Publicado: 31 de julio 2023 09:39  | Actualizado: 13 de diciembre 2023 02:37    /   CREATIVIDAD
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El pintor (cuasi) oficial del Cabo de Gata que se esconde tras un director de hotel

Publicado: 31 de julio 2023 09:39  | Actualizado: 13 de diciembre 2023 02:37    /   CREATIVIDAD     por          
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«No sé cuántas veces he pintado la iglesia. Me la sé de memoria. La he pintado desde todas las perspectivas. Ya no necesito tenerla enfrente para conocer cada ángulo. Y lo mismo me pasa con el Arrecife de las Sirenas». Palabras de Manuel Morales (Almería, 1961), director del Hotel Las Salinas del Cabo de Gata que, tras su dedicación hostelera, esconde un artista vocacional. 

Sí. Las paredes hablan, huelen a sal, regalan estampas de la tierra. Los huéspedes del recoleto edificio con vistas al mar pueden dar fe. Más de 30 cuadros de este artista autóctono —aparte de fotografías del entorno y recuerdos de viajes— adornan el lugar tanto en la entrada como en los pasillos, e incluso en algún cabecero de las camas de las habitaciones.

«Toda mi iconografía es de La Almadraba de Monteleva», precisa el artífice, que confiesa que le queda poco espacio para colgar más piezas y que ha regalado casi toda su producción. «¡Por lo menos cien paisajes! ¡Me los pedían y los hacía!». 

La historia de este pintor anónimo bien encajaría en las placas genuinas del creador Carlos Yuste, esa oda a la normalidad que siempre fue extraordinaria: «En estas calles nació y vivió Manuel Morales, que facilitó alojamiento y comida a mucha gente mientras él imaginaba lienzos», rezaría.

Lo comentamos con el protagonista, criado en este paraíso natural del sur de España capaz de provocar a cualquiera el síndrome de Stendhal, y se ríe. Lleva muchas horas trabajando —«hay que aprovechar la temporada estival, que el invierno es largo»—, pero mantiene la compostura y le brilla la mirada cuando explica su pasión. Puro amor el arte.

POR AMOR AL ARTE 

La charla se desarrolla delante de escenas pictóricas de barcas y confines marinos, en torno al mostrador de este hotel inaugurado en 2008 cuya génesis se remonta a 1917. El abuelo de Manuel Morales abrió el primer restaurante en La Almadraba y su padre siguió la estela en los años 70 y 80, década en la que decidieron ampliar el servicio tras el Plan General de Ordenación Urbana de Almería. El caso es que la burocracia —«Vuelva usted mañana», decía Larra— procrastinó el estreno definitivo, pero, con tesón y paciencia, a estas alturas de la película todo fluye y van por la tercera generación familiar —y calienta la cuarta— al cuidado del negocio.

Manuel Morales estudió Delineación, aprendió pintura en la Escuela de Arte e hizo Derecho, aunque no ha ejercido profesionalmente en estas lides. Su vida en Almería —salvo escalas breves en Águilas, Cádiz o Madrid— se ha visto sazonada por otras culturas gracias a su eterno espíritu trotamundos. «La hostelería me ha absorbido tanto que cuando tenía tiempo libre empecé a viajar», recalca.

He aquí otra de sus aficiones, la que lo ha guiado por todos los continentes. Sin embargo, ante el caballete, su máxima inspiración se encuentra cerca de su casa. Las musas proceden de Las Salinas, ese tesoro de la biodiversidad con sus icónicos flamencos, el litoral rocoso del faro o La Almadraba de Monteleva, escaparate de uno de los mejores atardeceres del planeta.

«¡El atardecer también lo he pintado infinidad de veces! Y ya lo hago muy rápido: banda de azul claro con la nube, el mar un poquito más oscuro y el ocre para la sierra árida. Así es el horizonte que tenemos aquí», describe a vuela pluma quien sabe desde muy pequeño lo que es jugar entre barcazas y aparejos de pesca o saltando con la cuadrilla por las montañas de sal y «todo el día metido en el agua, negros como tizones».

Ya afirmó el filósofo Rousseau que «lo que uno ama en la infancia se queda en el corazón para siempre».

«La pintura me ha gustado desde niño y ahora no puedo dedicarle el esfuerzo que me gustaría. Mi madre pintaba bien y mi padre era muy manitas y hacía dibujos de barcos. Creo que me viene de familia», relata. No obstante, no ha llegado nunca a vivir de este oficio. Pese a su formación, lo considera un hobbie. Y apunta: «Una vez expuse en un pub, pero aunque hubo quienes querían comprar, no quise vender nada. Es amor al arte total».

EL PINTOR DE CABO DE GATA 

No todos los clientes se percatan de la firma —marcada en la parte inferior derecha como M. Morales— de muchos lienzos del hotel. La mayor parte, al óleo. «Los que más se han interesado son los que están más días aquí o los que tienen aficiones como la pintura, la fotografía y otras de este estilo. Para otros, pasa desapercibido», comenta entre anécdotas y leyendas del Arrecife de Las Sirenas, el recuerdo de aquella vez que el mar anegó la carretera o el clamor popular que trascendió en todo el país para salvar Las Salinas el último verano.

Seguro que a Manuel Morales, aunque no le entusiasman demasiado, aún le esperan muchas hojas de Excel por delante. Las completará con estoicismo, y cuando se jubile continuará recorriendo países y echándose pinceles en el petate. «Lo compaginaría todo con la pintura, pero no con los números, que me toca hacerlos cada día y no me gustan», bromea.

Admirador principalmente de Dalí —«¡por la imaginación que tiene!»—, pero también de «Goya, Picasso, Velázquez y los clásicos», según avanza la conversación le asalta un reto. Tras retratar durante décadas varios emblemas de su pueblo salinero —La Almadraba de Monteleva, surgido a inicios del siglo XX, con un censo de apenas decenas de habitantes, a cinco minutos en coche de El Cabo y a unos 25 minutos de Almería—,  Manuel Morales menciona la existencia de un aljibe de bóveda de cañón sin inmortalizar. Todavía. «¡Eso nunca se me ha ocurrido pintarlo! Y también quiero plasmar una casa auténtica de aquí. Pero no veo el momento».

Quizá cuando ande más liberado, con mayor tranquilidad, alguien vaya paseando por este parque natural asombroso, y cada tarde, como una suerte de Antonio López del sur, aparezca la figura desconocida del pintor que siempre fue. Captando con sus trazos y colores, por amor al arte, la esencia de su tierra. «No puedo aspirar a eso», suspira con modestia. «No le llego a la altura», concluye agradecido y dando la bienvenida a unos huéspedes mientras el rumor de las olas brinda la banda sonora de este edén mediterráneo.

«No sé cuántas veces he pintado la iglesia. Me la sé de memoria. La he pintado desde todas las perspectivas. Ya no necesito tenerla enfrente para conocer cada ángulo. Y lo mismo me pasa con el Arrecife de las Sirenas». Palabras de Manuel Morales (Almería, 1961), director del Hotel Las Salinas del Cabo de Gata que, tras su dedicación hostelera, esconde un artista vocacional. 

Sí. Las paredes hablan, huelen a sal, regalan estampas de la tierra. Los huéspedes del recoleto edificio con vistas al mar pueden dar fe. Más de 30 cuadros de este artista autóctono —aparte de fotografías del entorno y recuerdos de viajes— adornan el lugar tanto en la entrada como en los pasillos, e incluso en algún cabecero de las camas de las habitaciones.

«Toda mi iconografía es de La Almadraba de Monteleva», precisa el artífice, que confiesa que le queda poco espacio para colgar más piezas y que ha regalado casi toda su producción. «¡Por lo menos cien paisajes! ¡Me los pedían y los hacía!». 

La historia de este pintor anónimo bien encajaría en las placas genuinas del creador Carlos Yuste, esa oda a la normalidad que siempre fue extraordinaria: «En estas calles nació y vivió Manuel Morales, que facilitó alojamiento y comida a mucha gente mientras él imaginaba lienzos», rezaría.

Lo comentamos con el protagonista, criado en este paraíso natural del sur de España capaz de provocar a cualquiera el síndrome de Stendhal, y se ríe. Lleva muchas horas trabajando —«hay que aprovechar la temporada estival, que el invierno es largo»—, pero mantiene la compostura y le brilla la mirada cuando explica su pasión. Puro amor el arte.

POR AMOR AL ARTE 

La charla se desarrolla delante de escenas pictóricas de barcas y confines marinos, en torno al mostrador de este hotel inaugurado en 2008 cuya génesis se remonta a 1917. El abuelo de Manuel Morales abrió el primer restaurante en La Almadraba y su padre siguió la estela en los años 70 y 80, década en la que decidieron ampliar el servicio tras el Plan General de Ordenación Urbana de Almería. El caso es que la burocracia —«Vuelva usted mañana», decía Larra— procrastinó el estreno definitivo, pero, con tesón y paciencia, a estas alturas de la película todo fluye y van por la tercera generación familiar —y calienta la cuarta— al cuidado del negocio.

Manuel Morales estudió Delineación, aprendió pintura en la Escuela de Arte e hizo Derecho, aunque no ha ejercido profesionalmente en estas lides. Su vida en Almería —salvo escalas breves en Águilas, Cádiz o Madrid— se ha visto sazonada por otras culturas gracias a su eterno espíritu trotamundos. «La hostelería me ha absorbido tanto que cuando tenía tiempo libre empecé a viajar», recalca.

He aquí otra de sus aficiones, la que lo ha guiado por todos los continentes. Sin embargo, ante el caballete, su máxima inspiración se encuentra cerca de su casa. Las musas proceden de Las Salinas, ese tesoro de la biodiversidad con sus icónicos flamencos, el litoral rocoso del faro o La Almadraba de Monteleva, escaparate de uno de los mejores atardeceres del planeta.

«¡El atardecer también lo he pintado infinidad de veces! Y ya lo hago muy rápido: banda de azul claro con la nube, el mar un poquito más oscuro y el ocre para la sierra árida. Así es el horizonte que tenemos aquí», describe a vuela pluma quien sabe desde muy pequeño lo que es jugar entre barcazas y aparejos de pesca o saltando con la cuadrilla por las montañas de sal y «todo el día metido en el agua, negros como tizones».

Ya afirmó el filósofo Rousseau que «lo que uno ama en la infancia se queda en el corazón para siempre».

«La pintura me ha gustado desde niño y ahora no puedo dedicarle el esfuerzo que me gustaría. Mi madre pintaba bien y mi padre era muy manitas y hacía dibujos de barcos. Creo que me viene de familia», relata. No obstante, no ha llegado nunca a vivir de este oficio. Pese a su formación, lo considera un hobbie. Y apunta: «Una vez expuse en un pub, pero aunque hubo quienes querían comprar, no quise vender nada. Es amor al arte total».

EL PINTOR DE CABO DE GATA 

No todos los clientes se percatan de la firma —marcada en la parte inferior derecha como M. Morales— de muchos lienzos del hotel. La mayor parte, al óleo. «Los que más se han interesado son los que están más días aquí o los que tienen aficiones como la pintura, la fotografía y otras de este estilo. Para otros, pasa desapercibido», comenta entre anécdotas y leyendas del Arrecife de Las Sirenas, el recuerdo de aquella vez que el mar anegó la carretera o el clamor popular que trascendió en todo el país para salvar Las Salinas el último verano.

Seguro que a Manuel Morales, aunque no le entusiasman demasiado, aún le esperan muchas hojas de Excel por delante. Las completará con estoicismo, y cuando se jubile continuará recorriendo países y echándose pinceles en el petate. «Lo compaginaría todo con la pintura, pero no con los números, que me toca hacerlos cada día y no me gustan», bromea.

Admirador principalmente de Dalí —«¡por la imaginación que tiene!»—, pero también de «Goya, Picasso, Velázquez y los clásicos», según avanza la conversación le asalta un reto. Tras retratar durante décadas varios emblemas de su pueblo salinero —La Almadraba de Monteleva, surgido a inicios del siglo XX, con un censo de apenas decenas de habitantes, a cinco minutos en coche de El Cabo y a unos 25 minutos de Almería—,  Manuel Morales menciona la existencia de un aljibe de bóveda de cañón sin inmortalizar. Todavía. «¡Eso nunca se me ha ocurrido pintarlo! Y también quiero plasmar una casa auténtica de aquí. Pero no veo el momento».

Quizá cuando ande más liberado, con mayor tranquilidad, alguien vaya paseando por este parque natural asombroso, y cada tarde, como una suerte de Antonio López del sur, aparezca la figura desconocida del pintor que siempre fue. Captando con sus trazos y colores, por amor al arte, la esencia de su tierra. «No puedo aspirar a eso», suspira con modestia. «No le llego a la altura», concluye agradecido y dando la bienvenida a unos huéspedes mientras el rumor de las olas brinda la banda sonora de este edén mediterráneo.

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