11 de diciembre 2014    /   IDEAS
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Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir

11 de diciembre 2014    /   IDEAS     por          
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De un tiempo a esta parte, parece que se ha puesto de moda pedir disculpas. No importa el agravio cometido: si se piden disculpas, de nuevo tienes carta blanca para cagarla.
Esta tendencia incluso parece haberla satirizado un jugador de fútbol, aunque no podemos estar seguros de si detrás de esa copia, palabra por palabra, de la disculpa de nuestro monarca del reino, hay retranca u otra cosa (con los futbolistas, como con los filósofos, nunca se sabe).
 
El perdón gubernamental
Lo cierto es que el perdón no tiene una larga tradición social, al menos en el ámbito gubernamental, y hasta hace relativamente poco no era rentable bajar la mirada y musitar un «lo siento».
Los réditos de la disculpa empezaron a ser sustanciosos en la medida en que comenzó a ser importante la imagen y la reputación de los estados, y sucede con mayor énfasis en el siglo XX, tal y como ha analizado el científico político Graham Dodds, autor de una lista de disculpas políticas relevantes desde el año 1000 hasta la actualidad.
Por ejemplo, entre la primera disculpa política importante a nivel histórico y la siguiente hay un vacío de seiscientos años: desde la del emperador romano Enrique IV, que permaneció descalzo sobre la nieve durante tres días para pedir perdón al papa Gregorio VII por los conflictos iglesia-estado (1077), hasta que Massachussetts se disculpó frente a las familias de las víctimas de los juicios de Salem por brujería (1711).
Durante el siglo XX, sin embargo, encontramos abundantes y explícitas disculpas: las de Alemania en el Tratado de Versalles por haber propiciado la Primera Guerra Mundial o por el Holocausto de la Segunda Guerra Mundial, las de Japón por la ocupación de Corea, las de Gran Bretaña a los irlandeses, las de la Unión Soviética por los asesinatos de polacos, el Vaticano y las Guerras de Religión y un largo etcétera.
 
¿Es útil disculparse?
Frente a tamaño incremento en el nivel de disculpas, uno podría preguntarse si tales disculpas son sinceras o su exceso las devalúa, poniendo al descubierto su verdadera naturaleza: quizá un intento de limpiar la imagen. Es algo parecido a lo que ocurrió en su día con las indulgencias de la Iglesia católica. La emisión de indulgencias quedaba limitada por la velocidad a la que estas podían escribirse a mano, pero a medida que se introdujo la imprenta de Gutenberg, las indulgencias se expidieron a un ritmo endiablado: a más indulgencias, los prosélitos no solo evitaban pasar menos tiempo en el Purgatorio, sino que debían desembolsar una suma de dinero. Hacia el 1550, el volumen de indulgencias que circulaba era tal que podemos afirmar que se originó «una inflación indulgente».
El crecimiento inusitado en las disculpas solo pone en evidencia que ahora tenemos más cuidado de nuestra reputación, en un mundo cada vez mejor comunicado. El efecto secundario beneficioso es que restablece el honor de los agraviados, al menos en parte. Sin embargo, ¿hasta qué punto resulta beneficioso el perdón? ¿No se devalúa como sucede con los perdones eclesiásticos?
La cuestión la intentaron esclarecer en War and Reconciliation los científicos políticos William Long y Peter Brecke. En un lapso de tiempo que iba desde 1888 a 1991, seleccionaron 114 países que hubieran librado una guerra interestatal, junto a 430 guerras civiles. Tras contabilizar todos los episodios de reconciliación o ceremonias de perdón, compararon el número de disputas militarizadas antes y después, en aras de hallar algún efecto disuasorio en las disculpas.
Lo que descubrieron es que el gesto emocional, la mera disculpa formularia, no tenía efecto en las disputas internaciones. En este contexto solo funcionaban las disculpas verdaderamente costosas, las que implicaban un gran sacrificio. Si se trataba de guerras civiles, es decir, cuando los implicados guardaban cierto parentesco, aunque fuera de bandera, entonces la disculpa institucional era suficiente.
Al parecer, la psicología del perdón solo tiene un efecto poderoso cuando se produce entre amigos, familiares o allegados, así que no es de extrañar que sea en los conflictos civiles donde resulta más eficaz. Tal y como explica el psicólogo cognitivo Steven Pinker en su libro Los ángeles que llevamos dentro:

En muchas rebeliones y conflictos de caudillos, los participantes pueden ser literalmente hijos, sobrinos o chicos de la zona, y es posible que las comunidades tengan que dar la bienvenida a los causantes de terribles atrocidades si quieren mantener unidos a sus miembros.

En la actual escalada en el conflicto entre israelíes y palestinos, que parece formar una espiral inacabable, pues, tanto la psicología como el análisis histórico nos indica que la mejor forma de atajar el problema es mediante disculpas gravosas, admitiendo el daño públicamente, permitiendo informes oficiales, subrayando las infracciones pasadas no para resolver las cuentas pendientes, sino para conceder una amnistía general que solo persiga a los cabecillas más relevantes. En definitiva, en palabras del novelista israelí Amos Oz, una solución chejoviana antes que shakesperiana:

Al final de una tragedia de Shakespeare, el escenario está lleno de cadáveres desparramados y quizás haya algo de justicia revoloteando en lo alto. Por su parte, una tragedia de Chejov termina con todos desilusionados, amargados, desconsolados, decepcionados, totalmente destrozados, pero aún vivos. Para la tragedia palestino-isrealí yo quiero una solución chejoviana, no shakesperiana.

 
La disculpa cotidiana
Pero ¿qué puede decirnos el acto de disculparnos en nuestra vida cotidiana, lejos de conflictos bélicos nacionales o internacionales? Tyler Okimoto, de la Universidad de Queensland Business School, ha estudiado cómo el evitar pedir disculpas (o pedirlas irónicamente) resulta tan satisfactorio que pedirlas de verdad es, a menudo, muy difícil.
No pedir disculpas, si no creemos sinceramente en ellas, puede incrementar nuestra autoestima, así como la coherencia de nuestros actos. De modo que pedirlas por el bien común o por evitarnos males mayores, resulta particularmente gravoso para muchos.
Con todo, si el que nos provoca algún menoscabo realiza algún acercamiento para reparar el daño producido, entonces nosotros, como víctimas, seremos más proclives a perdonar y olvidar, como se explica en un estudio realizado por Michael McCullough, profesor de psicología de la Escuela de Artes y Ciencias de la Universidad de Miami.
El estudio se basó en cuestionarios a 356 personas, así como una entrevista de 8 minutos acerca de sus sentimientos hacia la persona que les había hecho algún daño. La conclusión fue que el grado en que un transgresor ofreció gestos conciliatorios a sus víctimas era directamente proporcional a la medida con que esas víctimas les perdonaron con el tiempo.
Lo cual sugiere, de nuevo, que estamos adaptados evolutivamente para socializar. Sabiéndolo, nos disculparemos con sinceridad, la disculpa no se devaluará por el abuso y, finalmente, obrará su magia. Es decir, que nos aguantemos un poco los unos a los otros los cuatro días que nos ha tocado estar por aquí.

Foto de portada: RTVE

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De un tiempo a esta parte, parece que se ha puesto de moda pedir disculpas. No importa el agravio cometido: si se piden disculpas, de nuevo tienes carta blanca para cagarla.
Esta tendencia incluso parece haberla satirizado un jugador de fútbol, aunque no podemos estar seguros de si detrás de esa copia, palabra por palabra, de la disculpa de nuestro monarca del reino, hay retranca u otra cosa (con los futbolistas, como con los filósofos, nunca se sabe).
 
El perdón gubernamental
Lo cierto es que el perdón no tiene una larga tradición social, al menos en el ámbito gubernamental, y hasta hace relativamente poco no era rentable bajar la mirada y musitar un «lo siento».
Los réditos de la disculpa empezaron a ser sustanciosos en la medida en que comenzó a ser importante la imagen y la reputación de los estados, y sucede con mayor énfasis en el siglo XX, tal y como ha analizado el científico político Graham Dodds, autor de una lista de disculpas políticas relevantes desde el año 1000 hasta la actualidad.
Por ejemplo, entre la primera disculpa política importante a nivel histórico y la siguiente hay un vacío de seiscientos años: desde la del emperador romano Enrique IV, que permaneció descalzo sobre la nieve durante tres días para pedir perdón al papa Gregorio VII por los conflictos iglesia-estado (1077), hasta que Massachussetts se disculpó frente a las familias de las víctimas de los juicios de Salem por brujería (1711).
Durante el siglo XX, sin embargo, encontramos abundantes y explícitas disculpas: las de Alemania en el Tratado de Versalles por haber propiciado la Primera Guerra Mundial o por el Holocausto de la Segunda Guerra Mundial, las de Japón por la ocupación de Corea, las de Gran Bretaña a los irlandeses, las de la Unión Soviética por los asesinatos de polacos, el Vaticano y las Guerras de Religión y un largo etcétera.
 
¿Es útil disculparse?
Frente a tamaño incremento en el nivel de disculpas, uno podría preguntarse si tales disculpas son sinceras o su exceso las devalúa, poniendo al descubierto su verdadera naturaleza: quizá un intento de limpiar la imagen. Es algo parecido a lo que ocurrió en su día con las indulgencias de la Iglesia católica. La emisión de indulgencias quedaba limitada por la velocidad a la que estas podían escribirse a mano, pero a medida que se introdujo la imprenta de Gutenberg, las indulgencias se expidieron a un ritmo endiablado: a más indulgencias, los prosélitos no solo evitaban pasar menos tiempo en el Purgatorio, sino que debían desembolsar una suma de dinero. Hacia el 1550, el volumen de indulgencias que circulaba era tal que podemos afirmar que se originó «una inflación indulgente».
El crecimiento inusitado en las disculpas solo pone en evidencia que ahora tenemos más cuidado de nuestra reputación, en un mundo cada vez mejor comunicado. El efecto secundario beneficioso es que restablece el honor de los agraviados, al menos en parte. Sin embargo, ¿hasta qué punto resulta beneficioso el perdón? ¿No se devalúa como sucede con los perdones eclesiásticos?
La cuestión la intentaron esclarecer en War and Reconciliation los científicos políticos William Long y Peter Brecke. En un lapso de tiempo que iba desde 1888 a 1991, seleccionaron 114 países que hubieran librado una guerra interestatal, junto a 430 guerras civiles. Tras contabilizar todos los episodios de reconciliación o ceremonias de perdón, compararon el número de disputas militarizadas antes y después, en aras de hallar algún efecto disuasorio en las disculpas.
Lo que descubrieron es que el gesto emocional, la mera disculpa formularia, no tenía efecto en las disputas internaciones. En este contexto solo funcionaban las disculpas verdaderamente costosas, las que implicaban un gran sacrificio. Si se trataba de guerras civiles, es decir, cuando los implicados guardaban cierto parentesco, aunque fuera de bandera, entonces la disculpa institucional era suficiente.
Al parecer, la psicología del perdón solo tiene un efecto poderoso cuando se produce entre amigos, familiares o allegados, así que no es de extrañar que sea en los conflictos civiles donde resulta más eficaz. Tal y como explica el psicólogo cognitivo Steven Pinker en su libro Los ángeles que llevamos dentro:

En muchas rebeliones y conflictos de caudillos, los participantes pueden ser literalmente hijos, sobrinos o chicos de la zona, y es posible que las comunidades tengan que dar la bienvenida a los causantes de terribles atrocidades si quieren mantener unidos a sus miembros.

En la actual escalada en el conflicto entre israelíes y palestinos, que parece formar una espiral inacabable, pues, tanto la psicología como el análisis histórico nos indica que la mejor forma de atajar el problema es mediante disculpas gravosas, admitiendo el daño públicamente, permitiendo informes oficiales, subrayando las infracciones pasadas no para resolver las cuentas pendientes, sino para conceder una amnistía general que solo persiga a los cabecillas más relevantes. En definitiva, en palabras del novelista israelí Amos Oz, una solución chejoviana antes que shakesperiana:

Al final de una tragedia de Shakespeare, el escenario está lleno de cadáveres desparramados y quizás haya algo de justicia revoloteando en lo alto. Por su parte, una tragedia de Chejov termina con todos desilusionados, amargados, desconsolados, decepcionados, totalmente destrozados, pero aún vivos. Para la tragedia palestino-isrealí yo quiero una solución chejoviana, no shakesperiana.

 
La disculpa cotidiana
Pero ¿qué puede decirnos el acto de disculparnos en nuestra vida cotidiana, lejos de conflictos bélicos nacionales o internacionales? Tyler Okimoto, de la Universidad de Queensland Business School, ha estudiado cómo el evitar pedir disculpas (o pedirlas irónicamente) resulta tan satisfactorio que pedirlas de verdad es, a menudo, muy difícil.
No pedir disculpas, si no creemos sinceramente en ellas, puede incrementar nuestra autoestima, así como la coherencia de nuestros actos. De modo que pedirlas por el bien común o por evitarnos males mayores, resulta particularmente gravoso para muchos.
Con todo, si el que nos provoca algún menoscabo realiza algún acercamiento para reparar el daño producido, entonces nosotros, como víctimas, seremos más proclives a perdonar y olvidar, como se explica en un estudio realizado por Michael McCullough, profesor de psicología de la Escuela de Artes y Ciencias de la Universidad de Miami.
El estudio se basó en cuestionarios a 356 personas, así como una entrevista de 8 minutos acerca de sus sentimientos hacia la persona que les había hecho algún daño. La conclusión fue que el grado en que un transgresor ofreció gestos conciliatorios a sus víctimas era directamente proporcional a la medida con que esas víctimas les perdonaron con el tiempo.
Lo cual sugiere, de nuevo, que estamos adaptados evolutivamente para socializar. Sabiéndolo, nos disculparemos con sinceridad, la disculpa no se devaluará por el abuso y, finalmente, obrará su magia. Es decir, que nos aguantemos un poco los unos a los otros los cuatro días que nos ha tocado estar por aquí.

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Opiniones 2
  • Una persona fuerte, incluso con lágrimas en los ojos, incluso con sentimiento de culpa, se las arregla para decir con una sonrisa: «estoy bien».
    Perdonar no significa reconciliación, ni excusar a la otra persona, ni tolerar sus comportamientos; sólo debes de dejar de lado tu propio sufrimiento. Solo esto justifica pedir perdón y perdonar a los demás.

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