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20 de febrero 2019    /   IDEAS
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¡Échame una mano, prima!: ¿por qué nos cuesta tanto pedir ayuda?

20 de febrero 2019    /   IDEAS     por          
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Quien no se haya visto en apuros alguna vez es que o ha vivido en una torre de marfil donde todos sus deseos son órdenes o es un niño de papá al que siempre le han sacado las castañas del fuego. O ambas cosas (basta echar un vistazo por ahí fuera para saber de qué estamos hablando).

Lo cierto es que todos, en alguna ocasión, nos hemos visto superados por algún problema u obstáculo y hemos necesitado pedir ayuda. Pero eso es una cosa, necesitarla, y otra muy distinta, pedirla. Y no siempre es una cuestión de orgullo, sino también de miedo al rechazo, al «no» por respuesta.

«Pedir ayuda supone aceptar que tenemos un problema, aceptar que somos limitados para encontrar solución a ese problema», comenta Marta Sanz Ramos, psicóloga en Quirón Prevención.

«Pedir ayuda nos expone a los demás. Nos hace cuestionarnos si la imagen que damos se corresponde con la que siento que soy. Nos hace sentir miedo a no ser aceptados cuando descubran que no somos lo que hemos proyectado. Miedo a que nos nieguen la ayuda. Miedo a sentir vergüenza ante ese miedo. Miedo a ser juzgados… Pero es un miedo aprendido, no es adaptativo. Es un miedo patológico».

Es decir, el problema está en nosotros, no en los demás. En esta idea redunda también un estudio de 2008 realizado en la Cornell University ILR School de Ithaca, Nueva York tal y como cuenta Tim Herrera en un artículo para The New York Times. La conclusión del mismo es que muchos individuos «subestiman hasta en un 50% la probabilidad de que otros accedan a una petición directa de ayuda». Es decir, que todo está en nuestra cabeza.

«En el fondo todo se reduce a lo que en terapia llamamos creencias irracionales o pensamientos distorsionados», explica Sanz. «El autor de esta teoría, Terapia Racional Emotiva (TRE) fue A. Ellis y empezó a utilizarla en 1955». Son pensamientos del tipo «Nadie puede ayudarme», «Si no puedo yo, otros tampoco», «Si se lo cuento, pensará que soy un inútil, un débil…». Y la mala noticia es que están presentes en la vida de cualquier ser humano.

Pero Sanz especifica sobre esto: son «aprendidos (no heredados) de nuestro entorno más próximo: el familiar. Escuchados y vividos hasta que uno llega a interiorizarlos y los hace suyos. Como una creencia. Por eso se llaman creencias irracionales. Al final, el peso cultural, social, familiar… es el que marca (casi mucho más que el genético) nuestra forma de ser, de comportarnos».

Silvia Escribano es coach de alta dirección, speaker en TEDx Gran Vía y socia de Isavia Consultores. Entre sus retos diarios, está el de tratar de ayudar a las personas a superar sus miedos e inseguridades para conseguir el éxito profesional. Y coincide con Marta Sanz en que, en realidad, esos miedos solo existen en nuestra cabeza: «Tenemos la creencia de que pedir ayuda es un signo de debilidad. Pero eso es simplemente una creencia que yo no comparto», explica Escribano. «Es algo que vengo observando en las empresas y se da, sobre todo, en determinadas posiciones. A mayor nivel jerárquico, la predisposición a pedir es menor. ¿Por qué? Porque no nos permitimos que el otro piense que no sé algo».

En opinión de la coach, en realidad se trata de todo lo contario. «Cuando tú haces una petición de ayuda y la haces con respeto, la haces clara y concreta, al final, lo que le estás diciendo al otro de alguna manera es que le muestras tu respeto porque tú sientes que hay algo que él tiene o que él sabe y que tú no tienes. Y además se generan unos vínculos humanos muy bonitos entre compañeros cuando eres capaz de pedir. Le estás otorgando al otro una autoridad en eso por lo que le preguntas».

Las redes sociales y la comunicación digital, paradójicamente, tampoco ayudan en este terreno. Es verdad que aparentemente estamos más conectados, que hablamos más con otros y que, aparentemente son un facilitador, pero para la psicóloga Marta Sanz se trata, en realidad, de una desvirtualización de la comunicación.

«Es una comunicación mucho más superficial y mucho más banal. Eso no es comunicarse. Comunicarse es estar cara a cara, mirarte a los ojos y ver la corporalidad de la persona cuando habla y cuando escucha. La comunicación son muchas cosas más».

Esto afecta también a la hora de pedir ayuda. Es verdad que todos pedimos favores y que lo hacemos a través de wasaps, pero Sanz insiste: la forma en la que tú pides ayuda o la forma en la que tú la das o crees entender que tienes que darla está descontextualizada.

¿Por qué es tan difícil pedir ayuda?

El miedo yace en el fondo de esta cuestión. Al temor a ser considerados incapaces, de que puedan pensar que no somos válidos, para Silvia Escribano se une también otro tipo de miedo: el horror a creerte en deuda con el otro. «Es un poco esa medición que hacemos de las relaciones de que yo doy y de que, en función de lo que doy, recibo. Esa sensación es algo que no tenemos muy bien gestionado en general».

Pero no solo eso. «En el fondo, el que escucha, en la mayoría de ocasiones, lo que hace es juzgar a la persona que le pide ayuda. Cuando te ves en la necesidad de tener que pedir ayuda, tu plano emocional ya está un poco tocado. Si, además, alguien te juzga, es todavía más difícil», apunta Marta Sanz Ramos.

Ese pensamiento está justificado, dice la psicóloga de Quirón Prevención, porque es lo que ocurre en la mayor parte de las ocasiones. Tendemos a juzgar siempre, a dar nuestra opinión sobre la persona que pide ayuda y no nos centramos en lo que nos está pidiendo ni en por qué. «Y esto es así porque no nos han enseñado a hacer críticas constructivas», remata Sanz.

La buena noticia es que se puede aprender a pedir ayuda. Pero se tiene que aprender tanto a pedirla como a darla.

Los caminos que nos lleven a esa enseñanza pueden estar marcados por la psicología o por el mundo del coaching. El objetivo de ambos recursos es el mismo: ayudar a conseguir nuestro mejor yo.

Tengo un problema, ¿me ayudas?

Para empezar, lo primero que hay que hacer es contextualizar esa petición de ayuda. Asumir que tenemos una necesidad, aceptar que tienes un problema y unas limitaciones.

«Aceptas que no lo sabes todo y que, además, no puedes saberlo todo», remarca Marta Sanz. Para la psicóloga, esto es un acto de madurez. Tendemos a creer, sobre todo al alcanzar cierta edad, que tenemos que saberlo todo y no es así. «Yo no tengo por qué saberlo todo. Es más, incluso transmite más seguridad», opina Sanz. «Es más real eso que hacer creer a los demás que tú lo sabes todo».

Es lo que en coaching se conoce como la fase de contexto: identificar la necesidad, qué problema tienes y asumirlo. «Tengo que hacer que esta petición sea clara, concreta, que tenga un para qué, sobre todo; una finalidad», aclara la socia de Isavia.

«Una vez que tengo esta petición internamente formulada, lo que hago es verbalizarla. Cuando la verbalizo, tengo que asumir que el otro tiene derecho a decirme que sí, a decirme que no; pero también tiene derecho a decirme “sí, pero” o “no, pero”». Es decir, pasaríamos a la segunda fase: la de negociación. Esto no siempre es fácil de asumir, y va marcado por el miedo a recibir el no por respuesta.

En realidad, comenta Sanz, es un trabajo divido al 50% entre quien pide ayuda y quien la da. Es importante saber pedir ayuda, pero también es muy difícil aprender a darla. Una respuesta ante una petición de socorro del tipo «lo que te pasa es que eres un inútil» solo ofrece un juicio de valor sin ninguna empatía. También hay que aprender a escuchar, insiste la psicóloga.

Y aunque se haya entendido y escuchado esa petición de ayuda, todavía habría que preguntar qué es lo que esa persona que realiza la petición espera de quien la recibe. Y dejar claro que lo que se ofrece es una de las posibles soluciones a ese problema, una opinión que el receptor tampoco está obligado a aceptar a pies juntillas.

La actitud con la que vas a pedir la ayuda es algo también fundamental, como explica Marta Sanz. Y eso tiene más que ver con el lenguaje no verbal que con el verbal. Cuál es el tono de voz que empleamos para pedir ese favor, el volumen de la misma, la velocidad con la que hablamos, nuestro lenguaje corporal, nuestros gestos… «Ayuda el centrar la atención en lo que quiero pedirle a la otra persona, lo que quiero proponerle o preguntarle», explica la psicóloga de Quirón Prevención.

«No debo imaginar lo que la otra persona está pensando de mí porque eso no deja de ser un pensamiento irracional. Debo centrar mi foco de atención en lo que estoy exponiendo y argumentando. Para ello, lo más útil es prepararte un pequeño guion»: cómo quieres empezar, qué quieres decir, argumentar explicando todo lo que has hecho hasta ese momento para solucionarlo, pero que ya no sabes por dónde seguir y que por eso pides ayuda…

Todo esto requiere una práctica, remarca Sanz. Las listas, comenta, ayudan a ello. Una lista de favores que pediríamos de mayor a menor dificultad. La recomendación es empezar por los más sencillos. Incluso hacer una lista de personas a las que les pediríamos un favor de menor a mayor grado de complicidad.

El consejo aquí es no empezar con quien creemos que va a poner mayor resistencia. «Empieza por alguien con quien te sientas más afín. Y valora cada objetivo que logras. Cada vez que planteas a alguien que te preste ayuda, refuérzate a ti mismo, que es algo muy importante. Deja que los demás den su opinión y acepta que las opiniones no son ni correctas ni incorrectas: son solo opiniones».

Tras la negociación y el compromiso de la otra persona a ayudarte, llega la tercera fase: la ejecución de la promesa. «Ahí pueden pasar muchas cosas», apunta Silvia Escribano. «El otro, a su vez, puede seguir pidiendo a otros porque necesite ayuda para cubrir mi petición. Lo que es importante en esta fase de ejecución es que yo haga un buen seguimiento. Tengo que estar muy atento de cómo va mi petición, de si el otro necesita algo para cumplir con esa petición…».

La última fase es la de agradecimiento y celebración, algo que, en opinión de la coach, se nos olvida siempre y es fundamental. Al agradecer la ayuda recibida, estamos reconociendo toda la labor de la otra persona. Ya lo dice el refrán: de bien nacidos es ser agradecido.

En realidad, comenta Escibano, solo se trata de sentido común. Pero qué duro se hace a veces el puñetero.

Quien no se haya visto en apuros alguna vez es que o ha vivido en una torre de marfil donde todos sus deseos son órdenes o es un niño de papá al que siempre le han sacado las castañas del fuego. O ambas cosas (basta echar un vistazo por ahí fuera para saber de qué estamos hablando).

Lo cierto es que todos, en alguna ocasión, nos hemos visto superados por algún problema u obstáculo y hemos necesitado pedir ayuda. Pero eso es una cosa, necesitarla, y otra muy distinta, pedirla. Y no siempre es una cuestión de orgullo, sino también de miedo al rechazo, al «no» por respuesta.

«Pedir ayuda supone aceptar que tenemos un problema, aceptar que somos limitados para encontrar solución a ese problema», comenta Marta Sanz Ramos, psicóloga en Quirón Prevención.

«Pedir ayuda nos expone a los demás. Nos hace cuestionarnos si la imagen que damos se corresponde con la que siento que soy. Nos hace sentir miedo a no ser aceptados cuando descubran que no somos lo que hemos proyectado. Miedo a que nos nieguen la ayuda. Miedo a sentir vergüenza ante ese miedo. Miedo a ser juzgados… Pero es un miedo aprendido, no es adaptativo. Es un miedo patológico».

Es decir, el problema está en nosotros, no en los demás. En esta idea redunda también un estudio de 2008 realizado en la Cornell University ILR School de Ithaca, Nueva York tal y como cuenta Tim Herrera en un artículo para The New York Times. La conclusión del mismo es que muchos individuos «subestiman hasta en un 50% la probabilidad de que otros accedan a una petición directa de ayuda». Es decir, que todo está en nuestra cabeza.

«En el fondo todo se reduce a lo que en terapia llamamos creencias irracionales o pensamientos distorsionados», explica Sanz. «El autor de esta teoría, Terapia Racional Emotiva (TRE) fue A. Ellis y empezó a utilizarla en 1955». Son pensamientos del tipo «Nadie puede ayudarme», «Si no puedo yo, otros tampoco», «Si se lo cuento, pensará que soy un inútil, un débil…». Y la mala noticia es que están presentes en la vida de cualquier ser humano.

Pero Sanz especifica sobre esto: son «aprendidos (no heredados) de nuestro entorno más próximo: el familiar. Escuchados y vividos hasta que uno llega a interiorizarlos y los hace suyos. Como una creencia. Por eso se llaman creencias irracionales. Al final, el peso cultural, social, familiar… es el que marca (casi mucho más que el genético) nuestra forma de ser, de comportarnos».

Silvia Escribano es coach de alta dirección, speaker en TEDx Gran Vía y socia de Isavia Consultores. Entre sus retos diarios, está el de tratar de ayudar a las personas a superar sus miedos e inseguridades para conseguir el éxito profesional. Y coincide con Marta Sanz en que, en realidad, esos miedos solo existen en nuestra cabeza: «Tenemos la creencia de que pedir ayuda es un signo de debilidad. Pero eso es simplemente una creencia que yo no comparto», explica Escribano. «Es algo que vengo observando en las empresas y se da, sobre todo, en determinadas posiciones. A mayor nivel jerárquico, la predisposición a pedir es menor. ¿Por qué? Porque no nos permitimos que el otro piense que no sé algo».

En opinión de la coach, en realidad se trata de todo lo contario. «Cuando tú haces una petición de ayuda y la haces con respeto, la haces clara y concreta, al final, lo que le estás diciendo al otro de alguna manera es que le muestras tu respeto porque tú sientes que hay algo que él tiene o que él sabe y que tú no tienes. Y además se generan unos vínculos humanos muy bonitos entre compañeros cuando eres capaz de pedir. Le estás otorgando al otro una autoridad en eso por lo que le preguntas».

Las redes sociales y la comunicación digital, paradójicamente, tampoco ayudan en este terreno. Es verdad que aparentemente estamos más conectados, que hablamos más con otros y que, aparentemente son un facilitador, pero para la psicóloga Marta Sanz se trata, en realidad, de una desvirtualización de la comunicación.

«Es una comunicación mucho más superficial y mucho más banal. Eso no es comunicarse. Comunicarse es estar cara a cara, mirarte a los ojos y ver la corporalidad de la persona cuando habla y cuando escucha. La comunicación son muchas cosas más».

Esto afecta también a la hora de pedir ayuda. Es verdad que todos pedimos favores y que lo hacemos a través de wasaps, pero Sanz insiste: la forma en la que tú pides ayuda o la forma en la que tú la das o crees entender que tienes que darla está descontextualizada.

¿Por qué es tan difícil pedir ayuda?

El miedo yace en el fondo de esta cuestión. Al temor a ser considerados incapaces, de que puedan pensar que no somos válidos, para Silvia Escribano se une también otro tipo de miedo: el horror a creerte en deuda con el otro. «Es un poco esa medición que hacemos de las relaciones de que yo doy y de que, en función de lo que doy, recibo. Esa sensación es algo que no tenemos muy bien gestionado en general».

Pero no solo eso. «En el fondo, el que escucha, en la mayoría de ocasiones, lo que hace es juzgar a la persona que le pide ayuda. Cuando te ves en la necesidad de tener que pedir ayuda, tu plano emocional ya está un poco tocado. Si, además, alguien te juzga, es todavía más difícil», apunta Marta Sanz Ramos.

Ese pensamiento está justificado, dice la psicóloga de Quirón Prevención, porque es lo que ocurre en la mayor parte de las ocasiones. Tendemos a juzgar siempre, a dar nuestra opinión sobre la persona que pide ayuda y no nos centramos en lo que nos está pidiendo ni en por qué. «Y esto es así porque no nos han enseñado a hacer críticas constructivas», remata Sanz.

La buena noticia es que se puede aprender a pedir ayuda. Pero se tiene que aprender tanto a pedirla como a darla.

Los caminos que nos lleven a esa enseñanza pueden estar marcados por la psicología o por el mundo del coaching. El objetivo de ambos recursos es el mismo: ayudar a conseguir nuestro mejor yo.

Tengo un problema, ¿me ayudas?

Para empezar, lo primero que hay que hacer es contextualizar esa petición de ayuda. Asumir que tenemos una necesidad, aceptar que tienes un problema y unas limitaciones.

«Aceptas que no lo sabes todo y que, además, no puedes saberlo todo», remarca Marta Sanz. Para la psicóloga, esto es un acto de madurez. Tendemos a creer, sobre todo al alcanzar cierta edad, que tenemos que saberlo todo y no es así. «Yo no tengo por qué saberlo todo. Es más, incluso transmite más seguridad», opina Sanz. «Es más real eso que hacer creer a los demás que tú lo sabes todo».

Es lo que en coaching se conoce como la fase de contexto: identificar la necesidad, qué problema tienes y asumirlo. «Tengo que hacer que esta petición sea clara, concreta, que tenga un para qué, sobre todo; una finalidad», aclara la socia de Isavia.

«Una vez que tengo esta petición internamente formulada, lo que hago es verbalizarla. Cuando la verbalizo, tengo que asumir que el otro tiene derecho a decirme que sí, a decirme que no; pero también tiene derecho a decirme “sí, pero” o “no, pero”». Es decir, pasaríamos a la segunda fase: la de negociación. Esto no siempre es fácil de asumir, y va marcado por el miedo a recibir el no por respuesta.

En realidad, comenta Sanz, es un trabajo divido al 50% entre quien pide ayuda y quien la da. Es importante saber pedir ayuda, pero también es muy difícil aprender a darla. Una respuesta ante una petición de socorro del tipo «lo que te pasa es que eres un inútil» solo ofrece un juicio de valor sin ninguna empatía. También hay que aprender a escuchar, insiste la psicóloga.

Y aunque se haya entendido y escuchado esa petición de ayuda, todavía habría que preguntar qué es lo que esa persona que realiza la petición espera de quien la recibe. Y dejar claro que lo que se ofrece es una de las posibles soluciones a ese problema, una opinión que el receptor tampoco está obligado a aceptar a pies juntillas.

La actitud con la que vas a pedir la ayuda es algo también fundamental, como explica Marta Sanz. Y eso tiene más que ver con el lenguaje no verbal que con el verbal. Cuál es el tono de voz que empleamos para pedir ese favor, el volumen de la misma, la velocidad con la que hablamos, nuestro lenguaje corporal, nuestros gestos… «Ayuda el centrar la atención en lo que quiero pedirle a la otra persona, lo que quiero proponerle o preguntarle», explica la psicóloga de Quirón Prevención.

«No debo imaginar lo que la otra persona está pensando de mí porque eso no deja de ser un pensamiento irracional. Debo centrar mi foco de atención en lo que estoy exponiendo y argumentando. Para ello, lo más útil es prepararte un pequeño guion»: cómo quieres empezar, qué quieres decir, argumentar explicando todo lo que has hecho hasta ese momento para solucionarlo, pero que ya no sabes por dónde seguir y que por eso pides ayuda…

Todo esto requiere una práctica, remarca Sanz. Las listas, comenta, ayudan a ello. Una lista de favores que pediríamos de mayor a menor dificultad. La recomendación es empezar por los más sencillos. Incluso hacer una lista de personas a las que les pediríamos un favor de menor a mayor grado de complicidad.

El consejo aquí es no empezar con quien creemos que va a poner mayor resistencia. «Empieza por alguien con quien te sientas más afín. Y valora cada objetivo que logras. Cada vez que planteas a alguien que te preste ayuda, refuérzate a ti mismo, que es algo muy importante. Deja que los demás den su opinión y acepta que las opiniones no son ni correctas ni incorrectas: son solo opiniones».

Tras la negociación y el compromiso de la otra persona a ayudarte, llega la tercera fase: la ejecución de la promesa. «Ahí pueden pasar muchas cosas», apunta Silvia Escribano. «El otro, a su vez, puede seguir pidiendo a otros porque necesite ayuda para cubrir mi petición. Lo que es importante en esta fase de ejecución es que yo haga un buen seguimiento. Tengo que estar muy atento de cómo va mi petición, de si el otro necesita algo para cumplir con esa petición…».

La última fase es la de agradecimiento y celebración, algo que, en opinión de la coach, se nos olvida siempre y es fundamental. Al agradecer la ayuda recibida, estamos reconociendo toda la labor de la otra persona. Ya lo dice el refrán: de bien nacidos es ser agradecido.

En realidad, comenta Escibano, solo se trata de sentido común. Pero qué duro se hace a veces el puñetero.

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Opiniones 1
  • El artículo obvia completamente una de las razones principales para no pedir ayuda: el sistema individualista que nos están creando y que ya ha metido en nuestro subconsciente que el ser humano compite y no coopera. Cuando, naturalmente, es exactamente lo contrario.

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