de los ejercicios más conocidos atribuidos al movimiento «OULIPO», aunque, en realidad, cuando este se creó en 1960 ya había otros autores que habían experimentado con lipogramas. Por ejemplo, Enrique Jardiel Poncela publicó en 1928 en el diario La voz una serie de relatos escritos con lipogramas. «Un otoño —muchos años atrás—, cuando más olían las rosas y mayor sombra daban las acacias, un microbio muy conocido atacó, rudo y voraz, a Ramón Camomila: la furia matrimonial», comienza uno de ellos, el que evita la letra «e».

El proyecto OULIPO (Ouvroir de littérature potentielle o, lo que es lo mismo, taller de literatura potencial, en francés) fue creado por un grupo de autores que quisieron jugar con el lenguaje, estirar las letras como un chicle, comprobar hasta dónde podían llegar. Rechazaban la idea del genio creador y la dictadura de la inspiración y, en su lugar, concebían al escritor como un artesano que no hacía más que dar forma a la materia con la que trabajaba: el lenguaje. Hacían un uso del lenguaje de algún modo matemático: introducían límites o normas que, lejos de coartar la creatividad, la espoleaban. Trabajaban la combinación de caracteres con más orientación a la técnica que a su significado de tal modo que, siguiendo sus preceptos, cualquiera podría arrancar a escribir tuviera o no algo que decir.

Raymond Quenau, uno de los fundadores de OULIPO, presenta en su libro Ejercicios de estilo nada menos que 99 variaciones de un mismo texto. Con exclamaciones, con versos alejandrinos, con síncopas, en modo diálogo, como una obra teatral, en estilo ampuloso… son algunas de las formas que tiene el autor de plantear esa nimia historia inicial. En este ejercicio irónico pone de manifiesto su gran imaginación y la maestría con la que utiliza el lenguaje. El texto de partida es el siguiente:

Una mañana a mediodía, junto al parque Monceau, en la plataforma trasera de un autobús casi completo de la línea S (en la actualidad el 84), observé a un personaje con el cuello bastante largo que llevaba un sombrero de fieltro rodeado de un cordón trenzado en lugar de cinta. Este individuo interpeló, de golpe y porrazo, a su vecino, pretendiendo que le pisoteaba adrede cada vez que subían o bajaban viajeros. Pero abandonó rápidamente la discusión para lanzarse sobre un sitio que había quedado libre. Dos horas más tarde, volví a verlo delante de la estación de Saint-Lazare, conversando con un amigo que le aconsejaba disminuir el escote del abrigo haciéndose subir el botón superior por algún sastre competente.

Estas son dos de sus variaciones:

lipogramas

Otro ejemplo del uso de las matemáticas por parte de este grupo de escritores franceses es El aumento, de Perec. Al igual que los ejercicios de Quenau, este libro parte de una historia cotidiana y sencilla. Pero, en este caso, la obra tiene una estructura lógica y progresiva: de cada acontecimiento se derivan dos opciones, dando como resultado un enjambre ordenado de posibilidades binarias.

El grupo OULIPO, por cierto, sigue activo y tiene un único español en él. Se llama Pablo Martín Sánchez y asegura que «ya era oulipiano antes de ser cooptado, como todo buen oulipiano que se precie, aunque lo ignore».

Un ejemplo divertido de texto monovocálico es esta entrevista ficticia (su autor es El Capitán Carallo, que en su web tiene muchos otros juegos de palabras), interpretada por el actor José Luis Almuedo, en la que la entrevistada responde solo con la letra A:

OTROS AUTORES QUE JUGARON CON EL LENGUAJE

El escritor Ernest Vincent Wright escribió su novela Gadsby en 1939 sin utilizar en ella ninguna e. Una empresa especialmente difícil no solo porque el libro tiene más de cincuenta mil palabras, sino también porque la e es la vocal más utilizada en inglés. Por cierto, en español también lo es, como se puede ver en el siguiente gráfico:

Por otro lado, existen numerosos autores que han jugado con la puntuación. El empresario Timothy Dexter, en el siglo XVIII, escribió sin ningún signo de puntuación su obra A Pickle for the Knowing Ones or Plain Truth in a Homespun Dress. También insertó las mayúsculas aleatoriamente. En la segunda edición, respondió a las críticas sobre la ausencia de puntuación: añadió una página repleta de signos de puntuación (e ironía) e invitó a los lectores a insertarlos en la parte que quisieran del volumen. Este libro incomprensible llegó a ser reeditado ocho veces.

Fragmento de A Pickle for the Knowing Ones or Plain Truth in a Homespun Dress, de Timothy Dexter. Fotógrafo desconocido.

En 2008, Mario Benedetti publicó Testigo de uno mismo, un libro sin puntos ni comas que utiliza como único signo de puntuación la barra oblicua. El libro está dedicado a su mujer, que había fallecido recientemente. Curiosamente, en muchas páginas de internet los poemas de ese libro aparecen «corregidos» (o descorregidos, según como se mire).

Qué podré abrir con esta llave/ el alma de un atávico indigente/ el portón enrejado de una empresa/ el corazón de una mujer insomne/ (…) podré con esta llave entrar en los amores del crepúsculo/ Ojalá amemos sin bochorno/ Ojalá amemos/ Ojalá/
(Fragmento de Testigo de uno mismo, de Mario Benedetti)

Gustavo Martín Garzo hizo lo mismo en No hay amor en la muerte (Destino, 2017), novela sobre la historia bíblica del sacrificio de Isaac que está narrada en un estilo insólito: sin mayúsculas ni puntos (sí con comas, barras oblicuas y signos de interrogación).

Páginas de ‘No hay amor en la muerte’, de Gustavo Martín Garzo.

El último capítulo del famosísimo Ulises de Joyce y de Como es, de Samuel Beckett, también carecen de signos de puntuación. Es conocido el caso de El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, que relata la muerte de Franco de una forma experimental: en seis bloques narrativos sin diálogos ni puntos aparte. Y de Las puertas del paraíso, de Andrzejewski, novela cuya primera frase ocupa casi todo el libro mientras que la segunda solo tiene una línea.

DE TÉCNICAS DE ESPIONAJE A JUEGOS DE NIÑOS

Jugar con las palabras, las sílabas y las letras es algo habitual en la infancia. ¿Os suena ese juego en el que los niños, para evitar que otros se enteren de lo que hablan, insertan una sílaba adicional antes de cada una de las sílabas de su frase? De esta forma, si la elegida es por ejemplo la sílaba ti-, «frase de prueba» se diría «tifra, tise, tide, tiprue, tiba». Una forma de codificación simple, sí, pero un ejemplo enternecedor del uso del lenguaje como juguete.

Algunos acertijos con los que ahora se divierten los niños, o nos divertimos los adultos en juegos de ingenio y escape, se parecen mucho a los que han utilizado los espías en distintos enclaves y épocas de la historia. Mensajes ocultos en las mayúsculas de una carta, erratas insertadas a propósito para señalar una cifra clave, letras sustituidas por otras o por números que solo se pueden descifrar con una tabla de equivalencias o a través de una minuciosa observación… Numerosos ejemplos de criptografía, muchos de los cuales utilizan el propio lenguaje como disfraz.

Cuando Julio César quería mandar un mensaje encriptado, escribía el texto poniendo en lugar de cada letra la que se encontraba en el alfabeto cuatro posiciones después de ella. Es decir, él escribiría «tvyife» en lugar de «prueba». (La t está cuatro posiciones detrás de la p, y así sucesivamente).

Lo dicho: los juegos son infinitos. Si conoces logogrifos divertidos u otros ejemplos o ejercicios (existen muchos), coméntanoslo en este sitio o en redes (Twitter, etc). ¡Lo espero! Mire qué ingeniosos quienes lo precedieron.

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Es cierto que muchos textos tienen títulos curiosos o inicios portentosos, pero luego no ofrecen lo que prometieron.

El párrafo precedente es un ejemplo modesto de lipograma. Un lipograma es un texto en el que se omite deliberadamente una o varias letras (en este caso, la «a»). Es también uno de los ejercicios más conocidos atribuidos al movimiento «OULIPO», aunque, en realidad, cuando este se creó en 1960 ya había otros autores que habían experimentado con lipogramas. Por ejemplo, Enrique Jardiel Poncela publicó en 1928 en el diario La voz una serie de relatos escritos con lipogramas. «Un otoño —muchos años atrás—, cuando más olían las rosas y mayor sombra daban las acacias, un microbio muy conocido atacó, rudo y voraz, a Ramón Camomila: la furia matrimonial», comienza uno de ellos, el que evita la letra «e».

El proyecto OULIPO (Ouvroir de littérature potentielle o, lo que es lo mismo, taller de literatura potencial, en francés) fue creado por un grupo de autores que quisieron jugar con el lenguaje, estirar las letras como un chicle, comprobar hasta dónde podían llegar. Rechazaban la idea del genio creador y la dictadura de la inspiración y, en su lugar, concebían al escritor como un artesano que no hacía más que dar forma a la materia con la que trabajaba: el lenguaje. Hacían un uso del lenguaje de algún modo matemático: introducían límites o normas que, lejos de coartar la creatividad, la espoleaban. Trabajaban la combinación de caracteres con más orientación a la técnica que a su significado de tal modo que, siguiendo sus preceptos, cualquiera podría arrancar a escribir tuviera o no algo que decir.

Raymond Quenau, uno de los fundadores de OULIPO, presenta en su libro Ejercicios de estilo nada menos que 99 variaciones de un mismo texto. Con exclamaciones, con versos alejandrinos, con síncopas, en modo diálogo, como una obra teatral, en estilo ampuloso… son algunas de las formas que tiene el autor de plantear esa nimia historia inicial. En este ejercicio irónico pone de manifiesto su gran imaginación y la maestría con la que utiliza el lenguaje. El texto de partida es el siguiente:

Una mañana a mediodía, junto al parque Monceau, en la plataforma trasera de un autobús casi completo de la línea S (en la actualidad el 84), observé a un personaje con el cuello bastante largo que llevaba un sombrero de fieltro rodeado de un cordón trenzado en lugar de cinta. Este individuo interpeló, de golpe y porrazo, a su vecino, pretendiendo que le pisoteaba adrede cada vez que subían o bajaban viajeros. Pero abandonó rápidamente la discusión para lanzarse sobre un sitio que había quedado libre. Dos horas más tarde, volví a verlo delante de la estación de Saint-Lazare, conversando con un amigo que le aconsejaba disminuir el escote del abrigo haciéndose subir el botón superior por algún sastre competente.

Estas son dos de sus variaciones:

lipogramas

Otro ejemplo del uso de las matemáticas por parte de este grupo de escritores franceses es El aumento, de Perec. Al igual que los ejercicios de Quenau, este libro parte de una historia cotidiana y sencilla. Pero, en este caso, la obra tiene una estructura lógica y progresiva: de cada acontecimiento se derivan dos opciones, dando como resultado un enjambre ordenado de posibilidades binarias.

El grupo OULIPO, por cierto, sigue activo y tiene un único español en él. Se llama Pablo Martín Sánchez y asegura que «ya era oulipiano antes de ser cooptado, como todo buen oulipiano que se precie, aunque lo ignore».

Un ejemplo divertido de texto monovocálico es esta entrevista ficticia (su autor es El Capitán Carallo, que en su web tiene muchos otros juegos de palabras), interpretada por el actor José Luis Almuedo, en la que la entrevistada responde solo con la letra A:

OTROS AUTORES QUE JUGARON CON EL LENGUAJE

El escritor Ernest Vincent Wright escribió su novela Gadsby en 1939 sin utilizar en ella ninguna e. Una empresa especialmente difícil no solo porque el libro tiene más de cincuenta mil palabras, sino también porque la e es la vocal más utilizada en inglés. Por cierto, en español también lo es, como se puede ver en el siguiente gráfico:

Por otro lado, existen numerosos autores que han jugado con la puntuación. El empresario Timothy Dexter, en el siglo XVIII, escribió sin ningún signo de puntuación su obra A Pickle for the Knowing Ones or Plain Truth in a Homespun Dress. También insertó las mayúsculas aleatoriamente. En la segunda edición, respondió a las críticas sobre la ausencia de puntuación: añadió una página repleta de signos de puntuación (e ironía) e invitó a los lectores a insertarlos en la parte que quisieran del volumen. Este libro incomprensible llegó a ser reeditado ocho veces.

Fragmento de A Pickle for the Knowing Ones or Plain Truth in a Homespun Dress, de Timothy Dexter. Fotógrafo desconocido.

En 2008, Mario Benedetti publicó Testigo de uno mismo, un libro sin puntos ni comas que utiliza como único signo de puntuación la barra oblicua. El libro está dedicado a su mujer, que había fallecido recientemente. Curiosamente, en muchas páginas de internet los poemas de ese libro aparecen «corregidos» (o descorregidos, según como se mire).

Qué podré abrir con esta llave/ el alma de un atávico indigente/ el portón enrejado de una empresa/ el corazón de una mujer insomne/ (…) podré con esta llave entrar en los amores del crepúsculo/ Ojalá amemos sin bochorno/ Ojalá amemos/ Ojalá/
(Fragmento de Testigo de uno mismo, de Mario Benedetti)

Gustavo Martín Garzo hizo lo mismo en No hay amor en la muerte (Destino, 2017), novela sobre la historia bíblica del sacrificio de Isaac que está narrada en un estilo insólito: sin mayúsculas ni puntos (sí con comas, barras oblicuas y signos de interrogación).

Páginas de ‘No hay amor en la muerte’, de Gustavo Martín Garzo.

El último capítulo del famosísimo Ulises de Joyce y de Como es, de Samuel Beckett, también carecen de signos de puntuación. Es conocido el caso de El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, que relata la muerte de Franco de una forma experimental: en seis bloques narrativos sin diálogos ni puntos aparte. Y de Las puertas del paraíso, de Andrzejewski, novela cuya primera frase ocupa casi todo el libro mientras que la segunda solo tiene una línea.

DE TÉCNICAS DE ESPIONAJE A JUEGOS DE NIÑOS

Jugar con las palabras, las sílabas y las letras es algo habitual en la infancia. ¿Os suena ese juego en el que los niños, para evitar que otros se enteren de lo que hablan, insertan una sílaba adicional antes de cada una de las sílabas de su frase? De esta forma, si la elegida es por ejemplo la sílaba ti-, «frase de prueba» se diría «tifra, tise, tide, tiprue, tiba». Una forma de codificación simple, sí, pero un ejemplo enternecedor del uso del lenguaje como juguete.

Algunos acertijos con los que ahora se divierten los niños, o nos divertimos los adultos en juegos de ingenio y escape, se parecen mucho a los que han utilizado los espías en distintos enclaves y épocas de la historia. Mensajes ocultos en las mayúsculas de una carta, erratas insertadas a propósito para señalar una cifra clave, letras sustituidas por otras o por números que solo se pueden descifrar con una tabla de equivalencias o a través de una minuciosa observación… Numerosos ejemplos de criptografía, muchos de los cuales utilizan el propio lenguaje como disfraz.

Cuando Julio César quería mandar un mensaje encriptado, escribía el texto poniendo en lugar de cada letra la que se encontraba en el alfabeto cuatro posiciones después de ella. Es decir, él escribiría «tvyife» en lugar de «prueba». (La t está cuatro posiciones detrás de la p, y así sucesivamente).

Lo dicho: los juegos son infinitos. Si conoces logogrifos divertidos u otros ejemplos o ejercicios (existen muchos), coméntanoslo en este sitio o en redes (Twitter, etc). ¡Lo espero! Mire qué ingeniosos quienes lo precedieron.

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