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20 de noviembre 2012    /   CREATIVIDAD
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Pintxos de tres metros de alto

20 de noviembre 2012    /   CREATIVIDAD     por          
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Ositos de peluche gigantes, pintalabios para la mujer de 50 pies y trozos de tarta del tamaño de un minipiso. La desmesura del artista pop Oldenburg no podía encontrar mejor emplazamiento que Bilbao. El mismo centro, concretamente.

El Museo Guggenheim de Bilbao cumple 15 años y su entrada sigue flanqueada por Puppy, el terrier de Jeff Koons de 12 metros de altura y corazón vegetal. Al otro lado se levanta la araña gigante Mamá, de Louise Bourgeoise, no apta para aracnofóbicos, por no hablar del recinto mismo, al que los parroquianos más viejos del lugar llamaban “la lata de espárragos” (con 24.000 metro cuadros, no veas la de hortalizas que caben dentro). Así, que, de alguna manera, Oldenburg estaba predestinado a encontrarse con la capital vizcaína y unos habitantes que siempre han tenido fama de superlativos.

¿Y quién es él?

Al lado de una de sus obras más famosas, Tarta de suelo (1962) nos encontramos a Claes Oldenburg (Estocolmo, 1923), un señor que a sus 83 años todavía tiene unos andares de lo más toreros: prestancia, porte y mucho sentido del humor. La exposición, centrada en los años 60 (porque una antológica de este hombre se antoja tarea titánica), se abre con sus trabajos de inspiración grafitera, décadas antes de que a Basquiat o Haring les diera por ahí y las librerías se llenaran de libros a todo color sobre el streetart.

Llegamos a la cocina: decenas de reproducciones en plástico, cerámica o escayola, que vendía a clientes como Andy Warhol en “La tienda”, su local del Lower East Side. Con lo que sacaba, se montaba unas perfomances que ríase usted de la marcha bilbaína y su txikiteo por las célebres Siete calles: corría el alcohol (dice Oldenburg que a él el LSD nunca le hizo tilín) y el verano del amor se adelantaba varias estaciones.

 

El humor sale a la calle

Llena la panza, Oldenburg decidió investigar con las cosas de casa, esas que todos tenemos pero en las que nunca reparamos. Para que las valoráramos como se merecen, les dio un tamaño, digamos, bilbaíno: enchufes gigantes, teléfonos gigantes, ceniceros que no tendría que vaciar José Luís Garci en un año… Todo a lo grande, produciendo una extraña sensación de pesadilla surrealista pasada por el tamiz de lo cómico. Pero su burla no se iba a quedar ahí: en nada empezó a proyectar ositos de peluche descomunales para instalar en Central Park, un poco a lo el Hombre de Malvavisco de Los Cazafantasmas. También hubo un monumento al cigarrillo (mi preferido) y un tanque-pintalabios que, polémica mediante, acabó de situar a Oldenbug como un nombre fundamental de la escultura moderna.

El proyecto se lo pidió la Universidad de Yale, como homenaje a los sindicatos estudiantiles. Era 1969, la Guerra se recrudecía en Vietnam, las mujeres no llevaban sujetador y el feminismo tomaba carta de asignatura académica. Todo eso esta reflejado en la escultura: la guerra, con el tanque que le sirve de base; el papel creciente de la mujer (que hasta ese año no fueron admitidas en Yale), en el pintalabios; la lucha por los derechos civiles y el pacifismo, en la función que tenía como plataforma de protesta la parte superior del tanque… y huelga decir que el tamaño del mismo (7,5 metros de altura) de un objeto cotidiano era el toque Oldenburg. Ante objetos tan desaforados, tan fuera de lugar y de tamaño, solo cabe una conclusión: no hay nada más grande que el sentido del humor.

La guinda al 15 aniversario la pone la exposición Egon Schiele. Las obras del Albertina Museum vienés reflejan una visión más dolorosa de la existencia. Schiele (1890-1918), de vida tan breve como intensa, discípulo de Klimt, apasionado del freudismo y del teosofismo, reflejó la intimidad del cuerpo desnudo, ya sean de mujeres o de niños, de una manera inquietante e inmediatamente reconocible.

Claes Oldenburg: los años sesenta. Hasta el 17 de febrero en el Museo Guggenheim (Bilbao).

Nota: El Museo Guggenheim corrió con los gastos de transporte y alojamiento.

Ositos de peluche gigantes, pintalabios para la mujer de 50 pies y trozos de tarta del tamaño de un minipiso. La desmesura del artista pop Oldenburg no podía encontrar mejor emplazamiento que Bilbao. El mismo centro, concretamente.

El Museo Guggenheim de Bilbao cumple 15 años y su entrada sigue flanqueada por Puppy, el terrier de Jeff Koons de 12 metros de altura y corazón vegetal. Al otro lado se levanta la araña gigante Mamá, de Louise Bourgeoise, no apta para aracnofóbicos, por no hablar del recinto mismo, al que los parroquianos más viejos del lugar llamaban “la lata de espárragos” (con 24.000 metro cuadros, no veas la de hortalizas que caben dentro). Así, que, de alguna manera, Oldenburg estaba predestinado a encontrarse con la capital vizcaína y unos habitantes que siempre han tenido fama de superlativos.

¿Y quién es él?

Al lado de una de sus obras más famosas, Tarta de suelo (1962) nos encontramos a Claes Oldenburg (Estocolmo, 1923), un señor que a sus 83 años todavía tiene unos andares de lo más toreros: prestancia, porte y mucho sentido del humor. La exposición, centrada en los años 60 (porque una antológica de este hombre se antoja tarea titánica), se abre con sus trabajos de inspiración grafitera, décadas antes de que a Basquiat o Haring les diera por ahí y las librerías se llenaran de libros a todo color sobre el streetart.

Llegamos a la cocina: decenas de reproducciones en plástico, cerámica o escayola, que vendía a clientes como Andy Warhol en “La tienda”, su local del Lower East Side. Con lo que sacaba, se montaba unas perfomances que ríase usted de la marcha bilbaína y su txikiteo por las célebres Siete calles: corría el alcohol (dice Oldenburg que a él el LSD nunca le hizo tilín) y el verano del amor se adelantaba varias estaciones.

 

El humor sale a la calle

Llena la panza, Oldenburg decidió investigar con las cosas de casa, esas que todos tenemos pero en las que nunca reparamos. Para que las valoráramos como se merecen, les dio un tamaño, digamos, bilbaíno: enchufes gigantes, teléfonos gigantes, ceniceros que no tendría que vaciar José Luís Garci en un año… Todo a lo grande, produciendo una extraña sensación de pesadilla surrealista pasada por el tamiz de lo cómico. Pero su burla no se iba a quedar ahí: en nada empezó a proyectar ositos de peluche descomunales para instalar en Central Park, un poco a lo el Hombre de Malvavisco de Los Cazafantasmas. También hubo un monumento al cigarrillo (mi preferido) y un tanque-pintalabios que, polémica mediante, acabó de situar a Oldenbug como un nombre fundamental de la escultura moderna.

El proyecto se lo pidió la Universidad de Yale, como homenaje a los sindicatos estudiantiles. Era 1969, la Guerra se recrudecía en Vietnam, las mujeres no llevaban sujetador y el feminismo tomaba carta de asignatura académica. Todo eso esta reflejado en la escultura: la guerra, con el tanque que le sirve de base; el papel creciente de la mujer (que hasta ese año no fueron admitidas en Yale), en el pintalabios; la lucha por los derechos civiles y el pacifismo, en la función que tenía como plataforma de protesta la parte superior del tanque… y huelga decir que el tamaño del mismo (7,5 metros de altura) de un objeto cotidiano era el toque Oldenburg. Ante objetos tan desaforados, tan fuera de lugar y de tamaño, solo cabe una conclusión: no hay nada más grande que el sentido del humor.

La guinda al 15 aniversario la pone la exposición Egon Schiele. Las obras del Albertina Museum vienés reflejan una visión más dolorosa de la existencia. Schiele (1890-1918), de vida tan breve como intensa, discípulo de Klimt, apasionado del freudismo y del teosofismo, reflejó la intimidad del cuerpo desnudo, ya sean de mujeres o de niños, de una manera inquietante e inmediatamente reconocible.

Claes Oldenburg: los años sesenta. Hasta el 17 de febrero en el Museo Guggenheim (Bilbao).

Nota: El Museo Guggenheim corrió con los gastos de transporte y alojamiento.

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