13 de octubre 2020    /   ENTRETENIMIENTO
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Pasea por el Madrid de la Movida como si fueras un guiri

13 de octubre 2020    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Guías que invitan a recorrer Madrid hay muchas. Las hay que se fijan en su arquitectura, en sus palacios, en su pasado histórico… Pero faltaba una que hablara sobre la Movida, una de las épocas que más marcaron a esta ciudad y que más la hicieron brillar, la de aquellos años 80 y sus estéticas extremas, alocadas y poderosas. Para llenar ese vacío, Anaya Touring ha publicado la Guía del Madrid de la Movida, escrita a cuatro manos por los periodistas y críticos musicales Jesús Ordovás y Patricia Godes, testigos y protagonistas de todo aquel movimiento.

Almodóvar y Eusebio Poncela. Foto de Domingo J. Casas

A través de 13 capítulos, esta guía recorre aquellos rincones de la capital que fueron claves en todo ese movimiento cultural que abarcó prácticamente todas las disciplinas artísticas, con la música a la cabeza. De hecho, es la música el hilo argumental de esta obra. «Nosotros hemos tomado la Movida como toda la época, 10, 12, 14 años, en que la música es el hilo conductor de la cultura, de todas las actividades creativas, de todo el ocio, de toda la libertad, de toda la creatividad, de las campañas políticas…», explica Godes.

Guía de la Movida
Alaska en la Escuela de Caminos. Foto de Domingo J. Casas

En barrios como Malasaña, Lavapiés, Prosperidad, La Elipa, Carabanchel y Vallecas se concentró gran parte de ese movimiento al que se bautizó como la Movida cuando el escritor Francisco Umbral empezó a utilizar ese término en sus artículos de El País para hablar de esos grupos de pop y rock que se movían por la ciudad a sus anchas. A su alrededor, explican los autores en la guía, se movían periodistas, fotógrafos, pintores, cineastas, diseñadores… en un ambiente muy novedoso y festivo que acabó contagiando a toda la ciudad, incluso a barrios como el de Salamanca.

Aunque no demasiado, también la Movida se dejó ver en esta zona de alto nivel económico. Aquí se encuentra el antiguo Palacio de los Deportes (hoy, WiZink Center), donde tuvieron lugar un importante número de conciertos. Y aquí estaban las galerías de arte que apostaron por aquellos jóvenes artistas que aún estudiaban en las escuelas, pero que ya empezaban a despuntar.

El libro es una invitación a un viaje nostálgico por aquel Madrid de hace 40 años al que es fácil poner banda sonora. Garitos, locales de ensayo, salas de conciertos, bares, tiendas de discos, librerías… Unos permanecen abiertos; otros, como el mítico Rock-Ola, desaparecieron de la escena o se han reconvertido en otra cosa que poco tiene que ver con la esencia original. Y en cada recorrido, para cada uno de los barrios madrileños que aparecen en esta guía, los autores nos presentan a un cicerone especial que nos habla de su visión de la Movida y nos cuenta anécdotas y curiosidades de esos lugares.

Alaska y Elisabetta en 1977 vendiendo fanzines en el Rastro. Foto de Jesús Ordovás
Jesús Ordovás y Kike Turmix vestido de Papá Noel celebrando unas navidades en el Rock-Ola. Foto de Jesús Ordovás

Así, la fotógrafa Ouka Lele nos habla de la Gran Vía; el actor, dramaturgo y director teatral Guillermo Heras, del Barrio de las Letras; visitamos Chueca con los ojos de Fabio McNamara y Malasaña con los del Gran Wyoming… sin que falten, por supuesto, las rutas que dos de sus iconos, Alaska y Pedro Almodóvar, han escrito especialmente para esta obra.

Y junto a las rutas, señaladas con detalle en los planos que las acompañan, encontramos una interesante colección de fotografías, muchas de ellas inéditas, de Domingo J. Casas, fotógrafo rockero, como lo define Godes, que se las ha cedido para ilustrar la obra.

«En el libro hay un montón de cosas, hemos hecho un trabajo superbestia», dice satisfecha Patricia Godes. «Yo, por ejemplo, he hecho todos los puestos de discos del Rastro, creo que no me he dejado ninguno. Incluso he puesto una de las tiendas de fotocopias donde hacían fanzines». También destaca la entrevista a Pilar Herranz, la DJ del Rock-Ola, algo que pocos recuerdan y conocen; o la inclusión de una tienda en concreto que se dedicaba a importar guitarras americanas y a la que acudían numerosos músicos a comprar sus instrumentos. «En fin, creo humildemente que el libro está muy bien».

Entrada para un concierto de Los Pistones. Jesús Ordovás

Que Almodóvar y Alaska cierren la guía se debe, fundamentalmente, a su gran impacto mediático. Sin embargo, otros muchos podrían haber escrito sus propias guías de la Movida. Patricia Godes menciona a uno de sus grupos favoritos, PVP, «un grupo punk funk excelente». También a Aviador Dro, Paco Clavel y fotógrafos como el ya mencionado Domingo J. Casas o Juan de Pablos.

Pero, sin duda, para esta periodista y crítica musical, el personaje esencial de la Movida fue Jesús Ordovás, coautor de la guía, «la primera persona en los medios que utiliza mucho lo de Movida como este Madrid musical, esta España musical que se estaba forjando. Dio cancha a todos estos grupos sin importarle que las grabaciones fueran malas y que fueran principiantes. Él eligió esa actualidad entre las muchas actualidades musicales que había en España, y dentro del servicio público de Radio 3. Aportó esa generación de grupos pop y afterpunk. Yo, personalmente, creo que la Movida existe gracias a Jesús Ordovás».

¿QUÉ FUE LA MOVIDA, EN REALIDAD?

El origen de la Movida está en la música. Ese, explica Patricia Godes, fue el hilo principal de este movimiento. Aquella joven generación que llegaba para reclamar su sitio escuchaba música continuamente y de gran variedad de estilos, «una generación de gente joven que en ese momento entra en la esfera del eco mediático: la esfera del ocio, de la creación, que es lo que interesa a los medios». Pero no fue esta disciplina el único detonante de este movimiento cultural. También se produce por un cambio generacional en el que confluye gente con muchas aficiones diferentes, con muchas profesiones y que está empezando en muchas disciplinas artísticas (cine, fotografía, pintura, moda…). La música, poco a poco, lo fue empapando todo. Y la Movida, así, se convirtió en un todo indivisible.

Nina Hagen durante su concierto en la Sala Morasol (1984). Foto de Domingo J. Casas

De ella se dice que fue una época marcada por la diversión, por las risas, por las fiestas. Que llegó para desterrar de una vez por todas el color gris de una España que no hacía mucho había salido de una dictadura y que estaba impregnada de un tufo cateto y puritano que no se podía soportar. Pero resulta una explicación pobre que no tiene en cuenta todo lo anterior. La Movida no fue un estallido, sino una evolución. Así, al menos, lo explica Patricia Godes.

«No creo que fuera la respuesta y vía de escape a la dictadura y al puritanismo porque 5 o 6 años antes, no nos olvidemos, hubo las Jornadas Libertarias en BCN, a las que acudió una cantidad ingente de personas. Y eso ya era lúdico. Entre la canción protesta y la contestación política y la Movida, en medio hay una época que no está en las crónicas, que es el Rrollo. Era un posjipismo lúdico made in Spain. Una cosa especial que no tenía que ver con el jipismo californiano, sino que era muy peculiar de la España de los años 70. En él se mezcla el jazz-rock tipo Miles Davis, el rock macarra de Burning, grupos surrealistas como La Romántica Banda Local, Moncho Alpuente… Un conglomerado que yo creo que era lúdico frente –y paralelo– a la contestación antifranquista y posfranquista».

Concierto de los Thompson Twins en el Rock-Ola (1983). Foto de Domingo J. Casas

Para la periodista y escritora, lo que hubo en realidad fue un cambio generacional. Pero lo que llamó la atención de los medios era aquella faceta lúdica, «la diversión, la juerga, el pasarlo bien, el vestirse raro. Sobre todo, el vestirse raro. Si te vestías raro, te paraban y te ponían de presentadora en televisión, como le pasó a Alaska. Sacaban a tu grupo en Interviú, etc. En este caso resultaba que la chica llevaba pelos muy raros, pero detrás tenía un discurso bastante inteligente».

Sin embargo, aquella chavalada, como la define Godes, eran en gran parte hijos de actores, de guionistas de cine, de poetas, de dibujantes, de editores, de libreros, de cineastas… Es decir, venían de entornos culturales y ahí, en la cultura, es donde estaba su fuerza. No eran gente vacía que había irrumpido con cuatro canciones y unas pintas estrafalarias. De hecho, afirma la crítica musical, «los grupos eran malos. Es que llegaron a la fama antes de lo que hubieran necesitado porque era gente muy principiante».

Los miembros deEl Beso Negro en Tablada 25 (1986). Foto de Domingo J. Casas

Sin embargo, tenían inquietudes, muchos eran estudiantes y se rebelaban contra la posibilidad de ser considerados simples hijos de papá. «En los años 80, en la música, tanto en la gente de barrio como en la Movida, había mucha voluntad de ganarse la vida, de ser independientes y de no ser hijos de papá», remarca Godes. «Fuese tu padre lo que fuese, tú estudiabas pero te buscabas la vida: que tu grupo saliese adelante, escribir una revista, que tu fanzine se vendiera… Por eso hay tantas casas de discos, tantas agencias de managers, tantas tiendas, tantos diseñadores haciendo colecciones… Porque había una voluntad de ser profesional. Todo el mundo buscaba una independencia. Había una ética de trabajo, de independencia y de no ser una carga para los padres».

Público en la final del concurso de rock Villa de Madrid, estadio Román Valero (Usera, 1984). Foto de Domingo J. Casas

En ellos había calado el underground de sus hermanos mayores, aquellos posjipis de los 70 que mencionábamos antes, pero también de los curas preconciliares, los llamados curas rojos, y de una apertura en la educación y en las ideas. Estos hermanos pequeños fascinaron a la generación anterior, que los veía como más listos, más liberados; no habían pasado por la enseñanza en tiempos del franquismo y habían empezado a saborear las mieles de teorías educativas que rechazaban el castigo físico y promulgaban una educación desde el cariño y el diálogo. «La gente más joven tenía unas inquietudes culturales por el arte y todas estas cosas que es lo que fascinó a los medios en la época de la Movida», concluye la autora de la guía.

NI TODO ERAN RISAS NI HUBO UNA SOLA MOVIDA

Cuesta desligar la Movida de la juerga, porque la iconografía que queda de todo aquello es la de los conciertos y las fiestas que se montaban a su alrededor. Pero no todo fueron risas. La Movida tenía su lado oscuro y ese llegó de la mano de las drogas. «Lo de las drogas y lo del sida es cierto y es muy dramático, y no hay que olvidarlo», recuerda Patricia Godes. «Entre la gente de clase media, la clase intelectual y la gente de barrio, eso existió ahí. Y en la Wikipedia está: en los años 90 hay más gente viva de los nacidos en los 40 que de los nacidos en los 50. Así que no, no todo fueron bailes y risas para músicos y no músicos».

Nacha Pop (1986). Foto de Domingo J. Casas

Tampoco es cierto que la Movida fuera un todo homogéneo en cuya definición se sintiera cómodo todo el mundo. Alaska dice en un capítulo de la Guía del Madrid de la Movida que había muchas Movidas. Y Godes está de acuerdo con esa afirmación. Cada persona tenía su propia percepción de lo que estaba ocurriendo. Lo que unos consideraban espacios icónicos, como el Rock-Ola, otros los detestaban.

Concierto de Toreros Muertos en el Casi Casi (1985). Foto de Domingo J. Casas

La propia Godes es un ejemplo de disidencia. «No todas las tribus se sentían dentro de la Movida. Había competencia dentro y fuera. Dentro de ella había varias subtribus que se odiaban (irritantes contra babosos), que luego, vale, se ha comprobado que no era una cosa seria, pero no se sentían dentro de la Movida. Y nadie de los grandes popes, de los grandes mesías de la Movida, ni antes ni después han dicho que yo fuera de la Movida. Yo, vamos, toda la vida criticando la Movida en los medios, con la actitud más crítica y más exigente…».

EL PUNK, LA BASE PARA UNIRLOS A TODOS

Resulta difícil catalogar a un buen número de grupos musicales españoles que nacieron en los 80, aunque el punk parece adivinarse debajo de tanto ropaje. Otros, sin embargo, resultan más fáciles de definir. Ahí estaban los rockeros y los heavies, que parecían vivir al margen de la Movida y que renegaban de lo que hacían otros grupos. Ellos, pensaban algunos (y otros seguimos creyendo), no pertenecían a ese movimiento, quedaban fuera. Sin embargo, esa es una impresión equivocada, opina Patricia Godes. «Por ejemplo, Burning se consideraban del punk. Antes de la Movida viene el afterpunk, la new wave, que es el cambio musical generacional, cuando entran estos jóvenes. A estos chavales les gusta Burning. Porque salían con zapatos de plataforma, con botas de plata y con pelucas de nailon rubias platino hasta la cintura. Era un grupo muy afterpunk, muy glam… muy divertido».

Portada de ‘Madrid me Mata’. Jesús Ordovás

Ocurrió algo parecido con Leño, la formación donde empezó su carrera musical Rosendo, que en su tercer disco sonaba como un punk muy evolucionado, en opinión de Godes. «Los heavies no se querían identificar con un Madrid musical, sino que querían tener su propia idiosincrasia, muy auténtica, muy de barrio, muy enraizada con cierto tipo de rock más anglosajón». Grupos que presumían de rock castizo, de barrio, tenían su mirada puesta en formaciones extranjeras, algo que a la periodista y crítica musical le resultaba en cierta manera incongruente.

Para Godes, «las músicas más españolas y las temáticas más españolas se reivindican dentro de la Movida». Sirvan como ejemplo Alaska y Los Pegamoides con su bote de Colón, y Gabinete Caligari, que a pesar de hacer una música más gótica londinense, empiezan a meter castañuelas en sus canciones y a hablar de temas taurinos. También se podía ver en el rock latino de Los Coyotes o en los tangos de Malevaje.

Invitación a un concierto de Gabinete Caligari. Jesús Ordovás

«Todo eso pasa dentro de la Movida, aunque ninguno de ellos te dirá que era parte de la Movida», explica Godes. Frente a esto, estaban los heavies, «que seguían copiando el rock anglosajón, aunque la temática de las letras sí eran vivencias personales. Su objetivo era ser como estos grupos, mientras que en el entorno donde yo estaba en la Movida, no se daba. Glutamato Yeyé no querían ser ninguno de esos grupos. Derribos Arias quizá sí querían ser como Velvet Underground, pero como no les salía, pues no les salía. Creo que había más independencia de lo anglosajón y más personalidad propia en los grupos de la Movida, dentro de que eran muy amateurs y tuvieron fama demasiado pronto, como ya te he dicho».

MOVIDA Y POLÍTICA, EXTRAÑOS COMPAÑEROS DE VIAJE

«¡Rockeros, el que no esté colocado que se coloque y al loro!». Aquellas palabras del entonces alcalde de Madrid Enrique Tierno Galván aún se recuerdan entre risas cuando se habla de la Movida y su relación con la política. Lo cierto es que pueden resultar muy significativas para comprender cómo se veía desde los partidos, los ayuntamientos y los gobiernos en general este movimiento cultural y musical: no se entendía del todo bien, pero se buscaba, se quería tener cerca para demostrar modernidad.

Portada de ‘La Luna de Madrid’. Jesús Ordovás

«La política se apropió de la Movida, sí, lo mismo que los medios», confirma Patricia Godes. «¿Por qué? Porque todo el mundo hablaba de ella, porque eran los grupos de moda, porque tenían 10, 12, quizá 20 canciones que les salieron redondas y la gente sigue recordando. También hay unos cuantos himnos en el rock carabanchelero y vallecano. Era un momento de efervescencia musical y salieron muchas canciones que se han quedado como inolvidables. Así que querían tener a estos grupos y los llamaban».

«Unos políticos los entendían; otros solo aprovechaban el tirón», continúa explicando la periodista. «Y, sobre todo, yo creo que lo que había era MUCHA curiosidad, mucha voluntad de entenderlo y disfrutarlo, y crear esa complicidad».

¿MADRID FUE LA CIUDAD MÁS DIVERTIDA DEL MUNDO EN LOS 80?

Las fotos de aquellos años hablan de conciertos, de exposiciones, de música y de bares. Eran las imágenes que inundaban medios serios como El País o Diario 16, pero también otras publicaciones alternativas como La Luna de Madrid, Madrid me Mata y los muchos fanzines que circulaban por los garitos de la ciudad. La fama de sus noches locas y sus fiestas llegó incluso hasta el artista pop estadounidense Andy Warhol, que quiso venir a comprobarlo, cámara en mano. Pronto empezó a conocerse a la capital española como la ciudad más divertida del mundo. Pero ¿fue así en realidad?

«Mira, eso lo decía gente que no había salido de su barrio», ataja rotunda Patricia Godes. La juerga no solo era madrileña, se daba en todas partes. Y es verdad que Madrid brillaba, pero también lo hacían Bilbao, Sevilla, Valencia y Vigo, que también tuvo su propia Movida. «En esos primeros 80 había mucha alegría».

Entrada para el Rock-Ola de Jesús Ordovás

Pero todo tiene su fin y el de la Movida, admite la periodista, llegó con el concejal Ángel Matanzo. «Él decidió que no se podía actuar en sitios sin salida de incendios, que no se podían abrir clubs sin permisos, etc. Y aunque, en parte, tenía razón (yo considero que está muy bien que haya reglamentos de hostelería para los sitios de fiesta y música en directo), su solución consistió en cortar cabezas y cerrar un montón de locales. A partir de ahí, todo fue ya diferente».

Hoy, golpeados además por una pandemia que ha puesto en stand-by nuestras vidas, cuesta encontrar algo de aquel Madrid en el actual. No es que no haya brillo, pero podría decirse que ya no luce con tanta intensidad. La Movida tuvo su momento y tuvo su lugar. Y hoy podemos recorrerla con la misma curiosidad de un turista que llega para visitar los monumentos de una ciudad, incluso con un mapa en la mano.

Guías que invitan a recorrer Madrid hay muchas. Las hay que se fijan en su arquitectura, en sus palacios, en su pasado histórico… Pero faltaba una que hablara sobre la Movida, una de las épocas que más marcaron a esta ciudad y que más la hicieron brillar, la de aquellos años 80 y sus estéticas extremas, alocadas y poderosas. Para llenar ese vacío, Anaya Touring ha publicado la Guía del Madrid de la Movida, escrita a cuatro manos por los periodistas y críticos musicales Jesús Ordovás y Patricia Godes, testigos y protagonistas de todo aquel movimiento.

Almodóvar y Eusebio Poncela. Foto de Domingo J. Casas

A través de 13 capítulos, esta guía recorre aquellos rincones de la capital que fueron claves en todo ese movimiento cultural que abarcó prácticamente todas las disciplinas artísticas, con la música a la cabeza. De hecho, es la música el hilo argumental de esta obra. «Nosotros hemos tomado la Movida como toda la época, 10, 12, 14 años, en que la música es el hilo conductor de la cultura, de todas las actividades creativas, de todo el ocio, de toda la libertad, de toda la creatividad, de las campañas políticas…», explica Godes.

Guía de la Movida
Alaska en la Escuela de Caminos. Foto de Domingo J. Casas

En barrios como Malasaña, Lavapiés, Prosperidad, La Elipa, Carabanchel y Vallecas se concentró gran parte de ese movimiento al que se bautizó como la Movida cuando el escritor Francisco Umbral empezó a utilizar ese término en sus artículos de El País para hablar de esos grupos de pop y rock que se movían por la ciudad a sus anchas. A su alrededor, explican los autores en la guía, se movían periodistas, fotógrafos, pintores, cineastas, diseñadores… en un ambiente muy novedoso y festivo que acabó contagiando a toda la ciudad, incluso a barrios como el de Salamanca.

Aunque no demasiado, también la Movida se dejó ver en esta zona de alto nivel económico. Aquí se encuentra el antiguo Palacio de los Deportes (hoy, WiZink Center), donde tuvieron lugar un importante número de conciertos. Y aquí estaban las galerías de arte que apostaron por aquellos jóvenes artistas que aún estudiaban en las escuelas, pero que ya empezaban a despuntar.

El libro es una invitación a un viaje nostálgico por aquel Madrid de hace 40 años al que es fácil poner banda sonora. Garitos, locales de ensayo, salas de conciertos, bares, tiendas de discos, librerías… Unos permanecen abiertos; otros, como el mítico Rock-Ola, desaparecieron de la escena o se han reconvertido en otra cosa que poco tiene que ver con la esencia original. Y en cada recorrido, para cada uno de los barrios madrileños que aparecen en esta guía, los autores nos presentan a un cicerone especial que nos habla de su visión de la Movida y nos cuenta anécdotas y curiosidades de esos lugares.

Alaska y Elisabetta en 1977 vendiendo fanzines en el Rastro. Foto de Jesús Ordovás
Jesús Ordovás y Kike Turmix vestido de Papá Noel celebrando unas navidades en el Rock-Ola. Foto de Jesús Ordovás

Así, la fotógrafa Ouka Lele nos habla de la Gran Vía; el actor, dramaturgo y director teatral Guillermo Heras, del Barrio de las Letras; visitamos Chueca con los ojos de Fabio McNamara y Malasaña con los del Gran Wyoming… sin que falten, por supuesto, las rutas que dos de sus iconos, Alaska y Pedro Almodóvar, han escrito especialmente para esta obra.

Y junto a las rutas, señaladas con detalle en los planos que las acompañan, encontramos una interesante colección de fotografías, muchas de ellas inéditas, de Domingo J. Casas, fotógrafo rockero, como lo define Godes, que se las ha cedido para ilustrar la obra.

«En el libro hay un montón de cosas, hemos hecho un trabajo superbestia», dice satisfecha Patricia Godes. «Yo, por ejemplo, he hecho todos los puestos de discos del Rastro, creo que no me he dejado ninguno. Incluso he puesto una de las tiendas de fotocopias donde hacían fanzines». También destaca la entrevista a Pilar Herranz, la DJ del Rock-Ola, algo que pocos recuerdan y conocen; o la inclusión de una tienda en concreto que se dedicaba a importar guitarras americanas y a la que acudían numerosos músicos a comprar sus instrumentos. «En fin, creo humildemente que el libro está muy bien».

Entrada para un concierto de Los Pistones. Jesús Ordovás

Que Almodóvar y Alaska cierren la guía se debe, fundamentalmente, a su gran impacto mediático. Sin embargo, otros muchos podrían haber escrito sus propias guías de la Movida. Patricia Godes menciona a uno de sus grupos favoritos, PVP, «un grupo punk funk excelente». También a Aviador Dro, Paco Clavel y fotógrafos como el ya mencionado Domingo J. Casas o Juan de Pablos.

Pero, sin duda, para esta periodista y crítica musical, el personaje esencial de la Movida fue Jesús Ordovás, coautor de la guía, «la primera persona en los medios que utiliza mucho lo de Movida como este Madrid musical, esta España musical que se estaba forjando. Dio cancha a todos estos grupos sin importarle que las grabaciones fueran malas y que fueran principiantes. Él eligió esa actualidad entre las muchas actualidades musicales que había en España, y dentro del servicio público de Radio 3. Aportó esa generación de grupos pop y afterpunk. Yo, personalmente, creo que la Movida existe gracias a Jesús Ordovás».

¿QUÉ FUE LA MOVIDA, EN REALIDAD?

El origen de la Movida está en la música. Ese, explica Patricia Godes, fue el hilo principal de este movimiento. Aquella joven generación que llegaba para reclamar su sitio escuchaba música continuamente y de gran variedad de estilos, «una generación de gente joven que en ese momento entra en la esfera del eco mediático: la esfera del ocio, de la creación, que es lo que interesa a los medios». Pero no fue esta disciplina el único detonante de este movimiento cultural. También se produce por un cambio generacional en el que confluye gente con muchas aficiones diferentes, con muchas profesiones y que está empezando en muchas disciplinas artísticas (cine, fotografía, pintura, moda…). La música, poco a poco, lo fue empapando todo. Y la Movida, así, se convirtió en un todo indivisible.

Nina Hagen durante su concierto en la Sala Morasol (1984). Foto de Domingo J. Casas

De ella se dice que fue una época marcada por la diversión, por las risas, por las fiestas. Que llegó para desterrar de una vez por todas el color gris de una España que no hacía mucho había salido de una dictadura y que estaba impregnada de un tufo cateto y puritano que no se podía soportar. Pero resulta una explicación pobre que no tiene en cuenta todo lo anterior. La Movida no fue un estallido, sino una evolución. Así, al menos, lo explica Patricia Godes.

«No creo que fuera la respuesta y vía de escape a la dictadura y al puritanismo porque 5 o 6 años antes, no nos olvidemos, hubo las Jornadas Libertarias en BCN, a las que acudió una cantidad ingente de personas. Y eso ya era lúdico. Entre la canción protesta y la contestación política y la Movida, en medio hay una época que no está en las crónicas, que es el Rrollo. Era un posjipismo lúdico made in Spain. Una cosa especial que no tenía que ver con el jipismo californiano, sino que era muy peculiar de la España de los años 70. En él se mezcla el jazz-rock tipo Miles Davis, el rock macarra de Burning, grupos surrealistas como La Romántica Banda Local, Moncho Alpuente… Un conglomerado que yo creo que era lúdico frente –y paralelo– a la contestación antifranquista y posfranquista».

Concierto de los Thompson Twins en el Rock-Ola (1983). Foto de Domingo J. Casas

Para la periodista y escritora, lo que hubo en realidad fue un cambio generacional. Pero lo que llamó la atención de los medios era aquella faceta lúdica, «la diversión, la juerga, el pasarlo bien, el vestirse raro. Sobre todo, el vestirse raro. Si te vestías raro, te paraban y te ponían de presentadora en televisión, como le pasó a Alaska. Sacaban a tu grupo en Interviú, etc. En este caso resultaba que la chica llevaba pelos muy raros, pero detrás tenía un discurso bastante inteligente».

Sin embargo, aquella chavalada, como la define Godes, eran en gran parte hijos de actores, de guionistas de cine, de poetas, de dibujantes, de editores, de libreros, de cineastas… Es decir, venían de entornos culturales y ahí, en la cultura, es donde estaba su fuerza. No eran gente vacía que había irrumpido con cuatro canciones y unas pintas estrafalarias. De hecho, afirma la crítica musical, «los grupos eran malos. Es que llegaron a la fama antes de lo que hubieran necesitado porque era gente muy principiante».

Los miembros deEl Beso Negro en Tablada 25 (1986). Foto de Domingo J. Casas

Sin embargo, tenían inquietudes, muchos eran estudiantes y se rebelaban contra la posibilidad de ser considerados simples hijos de papá. «En los años 80, en la música, tanto en la gente de barrio como en la Movida, había mucha voluntad de ganarse la vida, de ser independientes y de no ser hijos de papá», remarca Godes. «Fuese tu padre lo que fuese, tú estudiabas pero te buscabas la vida: que tu grupo saliese adelante, escribir una revista, que tu fanzine se vendiera… Por eso hay tantas casas de discos, tantas agencias de managers, tantas tiendas, tantos diseñadores haciendo colecciones… Porque había una voluntad de ser profesional. Todo el mundo buscaba una independencia. Había una ética de trabajo, de independencia y de no ser una carga para los padres».

Público en la final del concurso de rock Villa de Madrid, estadio Román Valero (Usera, 1984). Foto de Domingo J. Casas

En ellos había calado el underground de sus hermanos mayores, aquellos posjipis de los 70 que mencionábamos antes, pero también de los curas preconciliares, los llamados curas rojos, y de una apertura en la educación y en las ideas. Estos hermanos pequeños fascinaron a la generación anterior, que los veía como más listos, más liberados; no habían pasado por la enseñanza en tiempos del franquismo y habían empezado a saborear las mieles de teorías educativas que rechazaban el castigo físico y promulgaban una educación desde el cariño y el diálogo. «La gente más joven tenía unas inquietudes culturales por el arte y todas estas cosas que es lo que fascinó a los medios en la época de la Movida», concluye la autora de la guía.

NI TODO ERAN RISAS NI HUBO UNA SOLA MOVIDA

Cuesta desligar la Movida de la juerga, porque la iconografía que queda de todo aquello es la de los conciertos y las fiestas que se montaban a su alrededor. Pero no todo fueron risas. La Movida tenía su lado oscuro y ese llegó de la mano de las drogas. «Lo de las drogas y lo del sida es cierto y es muy dramático, y no hay que olvidarlo», recuerda Patricia Godes. «Entre la gente de clase media, la clase intelectual y la gente de barrio, eso existió ahí. Y en la Wikipedia está: en los años 90 hay más gente viva de los nacidos en los 40 que de los nacidos en los 50. Así que no, no todo fueron bailes y risas para músicos y no músicos».

Nacha Pop (1986). Foto de Domingo J. Casas

Tampoco es cierto que la Movida fuera un todo homogéneo en cuya definición se sintiera cómodo todo el mundo. Alaska dice en un capítulo de la Guía del Madrid de la Movida que había muchas Movidas. Y Godes está de acuerdo con esa afirmación. Cada persona tenía su propia percepción de lo que estaba ocurriendo. Lo que unos consideraban espacios icónicos, como el Rock-Ola, otros los detestaban.

Concierto de Toreros Muertos en el Casi Casi (1985). Foto de Domingo J. Casas

La propia Godes es un ejemplo de disidencia. «No todas las tribus se sentían dentro de la Movida. Había competencia dentro y fuera. Dentro de ella había varias subtribus que se odiaban (irritantes contra babosos), que luego, vale, se ha comprobado que no era una cosa seria, pero no se sentían dentro de la Movida. Y nadie de los grandes popes, de los grandes mesías de la Movida, ni antes ni después han dicho que yo fuera de la Movida. Yo, vamos, toda la vida criticando la Movida en los medios, con la actitud más crítica y más exigente…».

EL PUNK, LA BASE PARA UNIRLOS A TODOS

Resulta difícil catalogar a un buen número de grupos musicales españoles que nacieron en los 80, aunque el punk parece adivinarse debajo de tanto ropaje. Otros, sin embargo, resultan más fáciles de definir. Ahí estaban los rockeros y los heavies, que parecían vivir al margen de la Movida y que renegaban de lo que hacían otros grupos. Ellos, pensaban algunos (y otros seguimos creyendo), no pertenecían a ese movimiento, quedaban fuera. Sin embargo, esa es una impresión equivocada, opina Patricia Godes. «Por ejemplo, Burning se consideraban del punk. Antes de la Movida viene el afterpunk, la new wave, que es el cambio musical generacional, cuando entran estos jóvenes. A estos chavales les gusta Burning. Porque salían con zapatos de plataforma, con botas de plata y con pelucas de nailon rubias platino hasta la cintura. Era un grupo muy afterpunk, muy glam… muy divertido».

Portada de ‘Madrid me Mata’. Jesús Ordovás

Ocurrió algo parecido con Leño, la formación donde empezó su carrera musical Rosendo, que en su tercer disco sonaba como un punk muy evolucionado, en opinión de Godes. «Los heavies no se querían identificar con un Madrid musical, sino que querían tener su propia idiosincrasia, muy auténtica, muy de barrio, muy enraizada con cierto tipo de rock más anglosajón». Grupos que presumían de rock castizo, de barrio, tenían su mirada puesta en formaciones extranjeras, algo que a la periodista y crítica musical le resultaba en cierta manera incongruente.

Para Godes, «las músicas más españolas y las temáticas más españolas se reivindican dentro de la Movida». Sirvan como ejemplo Alaska y Los Pegamoides con su bote de Colón, y Gabinete Caligari, que a pesar de hacer una música más gótica londinense, empiezan a meter castañuelas en sus canciones y a hablar de temas taurinos. También se podía ver en el rock latino de Los Coyotes o en los tangos de Malevaje.

Invitación a un concierto de Gabinete Caligari. Jesús Ordovás

«Todo eso pasa dentro de la Movida, aunque ninguno de ellos te dirá que era parte de la Movida», explica Godes. Frente a esto, estaban los heavies, «que seguían copiando el rock anglosajón, aunque la temática de las letras sí eran vivencias personales. Su objetivo era ser como estos grupos, mientras que en el entorno donde yo estaba en la Movida, no se daba. Glutamato Yeyé no querían ser ninguno de esos grupos. Derribos Arias quizá sí querían ser como Velvet Underground, pero como no les salía, pues no les salía. Creo que había más independencia de lo anglosajón y más personalidad propia en los grupos de la Movida, dentro de que eran muy amateurs y tuvieron fama demasiado pronto, como ya te he dicho».

MOVIDA Y POLÍTICA, EXTRAÑOS COMPAÑEROS DE VIAJE

«¡Rockeros, el que no esté colocado que se coloque y al loro!». Aquellas palabras del entonces alcalde de Madrid Enrique Tierno Galván aún se recuerdan entre risas cuando se habla de la Movida y su relación con la política. Lo cierto es que pueden resultar muy significativas para comprender cómo se veía desde los partidos, los ayuntamientos y los gobiernos en general este movimiento cultural y musical: no se entendía del todo bien, pero se buscaba, se quería tener cerca para demostrar modernidad.

Portada de ‘La Luna de Madrid’. Jesús Ordovás

«La política se apropió de la Movida, sí, lo mismo que los medios», confirma Patricia Godes. «¿Por qué? Porque todo el mundo hablaba de ella, porque eran los grupos de moda, porque tenían 10, 12, quizá 20 canciones que les salieron redondas y la gente sigue recordando. También hay unos cuantos himnos en el rock carabanchelero y vallecano. Era un momento de efervescencia musical y salieron muchas canciones que se han quedado como inolvidables. Así que querían tener a estos grupos y los llamaban».

«Unos políticos los entendían; otros solo aprovechaban el tirón», continúa explicando la periodista. «Y, sobre todo, yo creo que lo que había era MUCHA curiosidad, mucha voluntad de entenderlo y disfrutarlo, y crear esa complicidad».

¿MADRID FUE LA CIUDAD MÁS DIVERTIDA DEL MUNDO EN LOS 80?

Las fotos de aquellos años hablan de conciertos, de exposiciones, de música y de bares. Eran las imágenes que inundaban medios serios como El País o Diario 16, pero también otras publicaciones alternativas como La Luna de Madrid, Madrid me Mata y los muchos fanzines que circulaban por los garitos de la ciudad. La fama de sus noches locas y sus fiestas llegó incluso hasta el artista pop estadounidense Andy Warhol, que quiso venir a comprobarlo, cámara en mano. Pronto empezó a conocerse a la capital española como la ciudad más divertida del mundo. Pero ¿fue así en realidad?

«Mira, eso lo decía gente que no había salido de su barrio», ataja rotunda Patricia Godes. La juerga no solo era madrileña, se daba en todas partes. Y es verdad que Madrid brillaba, pero también lo hacían Bilbao, Sevilla, Valencia y Vigo, que también tuvo su propia Movida. «En esos primeros 80 había mucha alegría».

Entrada para el Rock-Ola de Jesús Ordovás

Pero todo tiene su fin y el de la Movida, admite la periodista, llegó con el concejal Ángel Matanzo. «Él decidió que no se podía actuar en sitios sin salida de incendios, que no se podían abrir clubs sin permisos, etc. Y aunque, en parte, tenía razón (yo considero que está muy bien que haya reglamentos de hostelería para los sitios de fiesta y música en directo), su solución consistió en cortar cabezas y cerrar un montón de locales. A partir de ahí, todo fue ya diferente».

Hoy, golpeados además por una pandemia que ha puesto en stand-by nuestras vidas, cuesta encontrar algo de aquel Madrid en el actual. No es que no haya brillo, pero podría decirse que ya no luce con tanta intensidad. La Movida tuvo su momento y tuvo su lugar. Y hoy podemos recorrerla con la misma curiosidad de un turista que llega para visitar los monumentos de una ciudad, incluso con un mapa en la mano.

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