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15 de agosto 2018    /   BUSINESS
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¿Por qué es Pippi Calzaslargas uno de los grandes iconos feministas literarios?

15 de agosto 2018    /   BUSINESS     por          
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«Tenía nueve años y vivía completamente sola. No tenía padre ni madre, lo cual era una ventaja, pues así nadie la mandaba a la cama precisamente cuando más estaba divirtiéndose, ni la obligaba a tomar aceite de hígado de bacalao cuando le apetecían caramelos de menta».

Así comienza Pippi Calzaslargas, el libro escrito por la sueca Astrid Lindgren, publicado por primera vez en 1945, que la convirtió en una de las autoras infantiles más populares de todos los tiempos. No en vano, sus libros han sido traducidos a más de noventa lenguas y sus historias sobre la pequeña Pippi espantaron a toda una generación de padres (aunque se metieron en el bolsillo a millones de niños de todo el mundo).

Basta echar un vistazo a las primeras líneas del famoso libro –que la editorial Blackie Books publicó hace poco en español, recopilando por primera vez todas las historias en un único tomo– para descubrir en ellas a un persona, cuando menos, singular.

Como muchos héroes de la tradición escandinava popular, Pippi es una niña intrépida y dotada de una fuerza sobrehumana –capaz de levantar a su caballo con una sola mano–. Y también es grosera, escandalosa, impertinente e indomable.

«Creo que Pippi personaliza la libertad lúdica del hombre, tanto para mujeres como para varones», asegura el escritor Jens Andersen, autor de Astrid Lindgren: The Woman Behind Pippi Longstocking, una biografía de la escritora sueca. «Astrid dijo que creía que la popularidad de Pippi entre los niños tenía algo que ver con el deseo natural de estos de tener más poder y el soñar con ser más grandes y más fuertes que sus padres».

Según el crítico y periodista Jonathan Cott, Pippi vivía «completamente fuera de las convenciones burguesas». Pero, por encima de todas las cosas, se convirtió en uno de los grandes iconos feministas de la literatura infantil. Sobran los motivos para hacer tal afirmación, pero trataremos de resumir aquí varios de ellos.

Para empezar, esta pequeña de cara pecosa, trenzas rojas y medias de colores tiene solo nueve años y, a pesar de ello, vive sola en una casa llamada Villamangaporhombro. Con la única compañía de un caballo y un mono al que llama Señor Nelson. Ha viajado por todo el mundo, bebe café, es solvente económicamente –gracias al cofre repleto de monedas de oro que tiene en casa– y totalmente autosuficiente.

La anarquía preside su existencia: duerme con los pies sobre la almohada, come con las manos, se suena los mocos con la ropa y limpia la casa cuando (y como) le parece. Cuando varios policías se presentan un día en su casa para tratar de llevarla a un hogar infantil, ella logra vacilarles y mandarles a paseo. Total, sabe apañárselas sola perfectamente y no necesita, cual princesa Disney, que un príncipe acuda a su rescate.

También está libre de rutinas monótonas como la escuela o la tarea. Y el día que decide acudir al colegio, más que nada por experimentar lo que uno siente al tener vacaciones de Navidad, aparece en el patio de la escuela montada en su caballo, a galope tendido y a las diez de la mañana –ya que confiesa que ella no puede comenzar la jornada a las ocho de la mañana–. Pero, tras desafiar al profesor con su gran sentido del humor, se da cuenta que aquello no es para ella.

«Para resaltar su inconformidad, la autora la ubica en un mundo que conocemos. Sus amigos Tommy y Anika, de hecho, son buenos, educados y obedientes. Van a la escuela y respetan las figuras de autoridad. Pippi, en cambio, va a su bola y es algo anarquista», comenta la escritora Emma Shevah en una entrevista digital.

Shevah señala que el personaje también es feminista, optimista y librepensador. «No se enoja ni se ofende, incluso cuando es insultada», apunta la novelista. «Está feliz con quien es y con cómo se ve. Es generosa, defiende a los oprimidos y divierte a sus amigos enfermos haciendo acrobacias en su ventana, abrazándoles e incluso con papel de regalo cuando le dan un obsequio».

«Las muchas peleas que Pippi mantiene con niños y hombres tienen un carácter mitológico y generaciones de mujeres de todo tipo de culturas y lenguas han leído o escuchado acerca de Pippi siendo niñas», espeta Andersen. «Esas mujeres nunca olvidaron su especial y moderna manera de feminismo: pacífica, divertida y anarquista, usando todo su Pippipoder de una manera humanística feliz, por así decirlo».

El carácter subversivo de los libros los hizo inusuales para la literatura juvenil de la época. Por eso, y a pesar de tratarse de un personaje de libro infantil, las aventuras de la antiautoritaria Pippi fueron censuradas durante años en varios países, incluido España, «por considerar a la pequeña demasiado impertinente, demasiado mal ejemplo. Antipedagógica» –reza la edición de Blackie Books–.

Era como si todos los libros infantiles y juveniles tuvieran que ser aleccionadores e instructivos. «No fue hasta el estreno de la mítica serie de televisión en 1969 que Pippi se abrió paso en las librerías y televisiones de millones de hogares del mundo».

«A mí nunca me han gustado las muñecas, y cuando tuve una temporada que no quería comer, mis padres me sobornaban con la idea de comprarme una pippi», cuenta el sociólogo y escritor Lucas Platero.

«Rompía las normas de tantísimas maneras que generaba un oasis donde poderse imaginar. Supone cierto ejercicio de la androginia, en la medida que ella hacía cosas que parecía que solo podían hacer las personas mayores, y en concreto, los hombres. Y, sin embargo, ella encarnaba rotundamente a una niña; una niña que era libre y que no necesitaba ser rescatada por ningún príncipe».

A mediados de los noventa, sin embargo, un comentarista social argumentó que el culto a Pippi había tenido un efecto altamente perjudicial tanto en los escolares como en los niños en edad preescolar en Suecia. «El culto a Pippi lo ha puesto todo patas arriba, en las escuelas, en la vida familiar y en términos de comportamiento normal», escribió entonces en un destacado diario de aquel país.

Pero a Pippi no le importaba no ser considerada normal. Le bastaba con ser ella misma. Y, sin ser consciente de ello, rompió con las ideas convencionales sobre cómo deben comportarse las niñas y se pasó por el forro los roles de género de los adultos.

Ella se quiere y se acepta tal y como es. Y es tremendamente feliz. De hecho, en uno de los capítulos del libro, Pippi se topa con el escaparate de una perfumería en el que cuelga un letrero con la imagen de un gran bote de crema y el mensaje «¿Le hacen sufrir sus pecas?».

A Pippi no, pero decide igualmente entrar en la tienda para dejar clara su postura al dependiente. «No, las pecas no me hacen sufrir», le dice. Y él, bastante sorprendido, le responde que cómo puede decir eso si tiene la cara cubierta de ellas. «Ya lo sé, pero no me hacen sufrir. Las quiero mucho. Adiós», le responde la pequeña de sonrisa pícara.

Por todos estos motivos, no parece extraño que Pippi se convirtiera con el tiempo en un modelo a seguir para el movimiento feminista. Muchos adultos, de hecho, aspiran hoy día a que sus niñas sean tan fuertes, valientes, desinhibidas y desafiantes hacia las figuras de autoridad, como lo es Pippi. Y a educarlas en la igualdad de género. Enseñarlas a que luchen contra los estereotipos y roles de género, como el intrépido personaje.

«[Pippi] nos ayuda a imaginar la autovía, el lugar en el que podrían estar las mujeres en un futuro posible, aunque sea distópico, en el que las niñas desde jóvenes puedan dirigir su destino. Eso es profundamente radical», nos comenta Platero.

De tal palo, tal astilla

Si Pippi pasará a la historia por su inintencionado activismo es porque, sin duda, tenía a quién parecerse. De hecho, su creadora fue conocida también por levantar desde jovencita la bandera del feminismo. Por eso y por convertirse con los años en una respetada activista política, ecologista, empresaria y humanista.

Astrid Anna Emilia Ericsson, más conocida como Astrid Lindgren, nació y se crio en Vimmerby, una pequeña localidad del sur de Suecia. A los catorce años comenzó a colaborar con el periódico de su ciudad natal, y aún no había cumplido dieciocho cuando su romance con el editor jefe del diario, de cincuenta, acabó en un embarazo. Madre soltera, su hijo Lars tuvo que vivir con una familia de acogida en Copenhague durante tres años antes de que su madre pudiera reclamarlo.

En 1931, Lindgren se casó con su jefe, Sture Lindgren, con quien tuvo a su segunda hija, Karin. Durante años, la sueca trabajó como taquígrafa a tiempo parcial –complementando sus ingresos con la venta de cuentos infantiles a revistas navideñas–. Y, durante los años que duró la Segunda Guerra Mundial, comenzó a escribir una serie de diarios personales en los que relató cómo vivía el conflicto.

Astrid Lindgren en 1960
Astrid Lindgren en 1960

En 1941, Karin tuvo que pasar unos días en cama debido a una neumonía y, como se aburría, solía pedirle a su madre que le contase historias. Una noche, cuando su progenitora se había quedado ya sin ideas, la niña le dijo: «Háblame de Pippi Langstrump».

Aquel era un nombre que se acababa de inventar, pero Lindgren decidió seguirle el juego y empezó a contarle una historia completamente nueva sobre una niña extraña llamada Pippilotta Viktualia Rullgardina Krusmynta, hija del capitán de barco Efraín Calzaslargas, cuya madre había muerto hacía años y cuyo padre había sido el rey de los mares. Y a partir de ese día, Astrid comenzó a contarles a sus hijos historias sobre la tal Pippi.

Pero no fue hasta la primavera de 1944 cuando Pippi se convirtió en una fantasía escrita –Lindgren sufrió una caída y se torció el tobillo, por lo que decidió aprovechar el tiempo de convalecencia para escribir esas historias–. En otoño de ese año, el editor Gerhard Bonnier se negó a publicar las historias de Pippi, al considerarlas demasiado anárquicas y traviesas. En cambio, la editorial Rabén & Sjögren sí aceptó publicar el primer libro en 1945. «

La negativa de Bonnier ha sido considerada el mayor error en la historia editorial nórdica. Hoy Pippi se traduce a cincuenta idiomas y ha vendido alrededor de cincuenta millones de copias», reconoce Andersen.

Aunque el libro tuvo una buena acogida cuando salió publicado, la cosa empezó a cambiar el día que un profesor de psicología comentó que el libro era de mal gusto, que Pippi se comportaba como si estuviera «mentalmente enferma» y que los niños corrían el riesgo de sentirse inspirados por eso.

Astrid no dudó en responder a esos comentarios defendiendo el derecho de un niño a descubrir el mundo por sí mismo. Su frase «Dales amor a los niños, más amor y aún más amor, y el sentido común vendrá solo», de hecho, ha perdurado con el paso del tiempo.

Andersen señala que los diarios de guerra de Astrid nos muestran que la autora tenía muchos pensamientos sobre el poder, el mal y la naturaleza del hombre. «No hay que olvidar que Pippi es una persona que tiene todo el poder del mundo y no hace mal uso de este poder.

Durante toda su vida, Astrid creyó que este es el mayor desafío y lo más difícil para la humanidad: tener poder y no usar las fuerzas de una manera incorrecta, para pelear y matar. En ese sentido, Pippi no es solo un icono feminista, sino también un símbolo de paz entre las personas».

A pesar de que sus libros la hicieron rica, Lindgren siguió viviendo modestamente en su apartamento de Estocolmo. En 1999, fue elegida como la sueca más popular del siglo. Tres años después, murió en su casa mientras dormía. Tenía 94 años.

«Tenía nueve años y vivía completamente sola. No tenía padre ni madre, lo cual era una ventaja, pues así nadie la mandaba a la cama precisamente cuando más estaba divirtiéndose, ni la obligaba a tomar aceite de hígado de bacalao cuando le apetecían caramelos de menta».

Así comienza Pippi Calzaslargas, el libro escrito por la sueca Astrid Lindgren, publicado por primera vez en 1945, que la convirtió en una de las autoras infantiles más populares de todos los tiempos. No en vano, sus libros han sido traducidos a más de noventa lenguas y sus historias sobre la pequeña Pippi espantaron a toda una generación de padres (aunque se metieron en el bolsillo a millones de niños de todo el mundo).

Basta echar un vistazo a las primeras líneas del famoso libro –que la editorial Blackie Books publicó hace poco en español, recopilando por primera vez todas las historias en un único tomo– para descubrir en ellas a un persona, cuando menos, singular.

Como muchos héroes de la tradición escandinava popular, Pippi es una niña intrépida y dotada de una fuerza sobrehumana –capaz de levantar a su caballo con una sola mano–. Y también es grosera, escandalosa, impertinente e indomable.

«Creo que Pippi personaliza la libertad lúdica del hombre, tanto para mujeres como para varones», asegura el escritor Jens Andersen, autor de Astrid Lindgren: The Woman Behind Pippi Longstocking, una biografía de la escritora sueca. «Astrid dijo que creía que la popularidad de Pippi entre los niños tenía algo que ver con el deseo natural de estos de tener más poder y el soñar con ser más grandes y más fuertes que sus padres».

Según el crítico y periodista Jonathan Cott, Pippi vivía «completamente fuera de las convenciones burguesas». Pero, por encima de todas las cosas, se convirtió en uno de los grandes iconos feministas de la literatura infantil. Sobran los motivos para hacer tal afirmación, pero trataremos de resumir aquí varios de ellos.

Para empezar, esta pequeña de cara pecosa, trenzas rojas y medias de colores tiene solo nueve años y, a pesar de ello, vive sola en una casa llamada Villamangaporhombro. Con la única compañía de un caballo y un mono al que llama Señor Nelson. Ha viajado por todo el mundo, bebe café, es solvente económicamente –gracias al cofre repleto de monedas de oro que tiene en casa– y totalmente autosuficiente.

La anarquía preside su existencia: duerme con los pies sobre la almohada, come con las manos, se suena los mocos con la ropa y limpia la casa cuando (y como) le parece. Cuando varios policías se presentan un día en su casa para tratar de llevarla a un hogar infantil, ella logra vacilarles y mandarles a paseo. Total, sabe apañárselas sola perfectamente y no necesita, cual princesa Disney, que un príncipe acuda a su rescate.

También está libre de rutinas monótonas como la escuela o la tarea. Y el día que decide acudir al colegio, más que nada por experimentar lo que uno siente al tener vacaciones de Navidad, aparece en el patio de la escuela montada en su caballo, a galope tendido y a las diez de la mañana –ya que confiesa que ella no puede comenzar la jornada a las ocho de la mañana–. Pero, tras desafiar al profesor con su gran sentido del humor, se da cuenta que aquello no es para ella.

«Para resaltar su inconformidad, la autora la ubica en un mundo que conocemos. Sus amigos Tommy y Anika, de hecho, son buenos, educados y obedientes. Van a la escuela y respetan las figuras de autoridad. Pippi, en cambio, va a su bola y es algo anarquista», comenta la escritora Emma Shevah en una entrevista digital.

Shevah señala que el personaje también es feminista, optimista y librepensador. «No se enoja ni se ofende, incluso cuando es insultada», apunta la novelista. «Está feliz con quien es y con cómo se ve. Es generosa, defiende a los oprimidos y divierte a sus amigos enfermos haciendo acrobacias en su ventana, abrazándoles e incluso con papel de regalo cuando le dan un obsequio».

«Las muchas peleas que Pippi mantiene con niños y hombres tienen un carácter mitológico y generaciones de mujeres de todo tipo de culturas y lenguas han leído o escuchado acerca de Pippi siendo niñas», espeta Andersen. «Esas mujeres nunca olvidaron su especial y moderna manera de feminismo: pacífica, divertida y anarquista, usando todo su Pippipoder de una manera humanística feliz, por así decirlo».

El carácter subversivo de los libros los hizo inusuales para la literatura juvenil de la época. Por eso, y a pesar de tratarse de un personaje de libro infantil, las aventuras de la antiautoritaria Pippi fueron censuradas durante años en varios países, incluido España, «por considerar a la pequeña demasiado impertinente, demasiado mal ejemplo. Antipedagógica» –reza la edición de Blackie Books–.

Era como si todos los libros infantiles y juveniles tuvieran que ser aleccionadores e instructivos. «No fue hasta el estreno de la mítica serie de televisión en 1969 que Pippi se abrió paso en las librerías y televisiones de millones de hogares del mundo».

«A mí nunca me han gustado las muñecas, y cuando tuve una temporada que no quería comer, mis padres me sobornaban con la idea de comprarme una pippi», cuenta el sociólogo y escritor Lucas Platero.

«Rompía las normas de tantísimas maneras que generaba un oasis donde poderse imaginar. Supone cierto ejercicio de la androginia, en la medida que ella hacía cosas que parecía que solo podían hacer las personas mayores, y en concreto, los hombres. Y, sin embargo, ella encarnaba rotundamente a una niña; una niña que era libre y que no necesitaba ser rescatada por ningún príncipe».

A mediados de los noventa, sin embargo, un comentarista social argumentó que el culto a Pippi había tenido un efecto altamente perjudicial tanto en los escolares como en los niños en edad preescolar en Suecia. «El culto a Pippi lo ha puesto todo patas arriba, en las escuelas, en la vida familiar y en términos de comportamiento normal», escribió entonces en un destacado diario de aquel país.

Pero a Pippi no le importaba no ser considerada normal. Le bastaba con ser ella misma. Y, sin ser consciente de ello, rompió con las ideas convencionales sobre cómo deben comportarse las niñas y se pasó por el forro los roles de género de los adultos.

Ella se quiere y se acepta tal y como es. Y es tremendamente feliz. De hecho, en uno de los capítulos del libro, Pippi se topa con el escaparate de una perfumería en el que cuelga un letrero con la imagen de un gran bote de crema y el mensaje «¿Le hacen sufrir sus pecas?».

A Pippi no, pero decide igualmente entrar en la tienda para dejar clara su postura al dependiente. «No, las pecas no me hacen sufrir», le dice. Y él, bastante sorprendido, le responde que cómo puede decir eso si tiene la cara cubierta de ellas. «Ya lo sé, pero no me hacen sufrir. Las quiero mucho. Adiós», le responde la pequeña de sonrisa pícara.

Por todos estos motivos, no parece extraño que Pippi se convirtiera con el tiempo en un modelo a seguir para el movimiento feminista. Muchos adultos, de hecho, aspiran hoy día a que sus niñas sean tan fuertes, valientes, desinhibidas y desafiantes hacia las figuras de autoridad, como lo es Pippi. Y a educarlas en la igualdad de género. Enseñarlas a que luchen contra los estereotipos y roles de género, como el intrépido personaje.

«[Pippi] nos ayuda a imaginar la autovía, el lugar en el que podrían estar las mujeres en un futuro posible, aunque sea distópico, en el que las niñas desde jóvenes puedan dirigir su destino. Eso es profundamente radical», nos comenta Platero.

De tal palo, tal astilla

Si Pippi pasará a la historia por su inintencionado activismo es porque, sin duda, tenía a quién parecerse. De hecho, su creadora fue conocida también por levantar desde jovencita la bandera del feminismo. Por eso y por convertirse con los años en una respetada activista política, ecologista, empresaria y humanista.

Astrid Anna Emilia Ericsson, más conocida como Astrid Lindgren, nació y se crio en Vimmerby, una pequeña localidad del sur de Suecia. A los catorce años comenzó a colaborar con el periódico de su ciudad natal, y aún no había cumplido dieciocho cuando su romance con el editor jefe del diario, de cincuenta, acabó en un embarazo. Madre soltera, su hijo Lars tuvo que vivir con una familia de acogida en Copenhague durante tres años antes de que su madre pudiera reclamarlo.

En 1931, Lindgren se casó con su jefe, Sture Lindgren, con quien tuvo a su segunda hija, Karin. Durante años, la sueca trabajó como taquígrafa a tiempo parcial –complementando sus ingresos con la venta de cuentos infantiles a revistas navideñas–. Y, durante los años que duró la Segunda Guerra Mundial, comenzó a escribir una serie de diarios personales en los que relató cómo vivía el conflicto.

Astrid Lindgren en 1960
Astrid Lindgren en 1960

En 1941, Karin tuvo que pasar unos días en cama debido a una neumonía y, como se aburría, solía pedirle a su madre que le contase historias. Una noche, cuando su progenitora se había quedado ya sin ideas, la niña le dijo: «Háblame de Pippi Langstrump».

Aquel era un nombre que se acababa de inventar, pero Lindgren decidió seguirle el juego y empezó a contarle una historia completamente nueva sobre una niña extraña llamada Pippilotta Viktualia Rullgardina Krusmynta, hija del capitán de barco Efraín Calzaslargas, cuya madre había muerto hacía años y cuyo padre había sido el rey de los mares. Y a partir de ese día, Astrid comenzó a contarles a sus hijos historias sobre la tal Pippi.

Pero no fue hasta la primavera de 1944 cuando Pippi se convirtió en una fantasía escrita –Lindgren sufrió una caída y se torció el tobillo, por lo que decidió aprovechar el tiempo de convalecencia para escribir esas historias–. En otoño de ese año, el editor Gerhard Bonnier se negó a publicar las historias de Pippi, al considerarlas demasiado anárquicas y traviesas. En cambio, la editorial Rabén & Sjögren sí aceptó publicar el primer libro en 1945. «

La negativa de Bonnier ha sido considerada el mayor error en la historia editorial nórdica. Hoy Pippi se traduce a cincuenta idiomas y ha vendido alrededor de cincuenta millones de copias», reconoce Andersen.

Aunque el libro tuvo una buena acogida cuando salió publicado, la cosa empezó a cambiar el día que un profesor de psicología comentó que el libro era de mal gusto, que Pippi se comportaba como si estuviera «mentalmente enferma» y que los niños corrían el riesgo de sentirse inspirados por eso.

Astrid no dudó en responder a esos comentarios defendiendo el derecho de un niño a descubrir el mundo por sí mismo. Su frase «Dales amor a los niños, más amor y aún más amor, y el sentido común vendrá solo», de hecho, ha perdurado con el paso del tiempo.

Andersen señala que los diarios de guerra de Astrid nos muestran que la autora tenía muchos pensamientos sobre el poder, el mal y la naturaleza del hombre. «No hay que olvidar que Pippi es una persona que tiene todo el poder del mundo y no hace mal uso de este poder.

Durante toda su vida, Astrid creyó que este es el mayor desafío y lo más difícil para la humanidad: tener poder y no usar las fuerzas de una manera incorrecta, para pelear y matar. En ese sentido, Pippi no es solo un icono feminista, sino también un símbolo de paz entre las personas».

A pesar de que sus libros la hicieron rica, Lindgren siguió viviendo modestamente en su apartamento de Estocolmo. En 1999, fue elegida como la sueca más popular del siglo. Tres años después, murió en su casa mientras dormía. Tenía 94 años.

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  • Muy buen artículo. Tuve la suerte de ver a «Pippi» por TV siendo un chaval y nunca me había planteado este enfoque «feminista». Realmente una serie impactante y para recordar, que hace preguntarme «¿Qué será lo que mis hijos vean y rememoran el día de mañana?

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