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17 de octubre 2014    /   BUSINESS
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Long-form: la moda del periodismo para rolleros

17 de octubre 2014    /   BUSINESS     por          
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Si hay algo que define a los medios digitales ahora mismo es (además del crecimiento y la búsqueda de ingresos) la actualidad: la fiebre por ser los primeros en contar algo, que tan a menudo hace que se cometan graves errores, unida a la capilaridad de las redes sociales, ha acabado por cambiar en pocos años la manera en que se informa. Pero ahí queda un pequeño reducto, una aldea gala frente al Imperio Romano: un grupo de locos en varios proyectos que han decidido apostar por otro tipo de historias, largas, atemporales y reportajeadas.
«¡Gracias, casi conseguí leerlo entero del interés que me despertaste, pero si me permites la sugerencia, un poquito más corto mejor!», decía Sandra Cámara. «Te aconsejo utilizar subtítulos para separar contenidos y poder leer más fácilmente el contenido. Saludos!», añadía Borja Girón. Ambos son comentarios a una pieza (paradójicamente titulada ‘Tu comentario no importa’) que escribí en Yorokobu hace un par de semanas acerca de cómo los medios digitales usaron durante mucho tiempo los comentarios de los usuarios como fórmula para obtener audiencia.
Ambos insisten en lo mismo, aunque de forma educada: soy un rollero y escribo demasiado.
Y tienen razón.
Si hace un par de años o tres alguien me preguntaba cómo había que escribir contenido para un medio online, hubiera respondido que salvo artículos elaborados, con seis u ocho párrafos no demasiado largos bastaba. Hubiera añadido comentarios sobre añadir enlaces, al menos un ladillo, quizá un destacado, seguir la estructura de pirámide invertida y otras yerbas que hacemos los periodistas. Pero lo importante de la reflexión era eso: de seis a ocho párrafos.
La idea que se tenía es que en la Red la gente no lee información, consume información. Parece lo mismo, pero no lo es. El usuario digital es, por definición, infiel: picotea titulares y, con suerte, entradillas, salta de un medio a otro, ojea la portada sin hacer demasiado scroll, quizá pinche en algún titular o imagen y, quién sabe, quizá aterrice en algún artículo a través de redes sociales. Una vez dentro la gran mayoría leerán titular, uno o dos párrafos, y se irán a seguir con su poligamia informativa, picoteando de flor en flor a lo sábado noche en versión mediática.
Pero resulta que a veces las cosas no son como uno cree
Hace unos años, cuando los amigos de la revista Jot Down no eran tan conocidos como ahora, proponían cosas muy locas. Que si querían ser como The New Yorker, pero en español. Que si ellos, de actualidad, nada. Que de textos breves, ni hablar. Todo en blanco y negro. La locura seguía: redes sociales usadas de forma muy personal, entrevistas larguísimas, tipo de letra pequeña, maquetación sencillísima, poco interlineado, mucho foco periodístico, revistas en papel gordísimas, a diez euros, y cada tantos meses…
Yo mismo pensé que por lo primero (lo del New Yorker) eran unos sobrados y por todo lo demás, unos locos. Luego empecé a colaborar con ellos de forma esporádica y me empezaron a parecer menos locos. La cosa empezó a hacerse grande y a triunfar, hasta los grandes tótems del sector hablaban de ellos y, no hace demasiado, anunciaban que dos de sus mastodónticas revistas habían vendido diez mil unidades (a diez euros la unidad, calcula).
La fórmula funcionaba. Eso sí, en enero del año pasado nos mandaron un mail a los colaboradores pidiendo algo de contención: ponían el límite en unas tres mil palabras, que no está mal, con dos salvedades: entrevistas y reportajes, donde hay más manga ancha
Captura de pantalla 2014-10-17 a la(s) 12.14.49
Los compañeros de JotDown no son ni los primeros ni los únicos en apostar por lo que se ha llamado ‘long-form’, que podríamos bautizar como ‘periodismo para rolleros’. En medio de tanta fiebre por la última hora, tanto uso de Twitter como una ametralladora de alertas y tanto interés por seguir lo que pasa al minuto, una ventana se ha abierto de par en par: gente que escribe mucho y bien sobre temas no necesariamente vinculados a la actualidad y rompiendo todas esas reglas acerca de cómo se supone que funcionan los textos online.
Muchos medios están apostando por la fórmula, combinando contenidos breves y actuales con reportajes de desarrollo y auténticos ‘chorizos’ de texto. Por ejemplo, esta biografía no autorizada de Marissa Mayer, CEO de Yahoo, que publicó Nicholas Carlson en Business Insider en agosto del año pasado y que pese a sus 20.000 palabras (más de 80 páginas de Word usando Helvética 11,5 pt, ahí es nada) lleva 1,4 millones de lecturas.
El caso más conocido es el de The New York Times, que lleva un tiempo publicando unas espectaculares visualizaciones multimedia con reportajes de todo tipo: textos largos contando una historia con vídeos, despieces, gráficos interactivos y todo un despliegue tecnológico al servicio de una sola meta: no es cuestión de informar, es contar una historia. Así nacieron reportajes como The Jockey, A game of shark and Minnow, Snowfall, Tomato can bluesThe Russia left behind, The dream boatInto the wildfireForging an art market in China, We like you so much and want to know you better, Addiction treatment with a dark side, o A painful mix of fire, wind and questions
El portal tecnológico The Verge, conocido por sus extensas reviews y ser uno de los grandes referentes del sector del momento, también ha experimentado con el ‘long-form’. De hecho, tienen una sección entera para este tipo de coberturas, en las que por norma general (algo que también hace The New York Times), cambian el diseño de la página de lectura: una única columna a todo el ancho, salpicada con imágenes, vídeos o destacados en el margen, cuerpo de letra mayor, mayor interlineado y otras técnicas para facilitar la lectura. La idea parece clara: ya que te vas a tirar media hora leyendo, al menos hazlo cómodamente.
Captura de pantalla 2014-10-17 a la(s) 12.14.30
La clave, además de mucho texto y en casos como NYT o The Verge el uso de formatos multimedia, es el de la calidad: si la gente lee rápidamente la actualidad es porque es un producto para consumo rápido, en el que con leer titular y párrafo y medio sobra. El resto es paja y el tiempo es oro. Este tipo de historias tiene otra filosofía: se cuenta una historia, no un hecho, con una profundidad mucho mayor, reparando en los detalles y el entorno y con una escritura de primer nivel. Lógicamente solo se puede aspirar a que alguien invierta tanto tiempo y esfuerzo leyendo, si técnicamente el producto está adecuado a una lectura larga y la calidad del texto lo merece.
Ese es el quid de la cuestión: los textos tan largos y trabajados cuestan tiempo y dinero de hacer, y si no funcionan en audiencia se seguirá optando por el texto corto y rápido, que no requiere tanto esfuerzo técnico y profesional ni un perfil tan especializado.
Como de momento la cosa funciona, ya hay quien quiere rizar el rizo: en breve se lanzará Latterly, un proyecto editorial basado en Asia en el que dos occidentales intentan crear contenido ‘long-form’ donde las métricas no importen. El rizar el rizo y prescindir de la audiencia viene de que la vía de ingresos no es por publicidad, sino por pago de los lectores: tres dólares mensuales u ocho trimestrales.
Un paso más allá es irse al formato libro, que últimamente no vive solo de las novelas. Editoriales independientes como Libros del KO o Libros.com, que edita con crowdfunding, están apostando por la narrativa periodística, o lo que es lo mismo, historias periodísticas que exceden la longitud del reportaje para convertirse en un libro en sí mismo. Y la gente los compra.
Ahora falta ver si el long-form y la profundidad se establecen como alternativa a la velocidad de la actualidad o no, y si el modelo económico lo soporta, ya sea como pago previo o suscripción, ya sea con venta o audiencia y publicidad.
Si hace unos meses hablábamos de que el contenido volvía a importar, que hasta los portales tecnológicos y las empresas apostaban por el contenido, parece que el ‘long-form’ viene a confirmarlo: el regreso del cuentacuentos es real; falta ver si será definitivo.

Si hay algo que define a los medios digitales ahora mismo es (además del crecimiento y la búsqueda de ingresos) la actualidad: la fiebre por ser los primeros en contar algo, que tan a menudo hace que se cometan graves errores, unida a la capilaridad de las redes sociales, ha acabado por cambiar en pocos años la manera en que se informa. Pero ahí queda un pequeño reducto, una aldea gala frente al Imperio Romano: un grupo de locos en varios proyectos que han decidido apostar por otro tipo de historias, largas, atemporales y reportajeadas.
«¡Gracias, casi conseguí leerlo entero del interés que me despertaste, pero si me permites la sugerencia, un poquito más corto mejor!», decía Sandra Cámara. «Te aconsejo utilizar subtítulos para separar contenidos y poder leer más fácilmente el contenido. Saludos!», añadía Borja Girón. Ambos son comentarios a una pieza (paradójicamente titulada ‘Tu comentario no importa’) que escribí en Yorokobu hace un par de semanas acerca de cómo los medios digitales usaron durante mucho tiempo los comentarios de los usuarios como fórmula para obtener audiencia.
Ambos insisten en lo mismo, aunque de forma educada: soy un rollero y escribo demasiado.
Y tienen razón.
Si hace un par de años o tres alguien me preguntaba cómo había que escribir contenido para un medio online, hubiera respondido que salvo artículos elaborados, con seis u ocho párrafos no demasiado largos bastaba. Hubiera añadido comentarios sobre añadir enlaces, al menos un ladillo, quizá un destacado, seguir la estructura de pirámide invertida y otras yerbas que hacemos los periodistas. Pero lo importante de la reflexión era eso: de seis a ocho párrafos.
La idea que se tenía es que en la Red la gente no lee información, consume información. Parece lo mismo, pero no lo es. El usuario digital es, por definición, infiel: picotea titulares y, con suerte, entradillas, salta de un medio a otro, ojea la portada sin hacer demasiado scroll, quizá pinche en algún titular o imagen y, quién sabe, quizá aterrice en algún artículo a través de redes sociales. Una vez dentro la gran mayoría leerán titular, uno o dos párrafos, y se irán a seguir con su poligamia informativa, picoteando de flor en flor a lo sábado noche en versión mediática.
Pero resulta que a veces las cosas no son como uno cree
Hace unos años, cuando los amigos de la revista Jot Down no eran tan conocidos como ahora, proponían cosas muy locas. Que si querían ser como The New Yorker, pero en español. Que si ellos, de actualidad, nada. Que de textos breves, ni hablar. Todo en blanco y negro. La locura seguía: redes sociales usadas de forma muy personal, entrevistas larguísimas, tipo de letra pequeña, maquetación sencillísima, poco interlineado, mucho foco periodístico, revistas en papel gordísimas, a diez euros, y cada tantos meses…
Yo mismo pensé que por lo primero (lo del New Yorker) eran unos sobrados y por todo lo demás, unos locos. Luego empecé a colaborar con ellos de forma esporádica y me empezaron a parecer menos locos. La cosa empezó a hacerse grande y a triunfar, hasta los grandes tótems del sector hablaban de ellos y, no hace demasiado, anunciaban que dos de sus mastodónticas revistas habían vendido diez mil unidades (a diez euros la unidad, calcula).
La fórmula funcionaba. Eso sí, en enero del año pasado nos mandaron un mail a los colaboradores pidiendo algo de contención: ponían el límite en unas tres mil palabras, que no está mal, con dos salvedades: entrevistas y reportajes, donde hay más manga ancha
Captura de pantalla 2014-10-17 a la(s) 12.14.49
Los compañeros de JotDown no son ni los primeros ni los únicos en apostar por lo que se ha llamado ‘long-form’, que podríamos bautizar como ‘periodismo para rolleros’. En medio de tanta fiebre por la última hora, tanto uso de Twitter como una ametralladora de alertas y tanto interés por seguir lo que pasa al minuto, una ventana se ha abierto de par en par: gente que escribe mucho y bien sobre temas no necesariamente vinculados a la actualidad y rompiendo todas esas reglas acerca de cómo se supone que funcionan los textos online.
Muchos medios están apostando por la fórmula, combinando contenidos breves y actuales con reportajes de desarrollo y auténticos ‘chorizos’ de texto. Por ejemplo, esta biografía no autorizada de Marissa Mayer, CEO de Yahoo, que publicó Nicholas Carlson en Business Insider en agosto del año pasado y que pese a sus 20.000 palabras (más de 80 páginas de Word usando Helvética 11,5 pt, ahí es nada) lleva 1,4 millones de lecturas.
El caso más conocido es el de The New York Times, que lleva un tiempo publicando unas espectaculares visualizaciones multimedia con reportajes de todo tipo: textos largos contando una historia con vídeos, despieces, gráficos interactivos y todo un despliegue tecnológico al servicio de una sola meta: no es cuestión de informar, es contar una historia. Así nacieron reportajes como The Jockey, A game of shark and Minnow, Snowfall, Tomato can bluesThe Russia left behind, The dream boatInto the wildfireForging an art market in China, We like you so much and want to know you better, Addiction treatment with a dark side, o A painful mix of fire, wind and questions
El portal tecnológico The Verge, conocido por sus extensas reviews y ser uno de los grandes referentes del sector del momento, también ha experimentado con el ‘long-form’. De hecho, tienen una sección entera para este tipo de coberturas, en las que por norma general (algo que también hace The New York Times), cambian el diseño de la página de lectura: una única columna a todo el ancho, salpicada con imágenes, vídeos o destacados en el margen, cuerpo de letra mayor, mayor interlineado y otras técnicas para facilitar la lectura. La idea parece clara: ya que te vas a tirar media hora leyendo, al menos hazlo cómodamente.
Captura de pantalla 2014-10-17 a la(s) 12.14.30
La clave, además de mucho texto y en casos como NYT o The Verge el uso de formatos multimedia, es el de la calidad: si la gente lee rápidamente la actualidad es porque es un producto para consumo rápido, en el que con leer titular y párrafo y medio sobra. El resto es paja y el tiempo es oro. Este tipo de historias tiene otra filosofía: se cuenta una historia, no un hecho, con una profundidad mucho mayor, reparando en los detalles y el entorno y con una escritura de primer nivel. Lógicamente solo se puede aspirar a que alguien invierta tanto tiempo y esfuerzo leyendo, si técnicamente el producto está adecuado a una lectura larga y la calidad del texto lo merece.
Ese es el quid de la cuestión: los textos tan largos y trabajados cuestan tiempo y dinero de hacer, y si no funcionan en audiencia se seguirá optando por el texto corto y rápido, que no requiere tanto esfuerzo técnico y profesional ni un perfil tan especializado.
Como de momento la cosa funciona, ya hay quien quiere rizar el rizo: en breve se lanzará Latterly, un proyecto editorial basado en Asia en el que dos occidentales intentan crear contenido ‘long-form’ donde las métricas no importen. El rizar el rizo y prescindir de la audiencia viene de que la vía de ingresos no es por publicidad, sino por pago de los lectores: tres dólares mensuales u ocho trimestrales.
Un paso más allá es irse al formato libro, que últimamente no vive solo de las novelas. Editoriales independientes como Libros del KO o Libros.com, que edita con crowdfunding, están apostando por la narrativa periodística, o lo que es lo mismo, historias periodísticas que exceden la longitud del reportaje para convertirse en un libro en sí mismo. Y la gente los compra.
Ahora falta ver si el long-form y la profundidad se establecen como alternativa a la velocidad de la actualidad o no, y si el modelo económico lo soporta, ya sea como pago previo o suscripción, ya sea con venta o audiencia y publicidad.
Si hace unos meses hablábamos de que el contenido volvía a importar, que hasta los portales tecnológicos y las empresas apostaban por el contenido, parece que el ‘long-form’ viene a confirmarlo: el regreso del cuentacuentos es real; falta ver si será definitivo.

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