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30 de julio 2018    /   BUSINESS
por
ilustracion  Liliana Peligro

Madrid tiene «paseador oficial de la villa»: el poeta Sergio Fanjul

30 de julio 2018    /   BUSINESS     por        ilustracion  Liliana Peligro
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Sergio C. Fanjul es el paseador oficial de la villa de Madrid. Lo es desde el día que salió a ver a Matthew Herbert Brexit Big Band en la Plaza de Colón y hasta la noche que vuelva del homenaje al compositor Leonard Bernstein en el Parque Las Cruces.

Los conciertos y espectáculos de Veranos de la Villa dictan el ritmo y las rutas que el poeta está haciendo este verano por la ciudad: 21, en total (entre el 29 de junio y el 1 de septiembre). Y de sus derivas dan cuenta las crónicas que escribe y que entregan después, en un papelito junto al programa, a los asistentes de las actuaciones culturales organizadas por el Ayuntamiento.

Fue una idea de Fanjul. El poeta y periodista ya se pegó sus paseos pa’rriba y pa’bajo el año pasado. Iba a ver los conciertos en lo más sentío de la palabra ir: salir, arrancar, caminar, mirar, escuchar, oler, pensar, padecer, disfrutar, seguir, llegar. «Iba andando por Madrid. Me iba perdiendo por los barrios», cuenta.

Este año se lo planteaba igual. Pero decidió proponerlo a los responsables de Veranos de la Villa como una «expedición asfáltica» que anime a los ciudadanos a redescubrir el lugar donde viven y que enseñe al público que un show empieza en el crujido que cierra la puerta de casa porque todo paseo destila una sinfonía de la ciudad.

Relato 1:
La cuadrícula de oro
«Me gustaría que hubiera calles en espiral. Calles que dibujasen en el plano la trayectoria de los astros. Calles que formaran parte de asteriscos». Estos son los primeros pasos con los que Fanjul echó a escribir después de salir de su casa, en Lavapiés, y dirigirse al Barrio de Salamanca.

No es raro que el periodista quisiera encontrar órbitas astrales en el asfalto. Uno de sus viajes más drásticos, cuando dejó Oviedo y llegó a Madrid, tenía como misión estudiar Astrofísica. Pero en este primer garbeo como paseador oficial no encontró rastro de azares de la naturaleza en los suelos que lo llevaron hasta el Barrio de Salamanca. Lo que encontró fueron calles en línea recta y manzanas cuadradas.

—¿Cuándo empezó tu interés por caminar y las derivas del flâneur?

—Lo descubrí por los situacionistas cuando era un chaval. Leía a los dadaístas, a los surrealistas… y a todos los que hablaban del paseo como obras de arte. Me gusta andar porque provoca distintos estados de ánimo. Hay zonas que te atraen y zonas que te causan repulsión.

Entonces empezó a ver que hay un «gran desequilibrio histórico».

—Hay mucha más inversión en el centro que en las afueras. Me llaman mucho la atención esas zonas de ladrillo visto y verde botella.

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Relato 2:
Boeing Dick
A ningún sitio llegaría Fanjul que no fuera el fondo de la mar salada. Partió un día de julio del puerto de Argumosa, atracado en plena tierra firme de la meseta ibérica. Era el tiempo favorable y el asfalto estaba en calma en este viaje hacia el concierto audiovisual de Atom. La carta náutica de su smartphone le indicaba una navegación de más de tres horas hasta llegar al Distrito Barajas y echó a andar sin miedo rumbo a la paciencia.

Pero el viaje náutico se convirtió en astronáutico y hubo un momento en que tuvo que cruzar «el río de lava metálica que se dice la M-30, por un puente que temblaba en plan Indiana Jones».

—En cada paseo se produce un hito. La M-30 es una brecha y hay que cruzarla por un puente que tiembla —cuenta el paseador oficial de la villa—. No es fácil llegar a muchos sitios. Al caminar por la ciudad te encuentras muchos cruces, descampados, desguaces, polígonos… A veces hasta es peligroso. Yo voy siguiendo Google Maps y en ocasiones no se sabe bien si estás todavía en la ciudad, si eso ya es campo o si es algo mutante.

Hace años que a Fanjul la ciudad de Madrid no le parece un lugar por donde salir corriendo. Al contrario. «Estamos encerrados», asegura. Lo piensa desde que una tarde escuchó a unos urbanistas preguntarse si se podía salir de esta urbe andando. Lo lógico es pensar que sí. Lo asombroso es constatar que no. Hay tantas autopistas y muros de hormigón que costaría mucho escapar a pata.

paseador oficial de la villa

Relato 3:
La Hortaleza alpina
A escuchar flamenco sinfónico salió Fanjul otra tarde de estío. Pasó «la Prospe», cruzó la M-30 (ese límite físico y químico donde el poeta que quiso ser astrofísico ve el más allá de la ciudad) y llegó a su destino: Hortaleza.

«La calle Hortaleza, que parte de Gran Vía y discurre, más o menos, entre los barrios de Chueca y Malasaña, se llama así porque en otros tiempos era el camino que llevaba al pueblo de Hortaleza. Lo mismo ocurre con su vecina calle Fuencarral, que llevaba al pueblo de Fuencarral; a la calle Alcalá, que llevaba a Alcalá de Henares; o la calle Toledo, que apuntaba hacia Toledo», explica en su crónica.

—Este proyecto de expedición asfáltica es una forma de poner en valor la ciudad entera. La intención es provocar que la gente se mueva —indica—. Los eventos se hacen en distintos lugares para que la gente salga de su barrio y conozca otras zonas.

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Relato 4:
El distrito centro del universo entero
Aquel miércoles 11 de julio Fanjul vio caer la noche escuchando música coral rusa. Llegó hasta ahí pateándose el extremo centro de la ciudad y recordó la sensación que tiene el individuo medio al visitar Madrid por primera vez. La Gran Vía le parece el eje poderoso desde donde salen todos los radios de una rueda. Así le ocurrió a Fanjul hasta que el centro, más que una estación de despegue, le pareció una rueda de hámster. El kilómetro cero y las calles aledañas eran, a la vez, la salida y la meta de la claustrofobia: «Parecía no haber un afuera».

—Cuando llegué a Madrid, en 2001, me obsesioné con el centro. Pero después me aburrí un poco y empecé a caminar por Usera, Vallecas y muchos barrios que parecen no participar en la vida de la ciudad.

En esta crónica Fanjul reflexionó sobre algo parecido a la idea de la imparable expansión del universo. Pero puso los pies en la tierra. Redujo el mundo galáctico al planeta Tierra y dedujo que lo que se extiende, imparable, es el mal gusto de las cadenas comerciales y la poca alegría de vivir de los barbudos bares hípsters. «Las calles principales de las ciudades son siempre la misma calle, con las mismas franquicias textiles y los mismos fast foods, ya sean los Campos Elíseos parisinos o la calle Uría en Oviedo, con esa monotonía que decían había en la Unión Soviética, pero de colorines. ¿Para qué viajar, entonces? Los icónicos bares hípsters de mesa de madera y bombilla vintage, tan exclusivos no hace tanto, se extienden como carcoma: lo moderno tiende a lo cateto».

—El centro es cada vez más uniforme. La gentrificación está haciendo que tienda a uniformarse —lamenta.

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Relato 5:
Barrio rico, barrio pobre
Un domingo de este verano de otoño, en que el calor de ley se ha ido de vacaciones, Fanjul partió hacia el Parque Agustín Rodríguez Sahagún. Iba a una velada de circo y eso le obligó a pasar por un submundo de distopía futurista: Azca, un lugar del que «dicen que a veces hay hostias».

Pero lo que más le sorprendió fue hallar la «gran nave nodriza de la zona: El Corte Inglés, el mayor Corte Inglés de España, la madre de todos los Cortes Ingleses, donde uno puede pasear en un paseo sin fin, como quien pasea por dentro de la Estrella de la Muerte, y comprar todo aquello que desee sin correr el menor riesgo: si no quedas satisfecho, te devuelven el dinero».

—¿Qué es lo que más llama la atención al recorrer una ciudad de cabo a rabo?

—Las diferencias de clase. En Madrid basta con cruzar el río. La mayor parte de los inmigrantes se concentran en los barrios del sur. Estas diferencias se ven claramente en la forma de usar los espacios públicos. En el sur muchos latinos sacan sus sillas a la calle, ponen música, organizan fiestas… Hacen comunidad enseguida. En Usera mucha gente merienda en la calle, juegan al voleibol… En los barrios ricos, en cambio, son más individualistas. Hay muchas más zonas privadas. Queda muy claro en el mapa del voto: el norte es del PP y el sur de Ahora Madrid.

A Fanjul le queda subir al Cerro de los locos, llegar a la Quinta de Torre Arias, caminar hasta el Templete del Parque de El Retiro… Miles de pasos para que otros descubran la ciudad.

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Fue una idea de Fanjul. El poeta y periodista ya se pegó sus paseos pa’rriba y pa’bajo el año pasado. Iba a ver los conciertos en lo más sentío de la palabra ir: salir, arrancar, caminar, mirar, escuchar, oler, pensar, padecer, disfrutar, seguir, llegar. «Iba andando por Madrid. Me iba perdiendo por los barrios», cuenta.

Este año se lo planteaba igual. Pero decidió proponerlo a los responsables de Veranos de la Villa como una «expedición asfáltica» que anime a los ciudadanos a redescubrir el lugar donde viven y que enseñe al público que un show empieza en el crujido que cierra la puerta de casa porque todo paseo destila una sinfonía de la ciudad.

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La cuadrícula de oro
«Me gustaría que hubiera calles en espiral. Calles que dibujasen en el plano la trayectoria de los astros. Calles que formaran parte de asteriscos». Estos son los primeros pasos con los que Fanjul echó a escribir después de salir de su casa, en Lavapiés, y dirigirse al Barrio de Salamanca.

No es raro que el periodista quisiera encontrar órbitas astrales en el asfalto. Uno de sus viajes más drásticos, cuando dejó Oviedo y llegó a Madrid, tenía como misión estudiar Astrofísica. Pero en este primer garbeo como paseador oficial no encontró rastro de azares de la naturaleza en los suelos que lo llevaron hasta el Barrio de Salamanca. Lo que encontró fueron calles en línea recta y manzanas cuadradas.

—¿Cuándo empezó tu interés por caminar y las derivas del flâneur?

—Lo descubrí por los situacionistas cuando era un chaval. Leía a los dadaístas, a los surrealistas… y a todos los que hablaban del paseo como obras de arte. Me gusta andar porque provoca distintos estados de ánimo. Hay zonas que te atraen y zonas que te causan repulsión.

Entonces empezó a ver que hay un «gran desequilibrio histórico».

—Hay mucha más inversión en el centro que en las afueras. Me llaman mucho la atención esas zonas de ladrillo visto y verde botella.

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Relato 2:
Boeing Dick
A ningún sitio llegaría Fanjul que no fuera el fondo de la mar salada. Partió un día de julio del puerto de Argumosa, atracado en plena tierra firme de la meseta ibérica. Era el tiempo favorable y el asfalto estaba en calma en este viaje hacia el concierto audiovisual de Atom. La carta náutica de su smartphone le indicaba una navegación de más de tres horas hasta llegar al Distrito Barajas y echó a andar sin miedo rumbo a la paciencia.

Pero el viaje náutico se convirtió en astronáutico y hubo un momento en que tuvo que cruzar «el río de lava metálica que se dice la M-30, por un puente que temblaba en plan Indiana Jones».

—En cada paseo se produce un hito. La M-30 es una brecha y hay que cruzarla por un puente que tiembla —cuenta el paseador oficial de la villa—. No es fácil llegar a muchos sitios. Al caminar por la ciudad te encuentras muchos cruces, descampados, desguaces, polígonos… A veces hasta es peligroso. Yo voy siguiendo Google Maps y en ocasiones no se sabe bien si estás todavía en la ciudad, si eso ya es campo o si es algo mutante.

Hace años que a Fanjul la ciudad de Madrid no le parece un lugar por donde salir corriendo. Al contrario. «Estamos encerrados», asegura. Lo piensa desde que una tarde escuchó a unos urbanistas preguntarse si se podía salir de esta urbe andando. Lo lógico es pensar que sí. Lo asombroso es constatar que no. Hay tantas autopistas y muros de hormigón que costaría mucho escapar a pata.

paseador oficial de la villa

Relato 3:
La Hortaleza alpina
A escuchar flamenco sinfónico salió Fanjul otra tarde de estío. Pasó «la Prospe», cruzó la M-30 (ese límite físico y químico donde el poeta que quiso ser astrofísico ve el más allá de la ciudad) y llegó a su destino: Hortaleza.

«La calle Hortaleza, que parte de Gran Vía y discurre, más o menos, entre los barrios de Chueca y Malasaña, se llama así porque en otros tiempos era el camino que llevaba al pueblo de Hortaleza. Lo mismo ocurre con su vecina calle Fuencarral, que llevaba al pueblo de Fuencarral; a la calle Alcalá, que llevaba a Alcalá de Henares; o la calle Toledo, que apuntaba hacia Toledo», explica en su crónica.

—Este proyecto de expedición asfáltica es una forma de poner en valor la ciudad entera. La intención es provocar que la gente se mueva —indica—. Los eventos se hacen en distintos lugares para que la gente salga de su barrio y conozca otras zonas.

s3

Relato 4:
El distrito centro del universo entero
Aquel miércoles 11 de julio Fanjul vio caer la noche escuchando música coral rusa. Llegó hasta ahí pateándose el extremo centro de la ciudad y recordó la sensación que tiene el individuo medio al visitar Madrid por primera vez. La Gran Vía le parece el eje poderoso desde donde salen todos los radios de una rueda. Así le ocurrió a Fanjul hasta que el centro, más que una estación de despegue, le pareció una rueda de hámster. El kilómetro cero y las calles aledañas eran, a la vez, la salida y la meta de la claustrofobia: «Parecía no haber un afuera».

—Cuando llegué a Madrid, en 2001, me obsesioné con el centro. Pero después me aburrí un poco y empecé a caminar por Usera, Vallecas y muchos barrios que parecen no participar en la vida de la ciudad.

En esta crónica Fanjul reflexionó sobre algo parecido a la idea de la imparable expansión del universo. Pero puso los pies en la tierra. Redujo el mundo galáctico al planeta Tierra y dedujo que lo que se extiende, imparable, es el mal gusto de las cadenas comerciales y la poca alegría de vivir de los barbudos bares hípsters. «Las calles principales de las ciudades son siempre la misma calle, con las mismas franquicias textiles y los mismos fast foods, ya sean los Campos Elíseos parisinos o la calle Uría en Oviedo, con esa monotonía que decían había en la Unión Soviética, pero de colorines. ¿Para qué viajar, entonces? Los icónicos bares hípsters de mesa de madera y bombilla vintage, tan exclusivos no hace tanto, se extienden como carcoma: lo moderno tiende a lo cateto».

—El centro es cada vez más uniforme. La gentrificación está haciendo que tienda a uniformarse —lamenta.

s2

Relato 5:
Barrio rico, barrio pobre
Un domingo de este verano de otoño, en que el calor de ley se ha ido de vacaciones, Fanjul partió hacia el Parque Agustín Rodríguez Sahagún. Iba a una velada de circo y eso le obligó a pasar por un submundo de distopía futurista: Azca, un lugar del que «dicen que a veces hay hostias».

Pero lo que más le sorprendió fue hallar la «gran nave nodriza de la zona: El Corte Inglés, el mayor Corte Inglés de España, la madre de todos los Cortes Ingleses, donde uno puede pasear en un paseo sin fin, como quien pasea por dentro de la Estrella de la Muerte, y comprar todo aquello que desee sin correr el menor riesgo: si no quedas satisfecho, te devuelven el dinero».

—¿Qué es lo que más llama la atención al recorrer una ciudad de cabo a rabo?

—Las diferencias de clase. En Madrid basta con cruzar el río. La mayor parte de los inmigrantes se concentran en los barrios del sur. Estas diferencias se ven claramente en la forma de usar los espacios públicos. En el sur muchos latinos sacan sus sillas a la calle, ponen música, organizan fiestas… Hacen comunidad enseguida. En Usera mucha gente merienda en la calle, juegan al voleibol… En los barrios ricos, en cambio, son más individualistas. Hay muchas más zonas privadas. Queda muy claro en el mapa del voto: el norte es del PP y el sur de Ahora Madrid.

A Fanjul le queda subir al Cerro de los locos, llegar a la Quinta de Torre Arias, caminar hasta el Templete del Parque de El Retiro… Miles de pasos para que otros descubran la ciudad.

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