24 de octubre 2012    /   ENTRETENIMIENTO
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Piratas de la literatura

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El grito del vendedor se escucha desde a metros de distancia: “¿Que busca La Ciudad de los Perros, Cien Años de Soledad?… Aquí tenemos de todo”.

Lima está sitiada por todos lados de “piratas”. Ya sea en el centro, en la playa o en los zonas industriales, los piratas de la literatura, que ofrecen a través de fotocopias ediciones extremadamente baratas de los libros de moda e incluso, de aquellos que ni siquiera han salido al mercado, se han apropiado de una de las ciudades más grandes de Latinoamérica, haciéndola el paraíso “pirata” más importante de la región.

En el quinto país con mayor índice de lectura –un 35 % de la población lee–, los falsificadores literarios han logrado abarrotar la industria editorial. Ya sea en el mercado Las Amazonas, que también se caracteriza por tener la más amplia colección de libros antiguos, o en calles como Jirón Quilca y Wilson, a unos cuantos metros, se pude encontrar el ejemplar deseado a precios ridículos. Algunas ediciones populares han llegado a ser pirateadas antes de publicarse, como pasó en 2008 con la última novela de Paulo Coelho “El vencedor está solo” que ya estaba en las calles limeñas antes de que la editorial Planeta lo pusiera a la venta en Perú.

Aunque el mercado de libros fotocopiados es bastante amplio, la calidad del encuadernado y de las páginas es variable. Muchos libros tienen fallos, las ediciones son de mala calidad, pero si se busca bien, algunas son exactamente iguales que un libro que comprado en una librería tradicional aunque mucho más barato. Por ejemplo, en las calles de Jirón Quilca, un mercado lleno de puestos que acumulan cerros de libros, se puede encontrar el “Después de Bush” de Paul Krugman por menos de 3 euros en una versión fotocopiada, cuando el precio oficial es mínimo 20.

La industria editorial peruana pierde más dinero que cualquier otra en Sudamérica. Se calcula que el impacto es de más de 52 millones de dólares, solo superado por Brasil, que tiene una economía ocho veces mayor a la peruana, según un informe de la International Intellectual Property Alliance. Los piratas peruanos incluso han llegado a generar más empleo que los editores y vendedores formales. La Cámara Peruana del Libro calcula que cada semana se venden unas 40.000 copias ilegales.

Algunas editoriales locales han optado por mejorar la calidad de sus libros para que al comprador le compense el gasto que se hace en el. Por ejemplo, el “Todo Mafalda” que cuesta cerca de 100 euros sigue siendo comprado en su versión original por la calidad del ejemplar. En su versión pirata se encuentra con fotocopias de mala calidad, que impiden que se lean las viñetas claramente y con una tapa blanda de tamaño reducido.

Otras editoriales buscan vender más barato para no alentar la fotocopia. Pero sin importar las medidas de las editoriales y de las propias autoridades, los “piratas” siguen gobernando el mundo literario. No se tiene que ir a los famosos mercados para verlo. Ya sea caminando por el malecón, atascado en el tráfico o en las propias playas, se puede ver a algún “pirata” ofreciendo un encuadernado con Libertad de Jonathan Franzen.

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En el quinto país con mayor índice de lectura –un 35 % de la población lee–, los falsificadores literarios han logrado abarrotar la industria editorial. Ya sea en el mercado Las Amazonas, que también se caracteriza por tener la más amplia colección de libros antiguos, o en calles como Jirón Quilca y Wilson, a unos cuantos metros, se pude encontrar el ejemplar deseado a precios ridículos. Algunas ediciones populares han llegado a ser pirateadas antes de publicarse, como pasó en 2008 con la última novela de Paulo Coelho “El vencedor está solo” que ya estaba en las calles limeñas antes de que la editorial Planeta lo pusiera a la venta en Perú.

Aunque el mercado de libros fotocopiados es bastante amplio, la calidad del encuadernado y de las páginas es variable. Muchos libros tienen fallos, las ediciones son de mala calidad, pero si se busca bien, algunas son exactamente iguales que un libro que comprado en una librería tradicional aunque mucho más barato. Por ejemplo, en las calles de Jirón Quilca, un mercado lleno de puestos que acumulan cerros de libros, se puede encontrar el “Después de Bush” de Paul Krugman por menos de 3 euros en una versión fotocopiada, cuando el precio oficial es mínimo 20.

La industria editorial peruana pierde más dinero que cualquier otra en Sudamérica. Se calcula que el impacto es de más de 52 millones de dólares, solo superado por Brasil, que tiene una economía ocho veces mayor a la peruana, según un informe de la International Intellectual Property Alliance. Los piratas peruanos incluso han llegado a generar más empleo que los editores y vendedores formales. La Cámara Peruana del Libro calcula que cada semana se venden unas 40.000 copias ilegales.

Algunas editoriales locales han optado por mejorar la calidad de sus libros para que al comprador le compense el gasto que se hace en el. Por ejemplo, el “Todo Mafalda” que cuesta cerca de 100 euros sigue siendo comprado en su versión original por la calidad del ejemplar. En su versión pirata se encuentra con fotocopias de mala calidad, que impiden que se lean las viñetas claramente y con una tapa blanda de tamaño reducido.

Otras editoriales buscan vender más barato para no alentar la fotocopia. Pero sin importar las medidas de las editoriales y de las propias autoridades, los “piratas” siguen gobernando el mundo literario. No se tiene que ir a los famosos mercados para verlo. Ya sea caminando por el malecón, atascado en el tráfico o en las propias playas, se puede ver a algún “pirata” ofreciendo un encuadernado con Libertad de Jonathan Franzen.

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Opiniones 7
  • Desde luego, esa no es forma de ser el pirata del que hablaba Javier Creus. Los artistas no son respiracionistas. El acceso a la cultura depende también de la voluntad individual. Muchos de los que se quejan de la carestía de la cultura – dejemos el escandaloso tema del iva para otra furibunda y merecida ocasión – se dejan sin pestañear bastante dinero en fútbol o en otros bienes de consumo.
    La lectura de un libro, el visionado de una película, la asistencia a una sala de conciertos o a una ópera son experiencias que fuera de su lugar natural se malbaratan.
    Claro que en estos tiempos buscamos las bibliotecas, intercambiamos películas o escuchamos música en spotify, esta última una auténtica revolución en cuanto al modo de disfrutar de la música sin descargas ilegales.
    Tenemos metido en el ADN el concepto de la propiedad, cuando en realidad nos pasamos la vida disfrutando de la posesión, no de la propiedad, que no deja de ser un concepto jurídico.

  • Querido Gilbert:
    Nuestra «cultura», cultura vendida al mejor postor, polítizada a prol de no se que intereses, puesto que la cultura solo debe tener uno, en esa «cultura» de la que hablas son intrinsicamente inseparables propiedad y posesión. Lo que es mío es mío y como mucho puedo dejar que otros lo disfruten e incluso lo compartan, pero siempre será mío. Es de mí propiedad y por lo tanto yo lo poseo, otra cosa sería si eso se aplicase a las relaciones humanas. Ya se ve que cuando es así muchas veces acaba en fiasco por no decir en cosas peores.

  • Lo de la piratería en Lima es de escándalo, es verdad. Hay un centro comercial llamado Polvos Azules en el que toda la planta inferior está repleta de todas las películas y series y videojuegos que te puedas imaginar, eso sí, todos piratas. Pero respecto a la literatura, a pesar de ser un escándalo la piratería existente con copias a veces penosas, ¡es el paraíso de la segunda mano! En serio, le recomiendo a cualquiera que visite Lima que se informe de donde está Amazonas (más inseguro pero de lejos mucho más basto) y Quilca (más seguro, cerca de la plaza San Martin) y se de un paseo a la caza de esos libros que tiene en lista y que pueden ser de segunda mano, va a alucinar, es el paraíso de los libros abandonados y acumulados. Eso sí, el que se anime va a tener que agudizar la vista porque es difícil encontrar el que busca entre tanto estímulo visual, y los que allí venden no son libreros, y en muchas ocasiones no saben lo que tienen en sus montañas de libros.

    Ellos mismos saben que no son libreros, y cuando fui a Amazonas buscando algo más específico, Chistes para desorientar a la poesía, ellos mismos me indicaron que fuera a Quilca en su busca. La cale Quilca tiene varias tiendas en las que venden libros, pero la joya de ese lugar es el mercado que se abre al paso en la cera izquierda si se avanza con la Palza San Martín a la espalda. Entre puestos de camisetas de ídolos de rock y punk y puestos corrientes de venta de libros, estos sí, más ordenados, se pueden encontrar a auténticos libreros que no son de librería, que son más de puesto y catálogo limitado, eso sí, el catálogo que tienen se lo conocen al dedillo puesto que lo han diseñado ellos con las obras que les han echo volar, sentir… Allí si encontré a mi querido Nicanor y su obra metida en un plastiquito y perfectamente cuidada, allí descubrí trilce y uno de esos apasionados libreros me inyectó la necesidad de leer «Los detectives salvajes», libro cuya lectura haría más tarde pero siempre impulsado por ese maravilloso librero despojado de grandes ínsulas y grandes catálogos.

    Además, si estando en Quilca se echa la noche, lo que hay que hacer como cita fundamental con uno mismo, es volver hacia la plaza San Martin y a sólo una cuadra de esta, en la esquina de la misma acera, verá abierto el bar Queirolo, un paraíso bohemio en pleno centro de la ciudad, en el que deleitarse con los artistas que van cantando de mesa en mesa por la voluntad, con las fotografías de artistas por allí pasados, con las historias de la lima pasada si sabes escuchar y estar atento, y por supuesto por un chilcano preparado con su propio pisco que además de sabrosísimo es emborrachísimo. Hay pocas borracheras más divertidas que la que uno alcanza bebiendo pisco en forma de chilcano. Además fuera de esta lugar, bien entrada la noche, está toda la escena circense y teatral (de bajo fondo, no de grandes escenarios) de Lima, además de la contestataria. Aquí un vasco se encontró una enorme pintada en Euskera en aquella calle.

    Tengo muy buenos recuerdos de esos ligares bendecidos como veréis 🙂

    Con respecto a la piratería, hubiera estado bien poner en duda las cifras que maneja la industria de pérdidas. Siempre están lloriqueando para que se haga algo (que no digo que no se tenga que hacer) inflando datos para que la problemática parezca más voluminosa de lo que realmente es. Además cabría preguntarse si los peruanos están en ese puesto de la lista de lectores gracias a que pueden acceder a los libros a un precio mucho más reducido a pesar de la merma en calidad del producto.

    Por todo lo dicho, creo que el artículo es superficial y, la verdad, un poco tonto. Puesto que pudiendo haber escrito sobre aquellos bellos lugares llenos de libros (habrá pocos lugares llenos de libros que no sean bellos) como se merece, o sobre la piratería con un poco de profundidad y enjundia, ha resultado un artículo (para mí) sin interés que como única enseñanza que me deja, es que en Lima el pirateo de libros es un problema y está por todas partes. ¡Pues vaya cosa!

  • Todos Los extremism son malos, considero que se debe muscat una formula adecuada para controlar la pirateria con varios factores: 1. Que se registren llama maquinas de imprenta en el país 2. Que solo las imprentas registradas puedan acogerse a beneficios tributarios. 3. Que se beneficie tributariamente a las empresas registradas 4. Que cada libro debe estar numerado y registrado debidamente, y no como se hace ahora en forma simple y manual en la biblioteca nacional 5 Se debe de mejorar el pago al autor, la editora debe ganar lo justo, para poder ajustar un precio que permita competir con la piratería, China ya lo esta haciendo. Si logramos hacer una buena fiscalización, una disminución tributaria a las imprentas registradas, produciremos mas, el libro disminuye de precio, y la demanda se incrementara, y el Perú leerá mas.

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