6 de junio 2016    /   IDEAS
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«La jerga pedagógica hueca es la que ha vaciado la enseñanza»

6 de junio 2016    /   IDEAS     por          
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Para Ricardo Moreno Castillo, la educación es el principal problema de España. «Lo es porque es la encargada de formar a los futuros ciudadanos y profesionales y ahora mismo está por los suelos». El escritor y profesor jubilado sabe quién es la responsable de la esta situación: «Es la jerga pedagógica hueca la que ha vaciado la enseñanza».

Su empeño por complicar algo «tan fácil» como la enseñanza es lo que ha propiciado que los partidarios de la ‘nueva pedagogía’ no hayan hecho más que acelerar su decrepitud. «Enseñar es algo sencillo. Es muy parecido a la amistad. Para hacer amigos hay que saber escuchar, no hablar siempre de uno mismo, ser empático… Sentido común, en definitiva. Con la enseñanza ocurre algo parecido. Pero cuando la disfrazas de una jerga complicada, de querer innovar donde no hay innovación posible, es cuando te la cargas».

En su libro La conjura de los ignorantes, Moreno Castillo recoge numerosos ejemplos de ese engolado argot que ha sido capaz de cautivar a muchos «ignorantes deseosos del cambio» porque les hace sentir importantes. «Cambiar por cambiar no siempre es bueno. Cuando afirman “No se puede enseñar como hace 100 años” yo respondo ¿y por qué no? ¿No se sigue haciendo el amor como hace millones de años? ¿No se utiliza el alfabeto o la misma forma de contar desde hace siglos?».

El también autor de El panfleto antipedagógico señala a las postrimerías de la dictadura franquista como un momento crucial en la evolución de estas nuevas corrientes pedagógicas. «Hay mucho desmemoriado que no recuerda que la jerga pedagógica comenzó a oírse por aquellos años». Aunque «el tiro de gracia», asegura, se produjo con las reformas educativas de los 90. «Fue entonces cuando psicólogos evolutivos y demás comenzaron a meter la cuchara, a decir bobadas hasta el punto de asegurar que lo importante no son los conocimientos. Pues entonces, ¡cerremos las escuelas!».

Los seguidores de estas corrientes vieron avalada su tesis con la popularización de internet. «Llegan a decir que para qué aprender contenidos si ya están en la red… Que yo sepa, disponer de internet no te convierte en un sabio» Aunque esta forma de ver la enseñanza no es tan reciente como pudiera pensarse. «Ya en el prólogo de la Enciclopedia, D’Alembert viene a advertir que la memoria y la historia siguen siendo importantes y que la enciclopedia es sólo una ayuda».

Sin conocimiento, dice, no puede haber creatividad ni espíritu crítico. «Tanto una como la otra deben estar regidas por el conocimiento y la cultura. Un fanático no es más que un ignorante con un gran espíritu crítico». Que Unamuno escribiera en su día cosas como:

Estoy harto de decir y repetir a los maestros que lo importante no es precisamente cómo enseñar, sino qué es lo que debe enseñarse y qué no

o

Lo que necesita el maestro es menos pedagogía, mucha menos pedagogía, y más filosofía, muchas más humanidades

demuestra, según Moreno Castillo, que tampoco en España son tan nuevas estas doctrinas.

La autoridad del profesor es otro de los enemigos a combatir por los partidarios de estas. «¿Cómo le vas a dar autonomía a 30 niños que lo que quieren es jugar? Si quiero enseñarles trigonometría a mis alumnos, me tendré que tener autoridad, ¿no?». Fascista, reaccionario o franquista son algunos de los apelativos que Moreno Castillo dice soler recibir al defender esta tesis.

«Yo no creo que eso sea fascismo. Es como si dijéramos que las leyes de tráfico son fascistas. Tiene que haber una autoridad en la carretera, igual que tiene que haberla en las aulas. Y eso no quiere decir que se trate a los niños a latigazos. Simplemente, si la enseñanza es obligatoria tiene que haber una autoridad que haga efectiva esa obligatoriedad. Si no la hay, es que no es obligatoria».

De hecho, modelos educativos que son referentes en todo el mundo, como el finlandés o el coreano, se basan en buena medida en la disciplina: «Primero se les pide que estudien y que aprendan para que así luego pueda florecer su creatividad, su espíritu crítico… De hecho, Picasso llegó a pintar de esa forma tan peculiar, que él mismo decía que se parecía a la manera de dibujar de los niños, después de haber aprendido a pintar, y muy bien, como un adulto».

Aunque ya está acostumbrado a que le insulten. «Me ocurre igual con los obispos. Cuando les critico, me contestan tachándome de descreído, helenista… ¿Por qué no hablamos de teología y dejan de insultarme?»

La referencia a la Iglesia no es casual en este contexto. Moreno Castillo, de hecho, encuentra ciertos paralelismos con el entorno de la pedagogía. «Al igual que los obispos deberían hacerse mirar que sea en las sociedades más instruidas donde más deserción religiosa se produce, los pedagogos deberían reflexionar por qué los profesores no leen libros sobre pedagogía».

Él sí que ha tenido que leer muchos de ellos «para poder meterme con ellos», y después de eso ha llegado a su propia conclusión: «Las cosas que he aprendido como profesor han surgido después de mucho tiempo pensando sobre el tema, de conversaciones y reuniones con colegas… Nunca he podido sacar nada de provecho de ningún libro sobre pedagogía».

Lo único que Moreno Castillo ha leído en ellos son textos engorrosos, incluso «disparatados», que abren debates fútiles ignorando otras demandas que, en su opinión, sí son necesarias en el actual sistema: «Por ejemplo, lograr un bachillerato más grande y una enseñanza obligatoria más pequeña. Cuando tienes a un alumno de 12 o 13 años que no quiere seguir estudiando, ¿por qué obligarle? ¿No sería mejor favorecer que estudiase formación profesional? No tiene por qué ser algo irreversible. Siempre podría volver a estudiar, si así lo desea más adelante. Tenerlo encerrado en un aula cuando no quiere estudiar no sólo le perjudica a él, sino al resto de la clase también».

Para Ricardo Moreno Castillo, la educación es el principal problema de España. «Lo es porque es la encargada de formar a los futuros ciudadanos y profesionales y ahora mismo está por los suelos». El escritor y profesor jubilado sabe quién es la responsable de la esta situación: «Es la jerga pedagógica hueca la que ha vaciado la enseñanza».

Su empeño por complicar algo «tan fácil» como la enseñanza es lo que ha propiciado que los partidarios de la ‘nueva pedagogía’ no hayan hecho más que acelerar su decrepitud. «Enseñar es algo sencillo. Es muy parecido a la amistad. Para hacer amigos hay que saber escuchar, no hablar siempre de uno mismo, ser empático… Sentido común, en definitiva. Con la enseñanza ocurre algo parecido. Pero cuando la disfrazas de una jerga complicada, de querer innovar donde no hay innovación posible, es cuando te la cargas».

En su libro La conjura de los ignorantes, Moreno Castillo recoge numerosos ejemplos de ese engolado argot que ha sido capaz de cautivar a muchos «ignorantes deseosos del cambio» porque les hace sentir importantes. «Cambiar por cambiar no siempre es bueno. Cuando afirman “No se puede enseñar como hace 100 años” yo respondo ¿y por qué no? ¿No se sigue haciendo el amor como hace millones de años? ¿No se utiliza el alfabeto o la misma forma de contar desde hace siglos?».

El también autor de El panfleto antipedagógico señala a las postrimerías de la dictadura franquista como un momento crucial en la evolución de estas nuevas corrientes pedagógicas. «Hay mucho desmemoriado que no recuerda que la jerga pedagógica comenzó a oírse por aquellos años». Aunque «el tiro de gracia», asegura, se produjo con las reformas educativas de los 90. «Fue entonces cuando psicólogos evolutivos y demás comenzaron a meter la cuchara, a decir bobadas hasta el punto de asegurar que lo importante no son los conocimientos. Pues entonces, ¡cerremos las escuelas!».

Los seguidores de estas corrientes vieron avalada su tesis con la popularización de internet. «Llegan a decir que para qué aprender contenidos si ya están en la red… Que yo sepa, disponer de internet no te convierte en un sabio» Aunque esta forma de ver la enseñanza no es tan reciente como pudiera pensarse. «Ya en el prólogo de la Enciclopedia, D’Alembert viene a advertir que la memoria y la historia siguen siendo importantes y que la enciclopedia es sólo una ayuda».

Sin conocimiento, dice, no puede haber creatividad ni espíritu crítico. «Tanto una como la otra deben estar regidas por el conocimiento y la cultura. Un fanático no es más que un ignorante con un gran espíritu crítico». Que Unamuno escribiera en su día cosas como:

Estoy harto de decir y repetir a los maestros que lo importante no es precisamente cómo enseñar, sino qué es lo que debe enseñarse y qué no

o

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Lo que necesita el maestro es menos pedagogía, mucha menos pedagogía, y más filosofía, muchas más humanidades

demuestra, según Moreno Castillo, que tampoco en España son tan nuevas estas doctrinas.

La autoridad del profesor es otro de los enemigos a combatir por los partidarios de estas. «¿Cómo le vas a dar autonomía a 30 niños que lo que quieren es jugar? Si quiero enseñarles trigonometría a mis alumnos, me tendré que tener autoridad, ¿no?». Fascista, reaccionario o franquista son algunos de los apelativos que Moreno Castillo dice soler recibir al defender esta tesis.

«Yo no creo que eso sea fascismo. Es como si dijéramos que las leyes de tráfico son fascistas. Tiene que haber una autoridad en la carretera, igual que tiene que haberla en las aulas. Y eso no quiere decir que se trate a los niños a latigazos. Simplemente, si la enseñanza es obligatoria tiene que haber una autoridad que haga efectiva esa obligatoriedad. Si no la hay, es que no es obligatoria».

De hecho, modelos educativos que son referentes en todo el mundo, como el finlandés o el coreano, se basan en buena medida en la disciplina: «Primero se les pide que estudien y que aprendan para que así luego pueda florecer su creatividad, su espíritu crítico… De hecho, Picasso llegó a pintar de esa forma tan peculiar, que él mismo decía que se parecía a la manera de dibujar de los niños, después de haber aprendido a pintar, y muy bien, como un adulto».

Aunque ya está acostumbrado a que le insulten. «Me ocurre igual con los obispos. Cuando les critico, me contestan tachándome de descreído, helenista… ¿Por qué no hablamos de teología y dejan de insultarme?»

La referencia a la Iglesia no es casual en este contexto. Moreno Castillo, de hecho, encuentra ciertos paralelismos con el entorno de la pedagogía. «Al igual que los obispos deberían hacerse mirar que sea en las sociedades más instruidas donde más deserción religiosa se produce, los pedagogos deberían reflexionar por qué los profesores no leen libros sobre pedagogía».

Él sí que ha tenido que leer muchos de ellos «para poder meterme con ellos», y después de eso ha llegado a su propia conclusión: «Las cosas que he aprendido como profesor han surgido después de mucho tiempo pensando sobre el tema, de conversaciones y reuniones con colegas… Nunca he podido sacar nada de provecho de ningún libro sobre pedagogía».

Lo único que Moreno Castillo ha leído en ellos son textos engorrosos, incluso «disparatados», que abren debates fútiles ignorando otras demandas que, en su opinión, sí son necesarias en el actual sistema: «Por ejemplo, lograr un bachillerato más grande y una enseñanza obligatoria más pequeña. Cuando tienes a un alumno de 12 o 13 años que no quiere seguir estudiando, ¿por qué obligarle? ¿No sería mejor favorecer que estudiase formación profesional? No tiene por qué ser algo irreversible. Siempre podría volver a estudiar, si así lo desea más adelante. Tenerlo encerrado en un aula cuando no quiere estudiar no sólo le perjudica a él, sino al resto de la clase también».

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Opiniones 4
  • Suscribo todo lo anterior. De hecho me he jubilado antes porque no podía aguantar la secta pedagógica, que recomienda menos contenidos… Así nadie les empujará fuera de su sillón porque nadie sabrá cómo. Muy triste que a los jóvenes que quieren aprender no se les enseñe…

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