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13 de mayo 2019    /   IDEAS
por
Ilustración  Cranio Dsgn

Celia Blanco: «Soy de las que se mecen en el sonido grave de su voz»

La directora del programa 'Contigo dentro' explica cómo aprendió a modular su voz y cómo se convirtió en «la del sexo»

13 de mayo 2019    /   IDEAS     por        Ilustración  Cranio Dsgn
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La puerta de la casa de la periodista Celia Blanco está entreabierta. Falta medio piso para que se pueda ver pero lo descubro porque su voz ha salido a mi encuentro. Un «holaaa» grave, profundo, baja por las escaleras y llena el aire de este edificio centenario en el centro de Madrid.

Está al fondo del pasillo, en su despacho: su refugio. Aparece con ropa de estar en casa, chandalera, y unas gafas de cristales amarillos. Me da dos besos con un trapo en una mano y un pulverizador en la otra.

—He visto que había una mancha —dice.

Vamos al salón y pasa el trapo por una especie de huella oscura que hay en la puerta. ¿Habrá sido el Moco (su hijo)? ¿Quizá el Patillas (su pareja)? Celia empieza a hablar como es ella: como un ciclón. Escucharla es echarse al oleaje del Pacífico. Ella te lleva de aquí allá como a un pelele. Te sube, te baja. Te grita, te susurra. Te atrapa en un silencio con una mirada fija que te clava contra la pared.

Artículo relacionado

Ella no lo sabe pero, mientras habla, mido las potencias:

-Su voz retumba en el salón (Tic: √)
-El ventanal que da a la Plaza Mayor vibra (Aspa: X)
-La potencia de sus palabras oculta los pequeños ruidillos de ambiente (Tic: √)

Una vez metido en este oleaje no queda otra que dejarse envolver. Su voz te va a manejar siempre. Porque, además, tiene un cancerbero: su mirada. No vas a escapar de Celia Blanco ni por un lado ni por otro. Ella manda con estas dos armas.

Estrenó su voz en televisión. Estuvo en Canal Sí, en Telemadrid, en Antena3. Locutó anuncios y documentales. Pasó a la radio. En septiembre de 2015 la Cadena Ser presentó Contigo dentro, el programa de sexo que hace desde entonces, y en aquel acto Iñaki Gabilondo dijo de ella: «Es la mejor voz que hemos tenido en los últimos años».

—Me dio muchísima vergüenza, me puse muy colorada. Me emocioné muchísimo —cuenta Celia, abriendo la boca en gesto de sorpresa y admiración.

En el salón hay dos sofás. Me siento en uno y ella se sitúa en el de enfrente. No va a ser una conversación de perfil en una misma línea de tiro. Ella ocupa su espacio y me deja el mío. Frente a frente. El oleaje me viene de cara.

—¿Qué representa tu voz en tu forma de ser y en tu vida?

—Mi mejor seña de identidad es mi voz. Ha sido determinante en mi vida. Desde siempre —y pone un acento con un silencio—. Yo era pequeñita y tenía una voz muy grave; tenía una voz de persona mayor. Estaba en un colegio de monjas donde se cantaba mucho. Todas las profesoras de música me decían que tenía una voz demasiado grave: entonces me ponían muy atrás y yo acababa haciendo playback. Lo cual me vino fenomenal porque tuve una adolescencia en la que pude cantar todas las canciones de Madonna moviendo los labios.

labios dibujados de la periodista Celia Blanco

La voz de periodista

Esa voz la llevó a su primer trabajo de reportera. En 1993 la ficharon en una televisión local de Almería. «La persona que me contrató dijo que yo tenía mucha presencia para las noticias porque, claro, como contaba las cosas así», recuerda. «La voz siempre ha sido un artilugio mío para el trabajo. Si te dedicas al periodismo escrito, puedes tener una voz de pito. En la televisión, no. Yo locuté muchos documentales de En Portada y Documentos TV, y muchas personas me siguen preguntando si es mi voz. La reconocen. Puedo contar muchas anécdotas porque mi voz es muy característica».

Celia es la dueña de los silencios de esta habitación. No es fácil colarle una pregunta ni siquiera en sus pausas: son mutismos que advierten que no ha terminado de hablar; son silencios que pesan, como el remolino que avisa que viene otra ola. «Llevo tanto tiempo trabajando con la voz que he conseguido mimetizarla con mi discurso. Uno de los pesos fuertes de mis charlas es dominar la voz: hablar muy deprisa para hacer un énfasis —y acelera—, pero con la cadencia perfecta —y acentúa cada palabra— para que mi tono tenga que ver con el discurso. Yo le debo todo a la voz. Gracias a ella, tengo la vida que quiero. Trabajo en lo que más me gusta: la radio».

Cambia la posición de las piernas, se echa el pelo hacia el otro lado. «Soy de las que se mecen mucho en el sonido grave de su voz. Me gusta mucho. Me ha llevado a situaciones como que algunas personas me han confundido durante años con una mujer transexual. Porque tengo una voz y un aspecto de transexual: soy alta, soy grande, soy corpulenta, soy contundente, tengo unos rasgos muy angulosos… y con este vozarrón… ¡Me lo han dicho en muchísimas ocasiones! Además, no es raro, porque yo estoy en muchos fregaos LGTB».

La voz andrógina

Un día de primavera de 2017 la periodista Celia Blanco entregó un galardón en los Premios Plumas y Látigos que convoca la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales. Al bajar del escenario la abrazó una mujer y le dijo: «Le encantas a mi Marisa, que es también una mujer transexual. Ella quiere ser periodista, como tú, y siempre te pone de ejemplo».

Celia le preguntó:
—¿Pero me ponen de ejemplo como periodista?

La mujer respondió:
—Y como mujer transexual.

—Es que yo no soy una mujer transexual —aclaró Celia—. Soy una mujer cisgénero.

«Yo lo siento por la madre de Marisa. Y por Marisa, claro», cuenta ahora, con una sonrisa y unos ojos picarones. Congela el gesto unos segundos y añade: «Y me gusta. Me parece que el puzle se ha unido de tal manera para que yo hable de sexo y tenga una voz para ser confundida con una mujer transexual. Nada me gusta más».

No se puede atribuir a la ligera una identidad a su voz. No podría decirse que es femenina o masculina. Es como el umami: un sabor que ni es dulce ni es salado; es sabroso.

—¿Cómo defines tu voz?

—Yo tengo mucho de andrógina. Mi voz forma parte de mi personalidad y mi estilo. A mí siempre me ha gustado mucho vestirme absolutamente masculina y pintarme los labios rojos. Me encantan los sombreros: tengo masculinos y femeninos. Me gusta jugar con ese despiste. Yo no he elegido mi voz. Lo bueno es que ha podido estar en una persona que se siente muy identificada con esa sensación de androginia. Yo no tengo la necesidad de ser ni masculina ni femenina. Además, soy una mujer bisexual.

En los diarios que guarda de su infancia ya se preguntaba por qué era una niña y no un niño. «Nunca he tenido los latidos de una persona transexual. No he tenido los latidos de no saber quién soy. Yo siempre me he sentido cómoda como niña, pero me preguntaba por qué había caído en ese cuerpo», relata.

—Yo decía: si yo no decido eso, yo no decido nada. Pero si me hubieran configurado, nunca habría una voz que tuviera más que ver conmigo. A mí me resultaría muy raro argumentar lo que argumento con otro tono de voz. Porque cuando yo digo la palabra polla —y la pronuncia haciendo un redondel enorme con los labios—, se me llena la boca. Pero es que verga lo digo exactamente igual de bien. Y coño, ¡no te quiero ni contar!

De esta escalada en decibelios que han ido tomando las últimas frases pasa a un silencio estratégico. Hace una pausa contenida con la mirada y suelta con desdén:

—Con una voz de pito no es lo mismo.

labios de la periodista Celia Blanco

La voz sin lección ni ley

Al enfatizar, a veces, se deja las eses finales de las palabras. Es una andaluzada que le da carácter, chulería, poderío. Es un aprendizaje inconsciente que da la calle. Celia no ha pisado una escuela de locución.

—¿Cómo has ido aprendiendo a modular tu voz?

—Nunca me he podido permitir el lujo de pagarme un buen curso. Podría nutrirme de tutoriales en internet, pero no domino mucho la tecnología. La única manera de aprender a dominar tu voz es escuchándote mucho, con el consiguiente trauma de que no te gustes. Hay mogollón de veces que yo no me gusto. La única manera de aprender es sacándote tus propios defectos.

Celia lee lo que escribe, lo oye, lo escucha y lo vuelve a escuchar hasta encontrar el tono adecuado para lo que quiere decir. «Cierro mi programa con un texto y, aunque lo grabe por la tarde, me gusta imaginarme que son las cuatro de la madrugada. Además, yo hablo de sexo. Me imagino que la gente está en la cama, que me está escuchando y que hace lo mismo que yo: “Quiero escuchar, quiero escuchar, shhhh”».

También ha aprendido mucho de las personas que admira. «Un editorial de Àngels Barceló es una de las mejores lecciones de locución, intención e intencionalidad de la radio. Es capaz de pasar por todos los registros. Es lo que yo intento hacer». Menciona a Toni Garrido: «Me fascina. Me encantaría hablar de sexo con él. Creo que tiene una voz muy contundente, muy bien manejada. Aunque intente pasar desapercibido, no lo va a conseguir nunca y ahí, siento ser así de chula, pero creo que a mí me pasa lo mismo». Y habla de una necesidad: «Escuchar la voz de Iñaki Gabilondo todos los días, porque forma parte de mi vida».

La voz de madrugada

Su programa Contigo dentro la ha convertido en una de las voces de medianoche. «A mí me escuchan, sobre todo, en podcast. Pero el programa se emite a las 4.00 de la madrugada del sábado. Por eso me reconocen, sobre todo, los que trabajan en Mercamadrid [un macromercado donde van a comprar miles de fruteros y pescaderos antes de que salga el sol]».

Celia recrea una escena que le ocurrió en una pescadería:

«—Hola, buenas tardes. ¿Me pones este rodaballo, me lo abres y me guardas, por favor, la cabeza y la raspa, y me la pones aparte, que lo voy a hacer rebozaíto?

Se queda así el chico —Celia pone cara de asombro y levanta una ceja— y dice:

—Tú eres la del programa de sexo de la Cadena Ser.

—¿Me has reconocido?

—¿Tú te escuchas cuando dices rebozaíto?».

Ese sufijo la delata: «Yo digo mucho esos diminutivos terminados en -ito. El rebozaíto, el revolconcito, el achuchaíto… Las palabras que utilizas, el tono al decirlas, los sufijos que eliges van formando quién eres. He pasado de que me reconozcan las señoras del mercado porque me veían en TeleMadrid (yo estaba todas las tardes en el salón de su casa) a que sean los de las pescaderías, los que a las 4.00 de la mañana están eligiendo el pescado. Me dicen: “Tú eres la del sexo”. Y a mí me gusta muchísimo ser “la del sexo”: soy la persona más feliz del mundo».

La puerta de la casa de la periodista Celia Blanco está entreabierta. Falta medio piso para que se pueda ver pero lo descubro porque su voz ha salido a mi encuentro. Un «holaaa» grave, profundo, baja por las escaleras y llena el aire de este edificio centenario en el centro de Madrid.

Está al fondo del pasillo, en su despacho: su refugio. Aparece con ropa de estar en casa, chandalera, y unas gafas de cristales amarillos. Me da dos besos con un trapo en una mano y un pulverizador en la otra.

—He visto que había una mancha —dice.

Vamos al salón y pasa el trapo por una especie de huella oscura que hay en la puerta. ¿Habrá sido el Moco (su hijo)? ¿Quizá el Patillas (su pareja)? Celia empieza a hablar como es ella: como un ciclón. Escucharla es echarse al oleaje del Pacífico. Ella te lleva de aquí allá como a un pelele. Te sube, te baja. Te grita, te susurra. Te atrapa en un silencio con una mirada fija que te clava contra la pared.

Ella no lo sabe pero, mientras habla, mido las potencias:

-Su voz retumba en el salón (Tic: √)
-El ventanal que da a la Plaza Mayor vibra (Aspa: X)
-La potencia de sus palabras oculta los pequeños ruidillos de ambiente (Tic: √)

Artículo relacionado

Una vez metido en este oleaje no queda otra que dejarse envolver. Su voz te va a manejar siempre. Porque, además, tiene un cancerbero: su mirada. No vas a escapar de Celia Blanco ni por un lado ni por otro. Ella manda con estas dos armas.

Estrenó su voz en televisión. Estuvo en Canal Sí, en Telemadrid, en Antena3. Locutó anuncios y documentales. Pasó a la radio. En septiembre de 2015 la Cadena Ser presentó Contigo dentro, el programa de sexo que hace desde entonces, y en aquel acto Iñaki Gabilondo dijo de ella: «Es la mejor voz que hemos tenido en los últimos años».

—Me dio muchísima vergüenza, me puse muy colorada. Me emocioné muchísimo —cuenta Celia, abriendo la boca en gesto de sorpresa y admiración.

En el salón hay dos sofás. Me siento en uno y ella se sitúa en el de enfrente. No va a ser una conversación de perfil en una misma línea de tiro. Ella ocupa su espacio y me deja el mío. Frente a frente. El oleaje me viene de cara.

—¿Qué representa tu voz en tu forma de ser y en tu vida?

—Mi mejor seña de identidad es mi voz. Ha sido determinante en mi vida. Desde siempre —y pone un acento con un silencio—. Yo era pequeñita y tenía una voz muy grave; tenía una voz de persona mayor. Estaba en un colegio de monjas donde se cantaba mucho. Todas las profesoras de música me decían que tenía una voz demasiado grave: entonces me ponían muy atrás y yo acababa haciendo playback. Lo cual me vino fenomenal porque tuve una adolescencia en la que pude cantar todas las canciones de Madonna moviendo los labios.

labios dibujados de la periodista Celia Blanco

La voz de periodista

Esa voz la llevó a su primer trabajo de reportera. En 1993 la ficharon en una televisión local de Almería. «La persona que me contrató dijo que yo tenía mucha presencia para las noticias porque, claro, como contaba las cosas así», recuerda. «La voz siempre ha sido un artilugio mío para el trabajo. Si te dedicas al periodismo escrito, puedes tener una voz de pito. En la televisión, no. Yo locuté muchos documentales de En Portada y Documentos TV, y muchas personas me siguen preguntando si es mi voz. La reconocen. Puedo contar muchas anécdotas porque mi voz es muy característica».

Celia es la dueña de los silencios de esta habitación. No es fácil colarle una pregunta ni siquiera en sus pausas: son mutismos que advierten que no ha terminado de hablar; son silencios que pesan, como el remolino que avisa que viene otra ola. «Llevo tanto tiempo trabajando con la voz que he conseguido mimetizarla con mi discurso. Uno de los pesos fuertes de mis charlas es dominar la voz: hablar muy deprisa para hacer un énfasis —y acelera—, pero con la cadencia perfecta —y acentúa cada palabra— para que mi tono tenga que ver con el discurso. Yo le debo todo a la voz. Gracias a ella, tengo la vida que quiero. Trabajo en lo que más me gusta: la radio».

Cambia la posición de las piernas, se echa el pelo hacia el otro lado. «Soy de las que se mecen mucho en el sonido grave de su voz. Me gusta mucho. Me ha llevado a situaciones como que algunas personas me han confundido durante años con una mujer transexual. Porque tengo una voz y un aspecto de transexual: soy alta, soy grande, soy corpulenta, soy contundente, tengo unos rasgos muy angulosos… y con este vozarrón… ¡Me lo han dicho en muchísimas ocasiones! Además, no es raro, porque yo estoy en muchos fregaos LGTB».

La voz andrógina

Un día de primavera de 2017 la periodista Celia Blanco entregó un galardón en los Premios Plumas y Látigos que convoca la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales. Al bajar del escenario la abrazó una mujer y le dijo: «Le encantas a mi Marisa, que es también una mujer transexual. Ella quiere ser periodista, como tú, y siempre te pone de ejemplo».

Celia le preguntó:
—¿Pero me ponen de ejemplo como periodista?

La mujer respondió:
—Y como mujer transexual.

—Es que yo no soy una mujer transexual —aclaró Celia—. Soy una mujer cisgénero.

«Yo lo siento por la madre de Marisa. Y por Marisa, claro», cuenta ahora, con una sonrisa y unos ojos picarones. Congela el gesto unos segundos y añade: «Y me gusta. Me parece que el puzle se ha unido de tal manera para que yo hable de sexo y tenga una voz para ser confundida con una mujer transexual. Nada me gusta más».

No se puede atribuir a la ligera una identidad a su voz. No podría decirse que es femenina o masculina. Es como el umami: un sabor que ni es dulce ni es salado; es sabroso.

—¿Cómo defines tu voz?

—Yo tengo mucho de andrógina. Mi voz forma parte de mi personalidad y mi estilo. A mí siempre me ha gustado mucho vestirme absolutamente masculina y pintarme los labios rojos. Me encantan los sombreros: tengo masculinos y femeninos. Me gusta jugar con ese despiste. Yo no he elegido mi voz. Lo bueno es que ha podido estar en una persona que se siente muy identificada con esa sensación de androginia. Yo no tengo la necesidad de ser ni masculina ni femenina. Además, soy una mujer bisexual.

En los diarios que guarda de su infancia ya se preguntaba por qué era una niña y no un niño. «Nunca he tenido los latidos de una persona transexual. No he tenido los latidos de no saber quién soy. Yo siempre me he sentido cómoda como niña, pero me preguntaba por qué había caído en ese cuerpo», relata.

—Yo decía: si yo no decido eso, yo no decido nada. Pero si me hubieran configurado, nunca habría una voz que tuviera más que ver conmigo. A mí me resultaría muy raro argumentar lo que argumento con otro tono de voz. Porque cuando yo digo la palabra polla —y la pronuncia haciendo un redondel enorme con los labios—, se me llena la boca. Pero es que verga lo digo exactamente igual de bien. Y coño, ¡no te quiero ni contar!

De esta escalada en decibelios que han ido tomando las últimas frases pasa a un silencio estratégico. Hace una pausa contenida con la mirada y suelta con desdén:

—Con una voz de pito no es lo mismo.

labios de la periodista Celia Blanco

La voz sin lección ni ley

Al enfatizar, a veces, se deja las eses finales de las palabras. Es una andaluzada que le da carácter, chulería, poderío. Es un aprendizaje inconsciente que da la calle. Celia no ha pisado una escuela de locución.

—¿Cómo has ido aprendiendo a modular tu voz?

—Nunca me he podido permitir el lujo de pagarme un buen curso. Podría nutrirme de tutoriales en internet, pero no domino mucho la tecnología. La única manera de aprender a dominar tu voz es escuchándote mucho, con el consiguiente trauma de que no te gustes. Hay mogollón de veces que yo no me gusto. La única manera de aprender es sacándote tus propios defectos.

Celia lee lo que escribe, lo oye, lo escucha y lo vuelve a escuchar hasta encontrar el tono adecuado para lo que quiere decir. «Cierro mi programa con un texto y, aunque lo grabe por la tarde, me gusta imaginarme que son las cuatro de la madrugada. Además, yo hablo de sexo. Me imagino que la gente está en la cama, que me está escuchando y que hace lo mismo que yo: “Quiero escuchar, quiero escuchar, shhhh”».

También ha aprendido mucho de las personas que admira. «Un editorial de Àngels Barceló es una de las mejores lecciones de locución, intención e intencionalidad de la radio. Es capaz de pasar por todos los registros. Es lo que yo intento hacer». Menciona a Toni Garrido: «Me fascina. Me encantaría hablar de sexo con él. Creo que tiene una voz muy contundente, muy bien manejada. Aunque intente pasar desapercibido, no lo va a conseguir nunca y ahí, siento ser así de chula, pero creo que a mí me pasa lo mismo». Y habla de una necesidad: «Escuchar la voz de Iñaki Gabilondo todos los días, porque forma parte de mi vida».

La voz de madrugada

Su programa Contigo dentro la ha convertido en una de las voces de medianoche. «A mí me escuchan, sobre todo, en podcast. Pero el programa se emite a las 4.00 de la madrugada del sábado. Por eso me reconocen, sobre todo, los que trabajan en Mercamadrid [un macromercado donde van a comprar miles de fruteros y pescaderos antes de que salga el sol]».

Celia recrea una escena que le ocurrió en una pescadería:

«—Hola, buenas tardes. ¿Me pones este rodaballo, me lo abres y me guardas, por favor, la cabeza y la raspa, y me la pones aparte, que lo voy a hacer rebozaíto?

Se queda así el chico —Celia pone cara de asombro y levanta una ceja— y dice:

—Tú eres la del programa de sexo de la Cadena Ser.

—¿Me has reconocido?

—¿Tú te escuchas cuando dices rebozaíto?».

Ese sufijo la delata: «Yo digo mucho esos diminutivos terminados en -ito. El rebozaíto, el revolconcito, el achuchaíto… Las palabras que utilizas, el tono al decirlas, los sufijos que eliges van formando quién eres. He pasado de que me reconozcan las señoras del mercado porque me veían en TeleMadrid (yo estaba todas las tardes en el salón de su casa) a que sean los de las pescaderías, los que a las 4.00 de la mañana están eligiendo el pescado. Me dicen: “Tú eres la del sexo”. Y a mí me gusta muchísimo ser “la del sexo”: soy la persona más feliz del mundo».

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Opiniones 1
  • Me ha dejado ‘rebozaíto’ con esta entrevista. Me encanta tu voz y tu programa. ¡¡¡Salud!!! (democrática y sexual). Tengo 72 años pero cada vez me gusta más el sexo y todo lo relacionado con él. Un fuerte abrazo.

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