3 de mayo 2016    /   DIGITAL
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Periodismo de sobra

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El periodismo es una extraña profesión cuyos miembros un día podemos ser corporativistas a rabiar y al siguiente un atajo de Judas con puñales ensangrentados. No tenemos término medio. Un día secuestran a un compañero en una guerra y de pronto pasa a ser el más importante de los secuestrados —aunque haya civiles, militares o cooperantes en la misma situación— y al día siguiente afilamos las uñas para despellejar al compañero que comete un desliz. Todos lo hacemos —lo del desliz y lo del despelleje—, somos así.

(Opinión)

No deja de ser extraño, pero tenemos cierta tendencia a hablar de nosotros mismos y nuestras miserias. En las facultades de Periodismo (inexplicablemente abundantes) siempre se ha descrito el futuro como desolador, aun cuando la economía del país —pensábamos, nos decían— estaba para tirar cohetes. Incluso ahora, con tantos recursos al alcance de la mano.

Los periodistas siempre hemos sido agoreros sobre nuestra situación y, además, nos ha encantado hablar de nosotros y nuestros problemas, como si al resto de gremios les importara por aquello de que si nosotros estamos en crisis, tu derecho a la información —y por ende tu libertad— está en crisis. La democracia misma sufre con cada secuestro, despido o contrato precario del periodista. Yo, yo, yo.

Este siempre ha sido un oficio en crisis, porque no puede entenderse tampoco de otra manera. Posiblemente el primer gran problema de este oficio es que dejara de serlo y pasara a ser un negocio. Los artículos pasaron a llamarse ‘piezas’; los medios, ‘productos’ y los lectores, ‘usuarios’. Mercantilizamos la información para intentar hacerla rentable, y por el camino se cometió un error de base: la información de verdad, la comprometida, veraz, objetiva y significativa no es rentable. Nunca puede serlo porque nadie —ni usuarios, ni anunciantes, ni poderosos— pagan por ella.

El último ejemplo: El Mundo

En estos días van a despedir a un buen número de compañeros, esta vez en El Mundo. No es la primera vez que sucede —ni tampoco la primera que sucede en El Mundo, ni en otros muchos—. Y como las anteriores, todos repetimos la letanía de que ‘no sobra nadie’. Pero no es cierto. Dentro de esa misma lógica perversa que hemos creado, esa en que los periodistas queremos comer caliente y tener una nómina a fin de mes, sí sobra gente. En cuanto las cuentas de una empresa no cuadran se sacrifica el producto: sobra gente y se despide. Claro que sobra.

Que nadie se engañe: yo he sobrado, de momento dos veces. Y sobraré, seguro, más adelante. Lloraré por ello, lamentaré el rumbo de la empresa que —oh, traidores— ose echarme, señalaré lo equivocados que están y pronosticaré su zozobra. Seguramente acertaré, porque rara es la empresa periodística que no se encamina a un destino semejante, tal y como se hacen las cosas. Pero, inexorablemente, sobraré.

En estos días nos ponemos la capa de corporativismo y volvemos a hablar de nosotros mismos y lo mal que nos va. En El Mundo en apenas unos días se multiplican los ejemplos de compañeros hablando de eso: Lucía Méndez, Carmen Rigalt, Ignacio Díaz, Manuel Aguilera, Vicente Lozano, Pedro Simón… Podría seguir, pero lo dejaremos aquí. El problema, por más que se rasguen las vestiduras, es que poco hay que hacer: incluso aunque acabaran cancelando el ERE —cosa poco probable— el recorte llegaría por otro lado.

El gran problema que muchas empresas periodísticas tienen es la enorme estructura económica que soportan de tiempos pasados. Plantillas sobredimensionadas, abundancia de directivos, nóminas estratosféricas en altos cargos y un producto cada vez más irrelevante y menos leído. Por no hablar de las deudas, de los delirios de grandeza del pasado y de las herencias recibidas o prometidas a según qué amigos o miembros de la empresa. A eso hay que añadirle cosas como que los lectores no quieren pagar y que no sabemos cómo hacer buenos anuncios para rentabilizar las ediciones digitales. El drama es que el papel, el viejo papel, ya no es leído, y que lo digital, oh lo digital, no da todo el dinero que se necesita.

Pero claro, cada vez que un periodista se atreve a decir que al común de la sociedad le trae sin cuidado la supervivencia de los medios, los compañeros hinchamos el pecho y empezamos a enumerar las importantes exclusivas que nuestros medios afines o nosotros mismos hemos publicado y su enorme impacto en la sociedad. Pero la gran verdad es que al común de los mortales, y más en tiempos de crisis, todo eso le da igual: apenas un porcentaje de gente pagará por esa conciencia cívica porque no existe cultura crítica suficiente, ni periodismo honesto que no equipare su destino al de la democracia misma. A unos les falta el interés que a los otros les sobra.

Lo digital, el mal común

En esa ristra de artículos citados antes, como pasa en otros medios cuando se enfrentan a situaciones similares, hay críticas a este ‘nuevo sistema’ digital que ha impuesto condiciones draconianas de trabajo y fijaciones de audiencia como si nunca antes hubieran existido. Se denuncian los contenidos vacíos o interesados que llenan nuestras redes y redacciones como si fueran una exclusiva de lo digital. Se confunde contenido con formato y se culpabiliza a la modernidad del fatal destino de los compañeros, porque seguimos sin entender nada.

Parece ridículo que en pleno año 2016 se siga con el absurdo debate, ese que equipara calidad a papel y poca seriedad a digital. Como si el formato condicionara el contenido o la calidad. Hay, claro, muchos medios online que, presos de esa superabundancia y buscando competir en el mercado publicitario, se someten a la dictadura de los clics para crear contenidos infames a cambio de audiencias. Sacrifican la marca, y el periodismo, en el altar del retorno económico. Y vuelta al inicio: el problema es buscar rentabilidad en algo que no es más —ni menos— que un ejercicio intelectual con un difícil retorno económico y hacerlo, ya de paso, por el camino más corto en lugar de intentar hacer un buen —voy a decirlo— producto.

Pero claro, tan loco es todo que, por cambiar de medio, El País anuncia en el año 2016 que lanza una versión ‘responsive’, cuando más del 60% de su tráfico viene a través de pantallas móviles. Año 2016. Versión ‘responsive’. Lanzamiento y rediseño. A tope. El diario mascarón de proa de un grupo otrora adalid de la modernización de un país anquilosado.

Otro problema muy de este país: la apropiación y personalización de los medios en sus dirigentes, con sus filias y fobias. Yo trabajé con gente que no querían cubrir el lanzamiento cinematográfico del año en España porque su director caía mal a quien dirigía el medio. Ese es un ejemplo —tengo más— tonto. Luego hay cosas peligrosas, como que, sin cambiar de empresa, Juan Luis Cebrián haga que PRISA denuncie a El Diario y obligue a sus periodistas a no participar en programas de La Sexta. Ahí se pasa a la fase de los cuchillos, porque el corporativismo no entiende de intereses personales.

Ese tipo de comportamiento es heredero de esa época donde todo empezó a convertirse en negocio. Cuando un editorial de El País o una exclusiva de El Mundo hacían temblar al Gobierno. Eso sigue pasando, sí, pero la sociedad ha cambiado. Y mucho. Lo malo es que quienes hacen los medios no han cambiado tanto.

Comodidad y adaptación

El gran problema es que las empresas de medios, conservadoras como han sido, no han querido dejar de apostar por un modelo de negocio que les funcionó durante casi un siglo, y a la que han querido dar el salto la plaza estaba ocupada y había nuevas reglas que —oh— a la excelencia periodística no le encajan. Se han traído a la espalda sus actitudes, su postura de defensores de la democracia, su abultadísima deuda y su estructura económica insostenible.

Y a los periodistas, engreídos como somos, no nos gusta tener que adaptarnos a esos nuevos tiempos, ni aprender, ni que nos digan que ahora tenemos que hacer las cosas de forma diferente porque es que ahora, fíjate, los kioscos cierran y no hay colas de gente comprando el periódico, sino pilas de periódicos regalándose y nadie siquiera los recoge.

Así andamos, con el cuchillo ensangrentado entre los dientes para zurrarnos entre nosotros, y el hábito corporativista para cuando vemos las barbas del vecino recortar. Culpando a lo digital, a los youtubers, a las redes sociales y a la inmediatez de lo que no hemos querido entender: el formato no importa, importa llegar al lector, hacer que piense que vale la pena lo que hacemos, que aportamos algo.

Algunos, la resistencia, siguen empeñándose en decir que también el lector, como los votantes que abandonaron a UPyD, se equivoca, que hay que educarle. Y otros más, allá a lo lejos, responden que el periodismo tiene muchas cosas feas que algunos tienen que hacer para poder sobrevivir en esta carrera por el producto y el retorno económico.

Uno tiende a acordarse de Enrique Meneses cuando, horrorizado, decía que no entendía la figura del periodista asalariado, con nómina fija, dependiendo de las filias y las fobias del empresario de turno. Que él toda la vida había sido freelance, había cubierto las historias que había querido y había vendido a quien le había querido comprar.

Claro, la vida de Meneses no fue cómoda. Pero es que el periodismo, por más que nos guste, se supone que no lo es. Y cuando lo convertimos en una fábrica de contenidos y lo hacemos algo cómodo resulta que corremos el riesgo de sobrar si las cosas se tuercen. O si nos pasamos el día hablando de nosotros, esos periodistas que se supone que nunca debíamos ser la noticia. Y eso tampoco será culpa de internet.

Foto portada: bibiphoto / Shutterstock.com

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El periodismo es una extraña profesión cuyos miembros un día podemos ser corporativistas a rabiar y al siguiente un atajo de Judas con puñales ensangrentados. No tenemos término medio. Un día secuestran a un compañero en una guerra y de pronto pasa a ser el más importante de los secuestrados —aunque haya civiles, militares o cooperantes en la misma situación— y al día siguiente afilamos las uñas para despellejar al compañero que comete un desliz. Todos lo hacemos —lo del desliz y lo del despelleje—, somos así.

(Opinión)

No deja de ser extraño, pero tenemos cierta tendencia a hablar de nosotros mismos y nuestras miserias. En las facultades de Periodismo (inexplicablemente abundantes) siempre se ha descrito el futuro como desolador, aun cuando la economía del país —pensábamos, nos decían— estaba para tirar cohetes. Incluso ahora, con tantos recursos al alcance de la mano.

Los periodistas siempre hemos sido agoreros sobre nuestra situación y, además, nos ha encantado hablar de nosotros y nuestros problemas, como si al resto de gremios les importara por aquello de que si nosotros estamos en crisis, tu derecho a la información —y por ende tu libertad— está en crisis. La democracia misma sufre con cada secuestro, despido o contrato precario del periodista. Yo, yo, yo.

Este siempre ha sido un oficio en crisis, porque no puede entenderse tampoco de otra manera. Posiblemente el primer gran problema de este oficio es que dejara de serlo y pasara a ser un negocio. Los artículos pasaron a llamarse ‘piezas’; los medios, ‘productos’ y los lectores, ‘usuarios’. Mercantilizamos la información para intentar hacerla rentable, y por el camino se cometió un error de base: la información de verdad, la comprometida, veraz, objetiva y significativa no es rentable. Nunca puede serlo porque nadie —ni usuarios, ni anunciantes, ni poderosos— pagan por ella.

El último ejemplo: El Mundo

En estos días van a despedir a un buen número de compañeros, esta vez en El Mundo. No es la primera vez que sucede —ni tampoco la primera que sucede en El Mundo, ni en otros muchos—. Y como las anteriores, todos repetimos la letanía de que ‘no sobra nadie’. Pero no es cierto. Dentro de esa misma lógica perversa que hemos creado, esa en que los periodistas queremos comer caliente y tener una nómina a fin de mes, sí sobra gente. En cuanto las cuentas de una empresa no cuadran se sacrifica el producto: sobra gente y se despide. Claro que sobra.

Que nadie se engañe: yo he sobrado, de momento dos veces. Y sobraré, seguro, más adelante. Lloraré por ello, lamentaré el rumbo de la empresa que —oh, traidores— ose echarme, señalaré lo equivocados que están y pronosticaré su zozobra. Seguramente acertaré, porque rara es la empresa periodística que no se encamina a un destino semejante, tal y como se hacen las cosas. Pero, inexorablemente, sobraré.

En estos días nos ponemos la capa de corporativismo y volvemos a hablar de nosotros mismos y lo mal que nos va. En El Mundo en apenas unos días se multiplican los ejemplos de compañeros hablando de eso: Lucía Méndez, Carmen Rigalt, Ignacio Díaz, Manuel Aguilera, Vicente Lozano, Pedro Simón… Podría seguir, pero lo dejaremos aquí. El problema, por más que se rasguen las vestiduras, es que poco hay que hacer: incluso aunque acabaran cancelando el ERE —cosa poco probable— el recorte llegaría por otro lado.

El gran problema que muchas empresas periodísticas tienen es la enorme estructura económica que soportan de tiempos pasados. Plantillas sobredimensionadas, abundancia de directivos, nóminas estratosféricas en altos cargos y un producto cada vez más irrelevante y menos leído. Por no hablar de las deudas, de los delirios de grandeza del pasado y de las herencias recibidas o prometidas a según qué amigos o miembros de la empresa. A eso hay que añadirle cosas como que los lectores no quieren pagar y que no sabemos cómo hacer buenos anuncios para rentabilizar las ediciones digitales. El drama es que el papel, el viejo papel, ya no es leído, y que lo digital, oh lo digital, no da todo el dinero que se necesita.

Pero claro, cada vez que un periodista se atreve a decir que al común de la sociedad le trae sin cuidado la supervivencia de los medios, los compañeros hinchamos el pecho y empezamos a enumerar las importantes exclusivas que nuestros medios afines o nosotros mismos hemos publicado y su enorme impacto en la sociedad. Pero la gran verdad es que al común de los mortales, y más en tiempos de crisis, todo eso le da igual: apenas un porcentaje de gente pagará por esa conciencia cívica porque no existe cultura crítica suficiente, ni periodismo honesto que no equipare su destino al de la democracia misma. A unos les falta el interés que a los otros les sobra.

Lo digital, el mal común

En esa ristra de artículos citados antes, como pasa en otros medios cuando se enfrentan a situaciones similares, hay críticas a este ‘nuevo sistema’ digital que ha impuesto condiciones draconianas de trabajo y fijaciones de audiencia como si nunca antes hubieran existido. Se denuncian los contenidos vacíos o interesados que llenan nuestras redes y redacciones como si fueran una exclusiva de lo digital. Se confunde contenido con formato y se culpabiliza a la modernidad del fatal destino de los compañeros, porque seguimos sin entender nada.

Parece ridículo que en pleno año 2016 se siga con el absurdo debate, ese que equipara calidad a papel y poca seriedad a digital. Como si el formato condicionara el contenido o la calidad. Hay, claro, muchos medios online que, presos de esa superabundancia y buscando competir en el mercado publicitario, se someten a la dictadura de los clics para crear contenidos infames a cambio de audiencias. Sacrifican la marca, y el periodismo, en el altar del retorno económico. Y vuelta al inicio: el problema es buscar rentabilidad en algo que no es más —ni menos— que un ejercicio intelectual con un difícil retorno económico y hacerlo, ya de paso, por el camino más corto en lugar de intentar hacer un buen —voy a decirlo— producto.

Pero claro, tan loco es todo que, por cambiar de medio, El País anuncia en el año 2016 que lanza una versión ‘responsive’, cuando más del 60% de su tráfico viene a través de pantallas móviles. Año 2016. Versión ‘responsive’. Lanzamiento y rediseño. A tope. El diario mascarón de proa de un grupo otrora adalid de la modernización de un país anquilosado.

Otro problema muy de este país: la apropiación y personalización de los medios en sus dirigentes, con sus filias y fobias. Yo trabajé con gente que no querían cubrir el lanzamiento cinematográfico del año en España porque su director caía mal a quien dirigía el medio. Ese es un ejemplo —tengo más— tonto. Luego hay cosas peligrosas, como que, sin cambiar de empresa, Juan Luis Cebrián haga que PRISA denuncie a El Diario y obligue a sus periodistas a no participar en programas de La Sexta. Ahí se pasa a la fase de los cuchillos, porque el corporativismo no entiende de intereses personales.

Ese tipo de comportamiento es heredero de esa época donde todo empezó a convertirse en negocio. Cuando un editorial de El País o una exclusiva de El Mundo hacían temblar al Gobierno. Eso sigue pasando, sí, pero la sociedad ha cambiado. Y mucho. Lo malo es que quienes hacen los medios no han cambiado tanto.

Comodidad y adaptación

El gran problema es que las empresas de medios, conservadoras como han sido, no han querido dejar de apostar por un modelo de negocio que les funcionó durante casi un siglo, y a la que han querido dar el salto la plaza estaba ocupada y había nuevas reglas que —oh— a la excelencia periodística no le encajan. Se han traído a la espalda sus actitudes, su postura de defensores de la democracia, su abultadísima deuda y su estructura económica insostenible.

Y a los periodistas, engreídos como somos, no nos gusta tener que adaptarnos a esos nuevos tiempos, ni aprender, ni que nos digan que ahora tenemos que hacer las cosas de forma diferente porque es que ahora, fíjate, los kioscos cierran y no hay colas de gente comprando el periódico, sino pilas de periódicos regalándose y nadie siquiera los recoge.

Así andamos, con el cuchillo ensangrentado entre los dientes para zurrarnos entre nosotros, y el hábito corporativista para cuando vemos las barbas del vecino recortar. Culpando a lo digital, a los youtubers, a las redes sociales y a la inmediatez de lo que no hemos querido entender: el formato no importa, importa llegar al lector, hacer que piense que vale la pena lo que hacemos, que aportamos algo.

Algunos, la resistencia, siguen empeñándose en decir que también el lector, como los votantes que abandonaron a UPyD, se equivoca, que hay que educarle. Y otros más, allá a lo lejos, responden que el periodismo tiene muchas cosas feas que algunos tienen que hacer para poder sobrevivir en esta carrera por el producto y el retorno económico.

Uno tiende a acordarse de Enrique Meneses cuando, horrorizado, decía que no entendía la figura del periodista asalariado, con nómina fija, dependiendo de las filias y las fobias del empresario de turno. Que él toda la vida había sido freelance, había cubierto las historias que había querido y había vendido a quien le había querido comprar.

Claro, la vida de Meneses no fue cómoda. Pero es que el periodismo, por más que nos guste, se supone que no lo es. Y cuando lo convertimos en una fábrica de contenidos y lo hacemos algo cómodo resulta que corremos el riesgo de sobrar si las cosas se tuercen. O si nos pasamos el día hablando de nosotros, esos periodistas que se supone que nunca debíamos ser la noticia. Y eso tampoco será culpa de internet.

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Opiniones 2
  • Hacía tiempo que no te leía Borja. Desde la universidad escuchaba la lucha entre la utopía del periodismo que debe ser y el que es en la práctica. Y soy graduada en los 90, antes del boom de internet y todo lo que vino después. En aquella época el problema era el intrusismo en la profesión y cómo se debía atajar por un lado, y el periodismo de calidad alejado del servilismo por el otro…
    Hoy esto último sigue igual, pero con el agregado de toda la revolución que vino con la Red y que aún (AÚN) no hemos resuelto. Lo curioso es que hace poco fui a una charla aquí en MAdrid sobre periodismo gastro y en la que los ponentes eran 3 personas de mediana edad y consagradas en su profesión y una cuarta mucho más joven y buscándose la vida en el periodismo. Las 3 primeras se quejaban de internet, del intrusismo (fue la palabra que más sonó) y de los blogueros que escribian sin título… Fue como retroceder en el tiempo y volver a escuchar el discurso de quien no acepta el cambio por más que lo tenga en las narices.
    Al final el problema que planteas es ese, la adaptación o no al cambio

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