4 de febrero 2020    /   IDEAS
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¿Por qué la pasión estaba mal vista hasta hace dos días?

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La pasión es un sentimiento que desborda las emociones cotidianas. De ahí su mala imagen. Porque como toda erupción, todo rebasamiento, altera el statu quo de la normalidad. Y los humanos, poco proclives a lo disruptivo e inesperado, nos enfrentamos con enojo a tales arrebatos.

Empezó mal en la historia, pues proviene del latín passio, que significa padecer. Más tarde, el cristianismo agravó la funesta reputación de esta palabra adjudicándole dicho sufrimiento nada menos que al hijo de Dios.

Bach fue el encargado de ponerle banda sonora a este suplicio con cinco pasiones. Incluso en una de ellas, La Pasión según san Mateo, incluyendo un doble coro y doble orquesta para rematar a lo grande a esa palabra maldita.

No fue hasta la primera mitad del siglo XIX cuando la pasión consiguió escabullirse entre las fisuras del romanticismo. La reivindicación de la libertad del individuo frente a cualquier norma que le permita expresar sus propios sentimientos fue su gran oportunidad y la pasión supo aprovecharla.

Pero la inercia de la historia, empeñada en no perdonarle a un sentimiento tan perturbador sus pecados del pasado, consiguió relegarlo al terreno sexual. Hablar de pasión significaba automáticamente hablar de deseo sexual desaforado.

Y arrinconado en ese espacio, fue la literatura la encargada de hacerle añicos. Más aún si esa pasión era sentida (¡hasta ahí podíamos llegar!) por una mujer. Anna Karerina, en la novela que lleva su nombre, acabó bajo la locomotora de un tren porque era el único final posible ante sus devaneos extramatrimoniales con Vronski.

Lo mismo le sucedió a madame de Tourvel en Las relaciones peligrosas (el título de la novela ya nos avisa), muerta de fiebre y de desesperación ante el abandono de Valmont.

Tuvo que pasar mucho tiempo antes de que la pasión encontrara una nueva oportunidad de redimirse. Y curiosamente no fue la literatura ni el arte las que le echaran una mano, sino el talento de un científico mexicano de tan solo 26 años que en 1951 consiguió sintetizar la noretisterona, el compuesto activo que propició el primer anticonceptivo oral conocido popularmente como la píldora.

La píldora consiguió separar la concepción del sexo liberando a este último de sus ataduras históricas. Y con ello, liberando también a la pasión de su condición maldita.

Resulta irónico que fueran las mujeres, víctimas tradicionales de la fogosidad masculina incontrolada, las que finalmente propiciaran el asentimiento de la pasión y su aceptación social.

Esta aceptación es la que le ha permitido a la pasión expandirse a territorios ajenos al sexo. Hoy nos apasionamos con un deporte, un trabajo o una afición sin que ello conlleve la sanción del destino.

Decía Senillosa que el amor se mide en pasión y la amistad en años. No está mal que estos sentimientos, como muchos otros, se diferencien y clarifiquen para una mejor comprensión de los mismos.

Porque la pasión se ha normalizado sin dejar de ser esa intensa emoción que nos recuerda, de vez en cuando, que seguimos vivos. Tal vez irracionales, desaforados o incluso grotescos. Pero todavía vivos.

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La pasión es un sentimiento que desborda las emociones cotidianas. De ahí su mala imagen. Porque como toda erupción, todo rebasamiento, altera el statu quo de la normalidad. Y los humanos, poco proclives a lo disruptivo e inesperado, nos enfrentamos con enojo a tales arrebatos.

Empezó mal en la historia, pues proviene del latín passio, que significa padecer. Más tarde, el cristianismo agravó la funesta reputación de esta palabra adjudicándole dicho sufrimiento nada menos que al hijo de Dios.

Bach fue el encargado de ponerle banda sonora a este suplicio con cinco pasiones. Incluso en una de ellas, La Pasión según san Mateo, incluyendo un doble coro y doble orquesta para rematar a lo grande a esa palabra maldita.

No fue hasta la primera mitad del siglo XIX cuando la pasión consiguió escabullirse entre las fisuras del romanticismo. La reivindicación de la libertad del individuo frente a cualquier norma que le permita expresar sus propios sentimientos fue su gran oportunidad y la pasión supo aprovecharla.

Pero la inercia de la historia, empeñada en no perdonarle a un sentimiento tan perturbador sus pecados del pasado, consiguió relegarlo al terreno sexual. Hablar de pasión significaba automáticamente hablar de deseo sexual desaforado.

Y arrinconado en ese espacio, fue la literatura la encargada de hacerle añicos. Más aún si esa pasión era sentida (¡hasta ahí podíamos llegar!) por una mujer. Anna Karerina, en la novela que lleva su nombre, acabó bajo la locomotora de un tren porque era el único final posible ante sus devaneos extramatrimoniales con Vronski.

Lo mismo le sucedió a madame de Tourvel en Las relaciones peligrosas (el título de la novela ya nos avisa), muerta de fiebre y de desesperación ante el abandono de Valmont.

Tuvo que pasar mucho tiempo antes de que la pasión encontrara una nueva oportunidad de redimirse. Y curiosamente no fue la literatura ni el arte las que le echaran una mano, sino el talento de un científico mexicano de tan solo 26 años que en 1951 consiguió sintetizar la noretisterona, el compuesto activo que propició el primer anticonceptivo oral conocido popularmente como la píldora.

La píldora consiguió separar la concepción del sexo liberando a este último de sus ataduras históricas. Y con ello, liberando también a la pasión de su condición maldita.

Resulta irónico que fueran las mujeres, víctimas tradicionales de la fogosidad masculina incontrolada, las que finalmente propiciaran el asentimiento de la pasión y su aceptación social.

Esta aceptación es la que le ha permitido a la pasión expandirse a territorios ajenos al sexo. Hoy nos apasionamos con un deporte, un trabajo o una afición sin que ello conlleve la sanción del destino.

Decía Senillosa que el amor se mide en pasión y la amistad en años. No está mal que estos sentimientos, como muchos otros, se diferencien y clarifiquen para una mejor comprensión de los mismos.

Porque la pasión se ha normalizado sin dejar de ser esa intensa emoción que nos recuerda, de vez en cuando, que seguimos vivos. Tal vez irracionales, desaforados o incluso grotescos. Pero todavía vivos.

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