12 de junio 2017    /   CREATIVIDAD
por
fotografia  Guille Ezquerra

El pintor que abrió un museo por su divorcio

12 de junio 2017    /   CREATIVIDAD     por        fotografia  Guille Ezquerra
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

A Pedro Díaz Obregón la pintura —asegura— le ha evitado «hacer muchas tonterías», aunque no un divorcio traumático. Todo empezó ahí: se dolió tanto que de tanta sangre su pintura merodeó en lienzos que cubren ahora cinco salas del Museo Pobre del Pintor. «La pintura», dice «me absorbió».

Díaz Obregón no oculta aquel desgarro que aún colea, como intacto. No hay párrafo que no vaya acompañado de la coletilla «mi exmujer», ni dardo que no vaya contra su exmujer, pero al fin, aflojando, dice que no tiene una cruzada contra —de nuevo— su exmujer, sino contra el sistema judicial:

—Me siento discriminado no como hombre, sino como bueno.

Del divorcio hace ya muchos años —«pon el año 90»—; muchos más de la pintura —años 40—, pero el Museo Pobre del Pintor, a la sombra del monasterio franciscano en Soto Iruz, Cantabria, no tiene más de 15 años.

pedro_mg_0004

Díaz Obregón tiene 79 años y unos ojos azules como el río Pas, que apenas balbucea en esta primavera seca a su paso por el pueblo, y unos ágiles dedos que han hibernado en los últimos meses. No le gusta pintar con frío, aunque para él lo más gélido es su historia. «Yo era el ser más despreciable de la humanidad», dice con una mueca. El episodio le costó la relación con sus tres hijos, que va retomando como a pequeños sorbos con uno de ellos, el varón.

—¿Sí?

—Después de 25 años y gracias a mi nuera. Las mujeres son más incisivas.

pedro_mg_9978

El divorció le llevó por delante, durante 25 años, el contacto con ellos, pero ahora se concede una tregua burlona porque «los tres chavales», dice, «estudiaron arte: ninguno costura, como mi ex».

La casa donde vive, pinta, maldice y expone la compró en 1982 cuando intuyó que tenía que tener un vientre de ballena donde recrear su mundo, hacer lo que le viniera en gana; ir, venir, salir, volver —o no—, entrar y dejar entrar.

—Aquí no viene nadie: no sé si lo he pasado putas o canutas.

pedro_mg_0031

Dice Díaz Obregón que más tarde contará que sí viene mucha gente (esta mañana tres coches llenos de una misma familia), cada día o tres caminantes que llegan desde un balneario cercano, otros a quienes les llega en un soplo que un pintor se pelea contra sí mismo en un museo que alguna vez fue una cuadra.

Así ha llegado a media tarde un matrimonio de pensión anémica y ganas de apretar el gatillo, de desear tiempos de más orden, menos inmigrantes, más seguridad. Díaz Obregón, apretando los labios, es amable: deja que ambos se extiendan y magreen la realidad a su antojo. Entonces resuelve el discurso de ambos con un simpático «hombre, yo no creo que sea así». El matrimonio, afable, de esos que se han quemado las pestañas trabajando, dice que volverá al museo otro día. Díaz Obregón, defensor de causas perdidas, les responde:

—Pero yo volveré a hablar de lo mío.

pedro_mg_0027

***

El Museo Pobre del Pintor tiene 54 cuadros. Al entrar por la puerta, uno se topa de frente con una Pandora en el que un mecanismo motorizado abre y cierra el baúl. «Tiene varios significados: el hombre está supeditado a la belleza femenina, ella es la que manda. Está uno que tilila», explica.

Las mujeres, siempre, sin el rostro definido: «La cara de la mujer no consigue uno acabarla. No puedo». Pero también la justicia, el desengaño político y los militares componen su obra: el pintor lleva inmerso un año en un gran lienzo de una aleación de refugiados de ahora y del pasado, con referencias a la guerra civil española, al Mediterráneo y a la barbarie de estos tiempos. El mar, un inmenso remolino que ingiere todo, está circundado por la arena bermellón de un presente inflamado.

pedro_mg_0065

En su experiencia, Díaz Obregón ha querido alimentarse de los movimiento de protesta como el 15-M o la PAH, en los que ha estado muy involucrado. «Pero no por candidez, sino para coger experiencias y pintar cuadros», explica. Y delante, un lienzo del atentado islamista de Madrid con el nombre de todas las víctimas naufragando. Una vez, cuenta el artista, un matrimonio se quebró en un llanto delante del cuadro. Eran los padres de un chico que había muerto aquel 11 de marzo.

Los periódicos han hablado de Pedro. Por ejemplo, han titulado que presenta «su espectacular obra»; que «presenta cuadros luminosos y románticos, acordes con el carácter del autor»; han escrito sobre el «alarde de maestría en la colección que presenta el cántabro Díaz Obregón»; la prensa también ha dicho de él que «plasma un contenido reivindicativo basado en experiencias propias y centrado en la lucha del individuo frente al poder organizado».

Frente a descripciones ajenas, él se describe como alguien que mezcla luchas, intuiciones y dolores. Dice que es un pintor expresionista clásico.

—¿Y en lenguaje popular?

Se le aprieta la risa en la garganta y responde con lo que dijo, al ver la galería por primera vez, su hijo: «Qué chorrada».

pedro_mg_0080

En las salas se ven retratos de mujeres, de ningún hombre, uno en el que a Cristo crucificado le sale de la boca un leve «Madre, soy indignado». O su cuadro favorito, titulado Baile de los números malditos. Viene de su divorcio y aparece él, sentado sobre libros, una silla noble desocupada y una sopa revuelta de letras. «El abogado me dejó abandonado», recuerda ahora, «y trataron de hacerme trampas con unos cuestionarios, con mentiras». Su separación, cuenta, le costó 70.000 euros y cinco abogados, a tres de los cuales denunció.

Las confesiones de Pedro son verbales, pero sobre todo están en los gritos dibujados de cuadros en los que suele retratarse a sí mismo. «Me es cómodo fotografiarme y reproducirme. Quiero tener personas que existen», detalla. En ese proceso vivo, todo en constante cambio, quienes se acercan a visitar el museo también moldean su creación con las opiniones. «Y encima», se consuela, «te adulan un poco».

pedro_mg_9971

Pero nadie deja dinero: aquí está prohibido que entre un solo euro. Tampoco vende cuadros, ni acepta encargos, ni otras sombras de sospecha que le hagan flaquear en sus convicciones por si Hacienda le reclama algo. No le importa el dinero.

—Cuando está uno libre de todo le da igual. Al ser mayor…

Después saca la mano, va estirando cada uno de los dedos de los puños apretados y despliega hasta ocho: el número de años que le quedan de vida.

pedro_mg_0107-portada

***

En Cantabria, a Pedro le llaman el madrileño, pero en Madrid le llamaban el pasiego. Llegó a la capital tras nacer en Santander en plena guerra y forjó sus maneras en las calles embarradas vendiendo leche junto a su padre. Tenía algo de insumiso, de golfillo barojiano que acababa con coscorrones y consejos paternalistas de la policía y la regañina de su madre cuando alguien le dijo, cinco duros mediante, que gritara  «Franco es un cabrón». El castigo que le impusieron fue gritar que era un santo.

Después pasó a la academia de arte de la calle del Tesoro mientras seguía vendiendo leche.  En 1962 abrió una tienda de marcos en la calle San Vicente Ferrer. «De soltero», subraya. También fue copista, durante dos años, del Museo del Prado, donde  reprodujo, entre otros, al Saturno de Rubens, y así logró la firma del catedrático Luis Marco Pérez. Todo fue aprendizaje, destrezas y la versatilidad de someterse al embrujo particular de cada pintor. También le expusieron en la casa de la Panadería, en la Plaza Mayor. Tras aquella exposición le sacaron en el periódico Ya, «pero no supe aprovechar el momento», y no vendió nada. Más tarde volvería a Santander, donde montó otra tienda de marcos.

pedro_mg_0104

Apenas ha comercializado obras propias, aunque sí ha participado en muchas exposiciones. En una de las últimas muestras colectivas, en Torrelavega, llevó el cuadro de los números primos y lo empezaron a criticar. «Ellos pintaban manzanitas, vaquitas, riachuelos», recuerda. Descolgó el suyo de la pared y se lo llevó. Mientras atravesaba la puerta cargando con el lienzo, la comisaria y la guarda jurado de la sala le dijeron que esa pintura era su preferida. Él no hizo ni caso y el hueco del cuadró dejó la pared vacía, como él después del divorcio:

—Pero con el tiempo, la edad y la soledad —resume— se aprende mucho. Mi vida es muy azarosa. Muy cabrona.

A Pedro Díaz Obregón la pintura —asegura— le ha evitado «hacer muchas tonterías», aunque no un divorcio traumático. Todo empezó ahí: se dolió tanto que de tanta sangre su pintura merodeó en lienzos que cubren ahora cinco salas del Museo Pobre del Pintor. «La pintura», dice «me absorbió».

Díaz Obregón no oculta aquel desgarro que aún colea, como intacto. No hay párrafo que no vaya acompañado de la coletilla «mi exmujer», ni dardo que no vaya contra su exmujer, pero al fin, aflojando, dice que no tiene una cruzada contra —de nuevo— su exmujer, sino contra el sistema judicial:

—Me siento discriminado no como hombre, sino como bueno.

Del divorcio hace ya muchos años —«pon el año 90»—; muchos más de la pintura —años 40—, pero el Museo Pobre del Pintor, a la sombra del monasterio franciscano en Soto Iruz, Cantabria, no tiene más de 15 años.

pedro_mg_0004

Díaz Obregón tiene 79 años y unos ojos azules como el río Pas, que apenas balbucea en esta primavera seca a su paso por el pueblo, y unos ágiles dedos que han hibernado en los últimos meses. No le gusta pintar con frío, aunque para él lo más gélido es su historia. «Yo era el ser más despreciable de la humanidad», dice con una mueca. El episodio le costó la relación con sus tres hijos, que va retomando como a pequeños sorbos con uno de ellos, el varón.

—¿Sí?

—Después de 25 años y gracias a mi nuera. Las mujeres son más incisivas.

pedro_mg_9978

El divorció le llevó por delante, durante 25 años, el contacto con ellos, pero ahora se concede una tregua burlona porque «los tres chavales», dice, «estudiaron arte: ninguno costura, como mi ex».

La casa donde vive, pinta, maldice y expone la compró en 1982 cuando intuyó que tenía que tener un vientre de ballena donde recrear su mundo, hacer lo que le viniera en gana; ir, venir, salir, volver —o no—, entrar y dejar entrar.

—Aquí no viene nadie: no sé si lo he pasado putas o canutas.

pedro_mg_0031

Dice Díaz Obregón que más tarde contará que sí viene mucha gente (esta mañana tres coches llenos de una misma familia), cada día o tres caminantes que llegan desde un balneario cercano, otros a quienes les llega en un soplo que un pintor se pelea contra sí mismo en un museo que alguna vez fue una cuadra.

Así ha llegado a media tarde un matrimonio de pensión anémica y ganas de apretar el gatillo, de desear tiempos de más orden, menos inmigrantes, más seguridad. Díaz Obregón, apretando los labios, es amable: deja que ambos se extiendan y magreen la realidad a su antojo. Entonces resuelve el discurso de ambos con un simpático «hombre, yo no creo que sea así». El matrimonio, afable, de esos que se han quemado las pestañas trabajando, dice que volverá al museo otro día. Díaz Obregón, defensor de causas perdidas, les responde:

—Pero yo volveré a hablar de lo mío.

pedro_mg_0027

***

El Museo Pobre del Pintor tiene 54 cuadros. Al entrar por la puerta, uno se topa de frente con una Pandora en el que un mecanismo motorizado abre y cierra el baúl. «Tiene varios significados: el hombre está supeditado a la belleza femenina, ella es la que manda. Está uno que tilila», explica.

Las mujeres, siempre, sin el rostro definido: «La cara de la mujer no consigue uno acabarla. No puedo». Pero también la justicia, el desengaño político y los militares componen su obra: el pintor lleva inmerso un año en un gran lienzo de una aleación de refugiados de ahora y del pasado, con referencias a la guerra civil española, al Mediterráneo y a la barbarie de estos tiempos. El mar, un inmenso remolino que ingiere todo, está circundado por la arena bermellón de un presente inflamado.

pedro_mg_0065

En su experiencia, Díaz Obregón ha querido alimentarse de los movimiento de protesta como el 15-M o la PAH, en los que ha estado muy involucrado. «Pero no por candidez, sino para coger experiencias y pintar cuadros», explica. Y delante, un lienzo del atentado islamista de Madrid con el nombre de todas las víctimas naufragando. Una vez, cuenta el artista, un matrimonio se quebró en un llanto delante del cuadro. Eran los padres de un chico que había muerto aquel 11 de marzo.

Los periódicos han hablado de Pedro. Por ejemplo, han titulado que presenta «su espectacular obra»; que «presenta cuadros luminosos y románticos, acordes con el carácter del autor»; han escrito sobre el «alarde de maestría en la colección que presenta el cántabro Díaz Obregón»; la prensa también ha dicho de él que «plasma un contenido reivindicativo basado en experiencias propias y centrado en la lucha del individuo frente al poder organizado».

Frente a descripciones ajenas, él se describe como alguien que mezcla luchas, intuiciones y dolores. Dice que es un pintor expresionista clásico.

—¿Y en lenguaje popular?

Se le aprieta la risa en la garganta y responde con lo que dijo, al ver la galería por primera vez, su hijo: «Qué chorrada».

pedro_mg_0080

En las salas se ven retratos de mujeres, de ningún hombre, uno en el que a Cristo crucificado le sale de la boca un leve «Madre, soy indignado». O su cuadro favorito, titulado Baile de los números malditos. Viene de su divorcio y aparece él, sentado sobre libros, una silla noble desocupada y una sopa revuelta de letras. «El abogado me dejó abandonado», recuerda ahora, «y trataron de hacerme trampas con unos cuestionarios, con mentiras». Su separación, cuenta, le costó 70.000 euros y cinco abogados, a tres de los cuales denunció.

Las confesiones de Pedro son verbales, pero sobre todo están en los gritos dibujados de cuadros en los que suele retratarse a sí mismo. «Me es cómodo fotografiarme y reproducirme. Quiero tener personas que existen», detalla. En ese proceso vivo, todo en constante cambio, quienes se acercan a visitar el museo también moldean su creación con las opiniones. «Y encima», se consuela, «te adulan un poco».

pedro_mg_9971

Pero nadie deja dinero: aquí está prohibido que entre un solo euro. Tampoco vende cuadros, ni acepta encargos, ni otras sombras de sospecha que le hagan flaquear en sus convicciones por si Hacienda le reclama algo. No le importa el dinero.

—Cuando está uno libre de todo le da igual. Al ser mayor…

Después saca la mano, va estirando cada uno de los dedos de los puños apretados y despliega hasta ocho: el número de años que le quedan de vida.

pedro_mg_0107-portada

***

En Cantabria, a Pedro le llaman el madrileño, pero en Madrid le llamaban el pasiego. Llegó a la capital tras nacer en Santander en plena guerra y forjó sus maneras en las calles embarradas vendiendo leche junto a su padre. Tenía algo de insumiso, de golfillo barojiano que acababa con coscorrones y consejos paternalistas de la policía y la regañina de su madre cuando alguien le dijo, cinco duros mediante, que gritara  «Franco es un cabrón». El castigo que le impusieron fue gritar que era un santo.

Después pasó a la academia de arte de la calle del Tesoro mientras seguía vendiendo leche.  En 1962 abrió una tienda de marcos en la calle San Vicente Ferrer. «De soltero», subraya. También fue copista, durante dos años, del Museo del Prado, donde  reprodujo, entre otros, al Saturno de Rubens, y así logró la firma del catedrático Luis Marco Pérez. Todo fue aprendizaje, destrezas y la versatilidad de someterse al embrujo particular de cada pintor. También le expusieron en la casa de la Panadería, en la Plaza Mayor. Tras aquella exposición le sacaron en el periódico Ya, «pero no supe aprovechar el momento», y no vendió nada. Más tarde volvería a Santander, donde montó otra tienda de marcos.

pedro_mg_0104

Apenas ha comercializado obras propias, aunque sí ha participado en muchas exposiciones. En una de las últimas muestras colectivas, en Torrelavega, llevó el cuadro de los números primos y lo empezaron a criticar. «Ellos pintaban manzanitas, vaquitas, riachuelos», recuerda. Descolgó el suyo de la pared y se lo llevó. Mientras atravesaba la puerta cargando con el lienzo, la comisaria y la guarda jurado de la sala le dijeron que esa pintura era su preferida. Él no hizo ni caso y el hueco del cuadró dejó la pared vacía, como él después del divorcio:

—Pero con el tiempo, la edad y la soledad —resume— se aprende mucho. Mi vida es muy azarosa. Muy cabrona.

Compártelo twitter facebook whatsapp
La revista de julio de Yorokobu
«Los directores de películas son los arquitectos del cine»
El verano es un festival
Peor que 2014 no va a ser…
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp
Opiniones 6
  • Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    El rollo legal de las cookies

    La Ley 34/2002 nos obliga a avisarte de que usamos cookies propias y de terceros (ni de cuartos ni de quintos) con objetivos estadísticos y de sesión y para mostrarte la 'publi' que nos da de comer. Tenemos una política de cookies majísima y bla bla bla. Si continúas navegando, asumimos que aceptas y que todo guay. Si no te parece bien, huye y vuelve por donde has venido, que nadie te obliga a entrar aquí. Pincha este enlace para conocer los detalles. Tranquilo, este mensaje solo sale una vez. Esperamos.

    ACEPTAR
    Aviso de cookies