12 de junio 2017    /   CREATIVIDAD
por
 

Queso, porcino y sudor: el olor de las antiguas pistas de patinaje

12 de junio 2017    /   CREATIVIDAD     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

Alguien debió pensar que si patinar sobre hielo es divertido, ¿por qué esperar a que hiele para practicarlo? Más aún, ¿por qué hacerlo al aire libre, con el frío que hace? Una cosa llevó a la otra y, a mediados del siglo XIX, aparecieron las pistas de hielo cerradas.

La primera de esas instalaciones fue el Glaciarium. Inaugurado en enero de 1844 en Covent Garden (Londres) como una atracción temporal, en mayo de ese mismo año fue trasladado a la que sería su sede permanente en la Grafton street East. El local estaba decorado con elementos que imitaban un escenario alpino, concretamente el lago de Lucerna.

Pinturas con montañas y árboles cubiertos de nieve, algún que otro glaciar y, cómo no, un remedo de lago helado para patinar. El entorno era realmente idílico. Todo lo idílico que puede ser un decorado de cartón piedra, claro.

Sin embargo, había un inconveniente. En la época, la fabricación de hielo artificial no estaba suficientemente desarrollada. Por esta razón, la superficie estaba hecha con una mezcla de agua, grasa de cerdo y ciertos conservantes.

A ese material, cuya principal característica no era precisamente el buen olor, había que sumarle el que se desprendía de la concentración de los asistentes. En definitiva, si el entorno evocaba un lago suizo, el olor recordaba a un vertedero.

El precio por entrar en el recinto costaba un chelín, al que había que añadir otro más en caso de que se quisiera alquilar unos patines. A la vista de la higiene del lugar, esa decisión podía convertir el patinaje en un deporte de riesgo.

Aunque en un primer momento el Glaciarium vivió una época de esplendor, hasta el punto de ser frecuentado por personalidades como el Príncipe Alberto o el Príncipe Alexander de Holanda, un año después cerró sus puertas. ¿La razón? El mal olor.

Habrían de pasar 30 años para que el Glaciarium volviera a abrir. Aunque su superficie seguía sin ser hielo de verdad, el inventor John Gamgee mejoró la fórmula del producto químico sobre el que se patinaba.

Si bien es cierto que no olía, ese nuevo hielo desprendía una extraña niebla que surgía de la pista. A pesar de ello, este nuevo Glaciarium fue un éxito, en parte por su exclusividad. El acceso a la pista de patinaje estaba restringida a los miembros del London Skating Club que, a su vez, estaba restringido a nobles y personas adineradas.

A pesar de que la tecnología no estaba del todo pulida, el éxito del nuevo Glaciarium permitió que John Gamgee abriera sucursales en diferentes puntos de Londres. Incluso llegó a Australia, donde los Glaciarium fueron un fenómeno hasta bien entrado el siglo XX.

El éxito como promotor de pistas de hielo fue tal que Gamgee decidió especializase en técnicas de congelación. El problema fue cuando, con el dinero recaudado, quiso ir más allá y se vino arriba.

Inventó el Zeromoter, un ingenio cuyo objetivo era generar el movimiento continuo. Incluso llegó a convencer a autoridades inglesas para que financiaran un aparato inútil. Al final, con el Zeromoter sí que patino de lo lindo. Pero eso es otra historia.

Alguien debió pensar que si patinar sobre hielo es divertido, ¿por qué esperar a que hiele para practicarlo? Más aún, ¿por qué hacerlo al aire libre, con el frío que hace? Una cosa llevó a la otra y, a mediados del siglo XIX, aparecieron las pistas de hielo cerradas.

La primera de esas instalaciones fue el Glaciarium. Inaugurado en enero de 1844 en Covent Garden (Londres) como una atracción temporal, en mayo de ese mismo año fue trasladado a la que sería su sede permanente en la Grafton street East. El local estaba decorado con elementos que imitaban un escenario alpino, concretamente el lago de Lucerna.

Pinturas con montañas y árboles cubiertos de nieve, algún que otro glaciar y, cómo no, un remedo de lago helado para patinar. El entorno era realmente idílico. Todo lo idílico que puede ser un decorado de cartón piedra, claro.

Sin embargo, había un inconveniente. En la época, la fabricación de hielo artificial no estaba suficientemente desarrollada. Por esta razón, la superficie estaba hecha con una mezcla de agua, grasa de cerdo y ciertos conservantes.

A ese material, cuya principal característica no era precisamente el buen olor, había que sumarle el que se desprendía de la concentración de los asistentes. En definitiva, si el entorno evocaba un lago suizo, el olor recordaba a un vertedero.

El precio por entrar en el recinto costaba un chelín, al que había que añadir otro más en caso de que se quisiera alquilar unos patines. A la vista de la higiene del lugar, esa decisión podía convertir el patinaje en un deporte de riesgo.

Aunque en un primer momento el Glaciarium vivió una época de esplendor, hasta el punto de ser frecuentado por personalidades como el Príncipe Alberto o el Príncipe Alexander de Holanda, un año después cerró sus puertas. ¿La razón? El mal olor.

Habrían de pasar 30 años para que el Glaciarium volviera a abrir. Aunque su superficie seguía sin ser hielo de verdad, el inventor John Gamgee mejoró la fórmula del producto químico sobre el que se patinaba.

Si bien es cierto que no olía, ese nuevo hielo desprendía una extraña niebla que surgía de la pista. A pesar de ello, este nuevo Glaciarium fue un éxito, en parte por su exclusividad. El acceso a la pista de patinaje estaba restringida a los miembros del London Skating Club que, a su vez, estaba restringido a nobles y personas adineradas.

A pesar de que la tecnología no estaba del todo pulida, el éxito del nuevo Glaciarium permitió que John Gamgee abriera sucursales en diferentes puntos de Londres. Incluso llegó a Australia, donde los Glaciarium fueron un fenómeno hasta bien entrado el siglo XX.

El éxito como promotor de pistas de hielo fue tal que Gamgee decidió especializase en técnicas de congelación. El problema fue cuando, con el dinero recaudado, quiso ir más allá y se vino arriba.

Inventó el Zeromoter, un ingenio cuyo objetivo era generar el movimiento continuo. Incluso llegó a convencer a autoridades inglesas para que financiaran un aparato inútil. Al final, con el Zeromoter sí que patino de lo lindo. Pero eso es otra historia.

Compártelo twitter facebook whatsapp
Cuando los pastores vascos dibujaban corazones en los álamos americanos
Tipografías desde Tailandia para abrir mentes
Este tipo te enseña Nueva York en dos minutos de GIF
Los 5 posts más vistos de la semana
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp
Opiniones 1
  • Comentarios cerrados.

    El rollo legal de las cookies

    La Ley 34/2002 nos obliga a avisarte de que usamos cookies propias y de terceros (ni de cuartos ni de quintos) con objetivos estadísticos y de sesión y para mostrarte la 'publi' que nos da de comer. Tenemos una política de cookies majísima y bla bla bla. Si continúas navegando, asumimos que aceptas y que todo guay. Si no te parece bien, huye y vuelve por donde has venido, que nadie te obliga a entrar aquí. Pincha este enlace para conocer los detalles. Tranquilo, este mensaje solo sale una vez. Esperamos.

    ACEPTAR
    Aviso de cookies
    Publicidad