13 de febrero 2012    /   CREATIVIDAD
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Perfeccionismo suena a parálisis

13 de febrero 2012    /   CREATIVIDAD     por          
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La frase no es mía. Solía decirla el gordo e impaciente Winston Churchill cuando sus colaboradores tardaban demasiado en poner algo en marcha bajo la excusa de que todavía no estaba todo “atado y bien atado”.

La traigo a colación aquí, y ahora, porque, al igual que seguramente le sucedía a Churchill, tengo la sensación de que el perfeccionismo está encubriendo un miedo, que no es más que una excusa nacida de la corrección política, para evitar poner en marcha todo lo que podría fracasar, o sea, TODO.

Para empezar, lo perfecto no existe. La actitud perfeccionista sí debe existir: hacer las cosas bien es más necesario hoy que nunca, pero el legítimo perfeccionismo está asociado a un tipo de inteligencia específica —nunca es general—.

Es importante hacer bien la distinción. El perfeccionismo legítimo pertenece al mundo de la pasión y de la fuerza. El ‘perfeccionismo arquetípico’ es, simplemente, conocimiento y experiencia impostados.

Y la experiencia impostada no es más que un billete de lotería ganador comprado después del sorteo.

Parece que en España el asumir riesgos no está bien visto. Es un tema cultural. En otros países, el asumir riesgos está visto como algo importante, necesario, casi heroico. De todas maneras, sea en la cultura que sea, el hecho de intentar algo, el arriesgarse, implica siempre necesariamente liberarse de las cadenas de lo enseñado y aceptar el error como base del conocimiento humano.

Como decía George Clooney en Up in the air: “Todo el que ha construido un imperio ha pasado alguna vez por esto: el despido».

No debería darnos miedo, bajo ningún concepto, el tener que enfrentarnos a un mundo que está ‘roto’. Todo está roto, no pasa nada. Y nosotros, como seres humanos, tenemos la obligación de amar ‘lo que es’ tal como es.

Si aceptamos esta premisa, la de que todo está roto, y lo miramos desde este prisma, la ansiedad desaparece, el miedo se diluye. El intentar cosas no perfectas se vuelve algo natural.

Es fundamental que nos enamoremos de lo roto; lo roto es el otro. Lo roto somos, incluso, nosotros. La perfección no solo no existe, ni siquiera es deseable.

Por tanto, neguemos el perfeccionismo cuando se presenta de forma arquetípica, cuando no es más que una forma de ejercer el control por parte del tiempo, cuando solo esconde su intención de mantener a raya el entusiasmo.
Neguemos el perfeccionismo como manera de detener el avance de la juventud.

Arriesguémonos, intentemos, hagamos. Sabiendo que hacerlo entraña el riesgo de perder, conociendo que podemos equivocarnos. Entendiendo que nada, al menos al principio, puede ser perfecto.

“El hombre cuerdo se amolda a la realidad; el loco, intenta amoldar la realidad a lo que él cree. Por tanto, todo el progreso del hombre dependerá siempre de los hombres locos.”

La frase es de Shaw. Casi perfecta.

Julio Wallovits es director creativo de La Doma

Foto: Roosevelt Library Wikimedia Commons

La frase no es mía. Solía decirla el gordo e impaciente Winston Churchill cuando sus colaboradores tardaban demasiado en poner algo en marcha bajo la excusa de que todavía no estaba todo “atado y bien atado”.

La traigo a colación aquí, y ahora, porque, al igual que seguramente le sucedía a Churchill, tengo la sensación de que el perfeccionismo está encubriendo un miedo, que no es más que una excusa nacida de la corrección política, para evitar poner en marcha todo lo que podría fracasar, o sea, TODO.

Para empezar, lo perfecto no existe. La actitud perfeccionista sí debe existir: hacer las cosas bien es más necesario hoy que nunca, pero el legítimo perfeccionismo está asociado a un tipo de inteligencia específica —nunca es general—.

Es importante hacer bien la distinción. El perfeccionismo legítimo pertenece al mundo de la pasión y de la fuerza. El ‘perfeccionismo arquetípico’ es, simplemente, conocimiento y experiencia impostados.

Y la experiencia impostada no es más que un billete de lotería ganador comprado después del sorteo.

Parece que en España el asumir riesgos no está bien visto. Es un tema cultural. En otros países, el asumir riesgos está visto como algo importante, necesario, casi heroico. De todas maneras, sea en la cultura que sea, el hecho de intentar algo, el arriesgarse, implica siempre necesariamente liberarse de las cadenas de lo enseñado y aceptar el error como base del conocimiento humano.

Como decía George Clooney en Up in the air: “Todo el que ha construido un imperio ha pasado alguna vez por esto: el despido».

No debería darnos miedo, bajo ningún concepto, el tener que enfrentarnos a un mundo que está ‘roto’. Todo está roto, no pasa nada. Y nosotros, como seres humanos, tenemos la obligación de amar ‘lo que es’ tal como es.

Si aceptamos esta premisa, la de que todo está roto, y lo miramos desde este prisma, la ansiedad desaparece, el miedo se diluye. El intentar cosas no perfectas se vuelve algo natural.

Es fundamental que nos enamoremos de lo roto; lo roto es el otro. Lo roto somos, incluso, nosotros. La perfección no solo no existe, ni siquiera es deseable.

Por tanto, neguemos el perfeccionismo cuando se presenta de forma arquetípica, cuando no es más que una forma de ejercer el control por parte del tiempo, cuando solo esconde su intención de mantener a raya el entusiasmo.
Neguemos el perfeccionismo como manera de detener el avance de la juventud.

Arriesguémonos, intentemos, hagamos. Sabiendo que hacerlo entraña el riesgo de perder, conociendo que podemos equivocarnos. Entendiendo que nada, al menos al principio, puede ser perfecto.

“El hombre cuerdo se amolda a la realidad; el loco, intenta amoldar la realidad a lo que él cree. Por tanto, todo el progreso del hombre dependerá siempre de los hombres locos.”

La frase es de Shaw. Casi perfecta.

Julio Wallovits es director creativo de La Doma

Foto: Roosevelt Library Wikimedia Commons

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