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20 de mayo 2015    /   IDEAS
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Ropa irreverente y de calidad elaborada por presos

20 de mayo 2015    /   IDEAS     por          
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Las marcas se rodean de talento creativo para que este las ayude a fabricar ilusiones. Recurren a los servicios de personas creativas para que sus compradores no las vean simplemente como corporaciones sin alma que solo persiguen la cuenta de resultados. Pietà no necesita participar en este juego de espejismos. Su historia no requiere adornos. Lo único que fabrican son las prendas de ropa que venden, elaboradas por presos de algunas de las cárceles más notorias de Perú. Cuando su diseñador, Thomas Jacob, tiene lista una nueva colección, tampoco recurre a una agencia de modelos para mostrar la ropa. Los mismos presos son los encargados de desempeñar esta función.
Jacob, un joven diseñador de moda originario de la Bretaña francesa, llegó a Perú en 2011 lleno de aspiraciones que rápidamente se convirtieron en desilusiones. Después de trabajar en Chanel, en París, se trasladó a Lima para incorporarse a una firma de moda europea que presumía de llevar un trato modélico con sus proveedores en el país andino. Una imagen construida sobre el cumplimiento escrupuloso de los derechos laborales. Lo que Jacob vio desde dentro fue una propuesta construida más bien sobre humo.
«Ni las condiciones para los trabajadores eran tan buenas ni las cosas se hacían tan bien como deberían. Algo más sangrante todavía si se tiene en cuenta que esta ropa luego se vendía a unos precios carísimos en países occidentales. Me quedé con un mal sabor de boca».
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Pero el apego al país no cesó con este pequeño golpe a su idealismo juvenil. Le gustaba Lima y le gustaba Perú, y deseaba seguir haciendo algo allí. Una amiga que dirigía un programa de teatro en la cárcel para mujeres de Santa Mónica le pidió que la acompañase algún día. Fue allí donde empezó a ver una salida a su desesperanza inicial con la condición humana.
Entre las paredes del correccional Jacob no veía delincuentes ni gente indeseable. La cárcel, para él, era un lugar con un capital humano incalculable. Un espacio lleno de talleres de costura con máquinas en desuso y personas deseosas de rellenar su tiempo con actividades productivas.
El salto no fue inmediato. La transformación a una marca de moda pequeña, pero que vende sus prendas en todo el mundo, tardaría en llegar, pero la semilla ya estaba plantada. Pasaría más de un año haciendo pruebas que le llevarían a trabajar con otras cárceles como la de Lurigancho, considerada de las más peligrosas del país. Jacob quería estar a la altura de las circunstancias. No iba a permitir que se convirtiese en una marca lastimera. Tenía que ser capaz de salir al mercado respaldada sobre todo por la calidad.
«No quería que fuese una marca cualquiera con una historia potente pero con un producto de segunda. Había que demostrar, además, que estos chicos eran capaces de hacer ropa que pudiese competir con cualquier estudio de costura en cuanto a calidad».
Materias primas no les faltaban. Perú es un país de una larga tradición textil que se remonta tiempo atrás, incluso a la civilización Inca. Jacob utiliza materiales como cashmere, alpaca, seda y algodón, todos provenientes de las montañas andinas que parten el país en dos. La calidad de los materiales le permite que todos sean orgánicos «dado que estamos hablando de una de las industrias más contaminantes». A la vez, muchos de los 30 trabajadores repartidos por tres cárceles de las afueras de Lima tenían ya experiencia en ese sector.
Jacob no es una persona que juzga a los individuos que construyen con el Pietà. No pregunta sobre su pasado, aunque muchos se lo acaben contando. «Es una aventura humana en la que se crean vínculos muy fuertes. Es trabajar para montar algo juntos. Son mis amigos y muchos son más normales de lo que uno se esperaría. No hay un patrón común. Cada uno tiene una circunstancia distinta. Sus edades oscilan entre los 20 y los 60 años. También hay simplemente los que son jóvenes, de clases desfavorecidas, que han cometido errores. ¿Quién no los ha cometido alguna vez?», enfatiza desde el salón de su casa en Lima.
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El historial de estas personas se convierte en una pregunta recurrente cuando Jacob trata con la prensa. En una entrevista con el periódico La República de Perú, dejó clara su visión al respecto.
«¿Tú has escuchado hablar del atentado de la revista Charlie Hebdo en mi país? No lo justifico. Pero pocos saben que los dos fanáticos que asesinaron a los caricaturistas eran hermanos que habían tenido una vida dura: nacieron sin padre, su mamá fue una prostituta que se suicidó cuando ellos cumplieron 6 años, fueron huérfanos que tuvieron que vivir en un albergue. No creo que la maldad nazca de la nada».
El programa de trabajo está creado precisamente para transformar los errores del pasado en un círculo virtuoso que pueda contribuir a la reinserción de los trabajadores de Pietà. El trabajo provee a los presos de un oficio. La remuneración (por encima del salario medio) les permite ahorrar para costear algunos gastos en el interior y tener un colchón cuando salgan de allí. Además, cuatro días de trabajo equivalen a un día menos de condena. «Antes era uno por uno, pero el nuevo ministro del Interior lo ha incrementado», dice Jacob, enfrentado en persona a los efectos de una justicia muchas veces arbitraria. La marca puede, incluso, convertirse en un lugar de oportunidades cuando son liberados de los correccionales.
«Justo mañana tenemos una citación judicial con una de mis costureras. Tiene 30 años y es fantástica. Estoy deseando que salga para poder contratarla y que me ayude a manejar el stock y hacer el control de calidad», indica Jacob en el salón de su casa en Lima, donde dirige las operaciones de la compañía. Hasta ahora, todo el trabajo alrededor de la marca en el exterior ha recaído sobre los hombros del francés. De allí que no vea la hora de poder expandir las operaciones. El diseñador habla a diario con sus compañeros por teléfono y visita las cárceles al menos una vez por semana. «Es un paseo de entre hora y media y dos horas en autobús», comenta el bretón de 28 años, que espera convertir el sótano en el lugar de operaciones de su compañía.
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«Hemos logrado vender las 3.000 prendas de la última temporada, pero ahora es cuando se complican las cosas. No quiero que Pietà se quede en algo de nicho. Quiero que vendamos bastante más para crear muchos más trabajos».
Una manera de reducir los costes es produciendo solo por encargo para sus clientes que llegan principalmente de Estados Unidos, Francia y Alemania. «Reaccionamos rápido. De este modo, nos evitamos stocks innecesarios y deudas que puedan complicar nuestra viabilidad».
Los clientes, situados en su mayoría en países lejanos con realidades muy distintas, tienen un nexo de unión con los compradores a través de las inscripciones que contiene cada prenda con el nombre de la persona que lo ha elaborado. «Algunos clientes me escriben interesándose por su devenir. Quieren saber si ya han salido de la cárcel».
En cuanto al estilo escogido para la ropa, la cárcel es lógicamente el lugar que más le inspira para crear. Pero también se puede ver una influencia de la estética callejera de París entremezclada con la crudeza de las cárceles peruanas.
Llegados a este punto, Jacob considera que la marca tiene más que ver con un proyecto artístico que con algo comercial. Algo que no ha sido creado exclusivamente para vender. Pero la esencia, según dice, trata más sobre las segundas oportunidades. Sobre ver el abismo y crear los medios para salir de él. De este concepto es de donde surge la elección de la marca Pietà, inspirada en la obra maestra del mismo nombre de Miguel Ángel.
«Es una escena muy dura que, sin embargo, es a la vez sobria e indolora. Es un destino que se acepta con dignidad. Refleja nuestra mentalidad en este proyecto. Pese a nuestras dificultades y los prejuicios, no bajamos la cara, sino que seguimos adelante con humildad y mucha ambición. La Pietà es la última etapa por la que pasa Jesús antes de la resurrección que da pie al renacimiento». Una sensación muy parecida a la que han pasado los reclusos que, mediante una idea loca de un francés veinteañero, han logrado volver a vivir.
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Las marcas se rodean de talento creativo para que este las ayude a fabricar ilusiones. Recurren a los servicios de personas creativas para que sus compradores no las vean simplemente como corporaciones sin alma que solo persiguen la cuenta de resultados. Pietà no necesita participar en este juego de espejismos. Su historia no requiere adornos. Lo único que fabrican son las prendas de ropa que venden, elaboradas por presos de algunas de las cárceles más notorias de Perú. Cuando su diseñador, Thomas Jacob, tiene lista una nueva colección, tampoco recurre a una agencia de modelos para mostrar la ropa. Los mismos presos son los encargados de desempeñar esta función.
Jacob, un joven diseñador de moda originario de la Bretaña francesa, llegó a Perú en 2011 lleno de aspiraciones que rápidamente se convirtieron en desilusiones. Después de trabajar en Chanel, en París, se trasladó a Lima para incorporarse a una firma de moda europea que presumía de llevar un trato modélico con sus proveedores en el país andino. Una imagen construida sobre el cumplimiento escrupuloso de los derechos laborales. Lo que Jacob vio desde dentro fue una propuesta construida más bien sobre humo.
«Ni las condiciones para los trabajadores eran tan buenas ni las cosas se hacían tan bien como deberían. Algo más sangrante todavía si se tiene en cuenta que esta ropa luego se vendía a unos precios carísimos en países occidentales. Me quedé con un mal sabor de boca».
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Pero el apego al país no cesó con este pequeño golpe a su idealismo juvenil. Le gustaba Lima y le gustaba Perú, y deseaba seguir haciendo algo allí. Una amiga que dirigía un programa de teatro en la cárcel para mujeres de Santa Mónica le pidió que la acompañase algún día. Fue allí donde empezó a ver una salida a su desesperanza inicial con la condición humana.
Entre las paredes del correccional Jacob no veía delincuentes ni gente indeseable. La cárcel, para él, era un lugar con un capital humano incalculable. Un espacio lleno de talleres de costura con máquinas en desuso y personas deseosas de rellenar su tiempo con actividades productivas.
El salto no fue inmediato. La transformación a una marca de moda pequeña, pero que vende sus prendas en todo el mundo, tardaría en llegar, pero la semilla ya estaba plantada. Pasaría más de un año haciendo pruebas que le llevarían a trabajar con otras cárceles como la de Lurigancho, considerada de las más peligrosas del país. Jacob quería estar a la altura de las circunstancias. No iba a permitir que se convirtiese en una marca lastimera. Tenía que ser capaz de salir al mercado respaldada sobre todo por la calidad.
«No quería que fuese una marca cualquiera con una historia potente pero con un producto de segunda. Había que demostrar, además, que estos chicos eran capaces de hacer ropa que pudiese competir con cualquier estudio de costura en cuanto a calidad».
Materias primas no les faltaban. Perú es un país de una larga tradición textil que se remonta tiempo atrás, incluso a la civilización Inca. Jacob utiliza materiales como cashmere, alpaca, seda y algodón, todos provenientes de las montañas andinas que parten el país en dos. La calidad de los materiales le permite que todos sean orgánicos «dado que estamos hablando de una de las industrias más contaminantes». A la vez, muchos de los 30 trabajadores repartidos por tres cárceles de las afueras de Lima tenían ya experiencia en ese sector.
Jacob no es una persona que juzga a los individuos que construyen con el Pietà. No pregunta sobre su pasado, aunque muchos se lo acaben contando. «Es una aventura humana en la que se crean vínculos muy fuertes. Es trabajar para montar algo juntos. Son mis amigos y muchos son más normales de lo que uno se esperaría. No hay un patrón común. Cada uno tiene una circunstancia distinta. Sus edades oscilan entre los 20 y los 60 años. También hay simplemente los que son jóvenes, de clases desfavorecidas, que han cometido errores. ¿Quién no los ha cometido alguna vez?», enfatiza desde el salón de su casa en Lima.
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El historial de estas personas se convierte en una pregunta recurrente cuando Jacob trata con la prensa. En una entrevista con el periódico La República de Perú, dejó clara su visión al respecto.
«¿Tú has escuchado hablar del atentado de la revista Charlie Hebdo en mi país? No lo justifico. Pero pocos saben que los dos fanáticos que asesinaron a los caricaturistas eran hermanos que habían tenido una vida dura: nacieron sin padre, su mamá fue una prostituta que se suicidó cuando ellos cumplieron 6 años, fueron huérfanos que tuvieron que vivir en un albergue. No creo que la maldad nazca de la nada».
El programa de trabajo está creado precisamente para transformar los errores del pasado en un círculo virtuoso que pueda contribuir a la reinserción de los trabajadores de Pietà. El trabajo provee a los presos de un oficio. La remuneración (por encima del salario medio) les permite ahorrar para costear algunos gastos en el interior y tener un colchón cuando salgan de allí. Además, cuatro días de trabajo equivalen a un día menos de condena. «Antes era uno por uno, pero el nuevo ministro del Interior lo ha incrementado», dice Jacob, enfrentado en persona a los efectos de una justicia muchas veces arbitraria. La marca puede, incluso, convertirse en un lugar de oportunidades cuando son liberados de los correccionales.
«Justo mañana tenemos una citación judicial con una de mis costureras. Tiene 30 años y es fantástica. Estoy deseando que salga para poder contratarla y que me ayude a manejar el stock y hacer el control de calidad», indica Jacob en el salón de su casa en Lima, donde dirige las operaciones de la compañía. Hasta ahora, todo el trabajo alrededor de la marca en el exterior ha recaído sobre los hombros del francés. De allí que no vea la hora de poder expandir las operaciones. El diseñador habla a diario con sus compañeros por teléfono y visita las cárceles al menos una vez por semana. «Es un paseo de entre hora y media y dos horas en autobús», comenta el bretón de 28 años, que espera convertir el sótano en el lugar de operaciones de su compañía.
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«Hemos logrado vender las 3.000 prendas de la última temporada, pero ahora es cuando se complican las cosas. No quiero que Pietà se quede en algo de nicho. Quiero que vendamos bastante más para crear muchos más trabajos».
Una manera de reducir los costes es produciendo solo por encargo para sus clientes que llegan principalmente de Estados Unidos, Francia y Alemania. «Reaccionamos rápido. De este modo, nos evitamos stocks innecesarios y deudas que puedan complicar nuestra viabilidad».
Los clientes, situados en su mayoría en países lejanos con realidades muy distintas, tienen un nexo de unión con los compradores a través de las inscripciones que contiene cada prenda con el nombre de la persona que lo ha elaborado. «Algunos clientes me escriben interesándose por su devenir. Quieren saber si ya han salido de la cárcel».
En cuanto al estilo escogido para la ropa, la cárcel es lógicamente el lugar que más le inspira para crear. Pero también se puede ver una influencia de la estética callejera de París entremezclada con la crudeza de las cárceles peruanas.
Llegados a este punto, Jacob considera que la marca tiene más que ver con un proyecto artístico que con algo comercial. Algo que no ha sido creado exclusivamente para vender. Pero la esencia, según dice, trata más sobre las segundas oportunidades. Sobre ver el abismo y crear los medios para salir de él. De este concepto es de donde surge la elección de la marca Pietà, inspirada en la obra maestra del mismo nombre de Miguel Ángel.
«Es una escena muy dura que, sin embargo, es a la vez sobria e indolora. Es un destino que se acepta con dignidad. Refleja nuestra mentalidad en este proyecto. Pese a nuestras dificultades y los prejuicios, no bajamos la cara, sino que seguimos adelante con humildad y mucha ambición. La Pietà es la última etapa por la que pasa Jesús antes de la resurrección que da pie al renacimiento». Una sensación muy parecida a la que han pasado los reclusos que, mediante una idea loca de un francés veinteañero, han logrado volver a vivir.
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Opiniones 2
  • … en mi infinita ignorancia me han colado publicidad encubierta. Porque entre el tremendo batiburrillo de frases bonitas no encuentro el sentido de comprar camisetas porque las hayan hecho los criminales más peligrosos del Perú. Pretendían no ser lastimosos y no lo han conseguido.

    • Me parece que no has entendido el mensaje de la noticia que es la de promover la compra de un producto realizado por personas de la cárcel de Perú. Se trata de dar luz a un colectivo que siempre es cubierto por la sociedad. Se trata de mostrar que ellos son capaces de cualquier cosa. Me parece un proyecto genial ya que ayuda a los presos a expresar su creatividad mediante la fabricación de prendas así como de sentirse útiles. Ya que en la mayoría de cárceles aparate de que las condiciones humanas son pésimas y mas en países latinoamericanos, no ayudan en nada a la reinsercción social del reclusos. Por mas proyectos asi!!

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