28 de junio 2022    /   IGLUU
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Se habla mucho de la España vaciada y de su lucha por conseguir medidas efectivas contra la despoblación. Pero además de pedir igualdad de oportunidades en el mundo rural, reclaman también visibilidad para todas sus realidades, en especial, contra los prejuicios hacia las personas LGTBI.

En este sentido, siempre ha habido una leyenda negra en los pueblos: allí la homosexualidad no estaba ni bien vista ni admitida, razón por la que muchas personas gais y lesbianas tenían que dejar sus casas y huir a la gran ciudad. De esta manera, gracias al anonimato que les proporcionaba vivir en urbes gigantescas, podían vivir su sexualidad plenamente. Es lo que se conoce como sexilio.

«En el imaginario popular, el homosexual de toda la vida sigue siendo el que se queda cuidando de su madre anciana o el que se queda, literalmente, para vestir santos», cuenta Alberto, de 37 años, que acaba de volver a vivir en su pueblo de Zamora. Allí salió del armario con 22. «Si eres una persona joven con ganas de ver mundo, que está intentando entenderse, que siente que no encaja, y te ves en esa tesitura… No sabes si te van a alcanzar las fuerzas para soportar eso».

Para Virginia, activista LGTBI y alcaldesa de San Pelayo, un pueblo de Valladolid de medio centenar de vecinos, en un mundo interconectado y globalizado, es absurdo pensar que el rural sigue siendo un entorno tan retrógrado como lo era hace décadas. «En los reportajes de estos días se pinta Chueca como el ejemplo de liberación, como si las que vivimos en los pueblos estuviéramos aquí amargadas y escondidas, pero no es así», opina.

«En otros tiempos, más oscuros, una persona homosexual no podía desarrollarse plenamente en un pueblo –probablemente tampoco en la ciudad– y tenía sentido que existiera un espacio para huir de esos ambientes asfixiantes, pero la realidad es que hoy el entorno rural no es así. Claro que, por cuestión de estadística, es más difícil para un adolescente LGTBI encontrar y socializar con gente del colectivo, pero es porque directamente hay pocos jóvenes. Es menos frecuente ver a dos chicas besándose, pero de repente en el pueblo de al lado encuentras a una pareja de chicos que salen del armario, conviven y todo el mundo lo ve como algo normal», cuenta.

Para revertir la situación y que el panorama cambie y mejore para las próximas generaciones, la clave está en la visibilización y en la educación. O, dicho de otra forma, en los referentes. Y en eso están personas que viven en entornos rurales como Alberto, maestro de un pueblo de poco más de mil habitantes.

Sobre cómo se vive la homosexualidad en el mundo rural y de cómo se van derribando prejuicios nos habla Guadalupe Bécares en este artículo de Igluu.

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Se habla mucho de la España vaciada y de su lucha por conseguir medidas efectivas contra la despoblación. Pero además de pedir igualdad de oportunidades en el mundo rural, reclaman también visibilidad para todas sus realidades, en especial, contra los prejuicios hacia las personas LGTBI.

En este sentido, siempre ha habido una leyenda negra en los pueblos: allí la homosexualidad no estaba ni bien vista ni admitida, razón por la que muchas personas gais y lesbianas tenían que dejar sus casas y huir a la gran ciudad. De esta manera, gracias al anonimato que les proporcionaba vivir en urbes gigantescas, podían vivir su sexualidad plenamente. Es lo que se conoce como sexilio.

«En el imaginario popular, el homosexual de toda la vida sigue siendo el que se queda cuidando de su madre anciana o el que se queda, literalmente, para vestir santos», cuenta Alberto, de 37 años, que acaba de volver a vivir en su pueblo de Zamora. Allí salió del armario con 22. «Si eres una persona joven con ganas de ver mundo, que está intentando entenderse, que siente que no encaja, y te ves en esa tesitura… No sabes si te van a alcanzar las fuerzas para soportar eso».

Para Virginia, activista LGTBI y alcaldesa de San Pelayo, un pueblo de Valladolid de medio centenar de vecinos, en un mundo interconectado y globalizado, es absurdo pensar que el rural sigue siendo un entorno tan retrógrado como lo era hace décadas. «En los reportajes de estos días se pinta Chueca como el ejemplo de liberación, como si las que vivimos en los pueblos estuviéramos aquí amargadas y escondidas, pero no es así», opina.

«En otros tiempos, más oscuros, una persona homosexual no podía desarrollarse plenamente en un pueblo –probablemente tampoco en la ciudad– y tenía sentido que existiera un espacio para huir de esos ambientes asfixiantes, pero la realidad es que hoy el entorno rural no es así. Claro que, por cuestión de estadística, es más difícil para un adolescente LGTBI encontrar y socializar con gente del colectivo, pero es porque directamente hay pocos jóvenes. Es menos frecuente ver a dos chicas besándose, pero de repente en el pueblo de al lado encuentras a una pareja de chicos que salen del armario, conviven y todo el mundo lo ve como algo normal», cuenta.

Para revertir la situación y que el panorama cambie y mejore para las próximas generaciones, la clave está en la visibilización y en la educación. O, dicho de otra forma, en los referentes. Y en eso están personas que viven en entornos rurales como Alberto, maestro de un pueblo de poco más de mil habitantes.

Sobre cómo se vive la homosexualidad en el mundo rural y de cómo se van derribando prejuicios nos habla Guadalupe Bécares en este artículo de Igluu.

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