29 de abril 2014    /   CREATIVIDAD
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No habrá pausas para la publicidad

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Cómo odio la calle Huertas de Madrid. Acabo de salir de trabajar, estoy agotado y no puedo dar dos pasos seguidos sin que me asalte un puto relaciones públicas. «Hola amigo, dos caipiriñas y dos chupitos por cinco euros». Los hay más originales en su presentación, más agresivos, más guapos y más feos, pero el resultado es igualmente irritante. Estás dando un paseo de vuelta a casa, solo o acompañado, con pretensiones o sin ellas de tomarte una copa, y tienes que interrumpir el hilo de tus pensamientos o una conversación para repartir sucesivos y rotundos «noes». No, no, no. Hostia, no. No quiero nada. Gracias.
¿Quién ideo esta estrategia comercial? ¿A quién va dirigida? Los malos relaciones públicas de Huertas –los malos relaciones públicas del mundo entero– son como banners humanos que te asaltan y te ponen difícil pincharles en la X. Entiendo que los guiris borrachos de Madrid encuentran un guía en estos dientes con piernas y descuentos para chupitos. Los guiris hallan un dios de su liturgia nocturna. Un profeta al que seguir en la espirituosa y espiritual senda de los chupitos. Y yo soy una oveja negra en el rebaño. Un daño colateral. Uno de tantos no-guiris por Huertas que después de quince sonrisas, terminará metiéndose una capiriña en el cuerpo a golpe de martes.
Esta maniobra de desgaste, tan comúnmente utilizada por algunos y agresivos planificadores de medios, es un error. Si quiero leer una noticia que me interesa en el periódico y antes tengo que cerrar tu gráfica; si quiero ver cuánto ha subido la factura de la luz este mes y primero tengo que tirar tu catálogo; si quiero esperar siete minutos a que comience de nuevo mi serie favorita, y previamente he de cambiar de canal porque en medio del bloque está tu machacona promo, terminaré sabiendo que ofreces los mejores descuentos, condiciones de financiación y televisores, pero no compraré jamás en tu tienda. Porque me caes mal. Me interrumpes continuamente, joder. Te interpones en mi vida como un mal relaciones públicas, obligándome a apartarte para continuar mi camino.
Ojalá los directores de marketing se tatuasen esta ley del Manual del Follador Nivel Básico: El público objetivo somos una chica guapa: tienes cinco segundos. Pero este lapso no lo prefija el coste de espacio en prime time, sino el tiempo de nuestra existencia que nos estás haciendo perder o ganar. También podrías centrarte en mejorar tu producto para que vaya a ti yo solito. Darme la espalda para que me pregunte por qué lo haces y vaya a ti yo solito. O hacer cosas que me empalmen para que vaya a ti yo solito.
Imagino un espacio para pensar sin cartela de cierre con logo.
Imagino publicidad que se salta todas las leyes del capitalismo y ofrece únicamente brand content socialmente responsable.
Imagino un bar de Huertas sin relaciones públicas. Un bar atestado de parroquianos que han entrado allí guiados por su sed, curiosidad o lo buena que está la camarera.
Y me asaltan otras dos preguntas. ¿Y si la honestidad fuese el futuro de la comunicación publicitaria? ¿Y si lo que más vende es no vender nada?
Espera. Que estoy pensando este artículo en el 2014. Que llego tarde para cambiar el mundo. Que Martin Luther King es Martin Luther Thinking Different. Que el Che Guevara es una chapa en la americana de un director creativo. Que hace años que las marcas juegan en la liga de la sinceridad. Que no puedo ser idealista. Aunque, quizá, haya algo en eso de la marca útil. Eso que empieza a sonar de satisfacer nuestras necesidades más allá de la funcionalidad del produc…
–Hola amigo, ¡dos caipiriñas y dos chupitos por cinco euros!
«Mierda. Ya no sé por dónde iba».

Foto: jan kranendonk / Shutterstock.com

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Cómo odio la calle Huertas de Madrid. Acabo de salir de trabajar, estoy agotado y no puedo dar dos pasos seguidos sin que me asalte un puto relaciones públicas. «Hola amigo, dos caipiriñas y dos chupitos por cinco euros». Los hay más originales en su presentación, más agresivos, más guapos y más feos, pero el resultado es igualmente irritante. Estás dando un paseo de vuelta a casa, solo o acompañado, con pretensiones o sin ellas de tomarte una copa, y tienes que interrumpir el hilo de tus pensamientos o una conversación para repartir sucesivos y rotundos «noes». No, no, no. Hostia, no. No quiero nada. Gracias.
¿Quién ideo esta estrategia comercial? ¿A quién va dirigida? Los malos relaciones públicas de Huertas –los malos relaciones públicas del mundo entero– son como banners humanos que te asaltan y te ponen difícil pincharles en la X. Entiendo que los guiris borrachos de Madrid encuentran un guía en estos dientes con piernas y descuentos para chupitos. Los guiris hallan un dios de su liturgia nocturna. Un profeta al que seguir en la espirituosa y espiritual senda de los chupitos. Y yo soy una oveja negra en el rebaño. Un daño colateral. Uno de tantos no-guiris por Huertas que después de quince sonrisas, terminará metiéndose una capiriña en el cuerpo a golpe de martes.
Esta maniobra de desgaste, tan comúnmente utilizada por algunos y agresivos planificadores de medios, es un error. Si quiero leer una noticia que me interesa en el periódico y antes tengo que cerrar tu gráfica; si quiero ver cuánto ha subido la factura de la luz este mes y primero tengo que tirar tu catálogo; si quiero esperar siete minutos a que comience de nuevo mi serie favorita, y previamente he de cambiar de canal porque en medio del bloque está tu machacona promo, terminaré sabiendo que ofreces los mejores descuentos, condiciones de financiación y televisores, pero no compraré jamás en tu tienda. Porque me caes mal. Me interrumpes continuamente, joder. Te interpones en mi vida como un mal relaciones públicas, obligándome a apartarte para continuar mi camino.
Ojalá los directores de marketing se tatuasen esta ley del Manual del Follador Nivel Básico: El público objetivo somos una chica guapa: tienes cinco segundos. Pero este lapso no lo prefija el coste de espacio en prime time, sino el tiempo de nuestra existencia que nos estás haciendo perder o ganar. También podrías centrarte en mejorar tu producto para que vaya a ti yo solito. Darme la espalda para que me pregunte por qué lo haces y vaya a ti yo solito. O hacer cosas que me empalmen para que vaya a ti yo solito.
Imagino un espacio para pensar sin cartela de cierre con logo.
Imagino publicidad que se salta todas las leyes del capitalismo y ofrece únicamente brand content socialmente responsable.
Imagino un bar de Huertas sin relaciones públicas. Un bar atestado de parroquianos que han entrado allí guiados por su sed, curiosidad o lo buena que está la camarera.
Y me asaltan otras dos preguntas. ¿Y si la honestidad fuese el futuro de la comunicación publicitaria? ¿Y si lo que más vende es no vender nada?
Espera. Que estoy pensando este artículo en el 2014. Que llego tarde para cambiar el mundo. Que Martin Luther King es Martin Luther Thinking Different. Que el Che Guevara es una chapa en la americana de un director creativo. Que hace años que las marcas juegan en la liga de la sinceridad. Que no puedo ser idealista. Aunque, quizá, haya algo en eso de la marca útil. Eso que empieza a sonar de satisfacer nuestras necesidades más allá de la funcionalidad del produc…
–Hola amigo, ¡dos caipiriñas y dos chupitos por cinco euros!
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Opiniones 27
  • Qué manía con llamarles Relaciones Públicas. Que repartir putos flyers no es ser un relaciones públicas, coño. Es que me pongo «irritativo».

  • Sería mucho mejor, para ti y para los demás, que no salieras de tu casa. Ese trabajo que críticas no es fácil de hacer, por eso tengo un gran respeto por aquellos que lo hacen. Además de quedarte en casa también puedes utilizar la expresión «no, gracias» y no te molestarán en absoluto. También podrías irte a vivir al campo, a un lugar sin Inyetnet, que no necesitamos leer tía opiniones…

    • No deberíamos mezclar cosas. El respeto debe ser absoluto por el que lo hace. La educación también es importante con estas personas y siempre intento ser muy amable. Es un trabajo sin duda complicado pero eso no quita que sea una molestia para quien vive en el barrio y tampoco da buena imagen a la ciudad…

  • Y pienso yo, que meter en un mismo saco a los planificadores de medios y directores de marketing con los pesados de la calle huertas es pasarse «un poquito». O acaso vosotros no vivís de la publicidad que recibís en la revista? 🙂 «La fecha de cierre es el 22 de abril, ten en cuenta que este mes nos pilla la semana santa en estos días… No lo dejes para el final….»

    • 100% de acuerdo. El tono de este artículo me ha mosqueado un poco. Está muy bien ir de progre, ser ecológico, etc… Pero la realidad es la que es. Si son ‘banners humanos’ es porque no han podido conseguir otro trabajo mejor. Un respeto a TODOS que el basurero cumple su función al igual que el médico, el maestro o la señora de la limpieza que te sonríe. ¿Cansado de trabajar y que te asalte un ‘puto relaciones públicas’? Respétalo lo primero, ese es su trabajo. Nada, Yorokobu pierde puntos con este artículo.
      @alopezvicente

  • Totalmente de acuerdo con el artículo. Pero mucho peor que estos banners humanos de Huertas, son las ONGs con patas de Callao y la calle Fuencarral. No puedes dar más de dos pasos sin que te asalte alguno. Entiendo igualmente que es un trabajo complicado y siempre intento ser amable… pero algunos me han llegado a insultar cuando les he dicho «no, gracias» o «llego tarde al curro, lo siento» (lo cual es el 90% de las veces cierto). Juro que nunca daré un duro a esas ONGs!

  • A menudo el sueldo de estas personas-banner varía en función de las ventas que hacen. Por lo tanto su agresividad va ligada a su ambición económica o a su supervivencia dentro de la empresa. Ya se sabe que responden a lo que sus superiores les han mandado, al igual que la gente que nos llama a la puerta cada semana para vendernos alarmas posiblemente de forma todavía más agresiva, creándonos una inseguridad que no teníamos para requerir su producto (esto da para otro artículo).
    Justificar defender a estas personas porque necesitan trabajar para comer al precio que sea no tiene sentido porque estamos alimentando una cultura de publicidad deshonesta y engañosa que nos perjudica a la larga a todos. Por lo tanto lo mejor que podemos hacer es ignorarles para que cambien su estrategia y se den cuenta de que de esta manera no pueden seguir.

  • Hace unas semanas conseguí un curro de volantinaggio (dar volantes pero en italiano) después de meses sin absolutamente NADA y con una licenciatura, en mis aburridas 6 h. sin pausa ni para comer y bajo todo tipo de condiciones atmosféricas, hice un poco de todo, volantinaggio pasivo, agresivo, informativo y amable… Estoy totalmente de acuerdo en que en un gran porcentaje no sirve, es malgasto de papel y creación de residuos y te lo cogen pensando que te hacen un favor (a mi me pagaban aunque no diera ni uno pero hice el trabajo para el que se me había contratado), por inercia, porque les explicas lo que es, etc. Algunos entraban, otros no. Lo mejor es que muchos de esos volantes además de publicidad molesta ¡son publicidad engañosa!
    «Justificar defender a estas personas» SI TIENE SENTIDO, si tienes que quejarte ve al «empresario» a explicar tu razonamiento, pero asume que probablemente estarás dejando a una persona sin trabajo. Párate a pensar q a ti te molestan 1 seg, 10 si tienes que sortear a varios, probablemente no sabes lo que es estar 6 horas haciendo eso y por 6€/h. Conclusiones:
    – Respeta a esa persona que está trabajando, ¿crees que es su vocación y que de tener otra opción lo haría?
    – No vaciles, 1 vale, 2 vale, 3 se te quitan las ganas de sonreír falsamente por el resto de la jornada
    – No aproveches para intentar ligarte a la chica guapa que se te ha acercado y que ha sido contratada por un hombre educado en el machismo y que incluso la sugiere hacer esas horas subida a unos tacones.

  • Yo acabé respondiendo a alguno ya con un agrio «qué me dejes!» Les da igual que vayas hablando con alguien, te interrumpen sin más, y si pasas de ellos, aún te persiguen un trecho…No vuelvo a llevar a nadie de fuera de Madrid por esa calle.

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