13 de junio 2017    /   CREATIVIDAD
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El artista que se comió una beca Guggenheim

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En 1968, el artista argentino Federico Peralta Ramos obtuvo una Beca Guggenheim. Se la comió. Bueno, él y sus amigos a los que invitó a cenar en uno de los mejores restaurantes de Buenos Aíres. «Leonardo pintó La última cena, yo la di», explicó el artista en una carta dirigida a la fundación que lo había becado, cuando le pidieron explicaciones sobre en qué había dilapilado el dinero.

Nacido a finales de los años 30 en Mar del Plata, Federico Peralta Ramos fue uno de los máximos exponentes del dadaísmo de Latinoamérica. Su humor y ocurrencias eran imprevisibles. Tanto, que decía que no le gustaban los niños ni los animales «porque son competencia desleal».

Su lema como artista fue «Pinté sin saber pintar, escribí sin saber escribir, canté sin saber cantar. La torpeza repetida se transforma en mi estilo». Sin embargo, a diferencia de esos artistas que desean «vivir el arte», Peralta Ramos hizo de sí mismo y de su vida una obra artística.

Las innumerables anécdotas que envuelven su existencia apenas se diferencian de sus exposiciones o happenings. Entre ellos se encuentran desde la participación habitual en el programa del humorista Tato Bores, destrozar un huevo gigante con un martillo o hacer una exposición de pintura ortodoxa. O casi.

En 1964, por ejemplo, pintó una serie de cuadros a los que denominó Pinturas pesadas. Además de la excesiva carga matérica de los lienzos, los cuadros tenían tales dimensiones, que no entraban en el local de la galería. Peralta Ramos no lo dudó. Los cortó y los expuso tal cual. Una satisfacción que aumentó aún más cuando vio cómo los cuadros comenzaron a derramarse por el suelo a consecuencia del excesivo peso de una pintura que aún no había secado.

Su forma de vida llegó incluso a convertirse en una religión que él mismo inventó y de la que era el máximo profeta, si es que esa figura cabía dentro de ese conjunto de dogmas más o menos flexibles y anárquicos. La llamó religión Gánica y su principal mandamiento era «hacer siempre lo que uno tiene ganas». A fe que lo hizo.

Después de diferentes intervenciones en el vanguardista Instituto Di Tella de Buenos Aires y un ingreso en un hospital psiquiátrico –para evitar una pena de cárcel por haber comprado un toro semental en una subasta sin tener dinero–, Peralta Ramos recibió la beca Guggenheim.

Corría 1968 y el artista decidió gastar el monto en invitar a 25 de sus amigos a una cena en el Alvear Palace Hotel, con baile posterior en la boite África. En definitiva, una inversión en desarrollar «su personalidad para obtener la “constitución” de yo». O lo que es lo mismo, «vivir».

Así se lo explicó a la propia Fundación Guggenheim cuando le pidieron cuentas sobre en qué se había gastado la beca. Peralta Ramos no tuvo ningún inconveniente en escribir una carta al responsable de la misma, Mr. James F. Mathias, y detallárselo todo.

De esta forma, además de la cena y la noche de baile por valor de 300 dólares, se sabe que Peralta mandó hacerse tres trajes por valor de 500 dólares y pagó unas deudas de 1000 dólares que tenía con una galería de arte.

Lo que restaba de los 3000 dólares de la beca, Peralta Ramos decidió invertirlos en una entidad financiera. Después de unos meses, con el capital y los intereses compró obra de amigos artistas. En total, tres cuadros. Uno de Josefina Robirosa, otro de Ernesto Deira y un tercero de Jorge de la Vega. Los dos primeros se los regaló a su padre y a su madre, respectivamente. El De la Vega, se lo quedó él.

El artista concluía la carta mencionando dos de los proyectos en los que había estado inmerso esos años: su participación en el programa de Tato Bores y a la grabación un disco con la casa Columbia. Lanzado en 1970, el single incluía dos canciones con cierta inspiración psicodélica interpretadas por Peralta Ramos: Soy un pedazo de atmósfera y Tengo un algo adentro que se llama el coso. Más psicodélico aún fue el canal de distribución elegido para su venta: las farmacias.

A la Fundación Guggenheim no le satisfizo la respuesta. Exigió la devolución del dinero y Peralta Ramos, ofendido, les escribió una segunda carta:

«Mi carta del 14 de junio de 1971 es un homenaje a la libertad. Una organización de un país que ha llegado a la luna que tenga la limitación de no comprender y valorizar la invención y la gran creación que ha sido la forma como yo gasté el dinero de la beca, me sumerge en un mundo de desconcierto y asombro», decía Peralta Ramos en la misiva y continuaba: «He meditado vuestra sugerencia sobre la devolución de los 3000 dólares y me he dado cuenta que devolverlos significaría no creer y contradecir mi actitud, por lo tanto he decidido no devolverlos». No los devolvió.

Se cuenta que la carta de Peralta Ramos se expone hoy enmarcada en la sede neoyorquina de la Fundación Guggenheim. Se dice también que, desde que la recibieron, los responsables de la institución decidieron no volverle a pedir cuentas a ningún artista sobre en qué se gastaba los fondos de sus becas.

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En 1968, el artista argentino Federico Peralta Ramos obtuvo una Beca Guggenheim. Se la comió. Bueno, él y sus amigos a los que invitó a cenar en uno de los mejores restaurantes de Buenos Aíres. «Leonardo pintó La última cena, yo la di», explicó el artista en una carta dirigida a la fundación que lo había becado, cuando le pidieron explicaciones sobre en qué había dilapilado el dinero.

Nacido a finales de los años 30 en Mar del Plata, Federico Peralta Ramos fue uno de los máximos exponentes del dadaísmo de Latinoamérica. Su humor y ocurrencias eran imprevisibles. Tanto, que decía que no le gustaban los niños ni los animales «porque son competencia desleal».

Su lema como artista fue «Pinté sin saber pintar, escribí sin saber escribir, canté sin saber cantar. La torpeza repetida se transforma en mi estilo». Sin embargo, a diferencia de esos artistas que desean «vivir el arte», Peralta Ramos hizo de sí mismo y de su vida una obra artística.

Las innumerables anécdotas que envuelven su existencia apenas se diferencian de sus exposiciones o happenings. Entre ellos se encuentran desde la participación habitual en el programa del humorista Tato Bores, destrozar un huevo gigante con un martillo o hacer una exposición de pintura ortodoxa. O casi.

En 1964, por ejemplo, pintó una serie de cuadros a los que denominó Pinturas pesadas. Además de la excesiva carga matérica de los lienzos, los cuadros tenían tales dimensiones, que no entraban en el local de la galería. Peralta Ramos no lo dudó. Los cortó y los expuso tal cual. Una satisfacción que aumentó aún más cuando vio cómo los cuadros comenzaron a derramarse por el suelo a consecuencia del excesivo peso de una pintura que aún no había secado.

Su forma de vida llegó incluso a convertirse en una religión que él mismo inventó y de la que era el máximo profeta, si es que esa figura cabía dentro de ese conjunto de dogmas más o menos flexibles y anárquicos. La llamó religión Gánica y su principal mandamiento era «hacer siempre lo que uno tiene ganas». A fe que lo hizo.

Después de diferentes intervenciones en el vanguardista Instituto Di Tella de Buenos Aires y un ingreso en un hospital psiquiátrico –para evitar una pena de cárcel por haber comprado un toro semental en una subasta sin tener dinero–, Peralta Ramos recibió la beca Guggenheim.

Corría 1968 y el artista decidió gastar el monto en invitar a 25 de sus amigos a una cena en el Alvear Palace Hotel, con baile posterior en la boite África. En definitiva, una inversión en desarrollar «su personalidad para obtener la “constitución” de yo». O lo que es lo mismo, «vivir».

Así se lo explicó a la propia Fundación Guggenheim cuando le pidieron cuentas sobre en qué se había gastado la beca. Peralta Ramos no tuvo ningún inconveniente en escribir una carta al responsable de la misma, Mr. James F. Mathias, y detallárselo todo.

De esta forma, además de la cena y la noche de baile por valor de 300 dólares, se sabe que Peralta mandó hacerse tres trajes por valor de 500 dólares y pagó unas deudas de 1000 dólares que tenía con una galería de arte.

Lo que restaba de los 3000 dólares de la beca, Peralta Ramos decidió invertirlos en una entidad financiera. Después de unos meses, con el capital y los intereses compró obra de amigos artistas. En total, tres cuadros. Uno de Josefina Robirosa, otro de Ernesto Deira y un tercero de Jorge de la Vega. Los dos primeros se los regaló a su padre y a su madre, respectivamente. El De la Vega, se lo quedó él.

El artista concluía la carta mencionando dos de los proyectos en los que había estado inmerso esos años: su participación en el programa de Tato Bores y a la grabación un disco con la casa Columbia. Lanzado en 1970, el single incluía dos canciones con cierta inspiración psicodélica interpretadas por Peralta Ramos: Soy un pedazo de atmósfera y Tengo un algo adentro que se llama el coso. Más psicodélico aún fue el canal de distribución elegido para su venta: las farmacias.

A la Fundación Guggenheim no le satisfizo la respuesta. Exigió la devolución del dinero y Peralta Ramos, ofendido, les escribió una segunda carta:

«Mi carta del 14 de junio de 1971 es un homenaje a la libertad. Una organización de un país que ha llegado a la luna que tenga la limitación de no comprender y valorizar la invención y la gran creación que ha sido la forma como yo gasté el dinero de la beca, me sumerge en un mundo de desconcierto y asombro», decía Peralta Ramos en la misiva y continuaba: «He meditado vuestra sugerencia sobre la devolución de los 3000 dólares y me he dado cuenta que devolverlos significaría no creer y contradecir mi actitud, por lo tanto he decidido no devolverlos». No los devolvió.

Se cuenta que la carta de Peralta Ramos se expone hoy enmarcada en la sede neoyorquina de la Fundación Guggenheim. Se dice también que, desde que la recibieron, los responsables de la institución decidieron no volverle a pedir cuentas a ningún artista sobre en qué se gastaba los fondos de sus becas.

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