14 de diciembre 2016    /   CREATIVIDAD
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Comprar pasteles en Argentina puede ser un acto anarquista

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En las confiterías argentinas no es lo mismo pedir una berlinesa que un suspiro de monja. En ambos casos el cliente recibirá un pastelito de masa con crema. Sin embargo, optar por uno u otro nombre puede mostrar una actitud que se remonta a los orígenes del movimiento anarquista en el país.

En 1885, el pensador y militante anarquista Errico Malatesta decidió establecerse en Argentina. El país sudamericano parecía un buen lugar para escapar de las autoridades europeas.

Los gobiernos de Suiza, España, Rumanía, Francia, Bélgica, Inglaterra y, por supuesto Italia, su país natal, estaban hartos de Malatesta. Sus actividades revolucionarias le habían llevado incluso a Egipto, de donde había sido expulsado. Definitivamente, América parecía un buen lugar para cambiar de aires.

En Buenos Aires, Malatesta comenzó a divulgar el ideario anarquista entre los trabajadores. Con su ayuda y la de Ettore Mattei, surgieron los primeros sindicatos libertarios argentinos. Entre ellos destacaba la Sociedad Cosmopolita de Resistencia y Colocación de Obreros Panaderos.

Las autoridades argentinas no tardaron en conocer sus actividades y, después de otra campaña de acoso, Malatesta marchó rumbo a Italia. Sin embargo, en apenas cuatro años, su mensaje había logrado calar entre los trabajadores. Más de lo que hubiera pudiera imaginar.

Al ser el sindicato de panaderos de ideario anarquista, los trabajadores comenzaron a bautizar a sus creaciones con nombres que recordaban la lucha proletaria. Denominaciones que hacían referencia a la acción directa, se burlaban de la policía y se mofaban de la Iglesia católica.

Aparecieron así los cañoncitos, las bombas, los vigilantes, los sacramentos y las bolas de fraile, también llamadas suspiros de monja. De repente, la población argentina comenzó a ser partícipe de la difusión de los idearios libertarios a través de los pasteles.

Sin embargo, utilizar la repostería como forma de combatir al enemigo no era nuevo. Según cuenta Christian Ferrer en su libro Cabezas de Tormenta ya fue utilizado en 1528. En esas fechas, durante el asedio de Viena por los turcos, los pasteleros de la ciudad decidieron crear las famosas medias lunas. Su inspiración era el símbolo que las tropas enemigas tenían en sus estandartes. Ni que decir tiene cuál era el sentir de los musulmanes cuando veían a los vieneses comerse desde las empalizadas su símbolo sagrado. Aunque no conseguían acabar con el asedio, las medias lunas servían de combustible para alimentar la resistencia.

El tiempo desgasta las palabras. Sin embargo, los argentinos acuden aún hoy a las panaderías y piden, conscientes o no del significado, esas especialidades blasfemas y revolucionarias. Un hecho que pasó desapercibido a los diferentes gobiernos dictatoriales que ha vivido el país en el siglo XX. Sin duda, una ingeniosa estrategia que mezcla desobediencia y humor, que ya hubieran querido para sí los situacionistas franceses.

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En las confiterías argentinas no es lo mismo pedir una berlinesa que un suspiro de monja. En ambos casos el cliente recibirá un pastelito de masa con crema. Sin embargo, optar por uno u otro nombre puede mostrar una actitud que se remonta a los orígenes del movimiento anarquista en el país.

En 1885, el pensador y militante anarquista Errico Malatesta decidió establecerse en Argentina. El país sudamericano parecía un buen lugar para escapar de las autoridades europeas.

Los gobiernos de Suiza, España, Rumanía, Francia, Bélgica, Inglaterra y, por supuesto Italia, su país natal, estaban hartos de Malatesta. Sus actividades revolucionarias le habían llevado incluso a Egipto, de donde había sido expulsado. Definitivamente, América parecía un buen lugar para cambiar de aires.

En Buenos Aires, Malatesta comenzó a divulgar el ideario anarquista entre los trabajadores. Con su ayuda y la de Ettore Mattei, surgieron los primeros sindicatos libertarios argentinos. Entre ellos destacaba la Sociedad Cosmopolita de Resistencia y Colocación de Obreros Panaderos.

Las autoridades argentinas no tardaron en conocer sus actividades y, después de otra campaña de acoso, Malatesta marchó rumbo a Italia. Sin embargo, en apenas cuatro años, su mensaje había logrado calar entre los trabajadores. Más de lo que hubiera pudiera imaginar.

Al ser el sindicato de panaderos de ideario anarquista, los trabajadores comenzaron a bautizar a sus creaciones con nombres que recordaban la lucha proletaria. Denominaciones que hacían referencia a la acción directa, se burlaban de la policía y se mofaban de la Iglesia católica.

Aparecieron así los cañoncitos, las bombas, los vigilantes, los sacramentos y las bolas de fraile, también llamadas suspiros de monja. De repente, la población argentina comenzó a ser partícipe de la difusión de los idearios libertarios a través de los pasteles.

Sin embargo, utilizar la repostería como forma de combatir al enemigo no era nuevo. Según cuenta Christian Ferrer en su libro Cabezas de Tormenta ya fue utilizado en 1528. En esas fechas, durante el asedio de Viena por los turcos, los pasteleros de la ciudad decidieron crear las famosas medias lunas. Su inspiración era el símbolo que las tropas enemigas tenían en sus estandartes. Ni que decir tiene cuál era el sentir de los musulmanes cuando veían a los vieneses comerse desde las empalizadas su símbolo sagrado. Aunque no conseguían acabar con el asedio, las medias lunas servían de combustible para alimentar la resistencia.

El tiempo desgasta las palabras. Sin embargo, los argentinos acuden aún hoy a las panaderías y piden, conscientes o no del significado, esas especialidades blasfemas y revolucionarias. Un hecho que pasó desapercibido a los diferentes gobiernos dictatoriales que ha vivido el país en el siglo XX. Sin duda, una ingeniosa estrategia que mezcla desobediencia y humor, que ya hubieran querido para sí los situacionistas franceses.

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Opiniones 9
  • Acá se las conoce más como facturas y no como pasteles, y algunos también les dicen masas. Los cañoncitos con dulce de leche son una bomba, los sacramentos también, esos tienen dulce de membrillo adentro. Otros cañoncitos son salados como el pan criollo.

  • SENSACIONAL! Mi padre fue pastelero y jovencito abrevó de ideales anarquistas .Nació en 1915 y cuando la Crisis del´29/30 ya trabajaba aprendiendo su oficio . Hijo de asturianos llegados a Argentina (Santa FE) en el´14 . Uno de sus nietos Gabriel vive en Valencia desde hace más de 10 años dedicado a la Gastronomía, carrera que estudió en su país , allí ha formado su familia.Vueltas de la vida .

  • Hola. Sí, aquí en Buenos Aires sigue siendo así. Se puede pedir una bola de fraile y te dan una bola de masa que recuerda la cabeza de un fraile y deja la imaginación para los testículos. En algunos colegios primarios se enseña la historia de estos nombres.

  • Hola YOROKOBU y lectores, si no fuera argentina vería esta nota de otro modo, pero hay que vivir un tiempo en un lugar para poder comprender su idiosincrasia, Argentina es un crisol de culturas donde las dos grandes inmigraciones han dejado plasmada su impronta. Y si viajan a este país, no pidan pasteles (xD), se llaman facturas, se venden por docena (Tmbn por unidad, pero nadie compra una sola factura 😉 ) y compren tranquilos, porque en Argentina gobierna el neoliberalismo, a quien no le interesa cómo se llaman las cosas, sino que se consuma. Mis saludos,

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