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15 de octubre 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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El origen de los dichos: Pedir el oro y el moro

15 de octubre 2014    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Esa es la sensación que tenemos muchos cuando escuchamos a la señora Merkel y acólitos exigirnos más reformas económicas en nuestro país. Porque si te piden el oro y el moro, te están pidiendo algo exagerado, imposible de asumir.

O, como lo explica José María Iribarren, pero en la versión prometer el oro y el moro, «ofrecer cantidades o ganancias considerables y, por lo común, más exageradas que positivas».

Empecemos por decir que son varias las expresiones que juegan con oro y con moro: pedir, prometer y querer son las más conocidas. Y como ocurre con otros dichos, podemos encontrar dos teorías sobre su origen.

La más resultona –si me permitís la expresión– es la que recurre a un hecho histórico. No hay nada como que nos cuenten historias, ¿verdad? Será que algunos todavía llevamos un niño dentro. Pero, al grano. Quiero decir, a la Historia.

Jerez, 1426. Época de la Reconquista. Varios caballeros jerezanos capturaron a unos cuantos moros importantes de la época. Para unos, 40; para otros, alrededor de 50. Entre ellos, se encontraban el alcaide de Ronda, Abdalá, y su sobrino Hamet.

Si te piden el oro y el moro, te están pidiendo algo imposible de asumir

El tío consiguió su liberación mediante el pago de un suculento rescate, pero al sobrino le tocó seguir chupando cautiverio porque no había quien se lo pagara. El caso es que el hecho del secuestro llegó a oídos del rey Juan II de Castilla, quien exigió a los caballeros jerezanos que liberaran a Hamet y al resto de prisioneros.

Pero los caballeros declinaron la oferta. Al contrario, lo que hicieron fue pedir que se les entregaran cien doblas de oro, que al cambio debía de ser un porrón de dinero, por los gastos de manutención y guarda del cautivo.

El rey se enfadó y exigió que se trasladara a su corte a Hamet y a sus compañeros. Evidentemente, la orden no gustó a los caballeros jerezanos y es de suponer que se produjera algún rifirrafe entre el monarca y sus súbditos. Y con seguridad, las palabras «oro» y «moro» debieron aparecer en las conversaciones repetidas veces. No es de extrañar que el pueblo llano se quedara con la copla y fuera diciendo a los cuatro vientos que el rey quería el oro y el moro.

Hasta aquí, la explicación histórica. La segunda teoría, defendida por Iribarren, es que lo más probable es que sea una fórmula de repetición «en la que entra la m como inicial de la segunda palabra, como ocurre en ares y mares, tus ni mus, troche y moche, orondo y morondo, sin chistar ni mistar, etc.».

Elegid vosotros con cuál os quedáis. Yo, como ferviente seguidora de los cuentos que contaba mi abuela frente al fuego, lo tengo claro.

Esa es la sensación que tenemos muchos cuando escuchamos a la señora Merkel y acólitos exigirnos más reformas económicas en nuestro país. Porque si te piden el oro y el moro, te están pidiendo algo exagerado, imposible de asumir.

O, como lo explica José María Iribarren, pero en la versión prometer el oro y el moro, «ofrecer cantidades o ganancias considerables y, por lo común, más exageradas que positivas».

Empecemos por decir que son varias las expresiones que juegan con oro y con moro: pedir, prometer y querer son las más conocidas. Y como ocurre con otros dichos, podemos encontrar dos teorías sobre su origen.

La más resultona –si me permitís la expresión– es la que recurre a un hecho histórico. No hay nada como que nos cuenten historias, ¿verdad? Será que algunos todavía llevamos un niño dentro. Pero, al grano. Quiero decir, a la Historia.

Jerez, 1426. Época de la Reconquista. Varios caballeros jerezanos capturaron a unos cuantos moros importantes de la época. Para unos, 40; para otros, alrededor de 50. Entre ellos, se encontraban el alcaide de Ronda, Abdalá, y su sobrino Hamet.

Si te piden el oro y el moro, te están pidiendo algo imposible de asumir

El tío consiguió su liberación mediante el pago de un suculento rescate, pero al sobrino le tocó seguir chupando cautiverio porque no había quien se lo pagara. El caso es que el hecho del secuestro llegó a oídos del rey Juan II de Castilla, quien exigió a los caballeros jerezanos que liberaran a Hamet y al resto de prisioneros.

Pero los caballeros declinaron la oferta. Al contrario, lo que hicieron fue pedir que se les entregaran cien doblas de oro, que al cambio debía de ser un porrón de dinero, por los gastos de manutención y guarda del cautivo.

El rey se enfadó y exigió que se trasladara a su corte a Hamet y a sus compañeros. Evidentemente, la orden no gustó a los caballeros jerezanos y es de suponer que se produjera algún rifirrafe entre el monarca y sus súbditos. Y con seguridad, las palabras «oro» y «moro» debieron aparecer en las conversaciones repetidas veces. No es de extrañar que el pueblo llano se quedara con la copla y fuera diciendo a los cuatro vientos que el rey quería el oro y el moro.

Hasta aquí, la explicación histórica. La segunda teoría, defendida por Iribarren, es que lo más probable es que sea una fórmula de repetición «en la que entra la m como inicial de la segunda palabra, como ocurre en ares y mares, tus ni mus, troche y moche, orondo y morondo, sin chistar ni mistar, etc.».

Elegid vosotros con cuál os quedáis. Yo, como ferviente seguidora de los cuentos que contaba mi abuela frente al fuego, lo tengo claro.

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