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26 de julio 2019    /   ENTRETENIMIENTO
por
Ilustración  'Loser' / Netflix

Para perder también hay que valer

26 de julio 2019    /   ENTRETENIMIENTO     por        Ilustración  'Loser' / Netflix
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Decía Gabriel Rufián en la fallida sesión de investidura de ayer que él llevaba toda la vida perdiendo. Gabriel, los habituales del perder somos legión. Tiene pinta de que eso no va a cambiar en los próximos tiempos pero puedes estar tranquilo: no eres el único loser que hay en todo esto. Ganar, gana uno. Perder, todos los demás.

Salvo en este caso, que pierde todo el mundo: Pedro Sánchez, la presidencia del gobierno; Pablo Iglesias y Unidas Podemos, la trascendencia política, probablemente. Y tú, compatriota, las ganas de votar y los 140 millones de euros que cuesta montar unas elecciones. Aunque puestos a gastar, que sea en fiesta. Y si es la fiesta de la democracia, mejor.

Como aquí no se habla de política, hablemos de la derrota. Perder es un fin en sí, una manera tan legal como otra de organizarse la vida. Y si para algo sirve escribir una columna como esta, si algún valor tiene como servicio público, es para reivindicar el valor de la derrota digna y del estilo del perdedor.

La derrota es el asidero de los benditos, de aquellos que nunca quisimos molestar mucho y que damos por buena una alegría en un millón de años. El plan no siempre sale bien. Los que nos hicimos del Barça a principios de los años ochenta, cuando el Barça no ganaba absolutamente nada, tuvimos a bien sufrir cómo nuestro propio equipo se convertía en –más o menos– ganador con la llegada de Johann Cruyff. Menudo disgusto.

Quizás como homenaje a las esencias, como regreso al pasado que nunca debió irse, el equipo se guarda estilosas debacles dentro de un tono asquerosamente ganador. Y este año, por partida doble, en fútbol y baloncesto. Las debacles, digo.

Una serie algo oculta en el maremagnum archivístico de Netflix repasa un buen puñado de historias que reclaman el romanticismo destilado cuando nada sale bien. Losers es una oda a la pifia continua, al talento arrojado sin remisión por el retrete, al fracaso voluntario o no, a la cara que se te queda cuando no haces otra cosa que perder.

El repetido relato del jugador de baloncesto que tenía tanto el talento para jugar en la NBA como ganas de cerrar todos los bares de Nueva York; el equipo británico de fútbol que perdía, perdía y perdía hasta que ganó justo el día que necesitaba hacerlo para evitar la desaparición del club; la rocambolesca manera de jugar de una leyenda de la liga canadiense del deporte más apasionante que existe, el curling.

Losers es el repositorio perfecto de historias de las que sacas a relucir cuando has quedado con alguien en Tinder, estás en silencio en la mesa porque no sabes de qué hablar y ella o él piensan que eres un puñetero psicópata que va a acabar con su vida en un asqueroso callejón oscuro. El tipo de relatos que te arregla la noche porque son inocuos pero con salseros.

Como afeamiento de la conducta de los guionistas, cabe resaltar que muchas de las historias incluyen redención, victorias puntuales o finales felices en un inadmisible arrepentimiento del arte de ser un perdedor. La militancia en esto es eterna. Cuanto antes se produzca la asunción de esa realidad, mayor será el grado de satisfacción en el fango de la charca loser.

Porque, amigo: se puede ser feliz en la derrota.

Este contenido es una columna llamada El Piensódromo. La enviamos los viernes por email e incluye algún tipo de reflexión acerca del ecosistema que nos rodea y algunas recomendaciones culturales y lecturas adicionales. Si quieres recibirlo directamente en tu correo electrónico, puedes darte del alta en el formulario que hay aquí.

Decía Gabriel Rufián en la fallida sesión de investidura de ayer que él llevaba toda la vida perdiendo. Gabriel, los habituales del perder somos legión. Tiene pinta de que eso no va a cambiar en los próximos tiempos pero puedes estar tranquilo: no eres el único loser que hay en todo esto. Ganar, gana uno. Perder, todos los demás.

Salvo en este caso, que pierde todo el mundo: Pedro Sánchez, la presidencia del gobierno; Pablo Iglesias y Unidas Podemos, la trascendencia política, probablemente. Y tú, compatriota, las ganas de votar y los 140 millones de euros que cuesta montar unas elecciones. Aunque puestos a gastar, que sea en fiesta. Y si es la fiesta de la democracia, mejor.

Como aquí no se habla de política, hablemos de la derrota. Perder es un fin en sí, una manera tan legal como otra de organizarse la vida. Y si para algo sirve escribir una columna como esta, si algún valor tiene como servicio público, es para reivindicar el valor de la derrota digna y del estilo del perdedor.

La derrota es el asidero de los benditos, de aquellos que nunca quisimos molestar mucho y que damos por buena una alegría en un millón de años. El plan no siempre sale bien. Los que nos hicimos del Barça a principios de los años ochenta, cuando el Barça no ganaba absolutamente nada, tuvimos a bien sufrir cómo nuestro propio equipo se convertía en –más o menos– ganador con la llegada de Johann Cruyff. Menudo disgusto.

Quizás como homenaje a las esencias, como regreso al pasado que nunca debió irse, el equipo se guarda estilosas debacles dentro de un tono asquerosamente ganador. Y este año, por partida doble, en fútbol y baloncesto. Las debacles, digo.

Una serie algo oculta en el maremagnum archivístico de Netflix repasa un buen puñado de historias que reclaman el romanticismo destilado cuando nada sale bien. Losers es una oda a la pifia continua, al talento arrojado sin remisión por el retrete, al fracaso voluntario o no, a la cara que se te queda cuando no haces otra cosa que perder.

El repetido relato del jugador de baloncesto que tenía tanto el talento para jugar en la NBA como ganas de cerrar todos los bares de Nueva York; el equipo británico de fútbol que perdía, perdía y perdía hasta que ganó justo el día que necesitaba hacerlo para evitar la desaparición del club; la rocambolesca manera de jugar de una leyenda de la liga canadiense del deporte más apasionante que existe, el curling.

Losers es el repositorio perfecto de historias de las que sacas a relucir cuando has quedado con alguien en Tinder, estás en silencio en la mesa porque no sabes de qué hablar y ella o él piensan que eres un puñetero psicópata que va a acabar con su vida en un asqueroso callejón oscuro. El tipo de relatos que te arregla la noche porque son inocuos pero con salseros.

Como afeamiento de la conducta de los guionistas, cabe resaltar que muchas de las historias incluyen redención, victorias puntuales o finales felices en un inadmisible arrepentimiento del arte de ser un perdedor. La militancia en esto es eterna. Cuanto antes se produzca la asunción de esa realidad, mayor será el grado de satisfacción en el fango de la charca loser.

Porque, amigo: se puede ser feliz en la derrota.

Este contenido es una columna llamada El Piensódromo. La enviamos los viernes por email e incluye algún tipo de reflexión acerca del ecosistema que nos rodea y algunas recomendaciones culturales y lecturas adicionales. Si quieres recibirlo directamente en tu correo electrónico, puedes darte del alta en el formulario que hay aquí.

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