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4 de julio 2019    /   BUSINESS
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Lo que pasa en las personas envidiosas cuando ‘se alegran’ de que te vaya bien

Este es un artículo 'tocapelotas'. Al terminar, verás que es tremendamente difícil adivinar quién se alegra por ti de verdad, y también comprenderás que la envidia es un sentimiento natural pero estigmatizado

4 de julio 2019    /   BUSINESS     por          
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Es difícil intuir detrás de qué halagos, felicitaciones o piropos conspira la envidia. No lo sabrás, están curtidos: su alegría parece sincera porque se la ve henchida y fluida. Pero no se alegran. Por dentro, cuando repararon en tu ascenso, tu embarazo, tu boda, tu premio, tu soltura social, tu pericia; por dentro, se les bloqueó el engranaje, sintieron, de golpe, su vida como desabastecida.

La persona envidiosa se mira y ve un supermercado antes del Katrina: baldas vacías y un puñado de cartones de leche casi caducados. Los recoloca con tino para que abarquen más espacio, pero eso resalta su miseria y le añade una ínfula ridícula.

La envidia duele tanto porque va directa al hueso: «Tiene que ver con la pregunta clave de quiénes somos y quiénes queremos ser», dice el doctor en Psicología y profesor de la Universidad Complutense de Madrid Guillermo Fouce. «Somos lo que somos y definimos nuestra identidad por comparación con otros. Marcamos grupos de referencia y nos medimos». Ese es el funcionar normal humano, al margen de que tu autoestima te haga más o menos proclive a la pelusa.

Ese ejercicio comparativo se acelera cuando se produce el bloqueo de engranajes. Consiste en un repaso del stock propio y una inspección (más bien, una fiscalización) del stock del afortunado. El envidioso necesita equilibrar la balanza.

CELOSOS CRUELES Y SUTILES

El envidioso orgulloso detectará irregularidades en el otro. Los más torpes harán lo que puedan: «Le han ascendido pero le huele la boca a salsa tártara tomando el sol». Los de raza virtuosa sabrán atacar también el hecho en sí. Hay gente capaz de edificar argumentos irreprochables para voltear su envidia, por eso (además de por favores, corporativismos y otras excitaciones) cuesta fiarse de los críticos literarios.

Estos últimos (los envidiosos orgullosos, no los críticos) se sobrepondrán, aunque les quedará un residuo de rabia bastarda a la que jamás reconocerán.

Al envidioso blando, en cambio, le gusta llevar la batuta de su propia demolición. Desea que el otro no tenga lo que tiene y, en vez de reaccionar para quitárselo, atropellarlo o despreciarlo, decide golpearse, cebarse en su inferioridad; menospreciar su stock. Extraen del sentimiento de afrenta una dignidad de mártires que se justifica a sí misma.

Estas son solo dos modalidades extremas. Existe más allá toda una gama de celos más o menos sanos o dañinos. Así distingue Fouce la envidia sana de la insalubre:

«La sana, entre comillas, es compararme con otro que está delante de mí, al que quiero llegar y al que evalúo, pero no me centro en poner zancadillas para ascender a donde él o a ponerle impedimentos. La no sana implicaría odiar al otro grupo o persona, tenerle antipatía, o hacer todo lo posible porque baje de su posición», distingue.

UN SENTIMIENTO ESTIGMATIZADO Y (AUTO)CENSURADO

La envidia tortura a quien la padece. Al golpe para la autoestima, se suma sentirse como apestado. En una época en la que gusta emocionarse y dar publicidad a las emociones, la envidia se sufre con vergüenza.

«Es poco asumible», señala Fouce, «existe ese estigma de que no hay que ser envidioso, hay que tener siempre emociones positivas. Hay una especie de dictadura de las emociones positivas, y nos equivocamos, porque las negativas son tan potentes como las positivas y cumplen funciones necesarias».

O como escribió el psicólogo Luis Muiño en un artículo en El Confidencial: «Los sentimientos no tienen por qué ser políticamente correctos, no es su función. Existen para adaptarnos a las circunstancias».

personas envidiosas

Hay, en cambio, emociones negativas más pregonables. La tristeza se estila mucho. Decir «esto me emociona o me emocionó», y pulsar publicar y dejar el mensaje en suspenso como un barquito de papel nadando hacia el atardecer.

El desprecio o el asco también funcionan cuando el objeto al que se dirigen es detestado por casi todo tu círculo: el maltrato, la discriminación… Estas emociones negativas tienen algo en común: te elevan y te otorgan buena imagen y posición.

«Reconocer la propia envidia es como reconocerte inferior ante los demás, y eso no nos gusta hacerlo», resuelve Ignacio Morgado, catedrático de Psicobiología del Instituto de Neurociencia de la Universidad Autónoma de Barcelona.

De modo que la envidia es la apestada perfecta: una emoción negativa que, además, lastra el caché de tu marca personal. Por ahí sí-que-no pasamos. Aunque los hay artistas, capaces de sacarle rédito hasta a la escenificación del resquemor.

LA ERA MÁS ENVIDIOSA DE LA HISTORIA

Que no se reconozca poco no implica que no exista. Algunos autores, como Ethan Kross, profesor de Psicología de la Universidad de Michigan, creen que atravesamos una era de la envidia.

En un reportaje de The Guardian escrito por Moya Sarner, Kross achaca parte del mal a la influencia de las redes sociales. Su equipo estudió cómo afectaba al ánimo el uso pasivo de Facebook, «el scroll voyeurista». Detectaron que a más scroll, más envidia y decaimiento. Un uso más activo de la red, en cambio, no tendía el mismo efecto pernicioso.

«La envidia se está llevando al extremo», lamentaba Kross. El bombardeo de «vidas Photoshop» pasa una factura que «nunca hemos experimentado en nuestra especie. Y no es particularmente agradable» [algo en lo que Morgado discrepa, que afirma que la envidia ha sido consustancial a todas las épocas y países].

El grado de cercanía de una persona influye en la densidad de los celos. Cercanía geográfica, familiar, de edad, de oficio y deseo, de físico… «La envidia es mayor siempre dentro de la propia familia y compañeros, y es más fuerte cuando es el superior el que envidia al inferior. La envidia del amigo puede ser peor que la del enemigo», razona Morgado.

La categoría inferior y superior (al margen del rango laboral) se define tras el ejercicio comparativo, más o menos inconsciente, que practicamos al conocer a alguien que consideramos semejante.

LLEVAMOS UN ORGANIGRAMA EN LA CABEZA

Las redes han multiplicado el grupo de personas que sentimos cercanas pero que no lo son realmente, y eso, que lo parezcan y no, entraña problemas.

Habla Fouce: «La comparación social antes se realizaba con grupos más reducidos. Las redes te dan acceso a compararte con cualquiera en cualquier parte del mundo».

Hoy tenemos la sensación de conocer con cierta medida de intimidad a muchas más personas: sabemos de sus viajes, sus reflexiones matutinas, sus avances profesionales, sus opiniones, sus pérdidas y sus duelos. Se los comentamos y nos dan me gusta o responden; nos acogen y acogemos a otros.

Creemos saber. Pero no conocemos los matices su vida, ni los costes de oportunidad ni las sombras de su bienestar. Nos llega una «vida Photoshop» que, además, finge con no ser una «vida Photoshop» y ofrece trazas de imperfección y espontaneidad.

«Eso lleva a que hagamos cosas que son pura imagen o pura búsqueda de la aceptación endeble del otro, del que me vean y me miren», dice Fouce. Ahí hemos entrado en el juego: «Buscamos la comparación, y cuando nos autoevaluamos mal, genera esa envidia».

EL DOLOR INCONFESABLE

Una vez dentro del círculo de la pelusa, el daño es inevitable. «Todas las envidias tienen algo en común: ser un sentimiento negativo y corrosivo, lo que significa que si perduran, acaban dañando la salud somática y mental de quien envidia», expresa Morgado.

Fouce, por su parte, le encuentra una utilidad como guía de los deseos y las carencias propias. Se puede trabajar, apunta, ajustando las expectativas, «llevándolas a cosas realistas, quitarnos la carga y convertir la envidia tóxica en positiva para que motive y ayude».

¿CÓMO CONSIGUEN ALEGRARSE POR TI LAS PERSONAS ENVIDIOSAS?

Quizás por temor a ese despilfarro emocional al que alude Morgado, o a sentirse fuera de la ética, quizás por la claridad con que los celos certifican su inferioridad, muchos envidiosos reaccionan contra sí mismos y disimulan, y te felicitan y te abrazan cuando te va bien.

Los más morales, los que se ablandan, se deprimen porque suman la tristeza de sentirse inferiores a su sentimiento de culpa. En consecuencia, mostrar alegría por el otro es cuestión de supervivencia. Se demuestran así que no son mala gente y hablan bien de aquel a quien envidian, incluso a sus espaldas.

Los orgullosos se arrancan la sonrisa por otra vía. Hacen lo de la salta tártara tomando el sol. Recordemos: logran despreciar en ti aquello que desean en ellos. La sonrisa les sale más fácil porque acaban asumiéndola casi como un ejercicio de misericordia.

Estos últimos son indetectables. Cuando te abrazan, te besan, te dan la mano, no sospechas que habrá mensajes de WhatsApp, conversaciones, palabras no muy escandalosas pero suficientes, gestos imprecisos destinados, como poco, a sembrar la duda sobre ti.

Morgado refiere una idea de Balzac perfecta para concluir: «La envidia es un sentimiento estúpido porque no tiene ninguna ganancia. El que lo pasa mal siempre es el envidioso».

Es difícil intuir detrás de qué halagos, felicitaciones o piropos conspira la envidia. No lo sabrás, están curtidos: su alegría parece sincera porque se la ve henchida y fluida. Pero no se alegran. Por dentro, cuando repararon en tu ascenso, tu embarazo, tu boda, tu premio, tu soltura social, tu pericia; por dentro, se les bloqueó el engranaje, sintieron, de golpe, su vida como desabastecida.

La persona envidiosa se mira y ve un supermercado antes del Katrina: baldas vacías y un puñado de cartones de leche casi caducados. Los recoloca con tino para que abarquen más espacio, pero eso resalta su miseria y le añade una ínfula ridícula.

La envidia duele tanto porque va directa al hueso: «Tiene que ver con la pregunta clave de quiénes somos y quiénes queremos ser», dice el doctor en Psicología y profesor de la Universidad Complutense de Madrid Guillermo Fouce. «Somos lo que somos y definimos nuestra identidad por comparación con otros. Marcamos grupos de referencia y nos medimos». Ese es el funcionar normal humano, al margen de que tu autoestima te haga más o menos proclive a la pelusa.

Ese ejercicio comparativo se acelera cuando se produce el bloqueo de engranajes. Consiste en un repaso del stock propio y una inspección (más bien, una fiscalización) del stock del afortunado. El envidioso necesita equilibrar la balanza.

CELOSOS CRUELES Y SUTILES

El envidioso orgulloso detectará irregularidades en el otro. Los más torpes harán lo que puedan: «Le han ascendido pero le huele la boca a salsa tártara tomando el sol». Los de raza virtuosa sabrán atacar también el hecho en sí. Hay gente capaz de edificar argumentos irreprochables para voltear su envidia, por eso (además de por favores, corporativismos y otras excitaciones) cuesta fiarse de los críticos literarios.

Estos últimos (los envidiosos orgullosos, no los críticos) se sobrepondrán, aunque les quedará un residuo de rabia bastarda a la que jamás reconocerán.

Al envidioso blando, en cambio, le gusta llevar la batuta de su propia demolición. Desea que el otro no tenga lo que tiene y, en vez de reaccionar para quitárselo, atropellarlo o despreciarlo, decide golpearse, cebarse en su inferioridad; menospreciar su stock. Extraen del sentimiento de afrenta una dignidad de mártires que se justifica a sí misma.

Estas son solo dos modalidades extremas. Existe más allá toda una gama de celos más o menos sanos o dañinos. Así distingue Fouce la envidia sana de la insalubre:

«La sana, entre comillas, es compararme con otro que está delante de mí, al que quiero llegar y al que evalúo, pero no me centro en poner zancadillas para ascender a donde él o a ponerle impedimentos. La no sana implicaría odiar al otro grupo o persona, tenerle antipatía, o hacer todo lo posible porque baje de su posición», distingue.

UN SENTIMIENTO ESTIGMATIZADO Y (AUTO)CENSURADO

La envidia tortura a quien la padece. Al golpe para la autoestima, se suma sentirse como apestado. En una época en la que gusta emocionarse y dar publicidad a las emociones, la envidia se sufre con vergüenza.

«Es poco asumible», señala Fouce, «existe ese estigma de que no hay que ser envidioso, hay que tener siempre emociones positivas. Hay una especie de dictadura de las emociones positivas, y nos equivocamos, porque las negativas son tan potentes como las positivas y cumplen funciones necesarias».

O como escribió el psicólogo Luis Muiño en un artículo en El Confidencial: «Los sentimientos no tienen por qué ser políticamente correctos, no es su función. Existen para adaptarnos a las circunstancias».

personas envidiosas

Hay, en cambio, emociones negativas más pregonables. La tristeza se estila mucho. Decir «esto me emociona o me emocionó», y pulsar publicar y dejar el mensaje en suspenso como un barquito de papel nadando hacia el atardecer.

El desprecio o el asco también funcionan cuando el objeto al que se dirigen es detestado por casi todo tu círculo: el maltrato, la discriminación… Estas emociones negativas tienen algo en común: te elevan y te otorgan buena imagen y posición.

«Reconocer la propia envidia es como reconocerte inferior ante los demás, y eso no nos gusta hacerlo», resuelve Ignacio Morgado, catedrático de Psicobiología del Instituto de Neurociencia de la Universidad Autónoma de Barcelona.

De modo que la envidia es la apestada perfecta: una emoción negativa que, además, lastra el caché de tu marca personal. Por ahí sí-que-no pasamos. Aunque los hay artistas, capaces de sacarle rédito hasta a la escenificación del resquemor.

LA ERA MÁS ENVIDIOSA DE LA HISTORIA

Que no se reconozca poco no implica que no exista. Algunos autores, como Ethan Kross, profesor de Psicología de la Universidad de Michigan, creen que atravesamos una era de la envidia.

En un reportaje de The Guardian escrito por Moya Sarner, Kross achaca parte del mal a la influencia de las redes sociales. Su equipo estudió cómo afectaba al ánimo el uso pasivo de Facebook, «el scroll voyeurista». Detectaron que a más scroll, más envidia y decaimiento. Un uso más activo de la red, en cambio, no tendía el mismo efecto pernicioso.

«La envidia se está llevando al extremo», lamentaba Kross. El bombardeo de «vidas Photoshop» pasa una factura que «nunca hemos experimentado en nuestra especie. Y no es particularmente agradable» [algo en lo que Morgado discrepa, que afirma que la envidia ha sido consustancial a todas las épocas y países].

El grado de cercanía de una persona influye en la densidad de los celos. Cercanía geográfica, familiar, de edad, de oficio y deseo, de físico… «La envidia es mayor siempre dentro de la propia familia y compañeros, y es más fuerte cuando es el superior el que envidia al inferior. La envidia del amigo puede ser peor que la del enemigo», razona Morgado.

La categoría inferior y superior (al margen del rango laboral) se define tras el ejercicio comparativo, más o menos inconsciente, que practicamos al conocer a alguien que consideramos semejante.

LLEVAMOS UN ORGANIGRAMA EN LA CABEZA

Las redes han multiplicado el grupo de personas que sentimos cercanas pero que no lo son realmente, y eso, que lo parezcan y no, entraña problemas.

Habla Fouce: «La comparación social antes se realizaba con grupos más reducidos. Las redes te dan acceso a compararte con cualquiera en cualquier parte del mundo».

Hoy tenemos la sensación de conocer con cierta medida de intimidad a muchas más personas: sabemos de sus viajes, sus reflexiones matutinas, sus avances profesionales, sus opiniones, sus pérdidas y sus duelos. Se los comentamos y nos dan me gusta o responden; nos acogen y acogemos a otros.

Creemos saber. Pero no conocemos los matices su vida, ni los costes de oportunidad ni las sombras de su bienestar. Nos llega una «vida Photoshop» que, además, finge con no ser una «vida Photoshop» y ofrece trazas de imperfección y espontaneidad.

«Eso lleva a que hagamos cosas que son pura imagen o pura búsqueda de la aceptación endeble del otro, del que me vean y me miren», dice Fouce. Ahí hemos entrado en el juego: «Buscamos la comparación, y cuando nos autoevaluamos mal, genera esa envidia».

EL DOLOR INCONFESABLE

Una vez dentro del círculo de la pelusa, el daño es inevitable. «Todas las envidias tienen algo en común: ser un sentimiento negativo y corrosivo, lo que significa que si perduran, acaban dañando la salud somática y mental de quien envidia», expresa Morgado.

Fouce, por su parte, le encuentra una utilidad como guía de los deseos y las carencias propias. Se puede trabajar, apunta, ajustando las expectativas, «llevándolas a cosas realistas, quitarnos la carga y convertir la envidia tóxica en positiva para que motive y ayude».

¿CÓMO CONSIGUEN ALEGRARSE POR TI LAS PERSONAS ENVIDIOSAS?

Quizás por temor a ese despilfarro emocional al que alude Morgado, o a sentirse fuera de la ética, quizás por la claridad con que los celos certifican su inferioridad, muchos envidiosos reaccionan contra sí mismos y disimulan, y te felicitan y te abrazan cuando te va bien.

Los más morales, los que se ablandan, se deprimen porque suman la tristeza de sentirse inferiores a su sentimiento de culpa. En consecuencia, mostrar alegría por el otro es cuestión de supervivencia. Se demuestran así que no son mala gente y hablan bien de aquel a quien envidian, incluso a sus espaldas.

Los orgullosos se arrancan la sonrisa por otra vía. Hacen lo de la salta tártara tomando el sol. Recordemos: logran despreciar en ti aquello que desean en ellos. La sonrisa les sale más fácil porque acaban asumiéndola casi como un ejercicio de misericordia.

Estos últimos son indetectables. Cuando te abrazan, te besan, te dan la mano, no sospechas que habrá mensajes de WhatsApp, conversaciones, palabras no muy escandalosas pero suficientes, gestos imprecisos destinados, como poco, a sembrar la duda sobre ti.

Morgado refiere una idea de Balzac perfecta para concluir: «La envidia es un sentimiento estúpido porque no tiene ninguna ganancia. El que lo pasa mal siempre es el envidioso».

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