24 de octubre 2022    /   IDEAS
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¿Cómo de verde está el ecologismo en España?

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Duró apenas unas semanas, pero valió cientos de titulares: ¿de verdad podía un partido ecologista ganar las elecciones alemanas? Era lo que, en la primavera del año pasado, decían los sondeos, reflejando un crecimiento constante desde otoño de 2018. En apenas unos meses habían pasado de ser la sexta fuerza a encabezar la intención de voto, con todo lo que eso podía suponer para el corazón industrial europeo.

No era algo usual, pero quizá tampoco tan extraño en Alemania. Allí los verdes tienen fuerza histórica y condicionan parte importante de las políticas federales. De hecho, el gobierno de Angela Merkel anunció en 2011 un ambicioso plan que debía llevarlos a abandonar la energía nuclear justo en este 2022 en el que el belicismo ruso amenaza con una crisis energética sin precedentes. La lectura pesimista se quedará con que ni los verdes ganaron al final ni el cierre de las nucleares se ha hecho efectivo. Pero, puesto en contexto, el impacto ecologista en la cultura política de la región es enorme, e incomparable con la del sur de Europa.

«Hay varios factores que lo explicarían», apunta el diputado español Juan López de Uralde, destacando como el más importante «el peso bastante pequeño que se ha dado en los países mediterráneos, particularmente en España, a la cuestión medioambiental. Eso hace que sea un elemento que puede tener influencia en el voto, pero que no lo determina», lamenta. Coincide Ignacio Uriarte, director de planificación estratégica de la Secretaría General Iberoamericana: «En el centro y norte de Europa ha habido una mayor conciencia del impacto que el medio ambiente tiene en la vida de las personas».

LAS SEMILLAS DEL CAMBIO (CLIMÁTICO)

Para poder compararlo mejor basta un viaje en el tiempo. En aquel 2011 en el que Alemania se propuso cerrar las nucleares, los verdes se preparaban para pasar a ser la cuarta fuerza del país, con cerca del 10% de los votos. Mientras, en España, nacía el primer partido ecologista capaz por sí mismo de arañar las puertas del Congreso. Equo fue aquel año la novena fuerza con más apoyos, por delante de otras formaciones que sí lograron representación por obra y gracia del sistema electoral.

Aquellas elecciones españolas de 2011 las ganó con mayoría absoluta el PP, del que Uriarte era diputado, mientras que el líder de aquel partido verde que rozó el escaño era López de Uralde. Cuatro años después, en 2015, el popular dejaba la política activa para trabajar, desde la SEGIB, en cuestiones como el desarrollo sostenible. Mientras, López de Uralde conseguiría finalmente llegar al Congreso, aunque no encabezando un partido independiente, sino yendo en coalición con Podemos.

partidos verdes en España

En aquel momento estaban en posiciones antagónicas, pero hoy en día mucho de lo que dicen parece coincidir. El punto de inflexión —no el suyo, sino el de la percepción ambiental general— puede encontrarse en aquel 2015, que trajo un cambio «en la conciencia del impacto del medio ambiente en nuestras vidas, o de nuestras vidas en el medio ambiente», en palabras de Uriarte. En su opinión, coincide con la aprobación de la llamada Agenda 2030.

Habla Uriarte del paradigma de la interdependencia del desarrollo, que explica que no es posible «pensar solo en un desarrollo con un enfoque económico» ya que «para que se dé un desarrollo sostenible real este tiene que ir acompañado siempre de una dimensión social y de una dimensión medioambiental». Y eso trasciende las políticas a nivel nacional porque lo ambiental «ha ido permeando en los partidos políticos, en los medios de comunicación, en las empresas… en todos los que ahora se consideran actores responsables del impulso de un desarrollo sostenible».

Y esa es precisamente una de las principales críticas que se ha podido hacer a los partidos verdes en términos políticos: sin cuestionar su capacidad de generar propuestas en áreas infraestructurales o de consumo, ¿cómo puede competir con formaciones grandes, que abarcan con sus propuestas todos los ámbitos, desde lo territorial a militar o educativo? «La aportación de un partido verde es muy transversal, en un sentido pacifista, feminista, democrático…», enumera López de Uralde. «Allí donde hay partidos verdes que se han consolidado, la respuesta que se da es muy transversal. Por ejemplo, desde el partido verde europeo hay una política exterior, una política de defensa, una política europea, una política educativa… Sí se cubre todo», defiende.

Ignacio Uriarte: «No veo factible en el futuro un partido ecologista fuerte, sino una dimensión ecologista fuerte en todos los partidos políticos»

ECHANDO RAÍCES

La cuestión, por tanto, estaría en definir qué es hoy en día un partido ecologista. Por poner el ejemplo de referencia, el grupo verde del Parlamento Europeo logró 66 escaños en las últimas elecciones, aunque en total suma 73 porque incluye a formaciones aliadas, como el Partido Pirata o incluso ERC. Hay, por tanto, varias dimensiones: partidos ecologistas puros, partidos en los que el ecologismo es parte importante y partidos que se encajan en el ecologismo aunque no sea ese su principal eje de acción.

Hecha la distinción, se puede medir y ubicar la fuerza real de lo verde en Europa atendiendo a dos criterios: que el ecologismo defina su identidad y que tengan representación tanto en sus parlamentos nacionales como en la Cámara europea. El resultado: nueve grupos que suman 52 europarlamentarios, además de otros cuatro partidos muy cercanos que hacen que la cifra se eleve hasta los 58 escaños europeos. Solo dos escaños de este bloque corresponden a países del sur, y en ambos casos de forma indirecta: uno es de una formación animalista portuguesa y otro es de Esquerra Verda, que en realidad es parte de En Comú Podem.

El núcleo verde reside, por tanto, en el centro y el norte de Europa. Y para que florezca al sur y pueda «transformar desde las instituciones», como defiende López de Uralde, parece inevitable buscar acomodo en coaliciones mayores. El diputado defiende esa estrategia de «confluencias amplias» como forma de superar las barreras del sistema electoral, pero también como acelerante del crecimiento «dada la urgencia de la emergencia climática, ante la que no podemos esperar diez años más». Lo verde se diluye así junto a otros colores, pero al menos encuentra condiciones favorables para crecer.

«No veo factible en el futuro un partido ecologista fuerte, sino una dimensión ecologista fuerte en todos los partidos políticos», considera en ese sentido Uriarte, incidiendo en la capilaridad actual de lo verde. «Todos los partidos políticos serios que quieran tener una propuesta política que ofrecer a los ciudadanos tendrán que apostar por una dimensión ambiental coherente con esta conciencia ecologista». En su opinión, «ya no puede haber proyectos políticos nacionales que no sean capaces de articular un proyecto político coherente entre desarrollo económico, protección social y lucha contra el cambio climático».

BROTES VERDES

Ambos caminos, el de las coaliciones y de la de la integración del ecologismo en programas ideológicos preexistentes, ponen en cuestión una tendencia política muy asentada: que lo verde se haya vinculado tradicionalmente a los movimientos de izquierdas y no a los de derechas. «La sensibilidad hacia la naturaleza es algo que no tiene ideología», concede en ese sentido López de Uralde. «Hemos visto cómo personajes destacados de la derecha social o política han tenido esa sensibilidad», y pone como ejemplos algunos pactos en länders alemanes entre los verdes y la CDU, el equivalente al PP español, o las donaciones de territorio en zonas del sur de Argentina y Chile por parte de destacados empresarios.

Juan López de Uralde: «El movimiento ecologista, como el movimiento feminista, son movimientos transformadores que tratan de cambiar la sociedad profundamente, y eso genera un rechazo en los más conservadores»

Sin embargo, sí considera que, en general, «los líderes de la derecha están, y han estado siempre, muy alejados de esa percepción». Habla en ese punto sobre la discusión sobre la aplicación de soluciones, y de «si realmente unas políticas liberales y de mercado pueden hacer frente a la degradación ambiental o no, que yo creo que no», opina.

«El movimiento ecologista, como el movimiento feminista, son movimientos transformadores que tratan de cambiar la sociedad profundamente, y eso genera un rechazo en los más conservadores. Y por eso se ataca de forma tan brutal al ecologismo, acusándolo de cosas como ser los causantes de los incendios de Zamora y cosas así. Creo que eso tiene que ver precisamente con que, al ser un movimiento que cuestiona el modelo, que cuestiona el sistema, genera una oposición muy fuerte».

«Es como cuando en una ciudad se establece una zona peatonal», explica. «En un principio, genera rechazo cuando se va a cerrar un tramo al tráfico, y luego, una vez se ha instaurado normalmente, la población se muestra contenta porque son zonas con mayor calidad de vida, donde hay menos ruido…».

«No creo que sea un tema que debiera estar vinculado solo a la izquierda», discrepa Uriarte, que ve «muy manida la perspectiva clásica de un partido político». Como ejemplo, pone el caso del Ejecutivo andaluz de Juan Manuel Moreno Bonilla, que ha añadido la «economía azul» al nombre de la Consejería de Sostenibilidad y Medio Ambiente como forma de vincular el crecimiento económico con la protección ambiental, en este caso también marina.

Y en esos puntos de encuentro, aunque sea desde lugares distintos, es precisamente donde el ecologismo político puede encontrar tierra abonada para crecer. López de Uralde augura «un crecimiento de dientes de sierra», con una tendencia a que el ecologismo tenga cada vez más apoyo, pero asumiendo ciertos momentos críticos en los que el apoyo baje. «Las políticas ambientales al final generan apoyo, aunque durante su implantación, en cuanto que suponen cambios sobre el modelo vigente, puedan generar rechazo».

La lectura, a pesar de la urgencia, es para ambos positiva: «La conciencia sobre la crisis ecológica es hoy muchísimo mayor que hace diez o veinte años», considera López de Uralde. «Y si queremos sobrevivir, al final no queda otra».

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Duró apenas unas semanas, pero valió cientos de titulares: ¿de verdad podía un partido ecologista ganar las elecciones alemanas? Era lo que, en la primavera del año pasado, decían los sondeos, reflejando un crecimiento constante desde otoño de 2018. En apenas unos meses habían pasado de ser la sexta fuerza a encabezar la intención de voto, con todo lo que eso podía suponer para el corazón industrial europeo.

No era algo usual, pero quizá tampoco tan extraño en Alemania. Allí los verdes tienen fuerza histórica y condicionan parte importante de las políticas federales. De hecho, el gobierno de Angela Merkel anunció en 2011 un ambicioso plan que debía llevarlos a abandonar la energía nuclear justo en este 2022 en el que el belicismo ruso amenaza con una crisis energética sin precedentes. La lectura pesimista se quedará con que ni los verdes ganaron al final ni el cierre de las nucleares se ha hecho efectivo. Pero, puesto en contexto, el impacto ecologista en la cultura política de la región es enorme, e incomparable con la del sur de Europa.

«Hay varios factores que lo explicarían», apunta el diputado español Juan López de Uralde, destacando como el más importante «el peso bastante pequeño que se ha dado en los países mediterráneos, particularmente en España, a la cuestión medioambiental. Eso hace que sea un elemento que puede tener influencia en el voto, pero que no lo determina», lamenta. Coincide Ignacio Uriarte, director de planificación estratégica de la Secretaría General Iberoamericana: «En el centro y norte de Europa ha habido una mayor conciencia del impacto que el medio ambiente tiene en la vida de las personas».

LAS SEMILLAS DEL CAMBIO (CLIMÁTICO)

Para poder compararlo mejor basta un viaje en el tiempo. En aquel 2011 en el que Alemania se propuso cerrar las nucleares, los verdes se preparaban para pasar a ser la cuarta fuerza del país, con cerca del 10% de los votos. Mientras, en España, nacía el primer partido ecologista capaz por sí mismo de arañar las puertas del Congreso. Equo fue aquel año la novena fuerza con más apoyos, por delante de otras formaciones que sí lograron representación por obra y gracia del sistema electoral.

Aquellas elecciones españolas de 2011 las ganó con mayoría absoluta el PP, del que Uriarte era diputado, mientras que el líder de aquel partido verde que rozó el escaño era López de Uralde. Cuatro años después, en 2015, el popular dejaba la política activa para trabajar, desde la SEGIB, en cuestiones como el desarrollo sostenible. Mientras, López de Uralde conseguiría finalmente llegar al Congreso, aunque no encabezando un partido independiente, sino yendo en coalición con Podemos.

partidos verdes en España

En aquel momento estaban en posiciones antagónicas, pero hoy en día mucho de lo que dicen parece coincidir. El punto de inflexión —no el suyo, sino el de la percepción ambiental general— puede encontrarse en aquel 2015, que trajo un cambio «en la conciencia del impacto del medio ambiente en nuestras vidas, o de nuestras vidas en el medio ambiente», en palabras de Uriarte. En su opinión, coincide con la aprobación de la llamada Agenda 2030.

Habla Uriarte del paradigma de la interdependencia del desarrollo, que explica que no es posible «pensar solo en un desarrollo con un enfoque económico» ya que «para que se dé un desarrollo sostenible real este tiene que ir acompañado siempre de una dimensión social y de una dimensión medioambiental». Y eso trasciende las políticas a nivel nacional porque lo ambiental «ha ido permeando en los partidos políticos, en los medios de comunicación, en las empresas… en todos los que ahora se consideran actores responsables del impulso de un desarrollo sostenible».

Y esa es precisamente una de las principales críticas que se ha podido hacer a los partidos verdes en términos políticos: sin cuestionar su capacidad de generar propuestas en áreas infraestructurales o de consumo, ¿cómo puede competir con formaciones grandes, que abarcan con sus propuestas todos los ámbitos, desde lo territorial a militar o educativo? «La aportación de un partido verde es muy transversal, en un sentido pacifista, feminista, democrático…», enumera López de Uralde. «Allí donde hay partidos verdes que se han consolidado, la respuesta que se da es muy transversal. Por ejemplo, desde el partido verde europeo hay una política exterior, una política de defensa, una política europea, una política educativa… Sí se cubre todo», defiende.

Ignacio Uriarte: «No veo factible en el futuro un partido ecologista fuerte, sino una dimensión ecologista fuerte en todos los partidos políticos»

ECHANDO RAÍCES

La cuestión, por tanto, estaría en definir qué es hoy en día un partido ecologista. Por poner el ejemplo de referencia, el grupo verde del Parlamento Europeo logró 66 escaños en las últimas elecciones, aunque en total suma 73 porque incluye a formaciones aliadas, como el Partido Pirata o incluso ERC. Hay, por tanto, varias dimensiones: partidos ecologistas puros, partidos en los que el ecologismo es parte importante y partidos que se encajan en el ecologismo aunque no sea ese su principal eje de acción.

Hecha la distinción, se puede medir y ubicar la fuerza real de lo verde en Europa atendiendo a dos criterios: que el ecologismo defina su identidad y que tengan representación tanto en sus parlamentos nacionales como en la Cámara europea. El resultado: nueve grupos que suman 52 europarlamentarios, además de otros cuatro partidos muy cercanos que hacen que la cifra se eleve hasta los 58 escaños europeos. Solo dos escaños de este bloque corresponden a países del sur, y en ambos casos de forma indirecta: uno es de una formación animalista portuguesa y otro es de Esquerra Verda, que en realidad es parte de En Comú Podem.

El núcleo verde reside, por tanto, en el centro y el norte de Europa. Y para que florezca al sur y pueda «transformar desde las instituciones», como defiende López de Uralde, parece inevitable buscar acomodo en coaliciones mayores. El diputado defiende esa estrategia de «confluencias amplias» como forma de superar las barreras del sistema electoral, pero también como acelerante del crecimiento «dada la urgencia de la emergencia climática, ante la que no podemos esperar diez años más». Lo verde se diluye así junto a otros colores, pero al menos encuentra condiciones favorables para crecer.

«No veo factible en el futuro un partido ecologista fuerte, sino una dimensión ecologista fuerte en todos los partidos políticos», considera en ese sentido Uriarte, incidiendo en la capilaridad actual de lo verde. «Todos los partidos políticos serios que quieran tener una propuesta política que ofrecer a los ciudadanos tendrán que apostar por una dimensión ambiental coherente con esta conciencia ecologista». En su opinión, «ya no puede haber proyectos políticos nacionales que no sean capaces de articular un proyecto político coherente entre desarrollo económico, protección social y lucha contra el cambio climático».

BROTES VERDES

Ambos caminos, el de las coaliciones y de la de la integración del ecologismo en programas ideológicos preexistentes, ponen en cuestión una tendencia política muy asentada: que lo verde se haya vinculado tradicionalmente a los movimientos de izquierdas y no a los de derechas. «La sensibilidad hacia la naturaleza es algo que no tiene ideología», concede en ese sentido López de Uralde. «Hemos visto cómo personajes destacados de la derecha social o política han tenido esa sensibilidad», y pone como ejemplos algunos pactos en länders alemanes entre los verdes y la CDU, el equivalente al PP español, o las donaciones de territorio en zonas del sur de Argentina y Chile por parte de destacados empresarios.

Juan López de Uralde: «El movimiento ecologista, como el movimiento feminista, son movimientos transformadores que tratan de cambiar la sociedad profundamente, y eso genera un rechazo en los más conservadores»

Sin embargo, sí considera que, en general, «los líderes de la derecha están, y han estado siempre, muy alejados de esa percepción». Habla en ese punto sobre la discusión sobre la aplicación de soluciones, y de «si realmente unas políticas liberales y de mercado pueden hacer frente a la degradación ambiental o no, que yo creo que no», opina.

«El movimiento ecologista, como el movimiento feminista, son movimientos transformadores que tratan de cambiar la sociedad profundamente, y eso genera un rechazo en los más conservadores. Y por eso se ataca de forma tan brutal al ecologismo, acusándolo de cosas como ser los causantes de los incendios de Zamora y cosas así. Creo que eso tiene que ver precisamente con que, al ser un movimiento que cuestiona el modelo, que cuestiona el sistema, genera una oposición muy fuerte».

«Es como cuando en una ciudad se establece una zona peatonal», explica. «En un principio, genera rechazo cuando se va a cerrar un tramo al tráfico, y luego, una vez se ha instaurado normalmente, la población se muestra contenta porque son zonas con mayor calidad de vida, donde hay menos ruido…».

«No creo que sea un tema que debiera estar vinculado solo a la izquierda», discrepa Uriarte, que ve «muy manida la perspectiva clásica de un partido político». Como ejemplo, pone el caso del Ejecutivo andaluz de Juan Manuel Moreno Bonilla, que ha añadido la «economía azul» al nombre de la Consejería de Sostenibilidad y Medio Ambiente como forma de vincular el crecimiento económico con la protección ambiental, en este caso también marina.

Y en esos puntos de encuentro, aunque sea desde lugares distintos, es precisamente donde el ecologismo político puede encontrar tierra abonada para crecer. López de Uralde augura «un crecimiento de dientes de sierra», con una tendencia a que el ecologismo tenga cada vez más apoyo, pero asumiendo ciertos momentos críticos en los que el apoyo baje. «Las políticas ambientales al final generan apoyo, aunque durante su implantación, en cuanto que suponen cambios sobre el modelo vigente, puedan generar rechazo».

La lectura, a pesar de la urgencia, es para ambos positiva: «La conciencia sobre la crisis ecológica es hoy muchísimo mayor que hace diez o veinte años», considera López de Uralde. «Y si queremos sobrevivir, al final no queda otra».

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