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23 de octubre 2018    /   BUSINESS
por
Ilustración  Jess García

El insoportable lastre de los pesimistas en el trabajo

23 de octubre 2018    /   BUSINESS     por        Ilustración  Jess García
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Sus caras verdes de vinagre pasado de rosca. Sus manos sudorosas. Sus sonrisas, entre cínicas, burlonas y cobardes. Hay que reconocer la durísima madera de la que están hechos los pesimistas profesionales, esos que creen que les va en el sueldo proclamar que nuestros proyectos, que son un desastre, solo pueden acabar de formar desastrosa.

El pesimismo se fue colando fétidamente bajo las puertas de las oficinas y empezó a colonizarlo todo con su aroma Click Para Twittear

Durante las últimas décadas, con la excepción del cruel paréntesis de la crisis, muchas empresas y equipos, anclados en un integrismo infantil, intentaron fumigarlos sin éxito. Eso también salió mal.

Así, los jefes sin visión (optimista) se volvieron invidentes, los empleados sin pasión (optimista) eran mercenarios y los directores financieros que no se creían que el dinero se reproducía por esporas les parecían más miserables y avaros que un burgués de Dickens. Los pesimistas nunca habían tenido futuro y ahora tampoco tenían presente. O dicho en milenial: pones «stop + pessimism» en Google y aparecen casi cuatro millones de resultados. Estamos todos de acuerdo y es una pasada.

La ofensiva contra los pesimistas fue tan incendiaria que, en 2002, la experta en Psicología del Wellesley College, Julie K. Norem, abanderó como respuesta en un libro memorable el «pesimismo defensivo». Lo hizo, naturalmente, en ese pequeño oasis para depresivos que habían abierto y con razón los atentados del 11-S y la guerra contra el terror.

En The power of the negative thinking, Norem dejó escrito que los que se ponen en lo peor se preparan mejor para el desafío e intentan superarlo con más energía. Las estadísticas que vinieron después parecían confirmar su tesis: los matrimonios pesimistas se decepcionan menos, los freelance pesimistas ganan más en Reino Unido y la gente optimista, en general, se confía demasiado y acaba siendo vulnerable.

Uno de los ejemplos de los heraldos más recientes del pesimismo defensivo es más oscuro. Los pesimistas –avisan– se dan cuenta antes de que tienen cáncer. Tú verás si quieres seguir sonriendo.

El jarro de agua fría de la crisis de 2008 fue tan monumental que la buena fama del pesimismo empezó a expandirse con diabólico frenesí. Los políticos que no acojonan ya no ganan las elecciones. Es raro que no se confunda el pensamiento crítico con el pesimismo crítico y hasta cítrico, es decir, ácido.

Las mentes oscuras hablan con sinuosas lenguas de pomelo. Barbara Ehrenreich tituló, en 2013, su gran libro para pesimistas Bright-sided: how positive thinking is undermining America.

Ahí es donde ella proclamó que el oscuro optimismo de los bancos se había convertido en una de las causas de la crisis. La magia de las finanzas era magia negra. La esperanza ingenua en el futuro estaba minando los cimientos de la república. Los optimistas, en fin, habían conspirado hasta arruinarnos. ¡A la hoguera!

En estas circunstancias, el pesimismo se fue colando fétidamente bajo las puertas de las oficinas y empezó a colonizarlo todo con su aroma. El hedor de las mesas, de las sillas y las alfombras se parecía al de los cuartos de baño de la sede de una multinacional a las ocho de la tarde.

Solo les faltaba el cruel tintineo de la hebilla de un cinturón contra el suelo: vaya, parece que alguien se acaba de bajar los pantalones mientras te lavabas los dientes. Al final, naturalmente se convirtió en un silencioso tufo de fondo, en etiqueta social y hasta en un signo de inteligencia y madurez.

Cenizos especialistas

Ahora hay tantos cenizos en la oficina que han podido hasta especializarse en grupos. Están, para empezar, los únicos razonables y a veces hasta admirables pesimistas defensivos, que son como optimistas prudentes pero con más miedo a la vida, esa fuente de la que manan, según ellos, más decepciones que alegrías hasta que, finalmente, se seca. Una lástima todo.

Luego vienen los trágicos, que ven el trabajo como una forma de entregarse en sacrificio al dios capitalismo por mediación de unas empresas que los trituran con sus mandíbulas batientes. Un día esas empresas quebrarán y habrá que ponerse a buscar otra trituradora de carne… y así una y otra vez hasta que lleguen los robots, que echarán hasta a los jefes.

Un esfuerzo vano y terrible. Como ellos se sienten marionetas, todos somos marionetas. Por eso, solo hay dos tipos de vasallos: los que lo saben y los que no. Nadie que no grite de impotencia en silencio merecerá su respeto intelectual. Creen –ni media broma– que El Grito de Munch es un selfi.  

Los pesimistas más floridos en la oficina son, por supuesto, los estetas y los siniestros. Los primeros disfrutan y maldicen al mismo tiempo cada vez que confirman sus sombrías predicciones. Hay placer en la catástrofe. Es la terrible belleza de un naufragio indeseado para unos ojos que solo ven en la oscuridad… y para unas bocas que solo sonríen con los dientes partidos. Confunden ser agorero con ser visionario. Les gusta la inteligencia como la vida y la cerveza: espumosa, con cuerpo y amarga.

Los siniestros, por último, son unos yonquis de la desesperación destructiva. Beben el dulce licor de la tragedia interpretándola como el comienzo de un mundo nuevo, devastado, acorde a sus cenagosas ensoñaciones. Los optimistas son, para ellos, los pajes de la debacle que ellos anticipan y fomentan.

Y esto es irónico porque los siniestros asumen que las tinieblas que anuncian son el preámbulo del juicio final (donde ellos serán fiscales), que será el preámbulo a su vez de un paraíso dulce y gótico donde, por fin, podremos ser todos felices según sus normas.    

De todos modos, hay que reconocer que hasta los muy alucinados pesimistas trágicos, estetas y siniestros temen con razón a aquellos que se bañan en optimismo y positividad por las mañanas como si fuera Nenuco.

Pongamos que creen en un futuro fabuloso porque son unos inconscientes o se lo han regalado todo. Pongamos también que afean, como directivos, la falta de compromiso de las mismas personas a las que no pagan en sus empresas porque son incapaces de comprometerse con ellas. Prometen prosperidad y solo ofrecen sueños de silicona reventada, precariedad y una religión cutre donde ellos son, al mismo tiempo, los mesías y los que pasan el cepillo.

Pongamos, por último, que llaman a pedir dinero a sus padres una recaudación «family & friends» de capital semilla. El optimismo Nenuco da risa cuando da miedo… y miedo cuando debería provocar carcajadas.

Sus caras verdes de vinagre pasado de rosca. Sus manos sudorosas. Sus sonrisas, entre cínicas, burlonas y cobardes. Hay que reconocer la durísima madera de la que están hechos los pesimistas profesionales, esos que creen que les va en el sueldo proclamar que nuestros proyectos, que son un desastre, solo pueden acabar de formar desastrosa.

El pesimismo se fue colando fétidamente bajo las puertas de las oficinas y empezó a colonizarlo todo con su aroma Click Para Twittear

Durante las últimas décadas, con la excepción del cruel paréntesis de la crisis, muchas empresas y equipos, anclados en un integrismo infantil, intentaron fumigarlos sin éxito. Eso también salió mal.

Así, los jefes sin visión (optimista) se volvieron invidentes, los empleados sin pasión (optimista) eran mercenarios y los directores financieros que no se creían que el dinero se reproducía por esporas les parecían más miserables y avaros que un burgués de Dickens. Los pesimistas nunca habían tenido futuro y ahora tampoco tenían presente. O dicho en milenial: pones «stop + pessimism» en Google y aparecen casi cuatro millones de resultados. Estamos todos de acuerdo y es una pasada.

La ofensiva contra los pesimistas fue tan incendiaria que, en 2002, la experta en Psicología del Wellesley College, Julie K. Norem, abanderó como respuesta en un libro memorable el «pesimismo defensivo». Lo hizo, naturalmente, en ese pequeño oasis para depresivos que habían abierto y con razón los atentados del 11-S y la guerra contra el terror.

En The power of the negative thinking, Norem dejó escrito que los que se ponen en lo peor se preparan mejor para el desafío e intentan superarlo con más energía. Las estadísticas que vinieron después parecían confirmar su tesis: los matrimonios pesimistas se decepcionan menos, los freelance pesimistas ganan más en Reino Unido y la gente optimista, en general, se confía demasiado y acaba siendo vulnerable.

Uno de los ejemplos de los heraldos más recientes del pesimismo defensivo es más oscuro. Los pesimistas –avisan– se dan cuenta antes de que tienen cáncer. Tú verás si quieres seguir sonriendo.

El jarro de agua fría de la crisis de 2008 fue tan monumental que la buena fama del pesimismo empezó a expandirse con diabólico frenesí. Los políticos que no acojonan ya no ganan las elecciones. Es raro que no se confunda el pensamiento crítico con el pesimismo crítico y hasta cítrico, es decir, ácido.

Las mentes oscuras hablan con sinuosas lenguas de pomelo. Barbara Ehrenreich tituló, en 2013, su gran libro para pesimistas Bright-sided: how positive thinking is undermining America.

Ahí es donde ella proclamó que el oscuro optimismo de los bancos se había convertido en una de las causas de la crisis. La magia de las finanzas era magia negra. La esperanza ingenua en el futuro estaba minando los cimientos de la república. Los optimistas, en fin, habían conspirado hasta arruinarnos. ¡A la hoguera!

En estas circunstancias, el pesimismo se fue colando fétidamente bajo las puertas de las oficinas y empezó a colonizarlo todo con su aroma. El hedor de las mesas, de las sillas y las alfombras se parecía al de los cuartos de baño de la sede de una multinacional a las ocho de la tarde.

Solo les faltaba el cruel tintineo de la hebilla de un cinturón contra el suelo: vaya, parece que alguien se acaba de bajar los pantalones mientras te lavabas los dientes. Al final, naturalmente se convirtió en un silencioso tufo de fondo, en etiqueta social y hasta en un signo de inteligencia y madurez.

Cenizos especialistas

Ahora hay tantos cenizos en la oficina que han podido hasta especializarse en grupos. Están, para empezar, los únicos razonables y a veces hasta admirables pesimistas defensivos, que son como optimistas prudentes pero con más miedo a la vida, esa fuente de la que manan, según ellos, más decepciones que alegrías hasta que, finalmente, se seca. Una lástima todo.

Luego vienen los trágicos, que ven el trabajo como una forma de entregarse en sacrificio al dios capitalismo por mediación de unas empresas que los trituran con sus mandíbulas batientes. Un día esas empresas quebrarán y habrá que ponerse a buscar otra trituradora de carne… y así una y otra vez hasta que lleguen los robots, que echarán hasta a los jefes.

Un esfuerzo vano y terrible. Como ellos se sienten marionetas, todos somos marionetas. Por eso, solo hay dos tipos de vasallos: los que lo saben y los que no. Nadie que no grite de impotencia en silencio merecerá su respeto intelectual. Creen –ni media broma– que El Grito de Munch es un selfi.  

Los pesimistas más floridos en la oficina son, por supuesto, los estetas y los siniestros. Los primeros disfrutan y maldicen al mismo tiempo cada vez que confirman sus sombrías predicciones. Hay placer en la catástrofe. Es la terrible belleza de un naufragio indeseado para unos ojos que solo ven en la oscuridad… y para unas bocas que solo sonríen con los dientes partidos. Confunden ser agorero con ser visionario. Les gusta la inteligencia como la vida y la cerveza: espumosa, con cuerpo y amarga.

Los siniestros, por último, son unos yonquis de la desesperación destructiva. Beben el dulce licor de la tragedia interpretándola como el comienzo de un mundo nuevo, devastado, acorde a sus cenagosas ensoñaciones. Los optimistas son, para ellos, los pajes de la debacle que ellos anticipan y fomentan.

Y esto es irónico porque los siniestros asumen que las tinieblas que anuncian son el preámbulo del juicio final (donde ellos serán fiscales), que será el preámbulo a su vez de un paraíso dulce y gótico donde, por fin, podremos ser todos felices según sus normas.    

De todos modos, hay que reconocer que hasta los muy alucinados pesimistas trágicos, estetas y siniestros temen con razón a aquellos que se bañan en optimismo y positividad por las mañanas como si fuera Nenuco.

Pongamos que creen en un futuro fabuloso porque son unos inconscientes o se lo han regalado todo. Pongamos también que afean, como directivos, la falta de compromiso de las mismas personas a las que no pagan en sus empresas porque son incapaces de comprometerse con ellas. Prometen prosperidad y solo ofrecen sueños de silicona reventada, precariedad y una religión cutre donde ellos son, al mismo tiempo, los mesías y los que pasan el cepillo.

Pongamos, por último, que llaman a pedir dinero a sus padres una recaudación «family & friends» de capital semilla. El optimismo Nenuco da risa cuando da miedo… y miedo cuando debería provocar carcajadas.

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