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3 de abril 2019    /   IDEAS
por
Ilustración  Buba Viedma

Aurora Bertrana, la escritora que encumbró el amor libre

3 de abril 2019    /   IDEAS     por        Ilustración  Buba Viedma
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Poco después de aprender a leer, Aurora Bertrana (1892-1974), la mujer que azotaría la moral de sotana con sus Paraísos Oceánicos, empezó a colarse, a escondidas, en la biblioteca de su abuelo. Ahí contemplaba los libros como si fueran pasadizos secretos hacia otros mundos.

Después descubrió los mapas; y entre mares y montañas, su deseo de explorar la Tierra echó a volar.

—Pero ¡¿cómo?! ¡¿una niña que quería ser escritora y viajera?! —le reprochaban, escandalizados, por todos lados.

 

La moral castradora de principios del siglo XX saltaba en chispazos con solo acercar estas dos palabras: mujer y libertad.

Aurora Bertrana, con su valentía y tesón, provocó un cortocircuito en la gazmoñería imperante: viajó sola, fundó la primera banda femenina de jazz en Europa y cruzó el planeta para vivir en la Polinesia.

Pero cuando llegó allí y empezó a enviar artículos a periódicos catalanes, todos quedaron boquiabiertos. Las crónicas de la violonchelista sonaban aún mejor que su música.

Bertrana retrató sin prejuicios ni moralinas aquella vida natural, sin mantillas ni confesionarios, sin conceptos de bastardo o infidelidad. Y los lectores, envueltos en el exotismo de los relatos de la cronista, quedaban entre extasiados y ruborizados.

De 1926 a 1929 anduvo por las islas buscando historias de aquellas mujeres que aquí consideraban salvajes y allí, Bertrana, con sus flores en el pelo, observaba con admiración.

Así caminaba Turey, «la cortesana», «más esbelta que las palmeras» y «ondulante como el Pacífico», escribió Bertrana en su libro Paraísos oceánicos. «Si la más humilde y escondida flor de carne maorí nace y crece para el amor, Turey, floración divina entre el jardín galante, merecía ser reina, Reina del Amor».

«Pregúntale a cualquier maorí si Turey ha obrado bien al hacerse cortesana. Ni uno solo os dirá que no», escribió en Paraísos Oceánicos. «¡Ni vosotros ni yo somos nadie para juzgar a esta vieja raza misteriosa! Todo Tahití admira a su cortesana».

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Poco después de aprender a leer, Aurora Bertrana (1892-1974), la mujer que azotaría la moral de sotana con sus Paraísos Oceánicos, empezó a colarse, a escondidas, en la biblioteca de su abuelo. Ahí contemplaba los libros como si fueran pasadizos secretos hacia otros mundos.

Después descubrió los mapas; y entre mares y montañas, su deseo de explorar la Tierra echó a volar.

—Pero ¡¿cómo?! ¡¿una niña que quería ser escritora y viajera?! —le reprochaban, escandalizados, por todos lados.

 

La moral castradora de principios del siglo XX saltaba en chispazos con solo acercar estas dos palabras: mujer y libertad.

Aurora Bertrana, con su valentía y tesón, provocó un cortocircuito en la gazmoñería imperante: viajó sola, fundó la primera banda femenina de jazz en Europa y cruzó el planeta para vivir en la Polinesia.

Pero cuando llegó allí y empezó a enviar artículos a periódicos catalanes, todos quedaron boquiabiertos. Las crónicas de la violonchelista sonaban aún mejor que su música.

Bertrana retrató sin prejuicios ni moralinas aquella vida natural, sin mantillas ni confesionarios, sin conceptos de bastardo o infidelidad. Y los lectores, envueltos en el exotismo de los relatos de la cronista, quedaban entre extasiados y ruborizados.

De 1926 a 1929 anduvo por las islas buscando historias de aquellas mujeres que aquí consideraban salvajes y allí, Bertrana, con sus flores en el pelo, observaba con admiración.

Así caminaba Turey, «la cortesana», «más esbelta que las palmeras» y «ondulante como el Pacífico», escribió Bertrana en su libro Paraísos oceánicos. «Si la más humilde y escondida flor de carne maorí nace y crece para el amor, Turey, floración divina entre el jardín galante, merecía ser reina, Reina del Amor».

«Pregúntale a cualquier maorí si Turey ha obrado bien al hacerse cortesana. Ni uno solo os dirá que no», escribió en Paraísos Oceánicos. «¡Ni vosotros ni yo somos nadie para juzgar a esta vieja raza misteriosa! Todo Tahití admira a su cortesana».

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Opiniones 1
  • Al fondo, sentada en su trono, está ella viendo y viviéndolo todo. Luego, si acaso, escribiéndolo a través de tu móvil. Premiada como Colombine de Mar.

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