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22 de mayo 2018    /   CINE/TV
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¿Es Peppa Pig una sociópata?

22 de mayo 2018    /   CINE/TV     por          
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Si tienes niños pequeños cerca, seguro que sabes quién es Peppa Pig. Si no, va el spoiler: es la protagonista de unos dibujos animados que han arrasado entre el público infantil durante los últimos años. Y lo ha hecho, entre otras cosas, por lo sencillo de su apariencia y de su argumento. Es una pequeña cerdita bidimensional, con apenas detalles, construida a base de líneas geométricas y trazos reconocibles. Su día a día consiste, básicamente, en lo que le pasa en el colegio, con su familia o con sus amigos. Sin más.

Sin embargo, el de Peppa Pig es, como lo fue en su día Pocoyó en España, un negocio muy lucrativo. Basten solo dos datos. Uno, Harley Bird, la actriz de doblaje que ha pasado once de sus dieciséis años de vida poniendo voz al personaje; gana unas mil libras por hora de trabajo. Dos, el año pasado la explotación de merchandising de la franquicia generó un volumen de negocio de cerca de 1.200 millones de dólares. Desde Piet Mondrian, nada tan sencillo era capaz de generar tanto dinero.

En teoría, lo blanco del contenido de la serie, con el cierto humor socarrón de algunas escenas, ha cautivado a los padres de medio mundo. Se supone, además, que los personajes de la ficción muestran comportamientos cívicos, con moralejas educativas para que los pequeños aprendan ciertos valores a la vez que se distraen.

Pero hete aquí que China ha decidido censurar la serie. No es que suponga una novedad, toda vez que antes ya se cortó las alas a personajes tan subversivos como Winnie The Pooh o tan libertinos como los Teletubbies. Pero la decisión esta vez, más allá de las consideraciones políticas, tiene que ver también con los problemas de adicción de algunos niños y, según afirman, los valores inadecuados que transmiten.

Censura aparte, algo de razón tienen los chinos: Peppa Pig esconde, debajo de su rostro sonrosado y sus aventuras aparentemente inocentes, todo un catálogo de comportamientos odiosos.

El personaje, que se supone que recrea a una niña, hace ostentación de ser una maleducada, una caprichosa, una fanfarrona y una celosa compulsiva. Se supone que es parte de la gracia de la serie: exagerar los sentimientos más primitivos que todo niño tiene para hacerle ver lo mal que está ser así. Pero al parecer, según han alertado ya algunos colectivos, el efecto podría ser justo el contrario.

Ojo, porque en esto también hay mucho argumento interesado. Se dijo que una psicóloga había dicho que la serie mataba la imaginación de los niños y en verdad no dijo tal cosa, ya que se refería al exceso de exposición a pantallas –citar la serie fue un mero ejemplo–. Se dijo también que había un estudio de Harvard según el cual la serie podía provocar autismo, lo cual, en la línea del bulo anterior, se refería a las horas de exposición a la televisión, no a la serie en concreto.

Pero al margen de las exageraciones interesadas, es verdad que no todo es de color rosa (cerdo) en la serie en cuestión. El personaje, por ejemplo, es capaz de cosas tan rastreras como humillar a su hermano pequeño para aparentar ser más guay ante los mayores.

También demuestra tener un comportamiento abiertamente rencoroso. En otro capítulo, tras una discusión con su mejor amiga, da muestras de echarla de menos pero, al ir a arreglarlo con ella, lo único que buscaba es que la otra reconociera que no tenía razón.

En general, Peppa Pig es un personaje tremendamente egoísta al que no le importan demasiado los demás. En otro capítulo, por ejemplo, sus amigos la acusan de hablar demasiado, llegando incluso a interrumpir lo que los demás le cuentan, mostrando un profundo desinterés en los otros y una tendencia narcisista por intentar captar la atención permanentemente.

Peppa, sin embargo, no es la única que muestra comportamientos así de inadecuados. George, su hermano, rechaza comer verdura de todo tipo en casa de sus abuelos, reservándose únicamente para el postre. Los casos de comportamientos caprichosos son casi una constante en cada capítulo.

Por si fuera poco, Peppa Pig muestra en varias ocasiones cierta tendencia a intentar destacar por encima de los demás a través de sus conocimientos o méritos. Sin embargo, casi nunca destacan en realidad. Por ejemplo, la ridícula situación de presumir de lo mucho que salta delante de una canguro que, mucho más prudente, dice que prefiere no presumir.

Aunque, sin duda, el sentimiento negativo más común en Peppa Pig es el de la envidia. Uno de los capítulos más célebres de la serie es el de cuando intenta aprender a silbar, algo casi imposible según ella, pero que todos los demás sí hacen.

Peppa, desconsolada, intenta buscar en su mejor amiga a alguien que lo haga aún peor que ella, y cuando descubre que también sabe silbar, directamente le cuelga el teléfono y la deja con la palabra en la boca. Solo recuperará la sonrisa cuando, al final del capítulo, aprende a silbar y se pone al nivel de los demás.

Obstinada, impertinente, egocéntrica y encantada de conocerse. Vale que los referentes de ficción infantil nunca han sido lo más educativo del mundo –excepto, quizá ahora, en cuestiones de género–, pero es verdad que al personaje favorito de millones de niños en todo el mundo le falta una amplia perspectiva acerca de la vida real. Y sí, va con segundas.

Si tienes niños pequeños cerca, seguro que sabes quién es Peppa Pig. Si no, va el spoiler: es la protagonista de unos dibujos animados que han arrasado entre el público infantil durante los últimos años. Y lo ha hecho, entre otras cosas, por lo sencillo de su apariencia y de su argumento. Es una pequeña cerdita bidimensional, con apenas detalles, construida a base de líneas geométricas y trazos reconocibles. Su día a día consiste, básicamente, en lo que le pasa en el colegio, con su familia o con sus amigos. Sin más.

Sin embargo, el de Peppa Pig es, como lo fue en su día Pocoyó en España, un negocio muy lucrativo. Basten solo dos datos. Uno, Harley Bird, la actriz de doblaje que ha pasado once de sus dieciséis años de vida poniendo voz al personaje; gana unas mil libras por hora de trabajo. Dos, el año pasado la explotación de merchandising de la franquicia generó un volumen de negocio de cerca de 1.200 millones de dólares. Desde Piet Mondrian, nada tan sencillo era capaz de generar tanto dinero.

En teoría, lo blanco del contenido de la serie, con el cierto humor socarrón de algunas escenas, ha cautivado a los padres de medio mundo. Se supone, además, que los personajes de la ficción muestran comportamientos cívicos, con moralejas educativas para que los pequeños aprendan ciertos valores a la vez que se distraen.

Pero hete aquí que China ha decidido censurar la serie. No es que suponga una novedad, toda vez que antes ya se cortó las alas a personajes tan subversivos como Winnie The Pooh o tan libertinos como los Teletubbies. Pero la decisión esta vez, más allá de las consideraciones políticas, tiene que ver también con los problemas de adicción de algunos niños y, según afirman, los valores inadecuados que transmiten.

Censura aparte, algo de razón tienen los chinos: Peppa Pig esconde, debajo de su rostro sonrosado y sus aventuras aparentemente inocentes, todo un catálogo de comportamientos odiosos.

El personaje, que se supone que recrea a una niña, hace ostentación de ser una maleducada, una caprichosa, una fanfarrona y una celosa compulsiva. Se supone que es parte de la gracia de la serie: exagerar los sentimientos más primitivos que todo niño tiene para hacerle ver lo mal que está ser así. Pero al parecer, según han alertado ya algunos colectivos, el efecto podría ser justo el contrario.

Ojo, porque en esto también hay mucho argumento interesado. Se dijo que una psicóloga había dicho que la serie mataba la imaginación de los niños y en verdad no dijo tal cosa, ya que se refería al exceso de exposición a pantallas –citar la serie fue un mero ejemplo–. Se dijo también que había un estudio de Harvard según el cual la serie podía provocar autismo, lo cual, en la línea del bulo anterior, se refería a las horas de exposición a la televisión, no a la serie en concreto.

Pero al margen de las exageraciones interesadas, es verdad que no todo es de color rosa (cerdo) en la serie en cuestión. El personaje, por ejemplo, es capaz de cosas tan rastreras como humillar a su hermano pequeño para aparentar ser más guay ante los mayores.

También demuestra tener un comportamiento abiertamente rencoroso. En otro capítulo, tras una discusión con su mejor amiga, da muestras de echarla de menos pero, al ir a arreglarlo con ella, lo único que buscaba es que la otra reconociera que no tenía razón.

En general, Peppa Pig es un personaje tremendamente egoísta al que no le importan demasiado los demás. En otro capítulo, por ejemplo, sus amigos la acusan de hablar demasiado, llegando incluso a interrumpir lo que los demás le cuentan, mostrando un profundo desinterés en los otros y una tendencia narcisista por intentar captar la atención permanentemente.

Peppa, sin embargo, no es la única que muestra comportamientos así de inadecuados. George, su hermano, rechaza comer verdura de todo tipo en casa de sus abuelos, reservándose únicamente para el postre. Los casos de comportamientos caprichosos son casi una constante en cada capítulo.

Por si fuera poco, Peppa Pig muestra en varias ocasiones cierta tendencia a intentar destacar por encima de los demás a través de sus conocimientos o méritos. Sin embargo, casi nunca destacan en realidad. Por ejemplo, la ridícula situación de presumir de lo mucho que salta delante de una canguro que, mucho más prudente, dice que prefiere no presumir.

Aunque, sin duda, el sentimiento negativo más común en Peppa Pig es el de la envidia. Uno de los capítulos más célebres de la serie es el de cuando intenta aprender a silbar, algo casi imposible según ella, pero que todos los demás sí hacen.

Peppa, desconsolada, intenta buscar en su mejor amiga a alguien que lo haga aún peor que ella, y cuando descubre que también sabe silbar, directamente le cuelga el teléfono y la deja con la palabra en la boca. Solo recuperará la sonrisa cuando, al final del capítulo, aprende a silbar y se pone al nivel de los demás.

Obstinada, impertinente, egocéntrica y encantada de conocerse. Vale que los referentes de ficción infantil nunca han sido lo más educativo del mundo –excepto, quizá ahora, en cuestiones de género–, pero es verdad que al personaje favorito de millones de niños en todo el mundo le falta una amplia perspectiva acerca de la vida real. Y sí, va con segundas.

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Opiniones 3
  • Brutal.
    Descubrí a Peppa hará unos 5 años, cuando mi hija mayor que tenía 2 por aquel entonces me hizo parar mi zapeo en una serie de colores pastel, volúmenes comedidos y animalitos antropomórficos.
    La verdad es que desde el primer minuto, la serie me enganchó, quizá debido a que consiguió que mi pequeña estuviese sentada y tranquila durante la media hora aproximada que duraba el trío de capítulos que se emitían conjuntamente. Bien es cierto que una vez vistos por primera, segunda e incluso quinta vez todos los capítulos de la saga porcina y terminado el disfrute de la novedad, también me di cuenta de que el referente de Peppa para mi hija era exactamente el que describes, una pequeña tirana, egoísta, ególatra y envidiosa escondida tras esa carita sonrosada de secador de pelo. Aún así cometí el pecado de redescubrirla cuando mi segunda hija decidió que los colores suaves, el que la protagonista sea una niña o la dulzura de las voces que doblan la serie al castellano estaba por encima de todos los valores negativos que los adultos comprendemos y que a los peques, lejos de marcarles (Para eso estamos los padres ) les entretiene y les encanta.

    Prefiero a esta pequeña déspota a cualquier otra serie infantil para verla con mis hijas, salvo tal vez a «El Pequeño reino de Ben y Holly», de los mismos creadores y en el que la feminidad retratada por la magia de las hadas y la terquedad masculina, encarnada en los duendes chocan con palabras afiladas e ironía en cada capítulo.

    Finalizando, sólo decir que me ha encantado tu artículo Borja y me ha recordado, con mucho cariño a uno que escribí cuando me dedicaba a la prensa escrita sobre ¿Por qué el Padre nunca gana en los anuncios de juguetes ? No hay nada que haga más feliz a un pequeño dictador, que es lo que es hasta el más dulce de los críos, que «matar al padre», algo que hace capítulo a capítulo nuestra amiga Peppa con su soberbia, arrogancia y desdén.
    Felicidades Borja y sigue en tu línea. Seguro que te traerá muchos éxitos.

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