6 de octubre 2013    /   CREATIVIDAD
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Un robot llamado Yorokobu

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Un antiguo flash de cámara fotográfica de los años cuarenta se convirtió en su cabeza. Su cuerpo quedó constituido a partir de una caja de componentes electrónicos de una vieja máquina. Su pecho era un medidor de amperios de mitad del siglo pasado. Las manetas de los frenos de una moto pasaron a ser sus brazos y unas ruedas de corte industrial, sus pies. Todo estaba listo para que un rayo o chispa eléctrica infundiera vida al engendro.

Pero el rayo no cayó. Ni este conjunto de objetos inertes cobró vida. Sin embargo, la creación de este moderno Frankenstein, llamado Javier Arcos, llevaba un nombre tatuado en su metálica piel y no podía acabar en otro sitio más que en la portada de la revista de octubre de Yorokobu. Así fue como este robot, de alguna manera, cobró vida tras ser inmortalizado por el fotógrafo Fernando Casarrubios.

Cada robot es, según el autor, una pieza única e irrepetible elaborada de forma totalmente artesanal. “Detrás de estas pequeñas obras de arte se esconde una historia contada por las piezas antiguas y originales que he ido encontrando por todo el mundo”. Para el robot Yorokobu buscaba una pieza con historia en el mundo del periodismo. “Y la encontré en una tienda antigua de fotografía en Granada”.

Por su forma de trabajar, Javier Arcos defiende todos los preceptos de la corriente artística del objet trouvé, para la que los ‘objetos encontrados’ representan la capacidad del arte para dar significado a cosas comunes. “Los artistas emplean estos artículos cotidianos sin ninguna o apenas alguna modificación. En ocasiones solos o a veces incorporados en trabajos formados por un grupo de objetos de este tipo u otros elementos a los que se ha dado forma y color de manera deliberada».

Publicitario de profesión, Arcos ha sido un apasionado de los robots desde pequeño. Lo que comenzó siendo un hobby para evitar el estrés le ha llevado a inaugurar su propio taller de autómatas, Pitarque Robots, donde trabaja en sus creaciones y desarrolla todos sus proyectos. Un espacio en Madrid donde conviven sus criaturas robóticas junto a piezas antiguas de radios, cámaras de fotos, piezas de coches de colección… “y todo tipo de objetos con una historia detrás preparados para convertirse en un ser vivo”.

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Si quieres hacerte con el Yorokobu en cuya portada luce este preciosos robot (o con cualquier otro), puedes darte una vuelta por nuestro quiosco.

Un antiguo flash de cámara fotográfica de los años cuarenta se convirtió en su cabeza. Su cuerpo quedó constituido a partir de una caja de componentes electrónicos de una vieja máquina. Su pecho era un medidor de amperios de mitad del siglo pasado. Las manetas de los frenos de una moto pasaron a ser sus brazos y unas ruedas de corte industrial, sus pies. Todo estaba listo para que un rayo o chispa eléctrica infundiera vida al engendro.

Pero el rayo no cayó. Ni este conjunto de objetos inertes cobró vida. Sin embargo, la creación de este moderno Frankenstein, llamado Javier Arcos, llevaba un nombre tatuado en su metálica piel y no podía acabar en otro sitio más que en la portada de la revista de octubre de Yorokobu. Así fue como este robot, de alguna manera, cobró vida tras ser inmortalizado por el fotógrafo Fernando Casarrubios.

Cada robot es, según el autor, una pieza única e irrepetible elaborada de forma totalmente artesanal. “Detrás de estas pequeñas obras de arte se esconde una historia contada por las piezas antiguas y originales que he ido encontrando por todo el mundo”. Para el robot Yorokobu buscaba una pieza con historia en el mundo del periodismo. “Y la encontré en una tienda antigua de fotografía en Granada”.

Por su forma de trabajar, Javier Arcos defiende todos los preceptos de la corriente artística del objet trouvé, para la que los ‘objetos encontrados’ representan la capacidad del arte para dar significado a cosas comunes. “Los artistas emplean estos artículos cotidianos sin ninguna o apenas alguna modificación. En ocasiones solos o a veces incorporados en trabajos formados por un grupo de objetos de este tipo u otros elementos a los que se ha dado forma y color de manera deliberada».

Publicitario de profesión, Arcos ha sido un apasionado de los robots desde pequeño. Lo que comenzó siendo un hobby para evitar el estrés le ha llevado a inaugurar su propio taller de autómatas, Pitarque Robots, donde trabaja en sus creaciones y desarrolla todos sus proyectos. Un espacio en Madrid donde conviven sus criaturas robóticas junto a piezas antiguas de radios, cámaras de fotos, piezas de coches de colección… “y todo tipo de objetos con una historia detrás preparados para convertirse en un ser vivo”.

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Si quieres hacerte con el Yorokobu en cuya portada luce este preciosos robot (o con cualquier otro), puedes darte una vuelta por nuestro quiosco.

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