25 de mayo 2015    /   ENTRETENIMIENTO
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Entre pelos anda el juego

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Una acera solitaria, dos hombres que van a cruzarse, cada uno camina en dirección al otro. La denominada visión periférica les permite identificarse mutuamente a distancia como miembros de dos facciones antagónicas: uno es calvo y el otro melenudo. El drama está servido…
Como señala Arturo Pérez-Reverte en su última novela, Hombres buenos, en el siglo XVIII casi todos llevaban coleta. Hoy las cosas han cambiado y las coletas se han convertido en argumentos electorales, o en eso que se cortan los toreros cuando abandonan los ruedos y dan la alternativa. Esto no es del todo nuevo, pues las barbas de nuestro Valle-Inclán, que se decía carlista por estética, rivalizan con las de Tagore o las casi indistinguibles de Marx y Engels. Para los chinos la coleta era un símbolo de sumisión durante la dinastía Quing, que hacía que los Han rindieran pleitesía a los Manchú.
Por su parte, desde que los hermanos Grimm escribieran ese cuento de hadas, Rapunzel, su larga trenza ha hecho suspirar a millones de niñas y a algunos galanes esquinados.
Y respecto a otros vellos célebres, ninguno como el escabroso cuadro de Courbet El origen del mundo, que mostró en 1866 con todo detalle el bosque púbico de una mujer con las piernas abiertas.
Los cuatro melenudos de Europe, que no pudieron sustraerse a ser tan suecos como Abba, pusieron de moda algo así como el llamado ‘chicle metal’, al que se sumaron los no menos melenudos, pero americanos, Van Halen. El heavy y el pelo siempre fueron de la mano.
Por nuestros lares la compañía de teatro Sexpeare levantó la obra Qué pelo más guay con gran éxito, pero nada menos que Milos Forman (Alguien voló sobre el nido del cuco, Amadeus) dirigió en 1979, en plena efervescencia, su musical Hair, que todavía hoy tiene recorrido capilar en los teatros de Broadway.
Hubo un tiempo en que Bruce Willis tenía pelo (repasen La jungla de cristal). Pero la cabeza lironda más varonil de la pantalla siempre fue la del malogrado Yul Brynner, y ahora tenemos a Vin Diesel, aunque su cráneo se nos antoja más pepinoide.
Sinead O’Connor fue de las primeras chicas guapas en raparse al cero. Britney Spears la seguiría, y luego, Natalie Portman, por exigencias de guion. Algunos hombres feos hacen lo contrario, como demuestran los injertos capilares de José Bono o de Silvio Berlusconi.
La expresión ‘pelillos a la mar’ procede de una alambicada historia de peluqueros rivales ambientada en la Málaga del siglo XVIII, con un duelo y un viaje a América.
Pero volvamos a los dos hombres del comienzo del artículo. Caminan silenciosos, aunque cada uno escucha en su cabeza los acordes de La muerte tenía un precio o de cualquier otro spaghetti western. Cuando están lo suficientemente cerca se detienen el uno frente a otro y el melenudo, que resulta ser bastante más joven, habla con una voz atiplada:
—Papá, estoy preocupado… ¿A qué edad empezaste a quedarte calvo?
—Pregúntaselo a tu madre.

Una acera solitaria, dos hombres que van a cruzarse, cada uno camina en dirección al otro. La denominada visión periférica les permite identificarse mutuamente a distancia como miembros de dos facciones antagónicas: uno es calvo y el otro melenudo. El drama está servido…
Como señala Arturo Pérez-Reverte en su última novela, Hombres buenos, en el siglo XVIII casi todos llevaban coleta. Hoy las cosas han cambiado y las coletas se han convertido en argumentos electorales, o en eso que se cortan los toreros cuando abandonan los ruedos y dan la alternativa. Esto no es del todo nuevo, pues las barbas de nuestro Valle-Inclán, que se decía carlista por estética, rivalizan con las de Tagore o las casi indistinguibles de Marx y Engels. Para los chinos la coleta era un símbolo de sumisión durante la dinastía Quing, que hacía que los Han rindieran pleitesía a los Manchú.
Por su parte, desde que los hermanos Grimm escribieran ese cuento de hadas, Rapunzel, su larga trenza ha hecho suspirar a millones de niñas y a algunos galanes esquinados.
Y respecto a otros vellos célebres, ninguno como el escabroso cuadro de Courbet El origen del mundo, que mostró en 1866 con todo detalle el bosque púbico de una mujer con las piernas abiertas.
Los cuatro melenudos de Europe, que no pudieron sustraerse a ser tan suecos como Abba, pusieron de moda algo así como el llamado ‘chicle metal’, al que se sumaron los no menos melenudos, pero americanos, Van Halen. El heavy y el pelo siempre fueron de la mano.
Por nuestros lares la compañía de teatro Sexpeare levantó la obra Qué pelo más guay con gran éxito, pero nada menos que Milos Forman (Alguien voló sobre el nido del cuco, Amadeus) dirigió en 1979, en plena efervescencia, su musical Hair, que todavía hoy tiene recorrido capilar en los teatros de Broadway.
Hubo un tiempo en que Bruce Willis tenía pelo (repasen La jungla de cristal). Pero la cabeza lironda más varonil de la pantalla siempre fue la del malogrado Yul Brynner, y ahora tenemos a Vin Diesel, aunque su cráneo se nos antoja más pepinoide.
Sinead O’Connor fue de las primeras chicas guapas en raparse al cero. Britney Spears la seguiría, y luego, Natalie Portman, por exigencias de guion. Algunos hombres feos hacen lo contrario, como demuestran los injertos capilares de José Bono o de Silvio Berlusconi.
La expresión ‘pelillos a la mar’ procede de una alambicada historia de peluqueros rivales ambientada en la Málaga del siglo XVIII, con un duelo y un viaje a América.
Pero volvamos a los dos hombres del comienzo del artículo. Caminan silenciosos, aunque cada uno escucha en su cabeza los acordes de La muerte tenía un precio o de cualquier otro spaghetti western. Cuando están lo suficientemente cerca se detienen el uno frente a otro y el melenudo, que resulta ser bastante más joven, habla con una voz atiplada:
—Papá, estoy preocupado… ¿A qué edad empezaste a quedarte calvo?
—Pregúntaselo a tu madre.

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