5 de diciembre 2018    /   IDEAS
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La experiencia… ¿sirve de algo?

5 de diciembre 2018    /   IDEAS     por          
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Vivimos tiempos en los que la experiencia no tiene buena imagen. Más aún, llega incluso a verse como una rémora para adaptarse a lo nuevo, para comprenderlo y manejarlo.

Es algo irónico. Porque hasta hace poco, el problema para incorporarse al mundo laboral era, precisamente, la falta de experiencia. Y ahora, de repente, sucede justo al revés. Especialmente cuando se asocia con una edad en la que el mercado te expulsa antes de lo previsto. Términos como la jubilación anticipada (o el early retirement, que queda más fino) han entrado a formar parte del léxico cotidiano de las grandes compañías para amortiguar la rudeza de lo que está sucediendo.

Por eso conviene analizar, al margen de las modas o los intereses empresariales, de qué sirve (si es que sirve de algo) la experiencia.

Para ello, hay que considerar dos palabras clave: el saber y el conocimiento. Respecto al primero, es importante entender que en cualquier aspecto de la vida la experiencia no consiste en saber, sino en saber qué es lo que hay que saber.

Eso es lo que marca la diferencia y lo que le permite a una persona con experiencia transmitir ese saber específico a los que no lo poseen. Porque si no, podemos encontrarnos con la paradoja que siempre produce la cultura inconexa. Es decir, que sabiendo más, sepamos menos.

Hablemos ahora de la segunda palabra: el conocimiento. En este caso, el problema surge con la paulatina tergiversación del mismo, lo que ha alterado radicalmente su verdadero sentido. Porque desligado del saber qué es lo que hay que saber que dictaba la experiencia, el conocimiento se ha convertido en un valor que funciona tan solo por acumulación, bajo la exclusiva premisa de que cuanto más sabes, más sabes.

Y la consecuencia de ese saber acumulativo, tan valorado en el mundo virtual, es que nos ha llevado a creer que el conocimiento se mide exclusivamente a través de una escala numérica en la que, por el hecho de serlo, nos permite considerar que todo es equiparable. El resultado es que, una vez eliminada la importancia del contexto, no hallaremos diferencia entre la pintura de El Bosco y los vídeos de Pornhub.

Era el viejo sueño del mercado: desprenderse del conocimiento basado en la experiencia para campar por sus respetos. Eliminar la capacidad del mismo para transmitir aquel saber qué es lo que hay que saber que diferenciaba lo que enriquece de lo que deteriora.

Cuando ahora entramos en Google para acceder al conocimiento, este se nos presenta infinito y aparentemente no jerarquizado. Pero ese conocimiento responde en realidad a intereses que nos resultan desconocidos. Lo aceptamos con facilidad.

En primer lugar, porque su sobreabundancia nos fascina. Y en segundo, porque desasistidos de la experiencia que nos permitiría una capacidad crítica más elevada, nos ceñimos a sus reglas de juego convencidos de que contamos con la herramienta más poderosa para saber lo que queremos.

El mercado convierte en estorbo todo lo que no precisa. Y nuestra experiencia previa, esa que nos permite elegir o contrastar ante cualquier búsqueda de conocimiento, le resulta un inconveniente que intentará ir desterrando.

Por eso, el problema ahora ya no es si nos falta o nos sobra experiencia. El verdadero problema es que, gracias a la sobreabundancia informativa, nos lleguemos a creer que no la necesitamos.

Vivimos tiempos en los que la experiencia no tiene buena imagen. Más aún, llega incluso a verse como una rémora para adaptarse a lo nuevo, para comprenderlo y manejarlo.

Es algo irónico. Porque hasta hace poco, el problema para incorporarse al mundo laboral era, precisamente, la falta de experiencia. Y ahora, de repente, sucede justo al revés. Especialmente cuando se asocia con una edad en la que el mercado te expulsa antes de lo previsto. Términos como la jubilación anticipada (o el early retirement, que queda más fino) han entrado a formar parte del léxico cotidiano de las grandes compañías para amortiguar la rudeza de lo que está sucediendo.

Por eso conviene analizar, al margen de las modas o los intereses empresariales, de qué sirve (si es que sirve de algo) la experiencia.

Para ello, hay que considerar dos palabras clave: el saber y el conocimiento. Respecto al primero, es importante entender que en cualquier aspecto de la vida la experiencia no consiste en saber, sino en saber qué es lo que hay que saber.

Eso es lo que marca la diferencia y lo que le permite a una persona con experiencia transmitir ese saber específico a los que no lo poseen. Porque si no, podemos encontrarnos con la paradoja que siempre produce la cultura inconexa. Es decir, que sabiendo más, sepamos menos.

Hablemos ahora de la segunda palabra: el conocimiento. En este caso, el problema surge con la paulatina tergiversación del mismo, lo que ha alterado radicalmente su verdadero sentido. Porque desligado del saber qué es lo que hay que saber que dictaba la experiencia, el conocimiento se ha convertido en un valor que funciona tan solo por acumulación, bajo la exclusiva premisa de que cuanto más sabes, más sabes.

Y la consecuencia de ese saber acumulativo, tan valorado en el mundo virtual, es que nos ha llevado a creer que el conocimiento se mide exclusivamente a través de una escala numérica en la que, por el hecho de serlo, nos permite considerar que todo es equiparable. El resultado es que, una vez eliminada la importancia del contexto, no hallaremos diferencia entre la pintura de El Bosco y los vídeos de Pornhub.

Era el viejo sueño del mercado: desprenderse del conocimiento basado en la experiencia para campar por sus respetos. Eliminar la capacidad del mismo para transmitir aquel saber qué es lo que hay que saber que diferenciaba lo que enriquece de lo que deteriora.

Cuando ahora entramos en Google para acceder al conocimiento, este se nos presenta infinito y aparentemente no jerarquizado. Pero ese conocimiento responde en realidad a intereses que nos resultan desconocidos. Lo aceptamos con facilidad.

En primer lugar, porque su sobreabundancia nos fascina. Y en segundo, porque desasistidos de la experiencia que nos permitiría una capacidad crítica más elevada, nos ceñimos a sus reglas de juego convencidos de que contamos con la herramienta más poderosa para saber lo que queremos.

El mercado convierte en estorbo todo lo que no precisa. Y nuestra experiencia previa, esa que nos permite elegir o contrastar ante cualquier búsqueda de conocimiento, le resulta un inconveniente que intentará ir desterrando.

Por eso, el problema ahora ya no es si nos falta o nos sobra experiencia. El verdadero problema es que, gracias a la sobreabundancia informativa, nos lleguemos a creer que no la necesitamos.

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Opiniones 2
  • La experiencia tiene un precio que las empresas, por regla general, ya no están dispuestas a pagar. Además, en un mundo en el que se supone que todo queda obsoleto de forma más o menos inmediata, la experiencia se percibe como un lastre de algo (¿conocimiento?) que ya es pasado y por tanto, no solo no tiene valor, sino que incluso impide el avance.
    ¿Un error? Claro que sí.

  • La experiencia es una palabra que ha sido utilizada solamente para disminuir considerablemente a los rivales de turno. Es una pena saber que se pierden muchas ideas innovadoras por culpa de los experimentados.

  • Comentarios cerrados.

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