21 de julio 2017    /   CINE/TV
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¿Se adapta bien a los hechos la película ‘Jackie’?

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En España sabemos que Jackie Kennedy es una especie de símbolo o mito, pero no entendemos muy bien por qué. Se recuerdan sus vestidos, su glamour; poco más. La película Jackie, del director chileno Pablo Larraín, ahonda en la mujer del presidente John Fitzgerald y descubre una personalidad complejísima. Gracias a Natalie Portman, consiguió representar un personaje lleno de aristas: excéntrica, superficial, modosa, rabiosa, ebria, impoluta… La cinta dibuja a Jackie centrando el foco en los momentos posteriores al asesinato de su marido. ¿Hasta qué punto se ha acercado esta película a la realidad de lo que ocurrió y de la personalidad de los Kennedy? Escudriñamos en ella.

Una entrevista periodísticamente insostenible

La narración toma como punto de partida y pivote para encadenar flashbacks una entrevista que la viuda Jackie Kennedy concedió al reportero de Life Theodore H. White una semana después de la tragedia de Dallas. Larraín muestra a una ex primera dama herida por los artículos que han ido publicando: quiere dar una versión, la suya, que no es más que una reconstrucción idílica de la realidad. Vemos a Jackie marcando las pautas, relatando pasajes, decidiendo qué se publicará y qué no. Incluso llega a tomar el cuaderno de notas del plumilla y a revisarlo. Jackie cierra la época histórica de su marido como lo había hecho durante toda su vida: controlando el relato, falsificando la complejidad y el drama que se cobijaba tras las puertas.

Efectivamente, Jackie gozó de gran control sobre el texto final. Ella fumaba sin parar, pero prohibió que se señalara este detalle. La película, al margen de que, como es lógico, reconstruye cinematográficamente muchos detalles de la conversación que no pueden conocerse con precisión, se adapta a lo que ocurrió. Cuando White trasladaba por teléfono el contenido del texto, Portman se acerca y vigila. Sucedió así. Lo cuenta un artículo de Yolanda Monge en El País. El editor David Maness sugirió cambios, Kennedy quería dar prioridad a la vinculación del reinado de su marido con el musical de Camelot, pero a Maness le pareció que las referencias a esta obra eran demasiado largas. La presencia en la habitación y el gesto de disgusto de ella, levantó las sospechas en el editor: «Está ella allí, ¿verdad?», le preguntó.

Camelot, la creación literaria de Jackie Kennedy

La viuda quiso usar a White para bosquejar una leyenda de palacio. Con mucha habilidad y mucha dejación de funciones por parte del periodista, unió la presidencia de su marido a un símbolo que pudiera grabarse en la mente de los americanos. Escogió Camelot, un musical de Broadway. Contó que el matrimonio escuchaba el disco antes de acostarse y citaba fragmentos que ayudaban a ribetear su relato: «No dejes que se olvide, que una vez hubo un lugar, por un breve momento brillante que se conocía como Camelot». Que escucharan el disco antes de acostarse resulta difícil de cuadrar con la verdad: casi nunca dormían juntos y se trataban poco. «Habrá grandes presidentes, pero nunca habrá otro Camelot», sentenció ella. La comparación con el relato venía a corroborar la imagen que se intentaba proyectar desde la Casa Blanca y que guardaba más relación con los cambios estéticos, protocolarios y de carácter que imprimió Jackie en la mansión que con el legado político del presidente. De hecho, llegaron a calificarlos como la Familia Real americana.

Jackie Kennedy
En esta foto del 20 de enero de 1961, el presidente John F. Kennedy y la primera dama, Jacqueline Kennedy, en una de cinco lagas de inauguración en Washington. Un nuevo documental, «JFK: Fact and Fable», examina el papel de la difunta Jacqueline Kennedy Onassis en la creación de JFK como figura pública. (AP Foto, Archivo)

Un vestido manchado de sangre

En la película se muestra a una Jackie destrozada por los hechos pero que en ningún momento pierde la capacidad de construir relato. Uno de los hechos más impactantes es cómo, tras los disparos a su marido, su vestido quedó manchado de sangre y ella, en lugar de cambiarse, lo mantuvo para que todos vieran lo que había ocurrido. Así lo muestran las fotografías: un vestido rosa pastel de corte Chanel lleno de salpicones de sangre. Su instinto melodramático, lejos de verse subyugado por los hechos, supo aprovechar el suceso para armar la leyenda. De igual manera, preocupada por el relato histórico, se esforzó en emular el cortejo fúnebre de Lincoln.

El sacerdote confidente que nunca existió

El director de la película necesitaba un espacio para la confesión y la sinceridad de Jackie; oara escenificar de alguna forma los pensamientos que sí fueron expresados en su correspondencia y en algunas conversaciones privadas. Había que contrastar las ficciones que expresó en la entrevista con la realidad y con la cara honesta del personaje. Para eso sirve el personaje inventado de McSorley como cuentan en un artículo de Mic. «Estaba tratando de describir una versión más cruda y sin filtrar de ella», explicó el guionista Noah Oppenheim. Si bien se trata de una estrategia dramática, también es cierto que a través de ella, se aporta más veracidad a la historia.

Jackie, la mujer superficial que cambió la Casa Blanca

En la cinta, Jackie aparece como una persona obsesionada con la estética. Cambió radicalmente la decoración de la casa presidencial, gastó miles de dólares en muebles y obras de arte hasta casi ahogar la economía familiar. También se recuerda el concierto que dio Pau Casals en una de las estancias. El origen real de estas decisiones nació después de un viaje a Francia. Jackie quiso que cuando el pueblo mirara a J. F. Kennedy, pensara que estaba viendo al Jefe del Estado de Francia. Como cuenta un artículo de Milenio, ella promovió la representación de obras de Shakespeare y la proyección de películas de Celine. También preparaba exposiciones de arte, conciertos, espectáculos de ballet, fiestas de lujo… Para ella, como cuenta el documental Lo que Jackie sabía, al llegar al palacio ella sintetizó así su impresión de aquel lugar heredado de viejas presidencias: dijo que era el «lugar más horrible del mundo».

Jackie Kennedy
Fotograma de la película

John F. Kennedy, el enfermo

En el relato que ofrece la protagonista al periodista menciona a su marido como un niño enfermo, con escarlatina. El gusto por Camelot no hace más que confirmar esa niñez atrapada en la figura de un presidente al que, contrariamente, su juventud y su actitud le aportaba un aire sólido y saludable. En la película se ahonda poco más en este aspecto, pero el presidente más joven hasta la fecha era muy frágil. De niño: escarlatina, sarampión, malaria. Estuvo a punto de morir a los dos años. Más tarde, padecería osteoporosis, úlceras, dolores crónicos en la espalda. Tomaba anfetaminas para soportarlo y pastillas para dormir, además de otros compuestos. De hecho, como contó Javier del Pino en El País a partir de la publicación de unos documentos en 2002, su promiscuidad sexual no se veía con tan malos ojos por parte de su equipo porque contribuía a crear una imagen vigorosa de un líder enfermo.

A pesar de que Jackie no se plantea como un documental, sino como una obra dramática, su adaptación a los hechos, salvando ciertas licencias, resulta muy precisa. Si un aspecto constribuye a representar de manera magistral la historia, es la interpretación de Natalie Portman. El vídeo del tour por la Casa Blanca que organizó Jackie para ‘acercarse al pueblo’ (enseñándoles lujos) se va extractando a lo largo de toda la cinta. Portman consiguió imitar a la perfección la languidez, la modulación y el acento con que hablaba la señora Kennedy. La película llena huecos que no podrían conocerse nunca, pero demuestra que la invención, bien trabada, acaba contando una historia más precisa que la que se basa en el uso estricto de los datos.

En España sabemos que Jackie Kennedy es una especie de símbolo o mito, pero no entendemos muy bien por qué. Se recuerdan sus vestidos, su glamour; poco más. La película Jackie, del director chileno Pablo Larraín, ahonda en la mujer del presidente John Fitzgerald y descubre una personalidad complejísima. Gracias a Natalie Portman, consiguió representar un personaje lleno de aristas: excéntrica, superficial, modosa, rabiosa, ebria, impoluta… La cinta dibuja a Jackie centrando el foco en los momentos posteriores al asesinato de su marido. ¿Hasta qué punto se ha acercado esta película a la realidad de lo que ocurrió y de la personalidad de los Kennedy? Escudriñamos en ella.

Una entrevista periodísticamente insostenible

La narración toma como punto de partida y pivote para encadenar flashbacks una entrevista que la viuda Jackie Kennedy concedió al reportero de Life Theodore H. White una semana después de la tragedia de Dallas. Larraín muestra a una ex primera dama herida por los artículos que han ido publicando: quiere dar una versión, la suya, que no es más que una reconstrucción idílica de la realidad. Vemos a Jackie marcando las pautas, relatando pasajes, decidiendo qué se publicará y qué no. Incluso llega a tomar el cuaderno de notas del plumilla y a revisarlo. Jackie cierra la época histórica de su marido como lo había hecho durante toda su vida: controlando el relato, falsificando la complejidad y el drama que se cobijaba tras las puertas.

Efectivamente, Jackie gozó de gran control sobre el texto final. Ella fumaba sin parar, pero prohibió que se señalara este detalle. La película, al margen de que, como es lógico, reconstruye cinematográficamente muchos detalles de la conversación que no pueden conocerse con precisión, se adapta a lo que ocurrió. Cuando White trasladaba por teléfono el contenido del texto, Portman se acerca y vigila. Sucedió así. Lo cuenta un artículo de Yolanda Monge en El País. El editor David Maness sugirió cambios, Kennedy quería dar prioridad a la vinculación del reinado de su marido con el musical de Camelot, pero a Maness le pareció que las referencias a esta obra eran demasiado largas. La presencia en la habitación y el gesto de disgusto de ella, levantó las sospechas en el editor: «Está ella allí, ¿verdad?», le preguntó.

Camelot, la creación literaria de Jackie Kennedy

La viuda quiso usar a White para bosquejar una leyenda de palacio. Con mucha habilidad y mucha dejación de funciones por parte del periodista, unió la presidencia de su marido a un símbolo que pudiera grabarse en la mente de los americanos. Escogió Camelot, un musical de Broadway. Contó que el matrimonio escuchaba el disco antes de acostarse y citaba fragmentos que ayudaban a ribetear su relato: «No dejes que se olvide, que una vez hubo un lugar, por un breve momento brillante que se conocía como Camelot». Que escucharan el disco antes de acostarse resulta difícil de cuadrar con la verdad: casi nunca dormían juntos y se trataban poco. «Habrá grandes presidentes, pero nunca habrá otro Camelot», sentenció ella. La comparación con el relato venía a corroborar la imagen que se intentaba proyectar desde la Casa Blanca y que guardaba más relación con los cambios estéticos, protocolarios y de carácter que imprimió Jackie en la mansión que con el legado político del presidente. De hecho, llegaron a calificarlos como la Familia Real americana.

Jackie Kennedy
En esta foto del 20 de enero de 1961, el presidente John F. Kennedy y la primera dama, Jacqueline Kennedy, en una de cinco lagas de inauguración en Washington. Un nuevo documental, «JFK: Fact and Fable», examina el papel de la difunta Jacqueline Kennedy Onassis en la creación de JFK como figura pública. (AP Foto, Archivo)

Un vestido manchado de sangre

En la película se muestra a una Jackie destrozada por los hechos pero que en ningún momento pierde la capacidad de construir relato. Uno de los hechos más impactantes es cómo, tras los disparos a su marido, su vestido quedó manchado de sangre y ella, en lugar de cambiarse, lo mantuvo para que todos vieran lo que había ocurrido. Así lo muestran las fotografías: un vestido rosa pastel de corte Chanel lleno de salpicones de sangre. Su instinto melodramático, lejos de verse subyugado por los hechos, supo aprovechar el suceso para armar la leyenda. De igual manera, preocupada por el relato histórico, se esforzó en emular el cortejo fúnebre de Lincoln.

El sacerdote confidente que nunca existió

El director de la película necesitaba un espacio para la confesión y la sinceridad de Jackie; oara escenificar de alguna forma los pensamientos que sí fueron expresados en su correspondencia y en algunas conversaciones privadas. Había que contrastar las ficciones que expresó en la entrevista con la realidad y con la cara honesta del personaje. Para eso sirve el personaje inventado de McSorley como cuentan en un artículo de Mic. «Estaba tratando de describir una versión más cruda y sin filtrar de ella», explicó el guionista Noah Oppenheim. Si bien se trata de una estrategia dramática, también es cierto que a través de ella, se aporta más veracidad a la historia.

Jackie, la mujer superficial que cambió la Casa Blanca

En la cinta, Jackie aparece como una persona obsesionada con la estética. Cambió radicalmente la decoración de la casa presidencial, gastó miles de dólares en muebles y obras de arte hasta casi ahogar la economía familiar. También se recuerda el concierto que dio Pau Casals en una de las estancias. El origen real de estas decisiones nació después de un viaje a Francia. Jackie quiso que cuando el pueblo mirara a J. F. Kennedy, pensara que estaba viendo al Jefe del Estado de Francia. Como cuenta un artículo de Milenio, ella promovió la representación de obras de Shakespeare y la proyección de películas de Celine. También preparaba exposiciones de arte, conciertos, espectáculos de ballet, fiestas de lujo… Para ella, como cuenta el documental Lo que Jackie sabía, al llegar al palacio ella sintetizó así su impresión de aquel lugar heredado de viejas presidencias: dijo que era el «lugar más horrible del mundo».

Jackie Kennedy
Fotograma de la película

John F. Kennedy, el enfermo

En el relato que ofrece la protagonista al periodista menciona a su marido como un niño enfermo, con escarlatina. El gusto por Camelot no hace más que confirmar esa niñez atrapada en la figura de un presidente al que, contrariamente, su juventud y su actitud le aportaba un aire sólido y saludable. En la película se ahonda poco más en este aspecto, pero el presidente más joven hasta la fecha era muy frágil. De niño: escarlatina, sarampión, malaria. Estuvo a punto de morir a los dos años. Más tarde, padecería osteoporosis, úlceras, dolores crónicos en la espalda. Tomaba anfetaminas para soportarlo y pastillas para dormir, además de otros compuestos. De hecho, como contó Javier del Pino en El País a partir de la publicación de unos documentos en 2002, su promiscuidad sexual no se veía con tan malos ojos por parte de su equipo porque contribuía a crear una imagen vigorosa de un líder enfermo.

A pesar de que Jackie no se plantea como un documental, sino como una obra dramática, su adaptación a los hechos, salvando ciertas licencias, resulta muy precisa. Si un aspecto constribuye a representar de manera magistral la historia, es la interpretación de Natalie Portman. El vídeo del tour por la Casa Blanca que organizó Jackie para ‘acercarse al pueblo’ (enseñándoles lujos) se va extractando a lo largo de toda la cinta. Portman consiguió imitar a la perfección la languidez, la modulación y el acento con que hablaba la señora Kennedy. La película llena huecos que no podrían conocerse nunca, pero demuestra que la invención, bien trabada, acaba contando una historia más precisa que la que se basa en el uso estricto de los datos.

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