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18 de julio 2019    /   IDEAS
por
Ilustración  David González

Pere Ortín: «Me pregunto cómo de estúpido puede llegar a ser esto de viajar por el mundo»

18 de julio 2019    /   IDEAS     por        Ilustración  David González
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Tanto le gusta el África negra que le ha cambiado el color de su piel en WhatsApp. Pere Ortín saca siempre la mano más bruna de la paleta de pieles de los emojis. Es un blanco negro con un lenguaje modelado por el ir y venir, el llegar y volver. Entre tanto viaje, muchas palabras se le han caído por el camino: frontera, extranjero, inmigrante, nacionalidad… y ha descubierto que lo que de verdad importa son dos preposiciones: de y desde.

Al periodista y director de la revista Altaïr le interesa el desde: hablar desde un lugar para poder explicarlo con justicia. Hablar de un sitio sin estar ahí es una estafa, una vendida de moto, una injusticia.

No queda ahí su lenguaje extraordinario. Este tiarrón que siempre saca una cabeza al que lleva al lado, este hombretón de pelos largos y rasgos firmes, a veces habla en femenino: «Me siento extraña», dice; «llámame romántica», apostilla.

Ni una. Ni una maldita línea divisoria conoce Pere Ortín por mar, tierra, aire y bocanadas de voz.

El no valenciano.

Pere Ortín nació en un-lugar-qué-más-da. En su carné de identidad pone «Sagunto», pero él no tiene mucha conciencia de ello. Igual le daría que dijera: «Mercurio». O mejor: ¡que la dejaran en blanco! Nació cuando aquel lugar del levante empezó a enladrillarse y la música dabadaba intentaba atraer turistas a cascoporro: 1968.

El Mediterráneo: ¿es un lugar o una forma de ser?

Es un lugar y una forma de ser. Es como un estado de bienestar. Hay una manera de relacionarse con las cosas que, no sé si es mediterráneo exclusivamente, pero tiene que ver con el clima, la latitud… Tú dices algo en Aguadulce [en Almería] y otro lo dice en Túnez y a todos nos va sonando igual. Pero no creo en las identidades ni las nacionalidades. Yo siempre digo en broma: «Un valenciano nace donde le da la gana».

Qué estúpido es sentirse orgulloso de haber nacido en un sitio Es algo que no puedes elegir, que no puedes cambiar. Yo trato de sentirme bien en cualquier lugar del mundo y con cualquier tipo de gente. Y sí, en ese espacio mediterráneo me siento bien.

El reportero.

Pere Ortín ha presentado los informativos de Canal 9 y programas de TVE, ha dirigido y producido documentales de viajes; ha escrito reportajes para National Geographic, Geo, Altaïr… También libros (Mbini. Cazadores de imágenes en la Guinea colonial, por ejemplo) y guiones de películas (Un día vi 10.000 elefantes).

Eres un periodista y director extraño (poco al uso). No te obsesionas por las visitas a la web de Altaïr ni por la venta de la revista. Eso es muy raro en esta era de agonía por las cifras y las métricas.

Sí, yo me siento un poco extraño. Hace poco hablaba con responsables de medios que leo con gusto, que admiro y las veía preocupadas por cosas que a mí me parecían muy extrañas. Andaban preocupadas por el número de lectores y me llamó la atención.

Es cierto que yo cuento con un gran apoyo. Es extraño tener un editor como Pep Bernadas, que entiende lo complicado que es hacer un gran trabajo (intentar hacerlo, al menos) para producir artefactos culturales que sean estéticamente relevantes e intelectualmente desafiantes.

Imagínate que midiéramos todo por el número de impactos. ¿Cuánto vale besar a tu pareja, abrazar a tu mamá, coger en brazos a tu sobrino? ¿Qué espacio ocupa en un Excel? Llámame romántica o sentimental, pero eso ¿se puede medir?

Pere Ortín
Ilustración de David González

El profesor.

Ortín da cursos y conferencias sobre escritura de viajes. Por Europa, por América. Tantísimos. Ha sido profesor asociado de Periodismo en la Universidad Autónoma de Barcelona y ahora anda por Colombia dando un taller de la Fundación de Periodismo García Márquez.

¿Qué enseñas hoy que no existía antes? ¿Qué asuntos te parecen imprescindibles ahora?

Me preocupa la ascensión y el exceso de vendedores de biblias. Me preocupan los vendedores de crecepelo, y si encima son digitales, te meten estas palabras como innovación, entrepenurial, estartapeo… Me empiezan a molestar. Tenemos que defendernos de esos auténticos sinvergüenzas. Hay gente que nos ha vendido láser-dics, que nos ha dicho que el libro electrónico lo iba a petar… y resulta que ya no hay nada de eso.

Lo que trato de enseñar a mis alumnos es a defenderse de un Excel, de una gráfica (que una gráfica se tome como una verdad universal me parece una broma de muy mal gusto).

Yo tengo mucho respeto a una gente, los editores de Libros del K.O., porque hacen lo que les apasiona, hacen las cosas en las que creen. Esa es la única métrica que vale.

También me gusta hablar a mis alumnos del hedonismo ético. Creo que en la vida hay que disfrutar de lo bueno y lo no tan bueno. Ese hedonismo comprometido es fundamental. Ese planteamiento que hacía Borges en una conferencia: «Varias veces intenté el estudio de la metafísica, pero siempre me interrumpió la felicidad». Puedes estar seis meses estudiando a Heidegger, pero llega un momento en que alguien te da un beso o sale un sol grandioso al amanecer o te comes una naranja riquísima y dices: «Joooder, qué bueno es esto».

Ese es el Mediterráneo en ti.

Sí, pero yo no haría de esto una especie de cliché. Muchas veces las ideas bonitas acaban convertidas en folleto turístico. Ahí es cuando estamos jodidos: cuando comerte una naranja en pelotas en la playa, en la caída del sol, acaba destruido en un tópico. Eso nos ha convertido en un país de camareros (con todo el respeto hacia mis hermanos camareros). Estamos para dar servicio a los que vienen buscando eso. Me molestaría mucho que, como mediterráneos, nos acabáramos convirtiendo en proveedores de servicios.

Esa sensación de felicidad que describes me ha pasado en otros muchos países. Te vas construyendo en función de la gente que encuentras en el camino y descubres que te sientes igual de bien en tu casa que en un pueblo del desierto de Sonora, a 14.000 kilómetros del lugar donde has nacido. Yo encontré a mi pareja a 14.000 kilómetros de la puerta de mi casa. Es bien extraño eso: cómo uno se puede sentir igual de bien en lugares insospechados, en lugares que ni podía imaginar cuando era niño.

Vamos cambiando por las personas que encontramos y modificamos nuestro lenguaje por lo que oímos. De cada viaje a América me traigo palabras que incorporo a mi vocabulario para siempre.

¿No te parece que el español ibérico se ha hecho muy rudo, muy agresivo?

Joooder… el español de Madrid arrea puñetazos.

En Madrid, en Castilla, parece que se estuviera agrediendo a los demás cuando se habla. Es lo que me molesta más. ¡Si solo te he pedido un cortado! No me tienes que perdonar la vida.

Sí. Y te pegan un platazo en la mesa.

Yo, en el español de América, encuentro un refugio seguro. Decía Borges que los españoles hablamos como si desconociéramos la duda. Y es verdad. Ese español ibérico que parece tener todas las preguntas y todas las respuestas. Me cansa muchísimo. Estoy cada vez más cerca de esa manera de balbucear, de dudar…

Hay una palabra mexicana que me encanta: opacar (hacer sombra). Opacas a otra persona. Y el otro día descubrí el gentilicio más brutal del español: el de las personas nacidas en Aguascalientes, en México. El gentilicio es hidrocálidos.

¡Es un gentilicio científico! Suena más a física que a geografía.

Eso de ligar la vida a las palabras lo aprendí en mis viajes por el África negra. Aprendí esa manera de relacionarse con el tiempo y el espacio en un formato diferente al que conocía. Era una manera poética. La forma en la que se hacían las visitas, el concepto de la hospitalidad… Esto ha cambiado mucho en los últimos años por las plataformas digitales de alquiler de apartamentos. Hasta la hospitalidad se ha convertido en un negocio.

Qué raro es todo. Cuando viajo por Ruanda, Maputo, Ciudad del Cabo, Malabo, Dakar… yo voy a casa de mis amigos y a mí jamás nadie me ha pedido nada por dormir, por bañarme, por comer con ellos. No creo que sean diferentes; al contrario, son iguales que cualquier otro humano del mundo. Me resultan muy extrañas estas perversiones de este capitalismo digital extraño que acaban creando pequeños monstruos: estás pensando en alquilar tu habitación a alguien en vez de dejársela a tu amiga que está de paso. Qué raro es todo. Llámame romántica otra vez.

El miembro del jurado del Premio Gabriel García Márquez de Periodismo.

Fue el año pasado, en la categoría de innovación.

García Márquez decía: «El único miedo que los latinos confesamos sin vergüenza, y hasta con un cierto orgullo machista, es el miedo al avión».

Llevaba razón. Hay mucho miedo a volar, pero yo creo que hay más miedo a aterrizar en aquello que es desconocido. Muchas personas viajan para volver a casa y poder contarlo. Y si no se sienten acogidos en el destino, se sienten mal. ¿No te parece extraño que las personas, en general, solo cuenten las experiencias positivas? ¿No te parece extraño que todos los catálogos de venta sean idílicos?

La industria del turismo vende catálogos de placeres posibles. Nadie te plantea que en la vida te pasan cosas buenas y cosas malas. Esa dimensión de viaje como experiencia vital se ha perdido porque muchas personas tienen miedo de lo que les pueda suceder cuando aterrizan. Es una cosa que a mí me sigue rompiendo la cabeza. No entiendo por qué la gente quiere que solo le pasen cosas buenas.

Yo he dormido en la calle, con frío, tapado con periódicos. He dormido en un hospital infantil de malaria. He tenido unas diarreas brutales. Me han robado en ciudades africanas. Es la vida, y todo eso me ha hecho mejor ser humano. ¿Dónde está escrito que la vida sea solo cosas buenas? Además, es la típica historia que siempre acaba mal: nos morimos.

Shackleton.

En 1913 este explorador irlandés repartió unos carteles que decían: «Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito». Ernest Shackleton tenía que reclutar a los hombres con los que quería cruzar el Polo Sur entre todos sus hielos. A todos, en la entrevista, les hizo la misma pregunta: «¿Sabes cantar?». Shackleton sabía que las personas vitalistas soportarían mejor ese peligro constante que los cascarrabias.

Me parece genial. Está relacionado con la idea del hedonismo ético. Y la música es la forma poética más hedonista. Cantar es una de las mejores formas de pasarlo bien y de hacer que los demás también se diviertan. Al hilo de esto, yo me plantearía algo. Recuerdo que una vez naufragamos frente a las costas de Guinea Ecuatorial. Estábamos pescando en un cayuco y cayó un tormentón. Había unas ocho millas hasta las luces que se veían en la playa y nos tocaba nadar. Era tarde, estaba anocheciendo… El compañero con el que viajaba y yo nos dijimos. «Pueden pasar dos cosas: que nos ahoguemos en la rompiente de la orilla o que consigamos llegar. Pero lo único que podemos hacer es nadar».

Nadamos, nadamos y al final llegamos. Estábamos destrozados. Estuvimos tres días en la cama… un desastre. Pero esa es la sensación: nada y ya veremos. Es lo mismo que cantar: canta y ya veremos.

Chernóbil.

La serie Chernóbil ha despertado mucho interés por ese cementerio radiactivo. Ya había tours que llevaban hasta allí, pero ahora se han disparado. ¿Es un turismo que, en vez de despertar la empatía, banaliza el mal y trivializa el dolor?

Hace unos meses leí en el New York Times que en los antiguos búnkeres de Sarajevo habían montado unos hostels donde los jóvenes podían vivir el asedio a esa ciudad que se produjo en la guerra de los Balcanes. A media noche suenan disparos y bombardeos por los altavoces, no tienen comida…

Estos son, para mí, los vendedores de crecepelo. El dueño del hostel había descubierto un modelo de negocio que él llamaba «turismo que te lo hace pasar mal». Pensé si también habría gente que iría a Ruanda a vivir la experiencia del genocidio; si iría a Camboya a vivir en los campos de reeducación y comerían durante años solo arroz hervido. Cómo de estúpido puede llegar a ser esto de viajar por el mundo.

He visto chicas haciéndose selfis en los parques radioactivos abandonados de Chernóbil… Esto es extraño, en el sentido negativo de la palabra. Me preocupa el narcisismo, el ego, el selfi vital… Me planteo: ¿Es necesario ir a Chernóbil y hacerte un selfi? ¿Es necesario ir a Auschwitz y hacerte un selfi?

Esta sociedad del espectáculo en la que vivimos convierte las tragedias en parques de atracciones y aventuras.

Las fotos que se hacen ahí son éticamente cuestionables y moralmente discutibles. No muestran ningún respeto por lo que ocurrió. Pero me preocupa más que eso suceda de manera redundante: que una persona siga a otra y haga lo mismo. Y otra, y tres, y cuatro, y cinco… Todas las imágenes son muy parecidas y abundan en los mismos tópicos y clichés.

Me preocupa por lo que representa de la forma en que las culturas dominantes entienden el dolor. Los individuos que hacen estas fotos suelen ser occidentales y no me gustan por su idea dominante del viaje. «Yo, como viajero, puedo hacer lo que me dé la gana, donde me dé la paga, porque yo pago por esto y hago lo que quiero». Es un sentido del viaje en el que te conviertes en propietario del mundo. Pero el mundo no es tuyo, el mundo no está esperándote, el mundo no te debe nada y el mundo funciona sin ti. Tu viaje, sea maravilloso o sea un desastre, no va a cambiar absolutamente nada este planeta.

De los 7.500 millones de habitantes de la Tierra, solo viajamos 1.200 millones. Seis mil millones de personas no viajan jamás; y de estos, los pocos que viajan lo hacen por motivos económicos. Lo hacen como migrantes y nadie lo ve como viaje. Viajar continúa siendo una experiencia solo para unos pocos; continúa siendo una experiencia burguesa y está relacionada con una manera de entender el mundo.

El viajero.

Ortín dejaría hecho un colador el mapamundi si marcara con un punto los lugares que ha visitado.

Dime un lugar que te apasione. Sin entrar en las categorías del preferido o el perfecto… Un lugar.

No me atrevo a escoger uno. Te digo tres:
Broome, una playa en el oeste de Australia.
El desierto de Sonora, en México: ahí encontré a la persona con la que comparto mi vida.
Guinea Ecuatorial: ese lugar me cambió como persona. Es mi espacio, mi refugio, un lugar indisociable a quien, con 50 años, soy hoy.

Tanto le gusta el África negra que le ha cambiado el color de su piel en WhatsApp. Pere Ortín saca siempre la mano más bruna de la paleta de pieles de los emojis. Es un blanco negro con un lenguaje modelado por el ir y venir, el llegar y volver. Entre tanto viaje, muchas palabras se le han caído por el camino: frontera, extranjero, inmigrante, nacionalidad… y ha descubierto que lo que de verdad importa son dos preposiciones: de y desde.

Al periodista y director de la revista Altaïr le interesa el desde: hablar desde un lugar para poder explicarlo con justicia. Hablar de un sitio sin estar ahí es una estafa, una vendida de moto, una injusticia.

No queda ahí su lenguaje extraordinario. Este tiarrón que siempre saca una cabeza al que lleva al lado, este hombretón de pelos largos y rasgos firmes, a veces habla en femenino: «Me siento extraña», dice; «llámame romántica», apostilla.

Ni una. Ni una maldita línea divisoria conoce Pere Ortín por mar, tierra, aire y bocanadas de voz.

El no valenciano.

Pere Ortín nació en un-lugar-qué-más-da. En su carné de identidad pone «Sagunto», pero él no tiene mucha conciencia de ello. Igual le daría que dijera: «Mercurio». O mejor: ¡que la dejaran en blanco! Nació cuando aquel lugar del levante empezó a enladrillarse y la música dabadaba intentaba atraer turistas a cascoporro: 1968.

El Mediterráneo: ¿es un lugar o una forma de ser?

Es un lugar y una forma de ser. Es como un estado de bienestar. Hay una manera de relacionarse con las cosas que, no sé si es mediterráneo exclusivamente, pero tiene que ver con el clima, la latitud… Tú dices algo en Aguadulce [en Almería] y otro lo dice en Túnez y a todos nos va sonando igual. Pero no creo en las identidades ni las nacionalidades. Yo siempre digo en broma: «Un valenciano nace donde le da la gana».

Qué estúpido es sentirse orgulloso de haber nacido en un sitio Es algo que no puedes elegir, que no puedes cambiar. Yo trato de sentirme bien en cualquier lugar del mundo y con cualquier tipo de gente. Y sí, en ese espacio mediterráneo me siento bien.

El reportero.

Pere Ortín ha presentado los informativos de Canal 9 y programas de TVE, ha dirigido y producido documentales de viajes; ha escrito reportajes para National Geographic, Geo, Altaïr… También libros (Mbini. Cazadores de imágenes en la Guinea colonial, por ejemplo) y guiones de películas (Un día vi 10.000 elefantes).

Eres un periodista y director extraño (poco al uso). No te obsesionas por las visitas a la web de Altaïr ni por la venta de la revista. Eso es muy raro en esta era de agonía por las cifras y las métricas.

Sí, yo me siento un poco extraño. Hace poco hablaba con responsables de medios que leo con gusto, que admiro y las veía preocupadas por cosas que a mí me parecían muy extrañas. Andaban preocupadas por el número de lectores y me llamó la atención.

Es cierto que yo cuento con un gran apoyo. Es extraño tener un editor como Pep Bernadas, que entiende lo complicado que es hacer un gran trabajo (intentar hacerlo, al menos) para producir artefactos culturales que sean estéticamente relevantes e intelectualmente desafiantes.

Imagínate que midiéramos todo por el número de impactos. ¿Cuánto vale besar a tu pareja, abrazar a tu mamá, coger en brazos a tu sobrino? ¿Qué espacio ocupa en un Excel? Llámame romántica o sentimental, pero eso ¿se puede medir?

Pere Ortín
Ilustración de David González

El profesor.

Ortín da cursos y conferencias sobre escritura de viajes. Por Europa, por América. Tantísimos. Ha sido profesor asociado de Periodismo en la Universidad Autónoma de Barcelona y ahora anda por Colombia dando un taller de la Fundación de Periodismo García Márquez.

¿Qué enseñas hoy que no existía antes? ¿Qué asuntos te parecen imprescindibles ahora?

Me preocupa la ascensión y el exceso de vendedores de biblias. Me preocupan los vendedores de crecepelo, y si encima son digitales, te meten estas palabras como innovación, entrepenurial, estartapeo… Me empiezan a molestar. Tenemos que defendernos de esos auténticos sinvergüenzas. Hay gente que nos ha vendido láser-dics, que nos ha dicho que el libro electrónico lo iba a petar… y resulta que ya no hay nada de eso.

Lo que trato de enseñar a mis alumnos es a defenderse de un Excel, de una gráfica (que una gráfica se tome como una verdad universal me parece una broma de muy mal gusto).

Yo tengo mucho respeto a una gente, los editores de Libros del K.O., porque hacen lo que les apasiona, hacen las cosas en las que creen. Esa es la única métrica que vale.

También me gusta hablar a mis alumnos del hedonismo ético. Creo que en la vida hay que disfrutar de lo bueno y lo no tan bueno. Ese hedonismo comprometido es fundamental. Ese planteamiento que hacía Borges en una conferencia: «Varias veces intenté el estudio de la metafísica, pero siempre me interrumpió la felicidad». Puedes estar seis meses estudiando a Heidegger, pero llega un momento en que alguien te da un beso o sale un sol grandioso al amanecer o te comes una naranja riquísima y dices: «Joooder, qué bueno es esto».

Ese es el Mediterráneo en ti.

Sí, pero yo no haría de esto una especie de cliché. Muchas veces las ideas bonitas acaban convertidas en folleto turístico. Ahí es cuando estamos jodidos: cuando comerte una naranja en pelotas en la playa, en la caída del sol, acaba destruido en un tópico. Eso nos ha convertido en un país de camareros (con todo el respeto hacia mis hermanos camareros). Estamos para dar servicio a los que vienen buscando eso. Me molestaría mucho que, como mediterráneos, nos acabáramos convirtiendo en proveedores de servicios.

Esa sensación de felicidad que describes me ha pasado en otros muchos países. Te vas construyendo en función de la gente que encuentras en el camino y descubres que te sientes igual de bien en tu casa que en un pueblo del desierto de Sonora, a 14.000 kilómetros del lugar donde has nacido. Yo encontré a mi pareja a 14.000 kilómetros de la puerta de mi casa. Es bien extraño eso: cómo uno se puede sentir igual de bien en lugares insospechados, en lugares que ni podía imaginar cuando era niño.

Vamos cambiando por las personas que encontramos y modificamos nuestro lenguaje por lo que oímos. De cada viaje a América me traigo palabras que incorporo a mi vocabulario para siempre.

¿No te parece que el español ibérico se ha hecho muy rudo, muy agresivo?

Joooder… el español de Madrid arrea puñetazos.

En Madrid, en Castilla, parece que se estuviera agrediendo a los demás cuando se habla. Es lo que me molesta más. ¡Si solo te he pedido un cortado! No me tienes que perdonar la vida.

Sí. Y te pegan un platazo en la mesa.

Yo, en el español de América, encuentro un refugio seguro. Decía Borges que los españoles hablamos como si desconociéramos la duda. Y es verdad. Ese español ibérico que parece tener todas las preguntas y todas las respuestas. Me cansa muchísimo. Estoy cada vez más cerca de esa manera de balbucear, de dudar…

Hay una palabra mexicana que me encanta: opacar (hacer sombra). Opacas a otra persona. Y el otro día descubrí el gentilicio más brutal del español: el de las personas nacidas en Aguascalientes, en México. El gentilicio es hidrocálidos.

¡Es un gentilicio científico! Suena más a física que a geografía.

Eso de ligar la vida a las palabras lo aprendí en mis viajes por el África negra. Aprendí esa manera de relacionarse con el tiempo y el espacio en un formato diferente al que conocía. Era una manera poética. La forma en la que se hacían las visitas, el concepto de la hospitalidad… Esto ha cambiado mucho en los últimos años por las plataformas digitales de alquiler de apartamentos. Hasta la hospitalidad se ha convertido en un negocio.

Qué raro es todo. Cuando viajo por Ruanda, Maputo, Ciudad del Cabo, Malabo, Dakar… yo voy a casa de mis amigos y a mí jamás nadie me ha pedido nada por dormir, por bañarme, por comer con ellos. No creo que sean diferentes; al contrario, son iguales que cualquier otro humano del mundo. Me resultan muy extrañas estas perversiones de este capitalismo digital extraño que acaban creando pequeños monstruos: estás pensando en alquilar tu habitación a alguien en vez de dejársela a tu amiga que está de paso. Qué raro es todo. Llámame romántica otra vez.

El miembro del jurado del Premio Gabriel García Márquez de Periodismo.

Fue el año pasado, en la categoría de innovación.

García Márquez decía: «El único miedo que los latinos confesamos sin vergüenza, y hasta con un cierto orgullo machista, es el miedo al avión».

Llevaba razón. Hay mucho miedo a volar, pero yo creo que hay más miedo a aterrizar en aquello que es desconocido. Muchas personas viajan para volver a casa y poder contarlo. Y si no se sienten acogidos en el destino, se sienten mal. ¿No te parece extraño que las personas, en general, solo cuenten las experiencias positivas? ¿No te parece extraño que todos los catálogos de venta sean idílicos?

La industria del turismo vende catálogos de placeres posibles. Nadie te plantea que en la vida te pasan cosas buenas y cosas malas. Esa dimensión de viaje como experiencia vital se ha perdido porque muchas personas tienen miedo de lo que les pueda suceder cuando aterrizan. Es una cosa que a mí me sigue rompiendo la cabeza. No entiendo por qué la gente quiere que solo le pasen cosas buenas.

Yo he dormido en la calle, con frío, tapado con periódicos. He dormido en un hospital infantil de malaria. He tenido unas diarreas brutales. Me han robado en ciudades africanas. Es la vida, y todo eso me ha hecho mejor ser humano. ¿Dónde está escrito que la vida sea solo cosas buenas? Además, es la típica historia que siempre acaba mal: nos morimos.

Shackleton.

En 1913 este explorador irlandés repartió unos carteles que decían: «Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito». Ernest Shackleton tenía que reclutar a los hombres con los que quería cruzar el Polo Sur entre todos sus hielos. A todos, en la entrevista, les hizo la misma pregunta: «¿Sabes cantar?». Shackleton sabía que las personas vitalistas soportarían mejor ese peligro constante que los cascarrabias.

Me parece genial. Está relacionado con la idea del hedonismo ético. Y la música es la forma poética más hedonista. Cantar es una de las mejores formas de pasarlo bien y de hacer que los demás también se diviertan. Al hilo de esto, yo me plantearía algo. Recuerdo que una vez naufragamos frente a las costas de Guinea Ecuatorial. Estábamos pescando en un cayuco y cayó un tormentón. Había unas ocho millas hasta las luces que se veían en la playa y nos tocaba nadar. Era tarde, estaba anocheciendo… El compañero con el que viajaba y yo nos dijimos. «Pueden pasar dos cosas: que nos ahoguemos en la rompiente de la orilla o que consigamos llegar. Pero lo único que podemos hacer es nadar».

Nadamos, nadamos y al final llegamos. Estábamos destrozados. Estuvimos tres días en la cama… un desastre. Pero esa es la sensación: nada y ya veremos. Es lo mismo que cantar: canta y ya veremos.

Chernóbil.

La serie Chernóbil ha despertado mucho interés por ese cementerio radiactivo. Ya había tours que llevaban hasta allí, pero ahora se han disparado. ¿Es un turismo que, en vez de despertar la empatía, banaliza el mal y trivializa el dolor?

Hace unos meses leí en el New York Times que en los antiguos búnkeres de Sarajevo habían montado unos hostels donde los jóvenes podían vivir el asedio a esa ciudad que se produjo en la guerra de los Balcanes. A media noche suenan disparos y bombardeos por los altavoces, no tienen comida…

Estos son, para mí, los vendedores de crecepelo. El dueño del hostel había descubierto un modelo de negocio que él llamaba «turismo que te lo hace pasar mal». Pensé si también habría gente que iría a Ruanda a vivir la experiencia del genocidio; si iría a Camboya a vivir en los campos de reeducación y comerían durante años solo arroz hervido. Cómo de estúpido puede llegar a ser esto de viajar por el mundo.

He visto chicas haciéndose selfis en los parques radioactivos abandonados de Chernóbil… Esto es extraño, en el sentido negativo de la palabra. Me preocupa el narcisismo, el ego, el selfi vital… Me planteo: ¿Es necesario ir a Chernóbil y hacerte un selfi? ¿Es necesario ir a Auschwitz y hacerte un selfi?

Esta sociedad del espectáculo en la que vivimos convierte las tragedias en parques de atracciones y aventuras.

Las fotos que se hacen ahí son éticamente cuestionables y moralmente discutibles. No muestran ningún respeto por lo que ocurrió. Pero me preocupa más que eso suceda de manera redundante: que una persona siga a otra y haga lo mismo. Y otra, y tres, y cuatro, y cinco… Todas las imágenes son muy parecidas y abundan en los mismos tópicos y clichés.

Me preocupa por lo que representa de la forma en que las culturas dominantes entienden el dolor. Los individuos que hacen estas fotos suelen ser occidentales y no me gustan por su idea dominante del viaje. «Yo, como viajero, puedo hacer lo que me dé la gana, donde me dé la paga, porque yo pago por esto y hago lo que quiero». Es un sentido del viaje en el que te conviertes en propietario del mundo. Pero el mundo no es tuyo, el mundo no está esperándote, el mundo no te debe nada y el mundo funciona sin ti. Tu viaje, sea maravilloso o sea un desastre, no va a cambiar absolutamente nada este planeta.

De los 7.500 millones de habitantes de la Tierra, solo viajamos 1.200 millones. Seis mil millones de personas no viajan jamás; y de estos, los pocos que viajan lo hacen por motivos económicos. Lo hacen como migrantes y nadie lo ve como viaje. Viajar continúa siendo una experiencia solo para unos pocos; continúa siendo una experiencia burguesa y está relacionada con una manera de entender el mundo.

El viajero.

Ortín dejaría hecho un colador el mapamundi si marcara con un punto los lugares que ha visitado.

Dime un lugar que te apasione. Sin entrar en las categorías del preferido o el perfecto… Un lugar.

No me atrevo a escoger uno. Te digo tres:
Broome, una playa en el oeste de Australia.
El desierto de Sonora, en México: ahí encontré a la persona con la que comparto mi vida.
Guinea Ecuatorial: ese lugar me cambió como persona. Es mi espacio, mi refugio, un lugar indisociable a quien, con 50 años, soy hoy.

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Opiniones 2
  • En la definición de nación no política o sin estsdo, la lengua es la característica estrella que más define una identidad, y un serimiento de pertenencia común, como ocurre con la lengua castellana, la andaluza, la lengua catalana/Valenciana, o la lengua portuguesa. La lengua y la cultura y la historia común condicionan una forma única y singular de entender, dibujar y expresarse en la calle, en la escuela y en los bares. Esta característica la más importante en la definición de Nación cultural no política, tiene las herramientas para proteger este patrimonio cultural y lingüístico si dispone de un Estado que la protegía, la potencie, y la normalice.u la prestigi, y legisle a su favor. .Así nacieron la Naciones Estado en lodssiglo IIXX y XIX, con alguna sinifivativava excepción todavía pendiente de acabar de construir, como el ámbito lungüstico-cultural catalàno-valenciano, Yodvía sin su estado que la p et oreja C omo vualqiier otro Estado-Nación. Esto poco o nada tiene que ver con nacionalismos, o lugares de pertenencia y nacimiento, sino con el amor a una cultura a una lengua singular y grande como la que más que todavía carece de las herramientas y poderes para potenciarla y enriquecer la en todos los ámbitos públicos, políticos, sociales, o supranacionales. Poco o nada están x orreladas estas herramientas pendientes con una villana mente difundida pretensión supremacists. En lenguas y culturas, el mestizaje de orígenes es diverso, variado y plural, lo que hace la lengua más cosmopolita e internacional o global. En cambio el lugar de nacimiento es una circunstancia espúrea.y secundaria. En España existe un desconocimiento profundo de las lengua ibéricas, que no ocurre en otros países como Suiza o Canadá, en las que todas conviven y fluyen en pie de igualdad, sin supremacismos. Ejemplos hay los para inspirarse, aprender y aplicar en el model educativo español.

  • Uuups! Espero no haber opacado a nadie ni a nada. Aquí hay perlas a cascoporro: puedes estar seis meses estudiando a Heidegger o entimismada en la defensa en procesos judiciales, pero llega un momento en que alguien te da un beso o se lo das a ella, lees un artículo dinamita de Nobel, o se pone un sol grandioso en la mar y te comes una naranja riquísima y dices: «Joooder, pero qué buena está». Nyam! Nyam! Y lo escribes sin miedo.

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