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10 de septiembre 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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¿En qué se distingue un ‘pedo de provincias’ de un ‘pedo de actriz’?

10 de septiembre 2014    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Tirarse pedos es un arte y, por lo tanto, algo útil en la vida
Pierre-Thomas-Nicholas Hurtaut
 

«Es vergonzoso, lector, que a pesar del tiempo que lleváis peyéndoos no sepáis todavía cómo lo hacéis y cómo deberíais hacerlo. Es cosa habitual imaginar que los pedos solo difieren del pequeño al grande y que, en el fondo, todos son de la misma especie: craso error (…)».
«Peerse es un arte y, en consecuencia, algo útil en la vida, tal como señalaron Luciano, Hermógenes, Quintiliano y tantos otros. Peerse oportunamente es sin duda mucho más importante de lo que se suele creer.

El pedo que esfuerzo vano en su salida ha engendrado
y su furia a los costados desgarrados trasladado,
la muerte causa en su mayoría.
Con mortal estreñimiento en su frontera sombría,
el pedo tirado a tiempo, salvar la vida podría.

Por último, puede peerse con norma y con gusto, tal como les haré apreciar a lo largo de esta obra».
Empieza así el escritor francés Pierre-Thomas-Nicolas Hurtaut su tratado sobre El arte de tirarse pedos. La obra apareció en 1751 bajo seudónimo y en aquella ocasión tuvo esta imagen como portada.
p1
La editorial Pepitas de calabaza lo rescató del olvido y en 2009 la publicó con ilustraciones de José María Lema. El arte de peerse no ha perdido su vigencia. Tanto es así que muy pronto aparecerá la tercera edición y, además, se publicará en catalán. Vuelve el tratado de ese «dandismo del aire y del sonido, fusión del hombre con las fuerzas de la naturaleza, con las tormentas, los truenos y los vendavales», como describe Antón Ventolín el arte de tirarse pedos en el prólogo de la obra.
Para Hurtaut, «el pedo es un acto de afirmación existencial solo al alcance de aquellos que han conquistado su libertad más allá de los prejuicios sociales», recuerda el prólogo. Y a partir de este tratado, «a los hombres y mujeres habría que medirlos también por su capacidad para usar sus pedos como arma social».
Es ahí, en sociedad, «donde el pedo puede tener sus mejores desarrollos, ya sea para iniciar una conversación, para hacer callar a un contertulio fatigoso o como salida triunfal en una disputa dialéctica».
p2
Hurtaut define el pedo como «un compuesto de ventosidades que salen despedidas tanto con ruido como sin él». Pero entonces, allá por los inicios de la ilustración, no todos pensaban igual. Había autores que, basados en los versos de Horacio, desdeñaban los oreos silenciosos.
El «poeta de los vientos», como lo denomina Ventolín, continúa su tratado hablando de la ‘formación del pedo’, la ‘diferencia entre el pedo y el eructo’, de las ‘desgracias y accidentes causados por los pedos diptongos’, de ‘remedios para provocar pedos’ o sus ‘efectos perniciosos’.
El autor hace una clasificación de los pedos más comunes en función de las memorias que le van enviando personas procedentes de varios lugares del mundo. Y de ahí establece que hay pedos de señorita, pedos mudos, pedos involuntarios, pedos laicos, pedos de alfarero, pedos de vieja, pedos de maestro de esgrima, pedos de jovencitas, pedos domésticos…
P5
De los pedos de provincias dice que «no son tan falsos como los de París, donde todo se refina. No se sueltan con tanto alarde, sino que son naturales y tienen un cierto regusto salino, parecido al de las ostras verdes. Abren agradablemente el apetito».
Los pedos de casadas «solo tienen gusto para los amantes. Los maridos normalmente no les hacen mucho caso», escribió Hartaur, autor también del Ensayo de medicina sobre el flujo menstrual, según la entrada con su nombre en Wikipedia.
Los pedos de campesinos tienen mala reputación. Sin embargo, «son hermosos y están bien confeccionados. A pesar de estar condimentados a la aldeana, mantienen el buen gusto y se asegura a los viajeros que es un verdadero bocado para ellos y que podrán tragarlos con plena seguridad, como cerezas».
El pedo de burgués «tienen un buen tufillo, ya que está bien cebado y debidamente aderezado, con el que uno se puede contentar a falta de otro».
Entre los cornudos hay dos tipos. Pueden ser «dulces, afables y suaves». Esto ocurre si el cornudo es voluntario. Pero si no es así, sus pedos se vuelven «bruscos, irracionales y furiosos». Es preciso estar en guardia, advierte Hurtaut, pues al salir «parecen un caracol que lo primero que saca de su cáscara son los cuernos».
Y podría ocurrir que un día clamara el cielo. O quizá eso pareciera pero, en realidad, no fuese así. Podría tratarse del «gran pedo-petardo o vocal pleno». Ese que «se manifiesta con gran estruendo, tanto por el calibre, que es amplio y espacioso (como el de los campesinos), como en relación con la gran multitud de ventosidades que se producen, la gran cantidad de alimentos flatulentos o la debilidad del calor natural del ventrículo y los intestinos».
p6

Tirarse pedos es un arte y, por lo tanto, algo útil en la vida
Pierre-Thomas-Nicholas Hurtaut
 

«Es vergonzoso, lector, que a pesar del tiempo que lleváis peyéndoos no sepáis todavía cómo lo hacéis y cómo deberíais hacerlo. Es cosa habitual imaginar que los pedos solo difieren del pequeño al grande y que, en el fondo, todos son de la misma especie: craso error (…)».
«Peerse es un arte y, en consecuencia, algo útil en la vida, tal como señalaron Luciano, Hermógenes, Quintiliano y tantos otros. Peerse oportunamente es sin duda mucho más importante de lo que se suele creer.

El pedo que esfuerzo vano en su salida ha engendrado
y su furia a los costados desgarrados trasladado,
la muerte causa en su mayoría.
Con mortal estreñimiento en su frontera sombría,
el pedo tirado a tiempo, salvar la vida podría.

Por último, puede peerse con norma y con gusto, tal como les haré apreciar a lo largo de esta obra».
Empieza así el escritor francés Pierre-Thomas-Nicolas Hurtaut su tratado sobre El arte de tirarse pedos. La obra apareció en 1751 bajo seudónimo y en aquella ocasión tuvo esta imagen como portada.
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La editorial Pepitas de calabaza lo rescató del olvido y en 2009 la publicó con ilustraciones de José María Lema. El arte de peerse no ha perdido su vigencia. Tanto es así que muy pronto aparecerá la tercera edición y, además, se publicará en catalán. Vuelve el tratado de ese «dandismo del aire y del sonido, fusión del hombre con las fuerzas de la naturaleza, con las tormentas, los truenos y los vendavales», como describe Antón Ventolín el arte de tirarse pedos en el prólogo de la obra.
Para Hurtaut, «el pedo es un acto de afirmación existencial solo al alcance de aquellos que han conquistado su libertad más allá de los prejuicios sociales», recuerda el prólogo. Y a partir de este tratado, «a los hombres y mujeres habría que medirlos también por su capacidad para usar sus pedos como arma social».
Es ahí, en sociedad, «donde el pedo puede tener sus mejores desarrollos, ya sea para iniciar una conversación, para hacer callar a un contertulio fatigoso o como salida triunfal en una disputa dialéctica».
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Hurtaut define el pedo como «un compuesto de ventosidades que salen despedidas tanto con ruido como sin él». Pero entonces, allá por los inicios de la ilustración, no todos pensaban igual. Había autores que, basados en los versos de Horacio, desdeñaban los oreos silenciosos.
El «poeta de los vientos», como lo denomina Ventolín, continúa su tratado hablando de la ‘formación del pedo’, la ‘diferencia entre el pedo y el eructo’, de las ‘desgracias y accidentes causados por los pedos diptongos’, de ‘remedios para provocar pedos’ o sus ‘efectos perniciosos’.
El autor hace una clasificación de los pedos más comunes en función de las memorias que le van enviando personas procedentes de varios lugares del mundo. Y de ahí establece que hay pedos de señorita, pedos mudos, pedos involuntarios, pedos laicos, pedos de alfarero, pedos de vieja, pedos de maestro de esgrima, pedos de jovencitas, pedos domésticos…
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De los pedos de provincias dice que «no son tan falsos como los de París, donde todo se refina. No se sueltan con tanto alarde, sino que son naturales y tienen un cierto regusto salino, parecido al de las ostras verdes. Abren agradablemente el apetito».
Los pedos de casadas «solo tienen gusto para los amantes. Los maridos normalmente no les hacen mucho caso», escribió Hartaur, autor también del Ensayo de medicina sobre el flujo menstrual, según la entrada con su nombre en Wikipedia.
Los pedos de campesinos tienen mala reputación. Sin embargo, «son hermosos y están bien confeccionados. A pesar de estar condimentados a la aldeana, mantienen el buen gusto y se asegura a los viajeros que es un verdadero bocado para ellos y que podrán tragarlos con plena seguridad, como cerezas».
El pedo de burgués «tienen un buen tufillo, ya que está bien cebado y debidamente aderezado, con el que uno se puede contentar a falta de otro».
Entre los cornudos hay dos tipos. Pueden ser «dulces, afables y suaves». Esto ocurre si el cornudo es voluntario. Pero si no es así, sus pedos se vuelven «bruscos, irracionales y furiosos». Es preciso estar en guardia, advierte Hurtaut, pues al salir «parecen un caracol que lo primero que saca de su cáscara son los cuernos».
Y podría ocurrir que un día clamara el cielo. O quizá eso pareciera pero, en realidad, no fuese así. Podría tratarse del «gran pedo-petardo o vocal pleno». Ese que «se manifiesta con gran estruendo, tanto por el calibre, que es amplio y espacioso (como el de los campesinos), como en relación con la gran multitud de ventosidades que se producen, la gran cantidad de alimentos flatulentos o la debilidad del calor natural del ventrículo y los intestinos».
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