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20 de noviembre 2018    /   IDEAS
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Transexualidad: ¿cómo han cambiado el significado del cuerpo y la representación de género?

20 de noviembre 2018    /   IDEAS     por          
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«Conoce el cuerpo que tienes y no soñarás con el que quieres». Esta es una frase del teórico queer estadounidense Jack Halberstam. Él es de los que piensan que nadie es normal porque nadie tampoco es anormal. Y cree firmemente que, en el caso de la transgeneridad, lo que hay que cambiar no son los cuerpos, sino las mentalidades.

Hace poco publicó Trans*. Una guía rápida y peculiar de la variabilidad de género, un brillante ensayo que la Editorial Egales acaba de publicar en español y que, entre otras cosas, explora los cambios recientes en el significado del cuerpo y la representación de género.

«El libro es innovador porque localiza debates muy actuales que se dan dentro de las comunidades trans: cómo se las representa en los medios y el cine, su uso como nueva moda, temas raciales, el choque entre generaciones trans, la infancia, el debate con el feminismo, nuevas identidades…», comenta el sociólogo y activista gay Javier Sáez del Álamo, que ha sido el encargado de traducir la obra al español –y que admira al autor estadounidense por su actitud política crítica, anticapitalista e inconformista–. «Va más allá de la defensa legal de derechos, que es importante, y se abre a lugares polémicos y complejos que a veces son incómodos».

Halberstam, todo un referente en estudios queer y trans, recuerda en el manual que, hace 25 años, la variabilidad de género era una psicopatología. Una desviación o categoría excluyente que se entendía muy poco. Pero también señala que las discusiones públicas sobre temas transgénero han aumentado considerablemente en la última década.

¿Cuál fue el punto de inflexión? Sáez tiene claro que, por un lado, la lucha y visibilidad de las asociaciones trans «ha sido y es» fundamental. «Hay mucha más presencia en medios y en espacios públicos, y su visibilidad ha hecho cambiar muchos estereotipos».

El burgalés cree que no es posible hablar de un punto de inflexión concreto y que, en cualquier caso, ese progreso no es uniforme: «en las clases bajas, en comunidades trans racializadas o en ciertos países, la realidad es muy dura y no ha habido muchas mejoras. Que se debata en foros, en revistas o en televisión no significa que descienda la violencia transfóbica, o que de verdad el sistema ciscentrado se ponga en cuestión».

Esa mayor visibilidad ha otorgado poder a una minoría vulnerable, pero también regulación, tanto a favor como en contra de las personas trans. Cada una de esas (necesarias) leyes nuevas diseñadas para reconocer lo transgénero como una categoría protegida ha traído consigo muchas ventajas, pero también algunos aspectos negativos.

«Lo mejor es, sin duda, que hay un mayor reconocimiento de derechos, y ciertos avances contra la patologización», reflexiona Sáez que, sin embargo, cree que esas leyes no han cambiado demasiado la realidad por sí mismas.

«Primero porque apenas se aplican correctamente, y segundo porque no van acompañadas de una educación básica en escuelas e institutos sobre diversidad sexual, derechos humanos, ni hay campañas amplias y visibles sobre las realidades trans y contra la transfobia. El sistema patriarcal sigue muy vigente, y eso está en la base de gran parte de la transfobia social, como nos ha hecho entender el feminismo».

Asimismo, Halberstam –profesor de Estudios de Género y de Inglés en la Universidad de Columbia– explica en el libro que 2015 fue el año en que transgénero («utilizado como un término paraguas para los cuerpos con género diverso») se convirtió «en una palabra familiar».

Y habla de cómo los continuos debates sobre el uso de los baños y las apariciones frecuentes de personas transgénero en programas de televisión han hecho que lo transgénero se convierta «en el nuevo indicador de la exclusión y la patología, para ir pasando de forma paulatina a ser un modelo de aceptación y de tolerancia».

No piensa que sea malo el que se preste atención a los derechos, la visibilidad y el reconocimiento transgénero. Pero sí considera que se deben «cuestionar algunos de los efectos normalizadores de este reconocimiento» y preguntarse cuál es el precio a pagar (y por quién) de esta nueva visibilidad.

Sáez comparte esa lectura del escritor, en cuanto a que ese exceso de visibilidad, así como su uso comercial o el proponer demasiadas expectativas, puede llegar a dañar a muchas personas transgénero: «La imagen que dan a veces los medios o el cine es la de una persona trans con un passing perfecto… ¿Qué ocurre si una persona trans no logra ese passing ideal?».

Pero, además, el activista español también está de acuerdo con Halberstam cuando este pone sobre aviso a los bienintencionados padres y madres que presionan a sus hijos trans para que «se operen y cambien de sexo rápidamente en una perspectiva de ansiedad binarista», ya que cree que esto puede «dañar a criaturas que necesitan un poco de tiempo para decidirse».

Sáez apostilla que estas realidades son «diferentes» en «comunidades negras, latinas, gitanas, etc.», por lo que se debería «conocer y escuchar a estas comunidades».

Halberstam cree que se deberían explorar las posibilidades de un futuro sin género, un género opcional o un género extraño. ¿Es esto factible? «Yo creo que sí», responde optimista Sáez.

«Para empezar, se podría dejar de recoger el género o el sexo en documentos oficiales (del mismo modo que no se puede recoger la etnicidad de una persona), y algunos países ya incluyen una categoría neutra». No en vano, el Gobierno de Angela Merkel adoptó hace poco una medida que permitirá que las personas intersexuales y no binarias de Alemania puedan registrar su género legal con la opción de diverso (que se añadirá a las ya existentes de masculino y femenino).

En cualquier caso, no resultará fácil, dado que hoy día «el binarismo de género marca todas las esferas de la vida». Pero ello, tal y como explica Sáez, forma parte de la lucha por la diversidad sexual: «La sexualidad humana siempre ha sido muy creativa y variada, de modo que siempre va a haber esa presión por expresarse y salirse de marcos cis o heteronormativos. Como decía John Varley en Playa de acero, «dentro de unos años el pene estará obsoleto».

«Conoce el cuerpo que tienes y no soñarás con el que quieres». Esta es una frase del teórico queer estadounidense Jack Halberstam. Él es de los que piensan que nadie es normal porque nadie tampoco es anormal. Y cree firmemente que, en el caso de la transgeneridad, lo que hay que cambiar no son los cuerpos, sino las mentalidades.

Hace poco publicó Trans*. Una guía rápida y peculiar de la variabilidad de género, un brillante ensayo que la Editorial Egales acaba de publicar en español y que, entre otras cosas, explora los cambios recientes en el significado del cuerpo y la representación de género.

«El libro es innovador porque localiza debates muy actuales que se dan dentro de las comunidades trans: cómo se las representa en los medios y el cine, su uso como nueva moda, temas raciales, el choque entre generaciones trans, la infancia, el debate con el feminismo, nuevas identidades…», comenta el sociólogo y activista gay Javier Sáez del Álamo, que ha sido el encargado de traducir la obra al español –y que admira al autor estadounidense por su actitud política crítica, anticapitalista e inconformista–. «Va más allá de la defensa legal de derechos, que es importante, y se abre a lugares polémicos y complejos que a veces son incómodos».

Halberstam, todo un referente en estudios queer y trans, recuerda en el manual que, hace 25 años, la variabilidad de género era una psicopatología. Una desviación o categoría excluyente que se entendía muy poco. Pero también señala que las discusiones públicas sobre temas transgénero han aumentado considerablemente en la última década.

¿Cuál fue el punto de inflexión? Sáez tiene claro que, por un lado, la lucha y visibilidad de las asociaciones trans «ha sido y es» fundamental. «Hay mucha más presencia en medios y en espacios públicos, y su visibilidad ha hecho cambiar muchos estereotipos».

El burgalés cree que no es posible hablar de un punto de inflexión concreto y que, en cualquier caso, ese progreso no es uniforme: «en las clases bajas, en comunidades trans racializadas o en ciertos países, la realidad es muy dura y no ha habido muchas mejoras. Que se debata en foros, en revistas o en televisión no significa que descienda la violencia transfóbica, o que de verdad el sistema ciscentrado se ponga en cuestión».

Esa mayor visibilidad ha otorgado poder a una minoría vulnerable, pero también regulación, tanto a favor como en contra de las personas trans. Cada una de esas (necesarias) leyes nuevas diseñadas para reconocer lo transgénero como una categoría protegida ha traído consigo muchas ventajas, pero también algunos aspectos negativos.

«Lo mejor es, sin duda, que hay un mayor reconocimiento de derechos, y ciertos avances contra la patologización», reflexiona Sáez que, sin embargo, cree que esas leyes no han cambiado demasiado la realidad por sí mismas.

«Primero porque apenas se aplican correctamente, y segundo porque no van acompañadas de una educación básica en escuelas e institutos sobre diversidad sexual, derechos humanos, ni hay campañas amplias y visibles sobre las realidades trans y contra la transfobia. El sistema patriarcal sigue muy vigente, y eso está en la base de gran parte de la transfobia social, como nos ha hecho entender el feminismo».

Asimismo, Halberstam –profesor de Estudios de Género y de Inglés en la Universidad de Columbia– explica en el libro que 2015 fue el año en que transgénero («utilizado como un término paraguas para los cuerpos con género diverso») se convirtió «en una palabra familiar».

Y habla de cómo los continuos debates sobre el uso de los baños y las apariciones frecuentes de personas transgénero en programas de televisión han hecho que lo transgénero se convierta «en el nuevo indicador de la exclusión y la patología, para ir pasando de forma paulatina a ser un modelo de aceptación y de tolerancia».

No piensa que sea malo el que se preste atención a los derechos, la visibilidad y el reconocimiento transgénero. Pero sí considera que se deben «cuestionar algunos de los efectos normalizadores de este reconocimiento» y preguntarse cuál es el precio a pagar (y por quién) de esta nueva visibilidad.

Sáez comparte esa lectura del escritor, en cuanto a que ese exceso de visibilidad, así como su uso comercial o el proponer demasiadas expectativas, puede llegar a dañar a muchas personas transgénero: «La imagen que dan a veces los medios o el cine es la de una persona trans con un passing perfecto… ¿Qué ocurre si una persona trans no logra ese passing ideal?».

Pero, además, el activista español también está de acuerdo con Halberstam cuando este pone sobre aviso a los bienintencionados padres y madres que presionan a sus hijos trans para que «se operen y cambien de sexo rápidamente en una perspectiva de ansiedad binarista», ya que cree que esto puede «dañar a criaturas que necesitan un poco de tiempo para decidirse».

Sáez apostilla que estas realidades son «diferentes» en «comunidades negras, latinas, gitanas, etc.», por lo que se debería «conocer y escuchar a estas comunidades».

Halberstam cree que se deberían explorar las posibilidades de un futuro sin género, un género opcional o un género extraño. ¿Es esto factible? «Yo creo que sí», responde optimista Sáez.

«Para empezar, se podría dejar de recoger el género o el sexo en documentos oficiales (del mismo modo que no se puede recoger la etnicidad de una persona), y algunos países ya incluyen una categoría neutra». No en vano, el Gobierno de Angela Merkel adoptó hace poco una medida que permitirá que las personas intersexuales y no binarias de Alemania puedan registrar su género legal con la opción de diverso (que se añadirá a las ya existentes de masculino y femenino).

En cualquier caso, no resultará fácil, dado que hoy día «el binarismo de género marca todas las esferas de la vida». Pero ello, tal y como explica Sáez, forma parte de la lucha por la diversidad sexual: «La sexualidad humana siempre ha sido muy creativa y variada, de modo que siempre va a haber esa presión por expresarse y salirse de marcos cis o heteronormativos. Como decía John Varley en Playa de acero, «dentro de unos años el pene estará obsoleto».

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Opiniones 2
  • Lo más lógico es que el factor de género desaparezca de los papeles oficiales, hoy en día es un sin sentido por que las identidades sexuales y de género aunadas a las tendencias cada vez más andróginas crean identidades muy personalizadas, ahora mismo la estética es un factor totalmente customizable que convierte el uso de género en una información innecesaria y obsoleta, aferrarse a su uso es anclar y comprometer la evolución social. En resumen si no es necesario saber si soy latino, asiático,blanco o negro tampoco es necesario saber si soy hombre, mujer, travestí o transgenero eso es así de simple…

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