27 de enero 2017    /   IDEAS
por
fotografia  Andrés Pajarón

El milenial que volvió de París a Madrid andando

27 de enero 2017    /   IDEAS     por        fotografia  Andrés Pajarón
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Andrés Pajarón empezó a caminar en París y acabó en Madrid. Llevaba más de cinco años fuera cuando decidió empaquetar sus cosas y volver a su ciudad. En Francia tenía un buen trabajo y un buen sueldo. Allí sí cumplían las expectativas del discurso oficial con el que habían estado jaleando a los milenials: ¡Nativos digitales, oh, yeah!, ¡la generación mejor preparada de la historia, eo ehhh!

Aun así Pajarón echó a andar. No quería volver de sopetón y, por eso, dedicó 67 días a recorrer los 2.000 kilómetros que lo devolvieron a su país, España. Una decisión tan importante, en la que se planteó si hacerse francés para los restos o regresar a su barrio de siempre, requería algún tipo de ritual. «El avión supone cambiar de vida radicalmente. Después de cinco años en París, necesitaba hacer una transición más suave», indica el ingeniero, en un café madrileño donde antaño celebraban la tertulia del Parnasillo.

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Pajarón considera que «viajar fue siempre una crónica del recorrido». Pero hoy las cosas son distintas. «El traslado se ha convertido en una inconveniencia. Esas cinco o diez horas resultan un trance. Es justo lo contrario de lo que debería ser».

El viaje que lo sacó de una España en crisis en 2009 y lo llevó a terminar la ingeniería de Telecomunicaciones en París fue como un relámpago. El avión apenas le dejó tiempo para asimilar el cambio. Antes de darse cuenta ya estaba desempaquetando las maletas para acabar sus estudios en un lugar donde prometían empleo. Esta vez se tomó más tiempo para determinar que volvería y, sobre todo, cómo lo haría.

Decidió volver lento. Primero pensó en llenar el coche y agarrarse al volante, pero le pareció veloz. Después consideró la bicicleta pero al instante lo descartó: «Te crea una dependencia mecánica y te obliga a buscar caminos para bici».

Resolvió que andaría: «Eres más libre. Todo es más tranquilo, hay más armonía. Acompasas el ritmo de la marcha con el pensamiento, estás en el momento y no te importan los proyectos de futuro. Te dedicas simplemente a vivir y disfrutar de ese instante. Me gusta la idea de caminar como práctica anarquista».

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El primer paso lo dio entre libros. Pajarón se documentó sobre las rutas que podía tomar para llegar a su destino alejándose lo más posible de las carreteras de asfalto. Buscó los caminos que recorrían los viajeros, los comerciantes y los peregrinos antes de que inventaran los vehículos motorizados. «De hecho, los franceses reclaman que la primera ruta de peregrinación del Camino de Santiago es suya. Dicen que está detallada en un códice francés», apunta.

Pajarón descubrió varias sendas para volver a su vida anterior. Una por Centroeuropa, otra por Bruselas y otra por la Abadía de Saint Michel. Esas rutas despertaron el interés y la admiración del ingeniero por los caminantes de la Edad Media. Empezó a imaginarlos y dispuso tomar sus rutas para viajar a la vez en el tiempo: «Hay una visión de la Edad Media como una época oscura. Creemos que los caminos estaban llenos de bandoleros y que en cualquier momento podían matar a alguien. Pero cuando estudias esa época, ves que hacían peregrinaciones y que había rutas comerciales. La gente se movía».

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Esas lecturas le quitaron el temor. Los medievales viajaban sin móviles ni botas impermeables y llegaban a su destino. Él también podía hacerlo, solo, sin prisas, mientras sus padres metían sus bártulos en una furgoneta y los traían en un tris.

La euforia de los viajes instantáneos pasó. Atrás quedó el asombro por el Concorde y esos primeros relatos boquiabiertos de uno de los primeros españoles que subió a un avión, el periodista Manuel Chaves Nogales, en 1928: «El tiempo es aviador y hay que hacerse un poco aviador. Una buena butaca y un cigarrillo a 2.000 metros de altura, en el interior de uno de esos confortables aviones modernos, puede transformar la estética contemporánea más hondamente que cien polémicas a ras de tierra».

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Al periodista le sorprendió la vista de pájaro. Al ingeniero le asombró la vista a pie, casi un siglo después. Ante Pajarón se transformó también la estética del paisaje. No fue 2.000 metros a lo alto, como le ocurrió a Chaves Nogales. Fue en 2.000 kilómetros a lo largo. El sevillano buscaba el futuro, impaciente. El madrileño añoraba la calma del pasado. El entusiasmo por los viajes exprés hoy se diluye a menudo ante la emoción del recorrido que no levantan los pies del suelo.

Pajarón dedicó cuatro meses a mirar en libros, revistas y foros para decidir el camino y el equipaje que llevaría encima. Después, dice, «iba sobre la marcha». Salió con una mochila que pesaba 10 kilos. Ahí llevaba lo imprescindible para caminar de día y dormir de noche. Apretó una esterilla, unas telas recias para el techo de la tienda que montaba cada noche y que sostenía con los bastones de caminar, algo de ropa y poco más.

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Acampaba en el campo o en jardines de casas cerradas donde no había nadie y nunca sintió el más mínimo peligro. El único ataque lo sufrió el primer día de ruta. Aquella noche llovió a gusto de Noé y, al levantarse, se encontró asediado por una milicia de babosas desde la cabeza a los pies.

También llevó siempre un libro encima. Sólo uno. Y al terminar de leerlo, lo cambiaba por otro en un albergue. No pisó muchos, pero a veces sustituyó su tarp, la cubierta con la que se cobijaba, por un hospedaje donde poder ducharse. La naturaleza le gustaba más: «se está muy bien en la soledad del bosque. Escuchas ciervos, jabalíes…».

Las fuentes públicas le proporcionaron agua durante los tramos por España, pero en Francia no encontró ninguna. Después de buscar durante varios días descubrió que en los cementerios había grifos de agua potable para llenar los jarros de flores. Ahí llenaba su cantimplora. «A veces tenía la sensación de que estaba profanando», bromea.

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En su viaje las iglesias se convirtieron en un lugar sagrado. El primer aviso de que hay un pueblo a lo lejos lo da el campanario de la parroquia. Es lo que se ve antes que nada y lo que indica que hay un cobijo para detenerse. Pajarón visitó todos los templos de su viaje por absoluta necesidad. Ahí cargaba el móvil.

En cada población hacía un alto en el centro social. Al principio, cuando caminaba por Francia, eran las panaderías. Pero al pasar los Pirineos cambiaron las costumbres. «En España la institución del pueblo es el bar», asevera. Esos bares de hombres donde se sirve puchero, carajillo y café.

Pajarón buscaba caminos de tierra alejados de la carretera. Exploraba los paisajes que no se ven en coche ni en tren y así llegó a decenas de lugares que agonizan porque los abandonaron los caminos. El pueblo, como el humano, vive de sus arterias y de la sangre que se renueva. El ingeniero lo leyó un día en una tela sobre un muro de una aldea francesa: ‘Escuela cerrada, pueblo muerto’.

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El joven anduvo tres semanas sin casi ver un alma en los primeros caminos franceses. Un cruce lo llevó después por una ruta que parecía una fiesta universal de peregrinos de todos los colores. Las llanuras de Burgos lo condujeron de nuevo a una especie de retiro mundano hasta que el 7 de junio de 2015 el joven que se replanteó su vida al borde de los 30 años y dijo «lo hago ahora o nunca» por fin llegó a Madrid.

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Andrés Pajarón empezó a caminar en París y acabó en Madrid. Llevaba más de cinco años fuera cuando decidió empaquetar sus cosas y volver a su ciudad. En Francia tenía un buen trabajo y un buen sueldo. Allí sí cumplían las expectativas del discurso oficial con el que habían estado jaleando a los milenials: ¡Nativos digitales, oh, yeah!, ¡la generación mejor preparada de la historia, eo ehhh!

Aun así Pajarón echó a andar. No quería volver de sopetón y, por eso, dedicó 67 días a recorrer los 2.000 kilómetros que lo devolvieron a su país, España. Una decisión tan importante, en la que se planteó si hacerse francés para los restos o regresar a su barrio de siempre, requería algún tipo de ritual. «El avión supone cambiar de vida radicalmente. Después de cinco años en París, necesitaba hacer una transición más suave», indica el ingeniero, en un café madrileño donde antaño celebraban la tertulia del Parnasillo.

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Pajarón considera que «viajar fue siempre una crónica del recorrido». Pero hoy las cosas son distintas. «El traslado se ha convertido en una inconveniencia. Esas cinco o diez horas resultan un trance. Es justo lo contrario de lo que debería ser».

El viaje que lo sacó de una España en crisis en 2009 y lo llevó a terminar la ingeniería de Telecomunicaciones en París fue como un relámpago. El avión apenas le dejó tiempo para asimilar el cambio. Antes de darse cuenta ya estaba desempaquetando las maletas para acabar sus estudios en un lugar donde prometían empleo. Esta vez se tomó más tiempo para determinar que volvería y, sobre todo, cómo lo haría.

Decidió volver lento. Primero pensó en llenar el coche y agarrarse al volante, pero le pareció veloz. Después consideró la bicicleta pero al instante lo descartó: «Te crea una dependencia mecánica y te obliga a buscar caminos para bici».

Resolvió que andaría: «Eres más libre. Todo es más tranquilo, hay más armonía. Acompasas el ritmo de la marcha con el pensamiento, estás en el momento y no te importan los proyectos de futuro. Te dedicas simplemente a vivir y disfrutar de ese instante. Me gusta la idea de caminar como práctica anarquista».

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El primer paso lo dio entre libros. Pajarón se documentó sobre las rutas que podía tomar para llegar a su destino alejándose lo más posible de las carreteras de asfalto. Buscó los caminos que recorrían los viajeros, los comerciantes y los peregrinos antes de que inventaran los vehículos motorizados. «De hecho, los franceses reclaman que la primera ruta de peregrinación del Camino de Santiago es suya. Dicen que está detallada en un códice francés», apunta.

Pajarón descubrió varias sendas para volver a su vida anterior. Una por Centroeuropa, otra por Bruselas y otra por la Abadía de Saint Michel. Esas rutas despertaron el interés y la admiración del ingeniero por los caminantes de la Edad Media. Empezó a imaginarlos y dispuso tomar sus rutas para viajar a la vez en el tiempo: «Hay una visión de la Edad Media como una época oscura. Creemos que los caminos estaban llenos de bandoleros y que en cualquier momento podían matar a alguien. Pero cuando estudias esa época, ves que hacían peregrinaciones y que había rutas comerciales. La gente se movía».

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Esas lecturas le quitaron el temor. Los medievales viajaban sin móviles ni botas impermeables y llegaban a su destino. Él también podía hacerlo, solo, sin prisas, mientras sus padres metían sus bártulos en una furgoneta y los traían en un tris.

La euforia de los viajes instantáneos pasó. Atrás quedó el asombro por el Concorde y esos primeros relatos boquiabiertos de uno de los primeros españoles que subió a un avión, el periodista Manuel Chaves Nogales, en 1928: «El tiempo es aviador y hay que hacerse un poco aviador. Una buena butaca y un cigarrillo a 2.000 metros de altura, en el interior de uno de esos confortables aviones modernos, puede transformar la estética contemporánea más hondamente que cien polémicas a ras de tierra».

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Al periodista le sorprendió la vista de pájaro. Al ingeniero le asombró la vista a pie, casi un siglo después. Ante Pajarón se transformó también la estética del paisaje. No fue 2.000 metros a lo alto, como le ocurrió a Chaves Nogales. Fue en 2.000 kilómetros a lo largo. El sevillano buscaba el futuro, impaciente. El madrileño añoraba la calma del pasado. El entusiasmo por los viajes exprés hoy se diluye a menudo ante la emoción del recorrido que no levantan los pies del suelo.

Pajarón dedicó cuatro meses a mirar en libros, revistas y foros para decidir el camino y el equipaje que llevaría encima. Después, dice, «iba sobre la marcha». Salió con una mochila que pesaba 10 kilos. Ahí llevaba lo imprescindible para caminar de día y dormir de noche. Apretó una esterilla, unas telas recias para el techo de la tienda que montaba cada noche y que sostenía con los bastones de caminar, algo de ropa y poco más.

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Acampaba en el campo o en jardines de casas cerradas donde no había nadie y nunca sintió el más mínimo peligro. El único ataque lo sufrió el primer día de ruta. Aquella noche llovió a gusto de Noé y, al levantarse, se encontró asediado por una milicia de babosas desde la cabeza a los pies.

También llevó siempre un libro encima. Sólo uno. Y al terminar de leerlo, lo cambiaba por otro en un albergue. No pisó muchos, pero a veces sustituyó su tarp, la cubierta con la que se cobijaba, por un hospedaje donde poder ducharse. La naturaleza le gustaba más: «se está muy bien en la soledad del bosque. Escuchas ciervos, jabalíes…».

Las fuentes públicas le proporcionaron agua durante los tramos por España, pero en Francia no encontró ninguna. Después de buscar durante varios días descubrió que en los cementerios había grifos de agua potable para llenar los jarros de flores. Ahí llenaba su cantimplora. «A veces tenía la sensación de que estaba profanando», bromea.

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En su viaje las iglesias se convirtieron en un lugar sagrado. El primer aviso de que hay un pueblo a lo lejos lo da el campanario de la parroquia. Es lo que se ve antes que nada y lo que indica que hay un cobijo para detenerse. Pajarón visitó todos los templos de su viaje por absoluta necesidad. Ahí cargaba el móvil.

En cada población hacía un alto en el centro social. Al principio, cuando caminaba por Francia, eran las panaderías. Pero al pasar los Pirineos cambiaron las costumbres. «En España la institución del pueblo es el bar», asevera. Esos bares de hombres donde se sirve puchero, carajillo y café.

Pajarón buscaba caminos de tierra alejados de la carretera. Exploraba los paisajes que no se ven en coche ni en tren y así llegó a decenas de lugares que agonizan porque los abandonaron los caminos. El pueblo, como el humano, vive de sus arterias y de la sangre que se renueva. El ingeniero lo leyó un día en una tela sobre un muro de una aldea francesa: ‘Escuela cerrada, pueblo muerto’.

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El joven anduvo tres semanas sin casi ver un alma en los primeros caminos franceses. Un cruce lo llevó después por una ruta que parecía una fiesta universal de peregrinos de todos los colores. Las llanuras de Burgos lo condujeron de nuevo a una especie de retiro mundano hasta que el 7 de junio de 2015 el joven que se replanteó su vida al borde de los 30 años y dijo «lo hago ahora o nunca» por fin llegó a Madrid.

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Opiniones 2
  • Seguro que no olvidará el viaje. El mundo, así pateado como atlas vital, le habrá enseñado mucho sobre cómo improvisar para tirar para delante.
    Una aventura fascinante, un artículo fabuloso.
    Gracias.

  • París te espera de vuelta Andrés, bravo por ese viaje a pie desde la capital de Francia, una ciudad en la que he aprendido mucho. ¡Vive Paris! como dirían los franceses. Espero algún día poder hacer mi propio viaje, y gracias a Mar Abad por este increíble artículo.

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