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15 de septiembre 2015    /   ENTRETENIMIENTO
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Perspekteva: el Berlín de aquellos horripilantes años

15 de septiembre 2015    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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El crepitar del suelo al pisarlo avisa: hace tiempo que nadie transita por allí. Que la madera carcomida se resquebraje y se trague a los que caminan por ella es tan probable como que las vigas que sustentan lo que queda de techo se vengan abajo…
Eva C.C. convive con esa incertidumbre en cada una de sus incursiones. Hace algo más de un año que comenzó a asaltar edificios abandonados con su inseparable cámara. «Todo empezó por casualidad. Desde que, hace algo más de un año, vine a vivir a Berlín recibo muchas visitas. Una de ellas había leído acerca de una antigua panadería hoy abandonada, asociada al campo de concentración de Sachsenhausen, en la que los prisioneros hacían el pan para el ejército nazi. No estaba lejos, así que nos fuimos a explorar».
En aquella ocasión, Eva no sabía lo que buscaba ni lo que podía encontrar. Hacía mucho tiempo que aquella panadería había cesado su actividad. ¿Qué es lo que conservaría de su pasado, de su vinculación a la etapa más oscura de la historia alemana? Aquel fue el primer contacto de Eva con un escenario de su serie fotográfica Perspekteva.
«Las fotografías nacieron de una búsqueda de espacios». Lugares que durante el III Reich fueron usados por los nazis y, tal vez también, luego por los Soviéticos (o solo por estos últimos). «El silencio es lo único que queda entre sus paredes. Y tú con la cámara…». Eva resume su proyecto como «excursiones a lugares donde se vivió una etapa histórica convulsa y emocionalmente turbulenta que hoy son espacios de silencio por su abandono».
Al principio, los disparos de su cámara no tenían más cometido que captar la esencia de esos lugares. «Sin patrones. Ves una textura dejada por la humedad en una pared de un antiguo taller donde se cosían los uniformes con la cruz gamada; disparas. Descubres un abrigo que un soldado soviético dejó colgado; disparas. Descubres un periódico en cirílico que sirvió de papel de pared; disparas. Descubres y disparas».
Fue después cuando la fotógrafa encontró algunos hilos conductores. «Por ejemplo, la colección Rauchen Verboten (Prohibido fumar). Te percatas de que, sin saber muy bien por qué, hay muchos edificios obsesionados con esa prohibición. Luego, investigando, descubres que los obsesionados eran los nazis que los ocuparon. Preocupados por la salud de la raza aria. Razón por la que colocaron esas advertencias que luego tu cámara ha captado».
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El deporte, por su parte, era lo que preocupaba a los miembros del Ejército Rojo. «Tenían fijación por instalaciones deportivas en las que entrenar sus cuerpos. De ahí, el encontrarte con piscinas, sacos de boxeo, canastas de baloncesto o botas de fútbol». También lo ocurrido al este de Europa en octubre de 1917 era un tema recurrente para aquellos soldados. Casi un siglo después, las huellas de la Revolución bolchevique aún están presente en algunos rincones olvidados de Berlín.
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«Mi intención nunca fue la de ser una reportera de sitios abandonados. Lo que más me atrae es el salto a la abstracción y a la elaboración de series que, usando esas localizaciones, me permitan dar un paso más allá a través del encuentro de vínculos creativos que unen mis fotografías».
El paso del tiempo ha hecho languidecer la mayoría de estos lugares. Aunque muchos aún se mantienen en pie, Eva los visita antes de que dejen de hacerlo. «Algunas de las ciudades o edificios abandonados desde la II Guerra Mundial ya están muy dañados, saqueados o destrozados por el vandalismo; otros están en proceso de demolición. Sientes que es una búsqueda contrarreloj».
Encontrarlos no siempre resulta fácil: «Hay sitios sobre los que encuentras más información, como Vogelsang (la traducción literal sería ‘el canto de los pájaros’), una ciudadela militar soviética en la que estuvieron almacenadas armas nucleares en los años 70. También, Waldstadt-Wünsdorf, centro de comunicación del ejército nazi, posteriormente ocupado por el Ejército Rojo, está bastante bien documentado».
Llegado el momento de acceder a estos sitios es cuando comienza la aventura. Dos vaqueros rotos y unas botas destrozadas es el balance que, de momento, dejan estas incursiones. Las anécdotas, asegura Eva, son interminables. «He buscado edificios y búnkeres en medio de bosques en los que igual te encuentras un ciervo que una bomba sin explotar (aún) utilizada en entrenamientos militares durante la Guerra Fría. He negociado con un guarda de seguridad encargado de la vigilancia de edificios utilizados por oficiales soviéticos para que, a cambio de dejarme fotografiar, él pudiera tomarse unos cuantos cafés a mi salud. Me la he jugado saltando por una ventana de imposible acceso para luego darme cuenta que un poco más adelante había una puerta abierta de par en par…».
Pese al peligro del que es consciente que corre al transitar por edificios en un lamentable estado de conservación, Eva sigue tomándose cada salida como si de una excursión se tratara. «Con los nervios propios que tenías en la escuela la noche antes de salir. Con camisetas térmicas para aguantar muchas horas sin calefacción en pleno invierno alemán. Y una vez allí, se dispara la mezcla de adrenalina, excitación por descubrir, emoción por cada hallazgo, tener todos los sentidos en alerta y el dedo pendiente del disparador de la cámara».
La emoción no cesa cuando Eva llega a casa. Pocos días tuvieron que pasar tras colgar las fotos para que Perspekteva.com superase las 10.000 visitas. «Estoy muy emocionada. Ha tenido especial impacto en España, Estados Unidos y Alemania, y hace ilusión ver cómo es compartido por plataformas que informan sobre sitios abandonados de Berlín o sobre localizaciones de «turismo alternativo» de la ciudad».
Entre los comentarios recibidos, uno se repite con bastante frecuencia: «Hay personas que me han preguntado por qué no aparecen en mis fotografías personas. Mi respuesta es siempre la misma. Creo que las colecciones de Perspekteva perderían su esencia, no serían ellas mismas. Porque el encanto de esos sitios se basa precisamente en ese vacío, en la ausencia. Alguien estuvo allí, ya fuera un sastre cosiendo para el ejército de Hitler o dos oficiales soviéticos jugando al ajedrez, y ya no están. Estamos solo mi cámara y yo».
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El crepitar del suelo al pisarlo avisa: hace tiempo que nadie transita por allí. Que la madera carcomida se resquebraje y se trague a los que caminan por ella es tan probable como que las vigas que sustentan lo que queda de techo se vengan abajo…
Eva C.C. convive con esa incertidumbre en cada una de sus incursiones. Hace algo más de un año que comenzó a asaltar edificios abandonados con su inseparable cámara. «Todo empezó por casualidad. Desde que, hace algo más de un año, vine a vivir a Berlín recibo muchas visitas. Una de ellas había leído acerca de una antigua panadería hoy abandonada, asociada al campo de concentración de Sachsenhausen, en la que los prisioneros hacían el pan para el ejército nazi. No estaba lejos, así que nos fuimos a explorar».
En aquella ocasión, Eva no sabía lo que buscaba ni lo que podía encontrar. Hacía mucho tiempo que aquella panadería había cesado su actividad. ¿Qué es lo que conservaría de su pasado, de su vinculación a la etapa más oscura de la historia alemana? Aquel fue el primer contacto de Eva con un escenario de su serie fotográfica Perspekteva.
«Las fotografías nacieron de una búsqueda de espacios». Lugares que durante el III Reich fueron usados por los nazis y, tal vez también, luego por los Soviéticos (o solo por estos últimos). «El silencio es lo único que queda entre sus paredes. Y tú con la cámara…». Eva resume su proyecto como «excursiones a lugares donde se vivió una etapa histórica convulsa y emocionalmente turbulenta que hoy son espacios de silencio por su abandono».
Al principio, los disparos de su cámara no tenían más cometido que captar la esencia de esos lugares. «Sin patrones. Ves una textura dejada por la humedad en una pared de un antiguo taller donde se cosían los uniformes con la cruz gamada; disparas. Descubres un abrigo que un soldado soviético dejó colgado; disparas. Descubres un periódico en cirílico que sirvió de papel de pared; disparas. Descubres y disparas».
Fue después cuando la fotógrafa encontró algunos hilos conductores. «Por ejemplo, la colección Rauchen Verboten (Prohibido fumar). Te percatas de que, sin saber muy bien por qué, hay muchos edificios obsesionados con esa prohibición. Luego, investigando, descubres que los obsesionados eran los nazis que los ocuparon. Preocupados por la salud de la raza aria. Razón por la que colocaron esas advertencias que luego tu cámara ha captado».
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El deporte, por su parte, era lo que preocupaba a los miembros del Ejército Rojo. «Tenían fijación por instalaciones deportivas en las que entrenar sus cuerpos. De ahí, el encontrarte con piscinas, sacos de boxeo, canastas de baloncesto o botas de fútbol». También lo ocurrido al este de Europa en octubre de 1917 era un tema recurrente para aquellos soldados. Casi un siglo después, las huellas de la Revolución bolchevique aún están presente en algunos rincones olvidados de Berlín.
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«Mi intención nunca fue la de ser una reportera de sitios abandonados. Lo que más me atrae es el salto a la abstracción y a la elaboración de series que, usando esas localizaciones, me permitan dar un paso más allá a través del encuentro de vínculos creativos que unen mis fotografías».
El paso del tiempo ha hecho languidecer la mayoría de estos lugares. Aunque muchos aún se mantienen en pie, Eva los visita antes de que dejen de hacerlo. «Algunas de las ciudades o edificios abandonados desde la II Guerra Mundial ya están muy dañados, saqueados o destrozados por el vandalismo; otros están en proceso de demolición. Sientes que es una búsqueda contrarreloj».
Encontrarlos no siempre resulta fácil: «Hay sitios sobre los que encuentras más información, como Vogelsang (la traducción literal sería ‘el canto de los pájaros’), una ciudadela militar soviética en la que estuvieron almacenadas armas nucleares en los años 70. También, Waldstadt-Wünsdorf, centro de comunicación del ejército nazi, posteriormente ocupado por el Ejército Rojo, está bastante bien documentado».
Llegado el momento de acceder a estos sitios es cuando comienza la aventura. Dos vaqueros rotos y unas botas destrozadas es el balance que, de momento, dejan estas incursiones. Las anécdotas, asegura Eva, son interminables. «He buscado edificios y búnkeres en medio de bosques en los que igual te encuentras un ciervo que una bomba sin explotar (aún) utilizada en entrenamientos militares durante la Guerra Fría. He negociado con un guarda de seguridad encargado de la vigilancia de edificios utilizados por oficiales soviéticos para que, a cambio de dejarme fotografiar, él pudiera tomarse unos cuantos cafés a mi salud. Me la he jugado saltando por una ventana de imposible acceso para luego darme cuenta que un poco más adelante había una puerta abierta de par en par…».
Pese al peligro del que es consciente que corre al transitar por edificios en un lamentable estado de conservación, Eva sigue tomándose cada salida como si de una excursión se tratara. «Con los nervios propios que tenías en la escuela la noche antes de salir. Con camisetas térmicas para aguantar muchas horas sin calefacción en pleno invierno alemán. Y una vez allí, se dispara la mezcla de adrenalina, excitación por descubrir, emoción por cada hallazgo, tener todos los sentidos en alerta y el dedo pendiente del disparador de la cámara».
La emoción no cesa cuando Eva llega a casa. Pocos días tuvieron que pasar tras colgar las fotos para que Perspekteva.com superase las 10.000 visitas. «Estoy muy emocionada. Ha tenido especial impacto en España, Estados Unidos y Alemania, y hace ilusión ver cómo es compartido por plataformas que informan sobre sitios abandonados de Berlín o sobre localizaciones de «turismo alternativo» de la ciudad».
Entre los comentarios recibidos, uno se repite con bastante frecuencia: «Hay personas que me han preguntado por qué no aparecen en mis fotografías personas. Mi respuesta es siempre la misma. Creo que las colecciones de Perspekteva perderían su esencia, no serían ellas mismas. Porque el encanto de esos sitios se basa precisamente en ese vacío, en la ausencia. Alguien estuvo allí, ya fuera un sastre cosiendo para el ejército de Hitler o dos oficiales soviéticos jugando al ajedrez, y ya no están. Estamos solo mi cámara y yo».
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Opiniones 8
  • Lo que más me gusta de tus fotos es la luz. Consigues que uno se sienta dentro del espacio vacío y piense como tú. Ahora te voy a plantear un reto: se te ha ocurrido que en esos lugares también pudo haber alegría. La fotografía tiene una tendencia casi enfermiza al drama y a la tragedia, sobre todo cuando es en blanco y negro (se agradece que no utilices ese recurso). A lo mejor es que como tiene complejo de arte menor, quiere ganar trascendencia a fuerza de dramatismo. Curiosamente a mí lo que me sugieren tus fotos es tranquilidad y sosiego. Muy bonitas.

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