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25 de julio 2017    /   IDEAS
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Llevas milenios diciendo que el tiempo pasado fue mejor

25 de julio 2017    /   IDEAS     por          
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El pasado tuvo que ser espectacular. En serio. Si ahora que hay una esperanza de vida cercana a los 80 años, existe la sanidad pública, internet, agua corriente (fría y caliente, ojo), lo de antes debió ser jauja.

La Edad de Piedra, por ejemplo, eso sí que debió ser vida. Al menos, así se deduce de aquellos que se pasan el día diciendo que el tiempo pasado fue mejor.

Si se atiende a lo que afirma parte de la población de 80 o 90 años, pareciera que el siglo XX, con su guerra civil, dos guerras mundiales y un holocausto, fuera poco menos que la Arcadia de Occidente.

Lo más curioso del asunto es que no es nuevo. En pleno Siglo de Oro, Quevedo echaba la vista atrás para recordar la época gloriosa de España. Esa añoranza le inspiró el famoso soneto cuyas primeras estrofas son:

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

Pero antes que él ya lo había dicho Jorge Manrique en las Coplas a la muerte de su padre de una forma aún más explícita:

Como, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Tal y como se puede ver, Quevedo no había inventado nada. Pero tampoco Marique. Antes que ellos, muchos otros autores habían concluido que el pasado era mejor que su presente.

En el 424 antes de Cristo, Aristófanes escribió Los caballeros. La obra es una sátira de la sociedad ateniense de su tiempo, descrita como un viejo decadente que añoraba sus días de gloria, por ejemplo, la victoria ateniense contra los persas de Darío en la batalla de Maratón.

Pero como la memoria es frágil y la nostalgia, un territorio acogedor, apenas una década después de ese estreno, el dramaturgo Eupolis escribió Demoi. En esta obra, políticos del brillante pasado ateniense, como Solón y Pericles, regresaban a la ciudad para ver con tristeza en qué se había convertido.

Esa obra, de la que apenas quedan unos pocos fragmentos, pudo inspirar a Aristófanes para escribir Las ranas. En ella, Dionisos bajaba al inframundo para traer de vuelta a la vida a un líder capaz de conseguir que Atenas disfrutase de la prosperidad pasada.

En definitiva, añorar el pasado no es nuevo. Según algunos psicólogos, recordar tiempos idos hace que se remodele la memoria de ese pasado. Para ello, la mente humana elimina las partes desagradables, lima las aristas peligrosas y llena las lagunas con recursos inventados que ayudan a conformar un relato agradable.

Por si esto no fuera suficiente, la nostalgia también es un método de autodefensa que ayuda a sentirse menos vulnerable. Además, desde el punto de vista del capitalismo, la nostalgia incita a consumir más.

Según un estudio de la Escuela de Gestión de Grenoble, la nostalgia actúa en el consumidor predisponiéndolo a pagar más por un objeto solo por su carga emocional. He ahí el éxito de, por ejemplo, Yo fui a EGB, un proyecto que invita a pensar que solo los niños de los 80 tuvieron infancia y que, a estas alturas, debe tener ya más tomos que la enciclopedia Espasa.

Lo más curioso de todo es que ese fenómeno de que «el tiempo pasado fue mejor» convive con otro diametralmente opuesto. Ese que afirma «la juventud de ahora…». Póngase en la línea de puntos lo que proceda: «no sabe divertirse», «solo piensan en el sexo», «no les gusta trabajar», «son unos irresponsables», «se pasan el día drogados». Así hasta el infinito.

En otras palabras, ¿que los jóvenes se drogan? ¿qué les gusta el sexo? ¿que son violentos? ¿que prefieren divertirse que trabajar? ¿que no se lavan? Ya, como a las generaciones anteriores. Ni más ni menos. Para demostrarlo, nada mejor que hacerlo con música de hace casi un siglo. La que bailaban tus abuelos, exactamente.

La cocainómana. Trío Matamoros, 1934.
Cuando se te va la cosa de la mano.

Cocaine blues. Johnny Cash.
Cuando se te va un poquito más aún.

My girl’s pussy. Harry Roy & His Orchestra, 1931.
En USA llaman gatito a lo que aquí llamas conejo.

What’s That Smells Like Fish – Blind Boy Fuller, 1938.
Un tema sobre higiene íntima.

Stagger Lee. Missisippi John Hurt, (1929).
Un drama sobre deudas de juego.

Let’s go Get Stoned. Ray Charles, (1966).
Vamos a ponernos hasta el culo.

El pasado tuvo que ser espectacular. En serio. Si ahora que hay una esperanza de vida cercana a los 80 años, existe la sanidad pública, internet, agua corriente (fría y caliente, ojo), lo de antes debió ser jauja.

La Edad de Piedra, por ejemplo, eso sí que debió ser vida. Al menos, así se deduce de aquellos que se pasan el día diciendo que el tiempo pasado fue mejor.

Si se atiende a lo que afirma parte de la población de 80 o 90 años, pareciera que el siglo XX, con su guerra civil, dos guerras mundiales y un holocausto, fuera poco menos que la Arcadia de Occidente.

Lo más curioso del asunto es que no es nuevo. En pleno Siglo de Oro, Quevedo echaba la vista atrás para recordar la época gloriosa de España. Esa añoranza le inspiró el famoso soneto cuyas primeras estrofas son:

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

Pero antes que él ya lo había dicho Jorge Manrique en las Coplas a la muerte de su padre de una forma aún más explícita:

Como, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Tal y como se puede ver, Quevedo no había inventado nada. Pero tampoco Marique. Antes que ellos, muchos otros autores habían concluido que el pasado era mejor que su presente.

En el 424 antes de Cristo, Aristófanes escribió Los caballeros. La obra es una sátira de la sociedad ateniense de su tiempo, descrita como un viejo decadente que añoraba sus días de gloria, por ejemplo, la victoria ateniense contra los persas de Darío en la batalla de Maratón.

Pero como la memoria es frágil y la nostalgia, un territorio acogedor, apenas una década después de ese estreno, el dramaturgo Eupolis escribió Demoi. En esta obra, políticos del brillante pasado ateniense, como Solón y Pericles, regresaban a la ciudad para ver con tristeza en qué se había convertido.

Esa obra, de la que apenas quedan unos pocos fragmentos, pudo inspirar a Aristófanes para escribir Las ranas. En ella, Dionisos bajaba al inframundo para traer de vuelta a la vida a un líder capaz de conseguir que Atenas disfrutase de la prosperidad pasada.

En definitiva, añorar el pasado no es nuevo. Según algunos psicólogos, recordar tiempos idos hace que se remodele la memoria de ese pasado. Para ello, la mente humana elimina las partes desagradables, lima las aristas peligrosas y llena las lagunas con recursos inventados que ayudan a conformar un relato agradable.

Por si esto no fuera suficiente, la nostalgia también es un método de autodefensa que ayuda a sentirse menos vulnerable. Además, desde el punto de vista del capitalismo, la nostalgia incita a consumir más.

Según un estudio de la Escuela de Gestión de Grenoble, la nostalgia actúa en el consumidor predisponiéndolo a pagar más por un objeto solo por su carga emocional. He ahí el éxito de, por ejemplo, Yo fui a EGB, un proyecto que invita a pensar que solo los niños de los 80 tuvieron infancia y que, a estas alturas, debe tener ya más tomos que la enciclopedia Espasa.

Lo más curioso de todo es que ese fenómeno de que «el tiempo pasado fue mejor» convive con otro diametralmente opuesto. Ese que afirma «la juventud de ahora…». Póngase en la línea de puntos lo que proceda: «no sabe divertirse», «solo piensan en el sexo», «no les gusta trabajar», «son unos irresponsables», «se pasan el día drogados». Así hasta el infinito.

En otras palabras, ¿que los jóvenes se drogan? ¿qué les gusta el sexo? ¿que son violentos? ¿que prefieren divertirse que trabajar? ¿que no se lavan? Ya, como a las generaciones anteriores. Ni más ni menos. Para demostrarlo, nada mejor que hacerlo con música de hace casi un siglo. La que bailaban tus abuelos, exactamente.

La cocainómana. Trío Matamoros, 1934.
Cuando se te va la cosa de la mano.

Cocaine blues. Johnny Cash.
Cuando se te va un poquito más aún.

My girl’s pussy. Harry Roy & His Orchestra, 1931.
En USA llaman gatito a lo que aquí llamas conejo.

What’s That Smells Like Fish – Blind Boy Fuller, 1938.
Un tema sobre higiene íntima.

Stagger Lee. Missisippi John Hurt, (1929).
Un drama sobre deudas de juego.

Let’s go Get Stoned. Ray Charles, (1966).
Vamos a ponernos hasta el culo.

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Opiniones 5
  • Joder Eduardo, muy original, parece fusilado de alguno de los miles de textos de positivistas de este tipo de rollo que circulan por todas partes. Lo cierto es que se cae en la misma tendenciosidad de lo que se critica. Sí, es cierto que vivimos más, tenemos mejor salud etc etc. pero la sensación de conformidad o placer es algo en gran medida intangible y de cariz cualitatico más que cuantitativo. No sabemos los conformes o disconformes que se sentían con la vida, lo armónicamente o no que pasaron por ella en sus 40 o 45 años -¿quizá a veces mejor empleados que los 80?- etc. etc. Simplemnte nos falta la sensación, el estar allí, el vivirlo. Hay cosas que sí, sin duda, pero afirmar taxativamente que lo de hoy es mejor que lo de ayer, me parece tan de hoolligan como el que afirma lo contrario, y a quién le dedicas tu atexto

  • Me gustó el artículo y veo que esa tendencia a «¡con Franco (A. Uribe; Peron.. ) esto no pasaba!» es una enfermedad que viene con nosotros de tiempo.
    Gracias por compartir

  • El tiempo va pasando y los humanos a diferencia del vino no mejoramos nada, más bien al contrario, así las cosas, es comprensible que cualquier tiempo pasado fuese mejor. Como además también nos cuesta valorar las cosas en su justa medida, llega un momento que nos hacemos un lío entre mis maravillosos 20 añitos y las condiciones de vida de hace 30 años -justo cuando yo tenia 20-. Pues claro que fue un tiempo fantastico, pero porqué yo tenía 20 años no porqué España fuese una maravilla.

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