Publicado: 09 de mayo 2023 08:21  /   CIENCIA
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La razón de que te levantes cada día de la cama y por qué no necesitas un cerebro para hacerlo 

Publicado: 09 de mayo 2023 08:21  /   CIENCIA     por          
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para qué sirve el cerebro

El propósito principal de cualquier organismo es mantenerse con vida. Esta afirmación es cierta casi por definición, dado que es un mandato impuesto por las fuerzas freáticas de la evolución. Todos los seres vivos buscan preservar su integridad fisiológica frente a peligros y oportunidades.

Por esa razón existen los cerebros, según explica el neurocientífico Anil Seth en La creación del yo (Sexto Piso, 2023). Porque el motivo en virtud del cual la evolución dotó a los organismos de cerebros no fue para que pudieran escribir poesía o resolver acertijos. Desde una perspectiva evolutiva, los cerebros no existen para pensar de manera racional, comunicarse mediante el lenguaje o incluso percibir el mundo tal y como es.

La razón más fundamental por la cual un organismo tiene un cerebro, o un sistema nervioso de cualquier tipo, es para ayudarlo a mantenerse con vida, asegurando que sus variables fisiológicas esenciales no excedan los límites estrechos compatibles con la continuidad de su supervivencia.

Con todo, no queda nada claro si el cerebro es una ventaja para mantenerse vivo o, por el contrario, constituye un hándicap que se ha ido perpetuando, mal que bien, en una buena parte de la fauna de la Tierra.

DE LA BACTERIA AL SABIO CON GAFAS DE MONTURA DE CAREY

Incluso una total ausencia de un sistema neuronal de motivación no es óbice ni cortapisa para que las formas de vida más primitivas compartan nuestro propósito principal o el de cualquier otro organismo.

Por ejemplo, las bacterias no poseen un sistema de recompensa. No actúan en busca de placer, sino que reaccionan ante una molécula que desencadena una respuesta automática. Así, las bacterias detectan y reaccionan ante la presencia de alimento, y cuando se encuentran en un entorno con escasez de nutrientes, se agrupan y cooperan para aumentar su eficiencia. Rechazan a aquellos vecinos que consumen recursos energéticos sin contribuir. Además, defienden su territorio contra otros grupos de bacterias y adaptan su estrategia bélica según sus proporciones relativas.

para qué sirve el cerebro

Estos microorganismos logran estas proezas únicamente emitiendo y absorbiendo una gran variedad de moléculas. Y el éxito de esta estrategia aparentemente sencilla se ve reflejado en la abundancia de bacterias que existe. No solo en el cuerpo humano hay más células bacterianas que células humanas, sino que la biomasa bacteriana en la Tierra supera la de todas las plantas y animales.

Por lo tanto, aunque se podría concluir que los humanos son los dominantes en la cadena alimenticia, también se podría considerar que son granjas móviles para bacterias. Que unas criaturas que no usan ni una sola neurona para conseguir lo mismo que nosotros (sobrevivir y reproducirse) nos superan en número y llevan incontables años más que nosotros en este planeta.

¿Entonces? ¿Por qué aparecieron las primeras neuronas? Y lo más importante: ¿por qué la evolución no las ha erradicado ya por completo?

En una palabra: flexibilidad.

A pesar de la eficacia de las bacterias, al carecer de un sistema de recompensa, una colonia bacteriana solo puede reaccionar a estímulos de manera automática, inflexible, limitante. Por el contrario, organismos como las planarias, que hace 560 millones de años se encontraban entre los primeros en tener un sistema nervioso, dejaron de depender de respuestas preestablecidas. Estos seres poseían una nueva habilidad: podían evaluar situaciones inéditas y responder con acciones adaptadas a circunstancias y objetivos específicos.

A su vez, la evolución de los vertebrados, como reptiles, anfibios, pájaros y mamíferos, trajo aparejada una arquitectura más compleja del sistema de recompensa. Una arquitectura que los seres humanos hemos heredado y desarrollado hasta convertirnos en sapiens.

Una bacteria que detecta nutrientes cercanos está programada para perseguirlos y evitar moléculas inútiles o perjudiciales. La constitución bioquímica de la bacteria determina si absorbe una molécula que flota a su alrededor. Sin embargo, un mamífero lo decide. Esta es la ventaja operativa del sistema de recompensa integrado en el sistema nervioso, a juicio del físico Leonard Mlodinow en su libro Emocional. Cómo los sentimientos moldean nuestro pensamiento (Crítica, 2023).

Los seres humanos no siempre reaccionamos de forma automática; consideramos diversos factores antes de elegir nuestras acciones. Nuestro cerebro evalúa el placer de cada posible experiencia y lo compara con los posibles costos, utilizando lo que sabe acerca de su estado corporal, las futuras consecuencias de todas sus acciones y otros datos relevantes. Solo después de ese análisis decidimos nuestro objetivo y nos motivamos para actuar.

NO HAY MÁS CERA QUE LA QUE ARDE

Para cualquier ser vivo, la condición de estar vivo implica la búsqueda proactiva de un conjunto específico de estados a los que se regresa constantemente a lo largo del tiempo, ya sean temperaturas corporales, ritmos cardíacos o la organización de complejos proteicos y flujos de energía dentro de una bacteria unicelular. Estos son los estados de baja entropía que se esperan estadísticamente y que garantizan la supervivencia del sistema: son, en última instancia, el tipo de estados esperados para el organismo en cuestión.

Es crucial tener en cuenta que los sistemas vivos no son sistemas cerrados y aislados. Los sistemas vivos interactúan constantemente con su entorno de manera abierta, obteniendo recursos, nutrientes e información. A través de esta apertura, los sistemas vivos son capaces de dedicarse a la actividad (muy demandante de energía) de buscar estados estadísticamente esperados, minimizar la entropía y sortear la segunda ley de la termodinámica.

De este modo, los sistemas nerviosos complejos, para mantenerse con vida, pueden decidir. Pero mayor flexibilidad también propicia que haya más caminos. A más caminos, más incertidumbre. Las probabilidades de sobrevivir del vertebrado aumentan en tanto en cuanto disminuyen. Por esa razón, para mantenerse vivo debe perseguir otros objetivos subsidiarios a nivel social que le garanticen esa supervivencia reduciendo la incertidumbre.

La lista de esos objetivos es interminable. Sin embargo, este reciente estudio publicado en Nature analizó las motivaciones sociales fundamentales en dos momentos temporales concretos (2016 y 2019) en 42 países distintos. En total, se recogieron datos evaluando los motivos sociales fundamentales de 8.998 personas. Las motivaciones sociales más típicas fueron siete:

  1. Autoprotección
  2. Evitación de enfermedades
  3. Afiliación
  4. Estatus
  5. Adquirir una pareja
  6. Conservar la pareja
  7. Cuidado de familia/hijos

para qué sirve el cerebro

Otro estudio de noviembre de 2022 (A General Motivational Architecture for Human and Animal Personality) propone el siguiente mapa parcial de los sistemas motivacionales humanos, agrupados en cinco amplias categorías de problemas de adaptación. Algunas etiquetas alternativas utilizadas en la literatura se muestran entre paréntesis. Los sistemas entre corchetes siguen siendo en su mayoría hipotéticos, pero justifican una investigación más adecuada. Tenga en cuenta que el mapa no incluye necesidades fisiológicas básicas como el hambre/sed, la evacuación o la termorregulación.

para qué sirve el cerebro

Naturalmente, todo este diagrama de Venn opera a nivel inconsciente e inventamos historias que justifican nuestros actos para evitar que parezcan una medida desesperada de supervivencia. Es el caso, por ejemplo, de la necesidad de publicar un artículo (para expresar mis sentimientos / para obtener estatus).

El sesgo de confirmación, la tendencia a favorecer, buscar, interpretar y recordar la información que confirma las propias creencias o hipótesis, hace el resto, pues constituye una poderosa fuerza de adaptabilidad ecológica. Porque sí, hay cientos de sesgos identificados en nuestra mente, pero parece que todos ellos se reducen a un puñado de creencias fundamentales unidas al sesgo de confirmación, tal y como sugiere un reciente estudio.

Finalmente, lo más probable es que las bacterias sean las últimas en extinguirse de nuestro planeta. Decidir, pues, no parece garantizar el éxito. Si acaso, puede ofrecernos el abrir senda a propósitos más ambiciosos, como viajar a otros mundos. Convertirnos en una civilización galáctica. Alcanzar el Punto Omega. Incluso, a duras penas, ir resolviendo todos los problemas secundarios que producen todos nuestros avances como civilización, en un continúo pacto fáustico.

Cualquier mínimo error nos condenará al olvido. Si, contra todo pronóstico, logramos salir adelante, las bacterias (quizá, solo quizá) experimentarán algo similar a la envidia…, mientras siguen viviendo calientes y confortables en nuestros organismos.

El propósito principal de cualquier organismo es mantenerse con vida. Esta afirmación es cierta casi por definición, dado que es un mandato impuesto por las fuerzas freáticas de la evolución. Todos los seres vivos buscan preservar su integridad fisiológica frente a peligros y oportunidades.

Por esa razón existen los cerebros, según explica el neurocientífico Anil Seth en La creación del yo (Sexto Piso, 2023). Porque el motivo en virtud del cual la evolución dotó a los organismos de cerebros no fue para que pudieran escribir poesía o resolver acertijos. Desde una perspectiva evolutiva, los cerebros no existen para pensar de manera racional, comunicarse mediante el lenguaje o incluso percibir el mundo tal y como es.

La razón más fundamental por la cual un organismo tiene un cerebro, o un sistema nervioso de cualquier tipo, es para ayudarlo a mantenerse con vida, asegurando que sus variables fisiológicas esenciales no excedan los límites estrechos compatibles con la continuidad de su supervivencia.

Con todo, no queda nada claro si el cerebro es una ventaja para mantenerse vivo o, por el contrario, constituye un hándicap que se ha ido perpetuando, mal que bien, en una buena parte de la fauna de la Tierra.

DE LA BACTERIA AL SABIO CON GAFAS DE MONTURA DE CAREY

Incluso una total ausencia de un sistema neuronal de motivación no es óbice ni cortapisa para que las formas de vida más primitivas compartan nuestro propósito principal o el de cualquier otro organismo.

Por ejemplo, las bacterias no poseen un sistema de recompensa. No actúan en busca de placer, sino que reaccionan ante una molécula que desencadena una respuesta automática. Así, las bacterias detectan y reaccionan ante la presencia de alimento, y cuando se encuentran en un entorno con escasez de nutrientes, se agrupan y cooperan para aumentar su eficiencia. Rechazan a aquellos vecinos que consumen recursos energéticos sin contribuir. Además, defienden su territorio contra otros grupos de bacterias y adaptan su estrategia bélica según sus proporciones relativas.

para qué sirve el cerebro

Estos microorganismos logran estas proezas únicamente emitiendo y absorbiendo una gran variedad de moléculas. Y el éxito de esta estrategia aparentemente sencilla se ve reflejado en la abundancia de bacterias que existe. No solo en el cuerpo humano hay más células bacterianas que células humanas, sino que la biomasa bacteriana en la Tierra supera la de todas las plantas y animales.

Por lo tanto, aunque se podría concluir que los humanos son los dominantes en la cadena alimenticia, también se podría considerar que son granjas móviles para bacterias. Que unas criaturas que no usan ni una sola neurona para conseguir lo mismo que nosotros (sobrevivir y reproducirse) nos superan en número y llevan incontables años más que nosotros en este planeta.

¿Entonces? ¿Por qué aparecieron las primeras neuronas? Y lo más importante: ¿por qué la evolución no las ha erradicado ya por completo?

En una palabra: flexibilidad.

A pesar de la eficacia de las bacterias, al carecer de un sistema de recompensa, una colonia bacteriana solo puede reaccionar a estímulos de manera automática, inflexible, limitante. Por el contrario, organismos como las planarias, que hace 560 millones de años se encontraban entre los primeros en tener un sistema nervioso, dejaron de depender de respuestas preestablecidas. Estos seres poseían una nueva habilidad: podían evaluar situaciones inéditas y responder con acciones adaptadas a circunstancias y objetivos específicos.

A su vez, la evolución de los vertebrados, como reptiles, anfibios, pájaros y mamíferos, trajo aparejada una arquitectura más compleja del sistema de recompensa. Una arquitectura que los seres humanos hemos heredado y desarrollado hasta convertirnos en sapiens.

Una bacteria que detecta nutrientes cercanos está programada para perseguirlos y evitar moléculas inútiles o perjudiciales. La constitución bioquímica de la bacteria determina si absorbe una molécula que flota a su alrededor. Sin embargo, un mamífero lo decide. Esta es la ventaja operativa del sistema de recompensa integrado en el sistema nervioso, a juicio del físico Leonard Mlodinow en su libro Emocional. Cómo los sentimientos moldean nuestro pensamiento (Crítica, 2023).

Los seres humanos no siempre reaccionamos de forma automática; consideramos diversos factores antes de elegir nuestras acciones. Nuestro cerebro evalúa el placer de cada posible experiencia y lo compara con los posibles costos, utilizando lo que sabe acerca de su estado corporal, las futuras consecuencias de todas sus acciones y otros datos relevantes. Solo después de ese análisis decidimos nuestro objetivo y nos motivamos para actuar.

NO HAY MÁS CERA QUE LA QUE ARDE

Para cualquier ser vivo, la condición de estar vivo implica la búsqueda proactiva de un conjunto específico de estados a los que se regresa constantemente a lo largo del tiempo, ya sean temperaturas corporales, ritmos cardíacos o la organización de complejos proteicos y flujos de energía dentro de una bacteria unicelular. Estos son los estados de baja entropía que se esperan estadísticamente y que garantizan la supervivencia del sistema: son, en última instancia, el tipo de estados esperados para el organismo en cuestión.

Es crucial tener en cuenta que los sistemas vivos no son sistemas cerrados y aislados. Los sistemas vivos interactúan constantemente con su entorno de manera abierta, obteniendo recursos, nutrientes e información. A través de esta apertura, los sistemas vivos son capaces de dedicarse a la actividad (muy demandante de energía) de buscar estados estadísticamente esperados, minimizar la entropía y sortear la segunda ley de la termodinámica.

De este modo, los sistemas nerviosos complejos, para mantenerse con vida, pueden decidir. Pero mayor flexibilidad también propicia que haya más caminos. A más caminos, más incertidumbre. Las probabilidades de sobrevivir del vertebrado aumentan en tanto en cuanto disminuyen. Por esa razón, para mantenerse vivo debe perseguir otros objetivos subsidiarios a nivel social que le garanticen esa supervivencia reduciendo la incertidumbre.

La lista de esos objetivos es interminable. Sin embargo, este reciente estudio publicado en Nature analizó las motivaciones sociales fundamentales en dos momentos temporales concretos (2016 y 2019) en 42 países distintos. En total, se recogieron datos evaluando los motivos sociales fundamentales de 8.998 personas. Las motivaciones sociales más típicas fueron siete:

  1. Autoprotección
  2. Evitación de enfermedades
  3. Afiliación
  4. Estatus
  5. Adquirir una pareja
  6. Conservar la pareja
  7. Cuidado de familia/hijos

para qué sirve el cerebro

Otro estudio de noviembre de 2022 (A General Motivational Architecture for Human and Animal Personality) propone el siguiente mapa parcial de los sistemas motivacionales humanos, agrupados en cinco amplias categorías de problemas de adaptación. Algunas etiquetas alternativas utilizadas en la literatura se muestran entre paréntesis. Los sistemas entre corchetes siguen siendo en su mayoría hipotéticos, pero justifican una investigación más adecuada. Tenga en cuenta que el mapa no incluye necesidades fisiológicas básicas como el hambre/sed, la evacuación o la termorregulación.

para qué sirve el cerebro

Naturalmente, todo este diagrama de Venn opera a nivel inconsciente e inventamos historias que justifican nuestros actos para evitar que parezcan una medida desesperada de supervivencia. Es el caso, por ejemplo, de la necesidad de publicar un artículo (para expresar mis sentimientos / para obtener estatus).

El sesgo de confirmación, la tendencia a favorecer, buscar, interpretar y recordar la información que confirma las propias creencias o hipótesis, hace el resto, pues constituye una poderosa fuerza de adaptabilidad ecológica. Porque sí, hay cientos de sesgos identificados en nuestra mente, pero parece que todos ellos se reducen a un puñado de creencias fundamentales unidas al sesgo de confirmación, tal y como sugiere un reciente estudio.

Finalmente, lo más probable es que las bacterias sean las últimas en extinguirse de nuestro planeta. Decidir, pues, no parece garantizar el éxito. Si acaso, puede ofrecernos el abrir senda a propósitos más ambiciosos, como viajar a otros mundos. Convertirnos en una civilización galáctica. Alcanzar el Punto Omega. Incluso, a duras penas, ir resolviendo todos los problemas secundarios que producen todos nuestros avances como civilización, en un continúo pacto fáustico.

Cualquier mínimo error nos condenará al olvido. Si, contra todo pronóstico, logramos salir adelante, las bacterias (quizá, solo quizá) experimentarán algo similar a la envidia…, mientras siguen viviendo calientes y confortables en nuestros organismos.

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