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28 de agosto 2017    /   IDEAS
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¿Persigues la excelencia? Bienvenido al infierno

28 de agosto 2017    /   IDEAS     por          
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Pongamos el caso de una soprano. Ser una buena intérprete exige disciplina, dedicación, perseverancia. Ser muy buena exige, además, un nivel de permanente sacrificio que te acompañará toda la vida. Pero ser una prima donna (o un primo uomo) supone vender tu alma al diablo.

La diva que de veras lo es sabe que la distancia entre ella y su nivel inferior es de tan solo un ínfimo escalón. Pero ese ínfimo escalón es la condenación eterna. Sus cuerdas vocales, su musicalidad, su cuerpo entero será torturado durante toda su existencia en aras de ese sutil plus que la convierte en un ser inmortal.

Por eso es una diva, porque ese reconocimiento será probablemente la única satisfacción que obtendrá por su infinita entrega a la causa. A esa causa que tan solo se manifiesta durante la interminable ovación al final de cada aria.

Ser María Callas, como ser Rudolf Nuréyev o Morgan Freeman, sale muy caro. Pero al menos este tipo de artistas disfrutan de su reconocimiento en este mundo. Más duro todavía es el caso de pintores como Van Gogh o Vermeer y de escritores como Stieg Larsson o Roberto Bolaño. Todos ellos fallecieron sin saber que su obsesión por la excelencia sería recompensada después de su muerte.

Y si en esos últimos casos la recompensa social es limitada, cuando no inexistente, ¿por qué esa obsesión que envenena a tanto artista o creador en su búsqueda por la excelencia?

Otro escritor, Paul Valéry, lo explicó con claridad cuando hablaba de su propio oficio: «Lo que hay que desearle a un escritor no son la admiración ni las alabanzas. Es la atención apasionada, incluso crítica. Es la sensación de haber transformado profundamente la manera de sentir, o de pensar, de algunos seres».

Tal vez esa sea la verdadera frontera entre la bondad y la excelencia. El deseo de la segunda de actuar como elemento inspirador que se perpetúa más allá de la biografía de su autor para penetrar en la historia.

Una labor que requiere talento, por supuesto. Pero, sobre todo, una obcecación casi enfermiza. Hace ya 2.400 años que Aristóteles lo explicó diciendo que «nosotros somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto aislado sino un hábito». Un hábito que requiere además de un elemento añadido: la pasión. Esa pasión que mantiene viva la búsqueda de la excelencia frente al destructivo poder del hastío.

Hay una interesante historia a este respecto. Cuentan que una famosa actriz estaba siendo entrevistada por un periodista en su camerino poco antes de comenzar su representación número 500 de una obra de Shakespeare. Entonces, dicho periodista le preguntó: «¿cómo es posible que después de tantas representaciones pueda usted salir hoy a escena con la misma fuerza y pasión de siempre?». A lo que la actriz simplemente le respondió: «Es que la de hoy no la he hecho nunca».

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La diva que de veras lo es sabe que la distancia entre ella y su nivel inferior es de tan solo un ínfimo escalón. Pero ese ínfimo escalón es la condenación eterna. Sus cuerdas vocales, su musicalidad, su cuerpo entero será torturado durante toda su existencia en aras de ese sutil plus que la convierte en un ser inmortal.

Por eso es una diva, porque ese reconocimiento será probablemente la única satisfacción que obtendrá por su infinita entrega a la causa. A esa causa que tan solo se manifiesta durante la interminable ovación al final de cada aria.

Ser María Callas, como ser Rudolf Nuréyev o Morgan Freeman, sale muy caro. Pero al menos este tipo de artistas disfrutan de su reconocimiento en este mundo. Más duro todavía es el caso de pintores como Van Gogh o Vermeer y de escritores como Stieg Larsson o Roberto Bolaño. Todos ellos fallecieron sin saber que su obsesión por la excelencia sería recompensada después de su muerte.

Y si en esos últimos casos la recompensa social es limitada, cuando no inexistente, ¿por qué esa obsesión que envenena a tanto artista o creador en su búsqueda por la excelencia?

Otro escritor, Paul Valéry, lo explicó con claridad cuando hablaba de su propio oficio: «Lo que hay que desearle a un escritor no son la admiración ni las alabanzas. Es la atención apasionada, incluso crítica. Es la sensación de haber transformado profundamente la manera de sentir, o de pensar, de algunos seres».

Tal vez esa sea la verdadera frontera entre la bondad y la excelencia. El deseo de la segunda de actuar como elemento inspirador que se perpetúa más allá de la biografía de su autor para penetrar en la historia.

Una labor que requiere talento, por supuesto. Pero, sobre todo, una obcecación casi enfermiza. Hace ya 2.400 años que Aristóteles lo explicó diciendo que «nosotros somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto aislado sino un hábito». Un hábito que requiere además de un elemento añadido: la pasión. Esa pasión que mantiene viva la búsqueda de la excelencia frente al destructivo poder del hastío.

Hay una interesante historia a este respecto. Cuentan que una famosa actriz estaba siendo entrevistada por un periodista en su camerino poco antes de comenzar su representación número 500 de una obra de Shakespeare. Entonces, dicho periodista le preguntó: «¿cómo es posible que después de tantas representaciones pueda usted salir hoy a escena con la misma fuerza y pasión de siempre?». A lo que la actriz simplemente le respondió: «Es que la de hoy no la he hecho nunca».

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Opiniones 4
  • Efectivamente, nunca antes de de hoy había leído este artículo a 29/08/2017, 13,21 horas…
    Ni lo volveré a poder hacer
    Eso lo hace “único”.

  • ¿María Callas excelencia?

    La Callas no cantaba bien, desafinaba, no llegaba a los agudos, era un MARAVILLOSA imperfecta, tenía una voz única y diferente, que la hacía única y diferente… pero no era excelente.

    😉

  • Hay algunos rasgos que hay que considerar al formar una persona a la que “consideramos” excelente.
    Como dice el artículo hay algunos seres que no supieron en vida que serían excelentes una vez muertos, de saberlo posiblemente no se hubieran suicidado o fallecido tan jóvenes.
    Y es que la excelencia ya no parte de nosotros mismos, de nuestra personalidad o trabajo, de nuestro tesón, esfuerzo, carácter, creatividad, etc.. si no que depende en gran medida de como la sociedad nos valora y nos acepta.
    Puedo asegurar que hay una inmensa cantidad de seres que cada día se dejan la piel, las horas, el sueño, el hambre, e incluso la vida para ser queridos y admirados por la sociedad. Ya sea inventando, mejorando o cambiando lo presente para emjorar como sociedad. Y sin embargo estos seres mueren en la mas absoluta miseria u olvido.
    Desde luego que para ser excelente hay que tener una serie de virtudes (y defectos) pero la suerte, la casualidad y el entorno juegan un papel transcendental en esa excelencia.

  • Comentarios cerrados.

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